Miedo y sangre en Mineápolis: "ICE va a por ciudadanos americanos"
Semanas de redadas aleatorias y violentas contra ciudadanos estadounidenses en Mineápolis acaban de dar su primera víctima. Pero lo que está pasando es una señal de algo más grave
"Los somalíes defraudaron a ese Estado (Minnesota) miles de millones de dólares. Y no contribuyen nada. No los quiero en nuestro país", declaró el presidente de EEUU, Donald Trump, la tarde del 2 de diciembre. "Su país apesta, y no los queremos en el nuestro. Vamos por mal camino si seguimos trayendo basura a nuestro país. Ilhan Omar es basura. Es basura. Sus amigos son basura".
El 9 de diciembre, durante un mitin en Pensilvania, Trump retomó la misma retórica, reminiscente de cuando el Ku Klux Klan quería limitar la inmigración de católicos italianos hace un siglo. "¿Por qué solo aceptamos a personas de países de mierda?", declaró. "¿Por qué no podemos tener a algunas personas de Noruega o de Suecia? Solo unas pocas. De Dinamarca. Solo unas pocas. Pero solo vienen de Somalia. Lugares asquerosos, sucios, repugnantes, infestados de crimen".
El eco de las palabras de Trump se notó inmediatamente en las calles de Mineápolis, donde vive la mayor comunidad somalí de Estados Unidos. Por la deshumanización y criminalización del colectivo por parte del presidente y por el anuncio, horas después de haberlos llamado "basura", de un incremento de las redadas migratorias de ICE en Mineápolis y en la ciudad vecina, Saint Paul. Menos de un mes después (mientras el mundo miraba a Venezuela o Groenlandia), se produjo la primera muerte: el 7 de enero, una mujer, ciudadana estadounidense y madre de tres hijos, moría víctima de los disparos de un agente de ICE.
“Hemos advertido durante semanas que las operaciones peligrosas y sensacionalistas del Gobierno de Trump representan una amenaza para la seguridad pública, que alguien iba a salir herido”, dijo en una conferencia de prensa el gobernador de Minnesota, Tim Walz, mientras tanto Trump como la secretaria de Seguridad Interior, Kristi Noem, culpaban a la mujer, asegurando que los agentes actuaron "en defensa propia". Con los vídeos del incidente en la mano, no parece que fuera así. La muerte de Renee Nicole Good se convertirá quizá en la espita de un conflicto mucho mayor y que apunta directamente al alma de Estados Unidos. De momento, Minnesota ha declarado ya el estado de emergencia.
"Es probablemente la primera vez que las redadas de ICE van a por ciudadanos americanos", dice Jaylani Hussein, director ejecutivo de la rama local de CAIR, la principal asociación de defensa de los derechos de los estadounidenses musulmanes. "La gran mayoría de esta comunidad son residentes legales. Así que han traído a 100 agentes de ICE con la suposición de que van a arrestar a muchos indocumentados, pero no ha ocurrido. Lo único que están haciendo es detener a ciudadanos estadounidenses y causarles problemas".
Esa es exactamente la paradoja de estas redadas. Según la American Community Survey, el 91,5% de las cerca de 260.000 personas de ascendencia somalí que viven en EEUU son ciudadanas de este país (Migration Policy Institute calcula un 83%). La mayor parte de la inmigración desde Somalia se dio entre 1993 y 1999. Desde entonces, la mayoría de estos inmigrantes se han naturalizado. Y han tenido hijos. Casi la mitad de los somalí-americanos, el 58% en Minnesota, han nacido en EEUU. Entre los que carecen de ciudadanía, la mayoría está de forma legal. Aun así, la Casa Blanca ha lanzado en sus barrios la "Operación Metro Surge".
Un joven llamado Mubashir, de 20 años, fue detenido en la puerta de un restaurante del barrio ribereño de Cedar-Riverside, más conocido como Little Mogadishu. "Los agentes de paisano se abalanzaron sobre mí y me pusieron contra la pared", cuenta Mubashir, que prefiere no dar su apellido, en una comparecencia ante los medios de comunicación en la sede local de CAIR. "Me sentí atacado".
Un vídeo del incidente muestra a los agentes agarrando a Mubashir por el cuello y obligándolo a hincar las rodillas en la nieve, estando esposado. Una persona le grita “Cómo te llamas, cómo te llamas”. Se escuchan silbidos y bocinazos, la manera que tienen los vecinos de Mineápolis de señalizar la presencia de ICE en la zona.
