No solo geopolítica: el ataque a Venezuela es también para consumo interno de EEUU
Trump, en otras palabras, indica de nuevo que está por encima de todo: de la legalidad nacional e internacional, de las élites estadounidenses y de las inquietudes y deseos de sus conciudadanos
Donald Trump con congresistas republicanos en su retiro anual para debatir temas de actualidad, en el Kennedy Center. (Reuters/Kevin Lamarque)
Entre todas las posibles interpretaciones de la captura de Nicolás Maduro en un ataque militar de EEUU contra Venezuela, hay una que se suele pasar por alto y que, sin embargo, puede ser la más importante: la captura de Maduro fue una operación destinada al consumo interno de la opinión pública estadounidense. Una forma de disimular los problemas a pie de calle, alimentar la figura de hombre fuerte y decidido que proyecta continuamente Donald Trump, y un vector esencial del programa de la Casa Blanca: agresión exterior, represión interior.
Antes de desarrollar este argumento, es necesario recordar, a vuelapluma, los hechos que ya se han analizado en otros artículos: que Venezuela juega un papel marginal en el tráfico de drogas a Estados Unidos (además, la maquinaria corrupta del chavismo, en el momento de escribir estas líneas, parece intacta); y que la infraestructura petrolera venezolanaestá en mal estado y sería carísima de modernizar, sobre todo en un contexto de exceso de oferta y de precios bajos.
Hay otras posibles coartadas, como el estrangulamiento energético de los regímenes de Nicaragua y Cuba, la intimidación en general de la izquierda latinoamericana y el reparto del mundo en zonas de influencia, siendo las Américas, por tanto, propiedad de EEUU. Así lo dice el Departamento de Estado.
Todas estas explicaciones, como también la de permitir al pueblo venezolano recuperar, por fin, la democracia, se dan de bruces con la realidad de que el régimen madurista sigue en pie. EEUU, de hecho, no tiene soldados para cambiarlo o presionarlo. Ni siquiera tiene una embajada. No hay elecciones a la vista ni los opositores exiliados, al menos de momento, tienen visos de volver. Lo cual nos lleva a la razón que da título a este artículo: ha sido una 'guerrita' para consumo interno.
Una parte de esta hipótesis es la clásica cortina de humo: Donald Trump, a nivel nacional, tiene bastantes problemas. La inflación está tan alta como hace un año, cuando Trump ganó las elecciones prometiendo una reducción del precio de la bolsa de la compra y, en resumen, políticas de "sentido común" que aliviaran los bolsillos. No ha sucedido. Ni tampoco hay interés programático o narrativo en ello.
Abriendo la lente, vemos que la economía da señales de cansancio: el PIB crece, pero lo hace gracias a las inversiones en inteligencia artificial; la Bolsa también sube, pero lo hace bastante por debajo de la media de los parqués del resto del mundo; la creación de empleo tiene el ritmo más débil en dos décadas, el índice de confianza del consumidor ha caído cinco meses consecutivos y los aranceles no han servido para reforzar el sector manufacturero. Al contrario: EEUU ha perdido 50.000 empleos fabriles mientras China marca récord de superávit comercial.
Así que la imagen de Trump, en los hogares, sufre. Su popularidad está por debajo del 40%: 17 puntos menos que cuando juró el cargo. Y gran parte de ese 39%, o 36%, según otras estimaciones, que lo apoyan, son probablemente las bases: los trumpistas que seguirían a Trump al mismísimo Infierno si hiciera falta. Pero ni siquiera las bases están a salvo de la corrosión de este segundo mandato.
El escándalo más peligroso para el presidente es la revelación de los papeles del magnate pedófilo Jeffrey Epstein, una bomba política que todavía está en proceso de detonación. La clave de bóveda de la narrativa trumpista siempre ha sido la del campeón del pueblo que, por fin, desmantelaría una cábala de pedófilos que mueve los hilos. El caso Epstein tiene exactamente estas mimbres. Pero el presidente, una vez en el poder, cambió de opinión y dijo que no había nada que desclasificar porque se trataba de un "bulo demócrata". Sus seguidores no lo apreciaron.
Cuando, a mediados de diciembre, circularon los rumores de que Venezuela podría ser finalmente atacada, la congresista izquierdista Alexandria Ocasio-Cortez tuiteó: "Recordatorio de que los Papeles de Epstein deberían ser desclasificados el viernes y todos los acontecimientos políticos que veáis entre ahora y entonces tienen que ser observados con esto en mente". El golpe aún tardó dos semanas en producirse. Desde el 3 de enero, no se habla de otra cosa en EEUU.
Más importante que la cortina de humo, dentro de la hipótesis del consumo interno, es que Donald Trump vive de presentarse como el hombre providencial. No se trata de un político de carrera que se haya abierto paso peldaño a peldaño, demostrando su gestión o su retórica a lo largo del tiempo, sino que, como les gusta decir a sus simpatizantes, es una "bola de demolición" contra un sistema que no funciona. Un forajido, un outsider que "dará un puñetazo en la mesa", "cortará por lo sano", "hará lo que sea necesario" o cualquier otra expresión típicamente autoritaria.
