Un mensaje en forma de Oreshnik: Rusia lanza por segunda vez su misil hipersónico… a 80 km de la frontera de la UE
El misil hipersónico llegó la madrugada del jueves al viernes, y el objetivo fueron instalaciones energéticas en la región de Lviv, en el oeste del país y que hace frontera con Polonia
Foto de archivo: el edificio de la Administración Regional de Jersón, bombardeado este verano. (Fermín Torrano)
Este jueves, la embajada de Estados Unidos en Kiev emitió una alerta a todos sus ciudadanos en el país, pidiéndoles que se resguardaran en sus refugios antiaéreos en caso de alarma, a la espera de un "potencial ataque aéreo de gran envergadura". Varios analistas leyeron entre líneas, apoyándose en un vetusto acuerdo de 1988, por el que la URSS (y su heredera, Rusia) debía notificar a EEUU cualquier lanzamiento de un misil balístico intercontinental. Venía un Oreshnik.
El misil hipersónico llegó la madrugada del jueves al viernes, y el objetivo fueron instalaciones energéticas en la región de Lviv, en el oeste del país y que hace frontera con Polonia. Informes rusos y ucranianos apuntan a una enorme instalación subterránea de almacenamiento de gas, que albergaría hasta 17.000 millones de metros cúbicos. Con todavía por delante lo peor del invierno ucraniano, con -15ºC de temperatura esta próxima semana, el ataque contra la infraestructura energética del país entra en la estrategia habitual de Rusia para limar la resistencia civil ucraniana desde hace al menos tres años. Dado lo mucho que Rusia ya acosa a las ciudades ucranianas, el ataque de este viernes (que incluyó más de 200 drones y más de dos docenas de misiles) contra objetivos civiles tampoco se sale del guion.
Pero, ¿era necesario para eso usar un Oreshnik?
El misil balístico hipersónico Oreshnik es un misil especial y del que no se tiene tantísima información: con capacidad nuclear (eso siempre es una demostración de fuerza en sí misma), lo que le caracteriza sobre todo es su velocidad. Puede alcanzar diez veces la velocidad del sonido —o más de 12.000 kilómetros por hora—; las defensas antiaéreas ucranianas no lo detectaron hasta que cayó sobre Lviv. Aunque las seis ojivas con las que cuenta pueden ser nucleares, las utilizadas hasta el momento eran submuniciones cinéticas, proyectiles más pequeños y sólidos que utilizan esa velocidad del misil para penetrar defensas, hormigón o metros de tierra (hasta 30 metros) y destruir.
El modelo Oreshnik, a diferencia de otros hermanos misiles balísticos intercontinentales, es de alcance intermedio, un peligro en sí mismo, ya que esa velocidad en tan corta distancia no da margen de reacción. En su momento, existió un tratado que prohibía tanto a Washington como Moscú tener misiles balísticos y de crucero lanzados desde tierra de corto (500-1.000 km) y medio alcance (1.000-5.500 km). Donald Trump sacó a Estados Unidos del acuerdo en 2018, y poco después lo siguió Rusia.
El Oreshnik, según lo que se sabe, puede alcanzar con poca o ninguna carga al menos 5.000 km (cubriendo prácticamente Europa) pero también funciona en mucha menor distancia, haciéndolos, según Vladímir Putin, un misil "imposible de interceptar" (no es una exageración, aunque expertos apuntan a que sistemas como el 'Arrow 3' israelí o el RIM-161 SM-3 sí tendrían alguna posibilidad).
No hay, hasta el momento, un misil comparable —hipersónico, balístico, de alcance intermedio, terrestre— en los arsenales occidentales, y solo se ha utilizado en dos ocasiones. La primera, en noviembre de 2024, cuando Rusia lanzó su flamante Oreshnik, entonces desconocido, contra la ciudad ucraniana de Dnipro.
Con Rusia es fácil siempre leer un mensaje enviado con lacito desde el Kremlin. Putin es fan de las efemérides, aniversarios y onomásticas — tanto, que hay días específicos en los que los ucranianos predicen, medio en broma-medio en serio, ataques "mayores de lo habitual"—, y sus misiles atacan infraestructura civil cuando se les presiona hacia un alto el fuego. El Kremlin aseguró que el ataque con el Oreshnik era en respuesta al supuesto ataque con drones contra la residencia de Putin en Novgorod, pero es inevitable leer algo más allá.
El impacto no ha sido en Kiev, en la calle Bankova, sino en la retaguardia, en Lviv, a menos de 70 kilómetros de la frontera con Europa, un golpe que tenía que ser de una precisión quirúrgica. Sucede también justo cuando los europeos, liderados por Francia y Reino Unido, han declarado oficialmente este martes su intención de desplegar "miles" de soldados "en suelo ucraniano, defendiendo los cielos y mares ucranianos, y regenerando el futuro de las Fuerzas Armadas ucranianas" en caso de que se llegue a un acuerdo de paz. Pedro Sánchez, también presente, abrió la puerta a la participación española en dicha misión, asegurando que a partir de este lunes comenzará contactos con los grupos parlamentarios para recabar su opinión.
En esa misma reunión en París, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski aseguró que las garantías de seguridad de EEUU para Ucrania están ya listas para la aprobación de Trump. "Entendemos que la parte estadounidense entablará ahora conversaciones con Rusia y esperamos recibir una respuesta sobre si el agresor está realmente dispuesto a poner fin a la guerra".