Mubashir, que es estadounidense, dice que pidió varias veces a los agentes que le dejaran mostrarles una copia de su pasaporte que llevaba en el teléfono y así probar su ciudadanía, pero estos se negaron y lo trasladaron en coche al edificio de Fort Snelling, en el sureste de Mineápolis, donde ICE tiene sus oficinas. Mubashir acabó en una celda fría, tiritando con las manos esposadas. Finalmente le permitieron identificarse, le tomaron las huellas dactilares y lo dejaron marchar.
El gobernador de Minnesota, el demócrata Tim Walz, ha denunciado la detención “ilegal” de ciudadanos estadounidenses por parte de ICE, como sugieren este y otros testimonios de manifestantes y meros observadores. Los abogados de inmigración insisten en que los ciudadanos no tienen por qué llevar encima documentos que prueben su nacionalidad, como el pasaporte (del que carecen la mitad de los estadounidenses) o la partida de nacimiento. La mayoría de los ciudadanos se identifican con el carné de conducir, pero este también lo tienen los inmigrantes.
La congresista somalí-americana Ilhan Omar, que representa a buena parte de Mineápolis, ha sido acusada de "terrorista" y amenazada con ser desnaturalizada y deportada por Donald Trump y por varios de sus colegas republicanos en el Congreso. Omar ha dicho que su hijo mayor, nacido en Estados Unidos, ha recibido dos visitas de ICE. Una en la mezquita donde rezaba y otra cuando estaba de compras en un supermercado Target. Se identificó con el pasaporte, que llevaba por si acaso.
El lugar donde Renee Nicole Good, mujer de 37 años y madre de tres hijos, murió tiroteada por un agente de antiinmigración este miércoles en Minneapolis. (Getty/Stephen Maturen)
Pese a las evidencias disponibles, ICE insiste en que su misión es buscar a personas indocumentadas con antecedentes penales. Dice que ha detenido a más de 1.000 personas en Mineápolis y Saint Paul desde el inicio de la operación. En los últimos dos días, se ordenó también el despliegue de otros 2.000 agentes federales, movilizados para investigar presuntos casos de fraude (denunciados por un youtuber conservador) en la asistencia social en guarderías administradas por somalíes.
Escenario de terror helado
Dadas las circunstancias, Mineápolis parece el escenario de una película de vampiros. Las calles están casi vacías y las puertas de muchas iglesias y centros sociales están cerradas con llave. Cuando uno llama al timbre, dado que nadie responde a preguntas por teléfono ni tampoco a los correos electrónicos, aparece un rostro serio que demanda el carné de prensa. Un trabajador social explica que los agentes de ICE recurren a ardides para usar el factor sorpresa. Y no es descartable que alguno se haga pasar por periodista para obtener información.
En las tiendas y paredes de los barrios del centro hay panfletos que recomiendan a los vecinos que se compren un silbato y aprendan un código sencillo (varios silbidos cortos si los agentes de ICE están en la zona; silbidos largos si están deteniendo a alguien) para alertar de las redadas, folletos con información sobre los derechos de los detenidos y otros recursos de este tipo. Cada vez que aparecen los enmascarados, hay gritos, forcejeos y gas pimienta en las caras de los activistas que increpan a los agentes o bloquean la circulación de sus vehículos. Las ya clásicas imágenes de trauma y violencia que dejan las redadas indiscriminadas.
"Antes, era retórica. Ahora, los comentarios de Trump sobre inmigrantes 'basura' son políticas públicas"
“Antes, era retórica”, dice el imán y activista somalí-americano Hassan Jama acerca de los insultos de Trump. “Ahora, el comentario que hizo es una política pública. Ha desplegado agencias federales en Minnesota para acosar a estadounidenses. Ya no es retórica, o comentario, sino una política. Hace daño. Y es inaceptable”.
El Gobierno federal justifica su campaña con base en tres graves casos de fraude a los servicios sociales de Minnesota. Los imputados crearon una serie de empresas que recibieron cientos de millones de dólares de dinero público para gastar en supuestos servicios sociales. Por ejemplo, un programa de alimentos para niños desfavorecidos durante la pandemia de covid. El dinero de los contribuyentes fue directamente a las cuentas bancarias de los defraudadores, que se lo gastaron en carísimos lujos. La gran mayoría de los 79 imputados son de ascendencia somalí.