Este papel rompedor de Trump está simbióticamente unido al heroísmo, la fuerza y el factor sorpresa. Es interesante, por coger el ejemplo más reciente, escuchar su comparecencia tras la captura de Maduro: casi no hubo menciones a la democracia o a la lucha antidroga, pero sí innumerables referencias (26) a hacerse con el petróleo y a la dominación y al poder de los increíbles EEUU y de su líder, Trump, que resucitó la Doctrina Monroe y prometió ceñirse a las "leyes de hierro que siempre han determinado el poder global". Es decir, la fuerza bruta.
Tercera vertiente de la hipótesis del consumo interno: con su ataque a Venezuela, Trump comunica al pueblo americano que le dan igual tanto el Congreso como la opinión pública. Pues ambos han sido ninguneados. Una encuesta de diciembre reflejaba que casi dos tercios de los estadounidenses rechazaban una intervención en Venezuela. Y a los congresistas no se les notifica nada: ni la destrucción de embarcaciones, ni los asaltos a barcos petroleros, ni la captura de Maduro. Como en tantos otros casos desde hace un año, el Capitolio ha sido reducido a la categoría de órgano consultivo al que pocas veces se le pide una opinión.
Trump, en otras palabras, indica de nuevo que está por encima de todo: de la legalidad nacional e internacional, de las élites estadounidenses y de las inquietudes y deseos de sus conciudadanos. Lo cual nos lleva a la cuarta y última variante de la hipótesis: la represión interna.
Estos días se habla de "cambio de régimen" en Venezuela, pero donde de verdad se está cambiando de régimen es en Estados Unidos. La democracia moderna más antigua del mundo está descomponiéndose; no como consecuencia, o no solo, de un proceso orgánico de turbulencias sociales, sino como parte de un plan.
Si el Congreso es casi irrelevante, es porque el Gobierno apenas le hace caso. Si un tercio de las órdenes judiciales son ignoradas, es por elección; si policías enmascarados aterrorizan a los vecindarios y acosan, también, a ciudadanos estadounidenses, y si hay 75.000 personas en centros de detención remotos, en condiciones abusivas, sin cargos, etc, es intencionadamente.
Aunque la mayoría de las personas sigan viviendo en el Mundo de Ayer, aferradas a la normalidad que han conocido hasta ahora, las cosas están cambiando. Y la historia sugiere que la dinámica de la conquista va unida a la dinámica del autoritarismo; la violación del derecho internacional va unida a la violación del derecho nacional. No suele ser un fenómeno compartimentado, sino holístico.
El imperialismo y la represión interior suelen ir de la mano. Los estadounidenses lo saben bien. El periodo más tenso de la Guerra Fría, cuando la Unión Soviética se puso a la par que Estados Unidos en poderío nuclear y los ejércitos de ambos países cruzaron algunas balas en la guerra de Corea, fue también la época del macartismo y la "caza de brujas". La guerra de Vietnam estuvo acompañada de protestas y represiones violentas y no pocos magnicidios. Y la "Guerra contra el Terror", desencadenada, sobre todo, en 2003, significó la erosión de la privacidad de los estadounidenses con la Ley Patriota y otras medidas represivas.
Aunque no hay nada inevitable y cada uno de estos casos contiene millares de matices, la actitud intervencionista de Trump se da en paralelo a un aumento de la represión política en Estados Unidos: con procesos infundados a enemigos del presidente, extorsión de las universidades, detenciones de estudiantes propalestinos o represalias contra quienes no reaccionaron correctamente al asesinato de Charlie Kirk. Y no está previsto que esto, de repente, aminore.
Este año, la policía migratoria ICE tendrá un presupuesto tres veces más grande que en 2025. Habrá más agentes, más detenciones y más campos de internamiento. Donald Trump está formando una "fuerza de reacción rápida" para actuar contra posibles disturbios en los 50 Estados, y lleva meses preparando coartadas para disolver organizaciones de izquierdas en base a motivos nebulosos como apoyar grupos inexistentes como "Antifa".
El presidente de EEUU nos dice y nos repite, con palabras y con acciones, que el orden global que su país construyó hace 80 años ya no sirve: que la UE ya no es una aliada cercana, que Rusia tiene su parte de razón en Ucrania y que las Américas pertenecen a Washington. Y nos dice y nos repite lo mismo respecto al orden interno de EEUU: que está caduco. Y está en proceso de transformación. El ataque totalmente unilateral a Venezuela y el paseo de Maduro, convertido en trofeo humano, por las calles de Nueva York, son otro recordatorio.
Entre todas las posibles interpretaciones de la captura de Nicolás Maduro en un ataque militar de EEUU contra Venezuela, hay una que se suele pasar por alto y que, sin embargo, puede ser la más importante: la captura de Maduro fue una operación destinada al consumo interno de la opinión pública estadounidense. Una forma de disimular los problemas a pie de calle, alimentar la figura de hombre fuerte y decidido que proyecta continuamente Donald Trump, y un vector esencial del programa de la Casa Blanca: agresión exterior, represión interior.