La respuesta vino por lo diplomático (Moscú aseguró, por primera vez respondiendo a una reunión de la 'Coalición de los dispuestos', que cualquier tropa europea en Ucrania sería "objetivo legítimo de combate") y este jueves, por lo militar.
Y así se leyó en el escenario occidental: "Al atacar de madrugada el jueves una de las principales ciudades de Ucrania con un misil balístico hipersónico, Vladímir Putin no solo estaba advirtiendo a los ucranianos de que aún puede intensificar su guerra, sino que también estaba recordándole a Donald Trump que no empuje a Rusia demasiado lejos", escribía el kremlinólogo Mark Galeotti en X.
Y en el ruso: "El ataque del 9 de enero contra un objetivo en el óblast de Lviv con el misil Oreshnik no es una misión táctico-operativa, sino más bien una operación estratégica e incluso política, sino demostrar un nuevo nivel de capacidades y la disposición a utilizarlas. Y el óblast de Lviv, situado en la frontera con Polonia, no fue elegido por casualidad. El ataque se llevó a cabo a varias decenas de kilómetros de las fronteras de la OTAN (...) La señal va dirigida principalmente a las capitales occidentales que apoyan a Kiev (...) muestra que un aumento del apoyo tendrá consecuencias directas no solo para 'campos de pruebas' ucranianos, sino para infraestructuras estratégicas en el corazón de Europa", se afirmaba en uno de los grupos de la galaxia de milbloggers, blogueros militares rusos, que pone el termómetro de lo que muchas veces no aparece en los medios de comunicación.
Es decir: Rusia quiere mostrar que tiene capacidades militares todavía en la manga, y que está dispuesta a utilizarlas. Pronto.
Porque es indudable que un segundo lanzamiento de la niña bonita del programa hipersónico ruso no se iba a utilizar en un intrascendente ataque cualquiera. Putin parece sentir fascinación por las 'wonder-weapons', desde el misil de crucero de propulsión nuclear Burevestnik (todavía experimental) hasta el dron-torpedo atómico Poseidón. El Oreshnik es probablemente el producto más maduro tecnológicamente de esos sistemas, y un buen ejemplo del entusiasmo estatal ruso por la tecnología hipersónica.
Esta pasión de Putin por las armas hipersónicas se remonta a principios de los años 2000. Según el propio Putin, Rusia comenzó el desarrollo de su programa de misiles hipersónicos después de que Estados Unidos se retirara del Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM) después de los atentados del 11 de septiembre.
Desde entonces, Putin ha asegurado en distintas ocasiones que Rusia desarrollaría un nuevo sistema de misiles hipersónicos capaz de alcanzar "objetivos estratégicos a alcance intercontinental", además de presentar varios ejemplos a medio camino, como los misiles Avangard o los Kinzhal, que Rusia ha utilizado para atacar ciudades ucranianas desde el inicio de la guerra. El mandatario ha afirmado repetidamente que los sistemas hipersónicos de Rusia no tienen parangón en el resto del mundo, así como que son inmunes a los sistemas de defensa aérea. Oreshnik (avellano, en ruso), sería solo el último y más desarrollado de ellos.
Pero ese interés de Putin en el programa ha tenido también un coste social para los científicos envueltos en esa tecnología. Desde 2018, al menos 12 científicos han sido encarcelados, acusados de traición, y al menos tres de ellos habrían muerto poco después, según reportó el servicio de la BBC en ruso, en un artículo titulado "'Para alimentar el ego de Putin'. Cómo y por qué el FSB encarceló a una docena de físicos en el programa hipersónico". El celo del servicio de seguridad ruso en perseguir la "transmisión de secretos de Estado" a países "no amistosos" (europeos) o incluso "amistosos" (China) era tal que un caso incluía como prueba incriminatoria la publicación de un experimento en el que los físicos utilizaban un cono, que después redondearon, para lograr un flujo de aire específico. Para el FSB, el cono parecía un misil, ergo, era información secreta.
Hay otro líder que también admira el uso de la fuerza y que siente fascinación por las armas más grandes, rápidas y devastadoras: Trump. Y Trump ha demostrado, ya que solo respeta la fuerza.
"Mientras los líderes europeos se debaten sobre cómo apaciguar a Trump, notoriamente susceptible, a la vez que le advierten contra cualquier ambición imperialista sobre Groenlandia, Moscú ha llegado a la conclusión de que su problema es simplemente que la Casa Blanca no los toma en serio. Usar el Oreshnik —un arma que ni siquiera Estados Unidos puede igualar ni contrarrestar— es una forma de captar la atención de Trump y recordarle que Rusia tiene tanto la fuerza como una disposición demostrable para usarla", añadía Galeotti, para concluir: "La geopolítica se ha convertido, en muchos sentidos, en una pantomima que se representa para un solo público".
Este jueves, la embajada de Estados Unidos en Kiev emitió una alerta a todos sus ciudadanos en el país, pidiéndoles que se resguardaran en sus refugios antiaéreos en caso de alarma, a la espera de un "potencial ataque aéreo de gran envergadura". Varios analistas leyeron entre líneas, apoyándose en un vetusto acuerdo de 1988, por el que la URSS (y su heredera, Rusia) debía notificar a EEUU cualquier lanzamiento de un misil balístico intercontinental. Venía un Oreshnik.