Citando a fuentes anónimas, City Journal, el portal de investigación del think tank conservador Manhattan Institute, dice que parte de los fondos defraudados fue destinada a financiar la milicia yihadista Al Shabab en Somalia.
El escándalo encaja a la perfección con la narrativa republicana de que los inmigrantes se aprovechan del buenismo demócrata para abusar de los estadounidenses y ha complicado el horizonte político del gobernador Tim Walz, que ya ha declarado que no se presentará a la reelección. La que será candidata republicana en las elecciones del año que viene, Kristin Robbins, ha hecho de los casos de fraude su caballo de batalla. Sin embargo, Robbins se ha distanciado de los ataques racistas de Donald Trump. “Estamos haciendo todo lo que podemos”, dijo Robbins en una entrevista con NBC News. “Pero demonizar a toda una comunidad por las acciones de unos pocos es perezoso”.
Foto: Getty/Stephen Maturen.
La otra justificación enarbolada por Trump es el tiroteo contra miembros de la Guardia Nacional en Washington, que dejó un muerto y un herido grave. El sospechoso, un hombre de 29 años llamado Rahmanullah Lakanwal, es afgano. Donald Trump usó el atentado para pausar todos los procesos de inmigración legal, desde visados a peticiones de asilo y juras de ciudadanía, para las personas procedentes de una veintena de países, la mayoría árabes y africanos.
Estos incidentes específicos, los casos de fraude en Minnesota y el atentado de Washington, solo son las excusas para aplicar un programa nativista palpable no solo en la retórica, sino, sobre todo, en las acciones de la Casa Blanca.
¿Qué se hace con la “basura”?
A la vista de cómo opera el sesgo de normalidad, que nos hace masticar, deglutir y digerir casi cualquier cosa para incorporarla a nuestras vidas y evitarnos incómodos dilemas, uno puede imaginarse el arsenal de justificaciones para la actitud de Donald Trump.
Por ejemplo, que simplemente es su forma de expresarse, provocadora, mediática, exagerada, pero que su intención es buena; o, ustedes no se enteran porque no han leído The Art of the Deal, pero en realidad es una maniobra sutil de ajedrez: Trump insulta a los somalíes para poner el foco en esta cuestión y forzar a los demócratas a reformar el sistema migratorio; o, ese lenguaje es normal, todos lo usamos en nuestros grupos de WhatsApp, aquí lo grave es la reacción histérica de los progres, que llaman a Trump fascista cuando los fascistas, en verdad, son ellos.
Argemino Barro. Nueva YorkBlanca CasanovaEmma EsserMarta AbascalMiguel Ángel GavilanesDesarrollo: María MateoMaría Mateo
Bajo todas estas capas de aire caliente, el hecho esencial es que el presidente de EEUU ha llamado "basura" a una minoría étnica y ha desplegado contra ella los instrumentos de intimidación del Estado. Una situación que se ha dado en otras épocas y lugares, y que es necesario desmenuzar.
Una buena manera de empezar el análisis es centrándonos en el lenguaje. Desde que dio el salto a la política en 2015, Trump se ha referido a inmigrantes indocumentados como "animales", ha dicho que "infestan" y "contaminan la sangre de nuestro país", y ha usado la palabra "alimaña" (vermin), utilizada por los nazis para describir a los judíos. "Basura", por tanto, es el último eslabón de una larga cadena, con el añadido de que, en este caso, se refiere a ciudadanos americanos.
“La retórica de Trump, y la de sus portavoces, es intrínsecamente irrespetuosa con la vida de los demás. Fomenta la falta de respeto, y esto a su vez fomenta la violencia”, explica Lynne Tirrell, profesora de filosofía del lenguaje de la Universidad de Connecticut. “Esto se evidencia con el término ‘basura’: ¿qué se hace con la basura? Deshacerse de ella. ¿Cómo? Bueno, con la basura real, básicamente hay tres maneras: quemarla, enterrarla o enviarla a otro lugar. Las tres opciones serían devastadoras si se aplicaran a personas que de repente son consideradas 'basura'".
Lynne Tirrell lleva décadas explorando la intersección entre el lenguaje y las prácticas políticas y sociales, también en casos extremos. En 2012 publicó el estudio Juegos de lenguaje genocidas, en el que explica cómo la propaganda hutu de Ruanda, en los años precedentes al genocidio, estuvo refiriéndose a los tutsis como “cucarachas” o “serpientes”. Un ejemplo dramático de cómo “los actos discursivos pueden preparar el camino para los actos materiales y físicos”.
Una barricada bloquea una calle en Minneapolis, este jueves. (Getty/Stephen Maturen)
Estados Unidos no es Ruanda, pero la retórica de Trump también es deshumanizadora y también genera violencia. “Durante el primer mandato de Trump, el FBI, que en ese momento no estaba bajo su control, llevaba un historial de los casos de personas que cometían actos de violencia contra desconocidos en la calle o en los mítines de Trump y luego se justificaban diciendo que Trump les había dicho que podían hacerlo”, dice Tirrell. Sucedió, al menos, en 54 ocasiones registradas por la policía federal, controlada hoy por acólitos del presidente.
Argemino Barro. Washington DCIlustración: EC Diseño
"Hay un video muy famoso de él, durante su primera campaña presidencial, diciéndole a la multitud que golpeara a algunos manifestantes y que él pagaría sus gastos legales", continúa Tirrell. "Ellos le creyeron, salieron a la calle, golpearon a la gente y fueron arrestados. Luego dijeron: 'Trump me dijo que podía hacerlo'". Esa fue la explicación que dio uno de los agresores, Alvin Bamberger. Su querella contra el entonces candidato republicano incluía la siguiente frase: "Trump y/o la campaña de Trump instigaron e inspiraron a Bamberger a actuar como lo hizo".
La intuición de Tirrell, que recuerda haber observado por primera vez la actitud de Trump en 1989, cuando pagó un anuncio a toda página en un periódico neoyorquino pidiendo la pena de muerte contra los “Cinco de Central Park” (cinco jóvenes negros acusados, y finalmente exonerados, de violar a una mujer blanca en 1989), es que la violencia irá a más. Porque así lo indica su trayectoria de doble o nada.
Miedo y sangre en Mineápolis: 'El ICE va a por ciudadanos americanos'
Hace años, Trump utilizaba lo que Jennifer Saul, también filósofa del lenguaje, llamó "hojas de parra", una referencia a las pinturas victorianas donde los genitales de las figuras eran tapados, por pudor, para salvar las apariencias, con una hoja de parra. Tirrell pone el ejemplo de cuando Trump describió a los inmigrantes mexicanos, en su primer mitin de campaña en 2015, con todas las categorías imaginables de delincuentes. Y luego añadió: “Pero algunos son buena gente”.
Otra técnica habitual en Trump era el "silbato para perros" (dog-whistle) mensajes con diferentes lecturas que determinados segmentos del electorado podían captar. Por ejemplo, cuando Trump habla de los "americanos reales" o de los "hombres y mujeres olvidados de América", la mayoría de las personas no le darían más vueltas, pero los racistas descifrarían este código: Trump habla de las personas de raza blanca.
"Estas dos maniobras lingüísticas evasivas, cuyo objetivo es eludir la responsabilidad por lo que se dice, son menos comunes ahora", concluye Tirrell. "Trump no intenta eludir la responsabilidad por lo que dice porque cree que está por encima de todo. Es decir, realmente creo que piensa que goza de total impunidad, y por eso lo dice sin más. Llama a la gente basura".
Somalíes en la casa de la pradera
La nieve y las temperaturas gélidas contribuyen a la atmósfera fantasmagórica de Mineápolis. Invierno, en las inmediaciones de Canadá, es una de esas épocas donde las personas se comunican con el mundo a través de la nariz, que es lo único que sobresale de las figuras completamente arropadas que circulan por la ciudad. Los copos de nieve flotan y describen espirales, camiones de todos los tamaños esparcen sal y una iglesia, Life Center, abre las puertas a un extraño congelado.
"La gente tiene miedo. Los hispanos no quieren salir de casa. Simplemente tienen miedo", dice la pastora de la iglesia, Monica DeLaurentis, que lleva más de 30 años ayudando a la gente necesitada en los barrios de Mineápolis. “Ahora, los somalíes también tienen miedo. Y muchos de ellos han nacido aquí, pero, como las mujeres usan velo, son fácilmente identificables y tienen miedo de que los detengan en la calle. Y con lo que dijo el presidente… Es increíble que un presidente pueda decir algo así, sin siquiera intentar ser cortés ni nada por el estilo. Directamente”.
"Los somalíes, aunque han nacido aquí, como son fácilmente identificables, tienen miedo de que los detengan en la calle"
DeLaurentis, que concede la entrevista sentada en un sofá tranquilizando a una perra boxer de color blanco con un lazo rojo navideño en el cuello, ha sido testigo directo del proceso de integración de los somalíes en estos páramos.
La historia de los somalíes de Norteamérica empieza en la campiña de Minnesota. El mismo escenario donde la familia Ingall, en la famosa serie de ficción La casa de la pradera, desempeñaba su vida fronteriza. Los primeros refugiados somalíes, huidos de la guerra civil que asoló su país intermitentemente durante 30 años, se asentaron junto a una planta cárnica de Marshall, a 240 kilómetros de Mineápolis.
La empresa buscaba trabajadores y los somalíes buscaban empleo en un país seguro. Una cosa llevó a la otra, y Minnesota se convirtió, con los años, en el hogar de casi 80.000 personas de origen somalí. Minnesota ofrecía un clima y una geografía diametralmente opuestos a los del este de África, pero tenía otras ventajas: la herencia sueca, pues se trata del estado con más descendientes de suecos de EEUU, incluía una poderosa red de servicios sociales y de integración que sigue en pie, y que permite un aterrizaje suave para los inmigrantes.
Escenas en Minneapolis tras la muerte de Renee Nicole Good a manos de un agente antiinmigración. (Getty/Star Trubine/Alex Kormann)
El proceso de integración ha tenido, y tiene, sus desafíos. Según datos de Migration Policy Institute, el índice de pobreza en la minoría somalí ronda el 25%, notablemente superior al de los inmigrantes en general (14%) y más del doble que el de los ciudadanos americanos (12%). Su participación en la fuerza laboral, en cambio, es del 70%, algo superior al 63% de la media estadounidense. Uno de los obstáculos que afrontan los somalíes mayores o recién llegados es el idioma.
Abshir Omar, empleado de la Biblioteca de Hennepin County, organiza clases de lectura para los niños que no hablan inglés en sus hogares y necesitan refuerzo. “Ahora tenemos menos gente, por la presencia de ICE en nuestro vecindario de Cedar-Riverside”, dice Omar. “Las familias son más cautelosas. Aunque tengan sus documentos en regla, prefieren quedarse en sus casas. El Ayuntamiento, la policía y el gobernador nos están ayudando mucho. La comunidad no se siente segura”.
Vista de Riverside Plaza, un complejo de apartamentos que alberga a cientos de somalí-estadounidenses en Minneapolis. (Getty/Stephen Maturen)
Tres décadas después de que llegasen los primeros refugiados, la comunidad somalí, a muy grandes rasgos, se divide entre los “ancianos” (elders) y el resto. Si uno quiere captar el aspecto y el sabor de Somalia en Mineápolis, está el Somali Mall, un centro comercial de locutorios, agencias de viajes destartaladas, tiendas de vestidos baati de colores vivos y cafeterías mal iluminadas donde discuten hombres en chanclas mientras beben el té tradicional, con leche y muy especiado. El incienso local, uunsi, hecho con resinas, maderas y especias, caldea el ambiente.
Luego están las generaciones jóvenes, repartidas en los ámbitos laborales más variados, y visibles, sobre todo, en la política. La congresista socialista Ilhan Omar es la primera somalí que ocupa un escaño en Washington. El Congreso de Minnesota tiene a varios representantes de origen somalí; uno de ellos, Omar Fateh, se quedó a seis puntos de ganar la alcaldía de Mineápolis.
"Cuando llegas aquí, te enfrentas a una realidad muy dura: tienes que aprender el idioma, conseguir un trabajo, encontrar la manera de ganarte la vida y sobrevivir", dice Jaylani Hussein, de CAIR. “Durante más de 30 años, los somalíes han considerado este lugar su hogar. Algo ha funcionado, de lo contrario, nos habríamos ido. Se trata de una historia de éxito. Y hay una diferencia generacional. Los mayores tienen su propia forma de reaccionar. Y luego están los jóvenes, que ahora están en las redes sociales y tienen una respuesta completamente diferente (al ataque de Trump). Literalmente, se toman este asunto con humor. Y eso demuestra lo auténticamente estadounidenses que son estos chicos; estas cosas ni siquiera les afectan, porque para ellos es solo otro troleo, y responden como si fuera un troleo”.
“Los somalíes hacen grandes esfuerzos por integrarse”, dice la pastora Monica DeLaurentis. “Cuando llegaron aquí, tenían muchísimo miedo a los cristianos, ¿sabes? Al igual que a los cristianos se les cuentan mentiras sobre ellos, a ellos también se les cuentan cosas sobre nosotros. Al principio muchos de ellos vivían en el edificio de al lado, y pensaban que yo estaba secuestrando a sus hijos. Tenía que abrir todas mis furgonetas para mostrarles que no tenía a sus hijos dentro. Nunca entraban en la iglesia. Ahora sí. Trabajamos mucho con los somalíes. Organizamos eventos en los que los imanes y los pastores pueden reunirse y conocerse mejor”.
Entre las mentiras que se cuentan de los somalíes está la de que reciben una casa y un coche nada más llegar a Minnesota, que tienen gallinas y cabras en sus pisos o que delinquen más. Una serie de bulos que, desde hace unas pocas semanas, resuenan también en los salones del Congreso de Estados Unidos.
“No es que todos los somalíes cometan delitos, pero el 80% de los delitos que se cometen en las Twin Cities de Minnesota (Mineápolis y Saint Paul) son cometidos por somalíes”, dijo el representante republicano Tom Emmer, de Minnesota, durante una entrevista en Fox News sobre los casos de fraude a los servicios sociales.
Como detalla el diario local Minnesota Reformer, esto no es cierto. Las estadísticas de crimen no recogen la ascendencia exacta de los delincuentes. Sí pueden reflejar, en ocasiones, su raza, pero no si proceden específicamente de Somalia, Ghana o de los africanos que llegaron como esclavos a las Américas hace cuatro siglos. Es cierto que los afroamericanos están sobrerrepresentados en las estadísticas de delincuencia, pero no cometen el 80% de los delitos. Una estadística de la aglomeración urbana donde están Saint Paul y Mineápolis dice que el 37% de los detenidos, en 2021, eran negros, de una población total del 9%.
El jefe de policía de Minneapolis durante una oración interreligiosa por la comunidad somalí, el 4 de diciembre. (Getty/Stephen Maturen)
Es posible que el congresista Tom Emmer solo quiera sobrevivir políticamente en el partido de Donald Trump. En 2015 decía lo siguiente sobre la minoría somalí: “Si me preguntan qué opino sobre las poblaciones inmigrantes que se encuentran legalmente en este país y que están intentando encontrar una vida mejor para sí mismas y sus familias, las apoyo de todo corazón. Los alemanes tuvieron el mismo problema cuando llegaron. Los polacos también lo tuvieron. Los chinos también”.
Otro bulo común, que repetía Elon Musk en una entrevista, es que Ilhan Omar está en el Congreso gracias al voto de la minoría somalí: un ejemplo de cómo esta comunidad, numéricamente ínfima, estaría colonizando la civilizada Norteamérica. La verdad es que los somalí-americanos apenas componen uno de cada diez de los votantes del quinto distrito parlamentario de Minnesota, que representa Omar. La gran mayoría de los votantes de la congresista son blancos.
Make America White Again
El siguiente paso del análisis es entender el origen de esta animadversión de Trump, y de otros miembros de su administración, hacia determinadas minorías. Una forma de verlo es que los somalíes reúnen una tríada de características políticamente rentables para la extrema derecha: son negros, musulmanes e inmigrantes. Y además son pocos. Si Trump fuese a por otros colectivos más amplios y repartidos, hubiera sido más arriesgado, pero los somalíes apenas representan el 1,4% de la población de Minnesota y el 0,076% de la de EEUU.
La fijación del presidente va más allá de la búsqueda táctica de un chivo expiatorio para canalizar la rabia de parte del electorado. Una manera de contextualizar el comentario racista de Trump es escuchar a su vicejefe de gabinete y responsable de la política migratoria, Stephen Miller. A continuación va un fragmento de una entrevista reciente de Miller en Fox News:
“Si los somalíes no pueden lograr que Somalia prospere, ¿por qué pensaríamos que la situación sería diferente en Estados Unidos? Analicemos país por país del Tercer Mundo”, dijo Miller. “Nadie dice que no haya gente buena en todo el mundo, pero hay que fijarse en la sociedad. Si Libia sigue fracasando, si la República Centroafricana sigue fracasando, si Somalia sigue fracasando… Si estas sociedades en todo el mundo continúan fracasando, uno tiene que preguntarse: si traemos a esas personas a nuestro país y les damos asistencia social gratuita ilimitada, ¿qué creemos que va a pasar? Se van a replicar las mismas condiciones que dejaron atrás, una y otra vez”.
Lo que hace Stephen Miller es reducir el desempeño de los países no a una mezcla de factores como la geografía, el clima, la fertilidad del suelo, la vecindad o las adaptaciones culturales, sino a una cualidad inalterable de sus habitantes. Como si Estados Unidos no fuera el ejemplo vivo de lo que pueden llegar a hacer los descendientes de italianos analfabetos, esclavos africanos o judíos desarrapados, todos ellos considerados “inasimilables” en sus respectivas épocas. El determinismo racial, también conocido como racismo, es una postura bien documentada.
El consejero de política interna, Stephen Miller, durante una entrevista con la CNN. (Getty/Anna Moneymaker)
En su libroHayek's Bastards: Race, Gold, IQ, and the Capitalism of the Far Right, el historiador y profesor de Boston University Quinn Slobodian traza la genealogía del actual nacional-populismo e identifica tres elementos dominantes, que él llama las “tres durezas”: fronteras duras, dinero duro (respaldado por metales preciosos) y cultura dura o innata. Es decir, la noción de que la cultura está codificada en los genes, lo cual hace que las diferentes etnias sean distintas no solo por sus características físicas, sino también por sus características intelectuales.
Esta manera de mirar a las sociedades ha tenido diferentes nombres y vestiduras en el último siglo: “ciencia racial”, “realismo racial”, “racialismo”, etcétera. La creencia de que no existe una naturaleza común a los seres humanos, sino que esta se divide, como la pigmentación de la piel, en etnias. La derrota del nazismo y la expansión de los derechos civiles en EEUU no vencieron estas teorías, sino que las dejaron en una especie de duermevela, hasta que volvieron a despertar.
“Los avances en la neurociencia permitieron a los neoliberales crear una especie de clasificación jerárquica de los humanos en relación a su supuesto talento y capacidad económica”, decía Quinn Slobodian a El Confidencial el pasado junio. “Los ‘científicos raciales’ hicieron una jerarquía en base a la inteligencia, colocando a los judíos asquenazíes y a los asiáticos orientales por encima de los europeos en general. Con este tipo de ciencia errónea, basada en premisas erróneas, se replanteó cómo defender el libre mercado en función de quién entraba y quién se quedaba fuera. Y esto abrió la puerta a alianzas con personas que apostaban por la pureza étnica o racial por razones completamente distintas”.
Foto: Getty/Joe Raedle.
Esta cepa ideológica se escindió del neoliberalismo dominante y fue reformulada por una miscelánea de académicos, economistas e ideólogos como Murray Rothbard, Charles Murray, Hans Hoppe o Peter Brimelow. La idea general es que no todas las razas están capacitadas para ejercer el libre mercado. Mientras un determinado tipo de personas emprende, produce y próspera, otro tipo vive de la sopa boba. Peter Brimelow, por ejemplo, acuñó el concepto de “etno-mercado”. Una economía dinámica, innovadora, pero, eso sí, con las fronteras cerradas a ciertas razas.
El libro probablemente más famoso de esta corriente es Alemania se autodestruye, de Thilo Sarrazin, éxito de ventas de 2010. Está considerada la obra de cabecera de los partidos de ultraderecha Alternativa por Alemania y Partido de la Libertad de Austria. The Bell Curve, de Charles Murray, profesor de la Universidad de Harvard, en el que se relaciona la etnia con el cociente intelectual para explicar la desigualdad racial en EEUU, sigue dando que hablar.
Un tercer libro de referencia, este de ficción y publicado por el francés Jean Raspail en 1973, es El desembarco(en el francés original y en inglés: “El campo de los santos”). Una novela distópica que cuenta una migración masiva desde la India hacia Europa que termina destruyendo la civilización occidental. El proceso está descrito en el lenguaje habitual extremista, con descripciones de las hordas bárbaras y sucias (su líder es literalmente un hombre que come excrementos) que aparecen en destartaladas barcazas para infestar a Francia. En otras palabras: se trata de la novela icónica de la teoría conspirativa del “Gran Reemplazo”.
El sesgo de normalidad sugerirá que estas son referencias trasnochadas que solo les interesan a académicos desconocidos y sin nada mejor que hacer. En realidad, El desembarco es un libro de culto, a día de hoy, en el mundo MAGA. A principios de este mes, una cincuentena de personas se reunió en el restaurante Butterworth’s, en el centro de Washington, para rendir homenaje al clásico “profético” de Jean Raspail. Un texto elogiado por figuras como Steve Bannon, Marine LePen o Stephen Miller, que se lo recomendaba a compañeros de trabajo.
Las palabras, en Trump 2.0, van acompañadas por acciones. El Gobierno ha revocado el derecho de asilo a más de 200.000 personas y ha llenado casi toda la cuota, de 7.500 asilados al año, con afrikaners (sudafricanos blancos) e incluso ciudadanos de Europa occidental. Las personas de una veintena de países del Tercer Mundo han visto sus procesos migratorios congelados, hasta en la jura de ciudadanía. Cuando estos inmigrantes, después de completar un proceso riguroso que dura años, se presentan a recibir su nueva nacionalidad, los servicios migratorios les dicen que no pueden proceder y que revisarán sus casos.
Cambio de estrategia
La naturaleza de las deportaciones también es elocuente. En anteriores presidencias, ICE investigaba las redes de narcotráfico o de trata de blancas, la delincuencia común, y actuaba, sobre todo, contra indocumentados criminales. Este ya no es el caso. Según un análisis del think tank libertario Cato Institute, la proporción de personas sin papeles detenidas por ICE que han sido condenadas por delitos violentos ronda el 5%. La mayoría no tienen antecedentes. Hay evidencias de que los agentes actúan, muchas veces, al azar, parando a las personas que tienen aspecto latino y pidiéndoles los papeles, a menudo usando la fuerza.
“El objetivo principal es infundir miedo a un número de personas mucho mayor que el de las que son arrestadas y hacerles sentir que su única opción viable es abandonar Estados Unidos”, dice por correo electrónico Hiroshi Motomura, profesor de Derecho y co-director del Center for Immigration Law and Policy de la Universidad de California. “Los objetivos de esta campaña son los inmigrantes de origen no europeo. Las propias declaraciones del presidente, denigrando a los inmigrantes de "países de mierda" y permitiendo la entrada solo a sudafricanos blancos como refugiados, son solo dos de muchos ejemplos de esta actitud (...). Para la administración, estos ciudadanos tampoco pertenecen a este país”.
Una persona deja una flor donde un agente antiinmigración del ICE disparó contra una mujer este miércoles en Minneapolis. (Getty/Stephen Maturen)
“Existe una agenda gubernamental para que EEUU regrese a un pasado mítico, anterior a los cambios demográficos que se produjeron en el país a partir de 1965, cuando se eliminó la discriminación racial explícita de la ley de inmigración estadounidense”, continúa Motomura, que acaba de publicar Borders and Belonging: Toward a Fair Immigration Policy (Oxford 2025). “Parte de la lógica subyacente es la de reconstruir Estados Unidos según criterios raciales”.
La Administración Trump, nuevamente, desplaza los palos de la portería hacia un territorio desconocido en EEUU, al menos para las últimas generaciones. El país de las oportunidades, la diversidad y la libertad de expresión ha caído en un cepo nativista que coloca la identidad en el centro de sus cálculos. La minoría somalí, y por ende el resto de estadounidenses, lo está presenciando en vivo.
"Los somalíes defraudaron a ese Estado (Minnesota) miles de millones de dólares. Y no contribuyen nada. No los quiero en nuestro país", declaró el presidente de EEUU, Donald Trump, la tarde del 2 de diciembre. "Su país apesta, y no los queremos en el nuestro. Vamos por mal camino si seguimos trayendo basura a nuestro país. Ilhan Omar es basura. Es basura. Sus amigos son basura".