La teoría del dominó de Trump: ¿puede el crudo venezolano cambiar las Américas?
Washington busca reactivar el crudo venezolano con inversión masiva, presionando a La Habana y Managua, alterando intereses de Pekín y Moscú y amenazando exportaciones canadienses
Foto de archivo de un graffiti en las calles de Caracas, mostrando trabajadores petroleros. (Reuters/Leonardo Fernández Viloria)
El periodista George Packer renunció a pedir cuentas morales a Donald Trump, al que describió como "una criatura que caza y se alimenta en un oscuro reino subético". Packer es un demócrata de Brooklyn diciendo cosas de demócrata de Brooklyn. Pero, escuchando la comparecencia de Trump del sábado, en la que el presidente mencionó el petróleo 26 veces y dijo abiertamente que "vamos a extraer una enorme riqueza del subsuelo" y fin de la historia, no es una mala forma de verlo.
Más allá de los instintos del presidente de EEUU, lo cierto es que el petróleo venezolano puede tener implicaciones estratégicas reales y potenciales. El régimen cubano, por ejemplo, recibe 30.000 barriles diarios subsidiados de crudo venezolano. Una de las pocas líneas de sustento de su economía. El secretario de Estado Marco Rubio, cubanoamericano de Florida, ha dejado claro que el castrismo "está en un buen lío". EEUU está bien posicionado para estrangularlo.
Nicaragua, donde gobierna el autócrata Daniel Ortega, está en una situación similar. En torno al 80% de los hidrocarburos que recibe proceden de Venezuela, también a precio de amigo. Estaríamos, sobre el papel, ante la teoría del dominó: neutraliza al chavismo y el resto de piezas se desplomarán una detrás de otra.
Con la posible caída del chavismo, Rusia y China perderían a un aliado. Pero tampoco sería una pérdida cataclísmica. Solo el 4% del petróleo que importa China procede de Venezuela. Los rusos se quedarían sin un camarada y un cliente sólido para sus ventas de armas, pero, más allá de una condena formularia, no han hecho nada respecto al ataque de EEUU. Como dice la analista Hanna Notte, Vladímir Putin ha pasado de oponerse a EEUU en todo, con Joe Biden, a mostrarse reservado y despejarle el camino a Trump, en Irán y ahora en Venezuela. Su cálculo es que, a cambio, gozaría de cierta aquiescencia norteamericana en Ucrania.
Antes de abundar en los designios geopolíticos, EEUU, como dijo Trump, quiere hacer que sus grandes petroleras "intervengan, inviertan miles de millones de dólares, reparen la infraestructura petrolera, que está en muy mal estado".
Pese a que Venezuela tiene la mayor reserva de petróleo estimada del mundo, entre un 17% y un 20% del total, solo explota una fracción: menos de un millón de barriles diarios. Lo que representa la tercera parte de lo que solía producir y apenas un 1% de la oferta global. Estados Unidos produce 13 veces más.
Las razones de por qué Venezuela, para la que el petróleo supone el 95% de los ingresos de las exportaciones, ha reducido dramáticamente la producción, son variadas: las duras sanciones de Estados Unidos, el exceso de oferta global y la ineficacia y la corrupción inherentes al patrimonialismo chavista. Los oleoductos no se renuevan desde hace medio siglo y poner la industria a punto puede costar, según una estimación, 58.000 millones de dólares; o el doble: 110.000 millones, dice Rystad Energy, para devolverla a como estaba hace 15 años.
El hecho de que el crudo venezolano sea espeso y sulfuroso, difícil de refinar, no tiene por qué preocupar a las energéticas norteamericanas, concretamente las del de Texas. El "Estado de la estrella solitaria", donde las personas, los coches y las latas de cerveza son más grandes, tiene una infraestructura petrolífera versátil que puede dar cuenta del crudo venezolano. Chevron, la única gigante con licencia para operar en Venezuela, es texana, como lo es el otro titán: Exxon Mobil.
Aun así, hay otros obstáculos. El primero, la incertidumbre. La hipótesis de trabajo es que el régimen chavista, que sigue controlando el país, ha llegado o llegará a algún tipo de trato con EEUU a cambio de que este pueda explotar las riquezas venezolanas, con una vaga transición política en el horizonte. Pero nadie sabe cómo evolucionará la situación ni si habrá, quizás, una insurgencia o algún tipo de tumulto que disuada a las empresas de apostar sus fortunas en un país inestable.
Lo cual nos lleva al otro gran estorbo: el precio del petróleo. Estamos en un momento de exceso de producción global, con un barril que flota cerca de los 60 dólares. Mal momento, con el precio bajo, para arriesgarse a meter cantidades millonarias en Venezuela. Más aún a la vista de los otros factores mencionados.
El valor relativamente asequible del barril de petróleo caería todavía más si Venezuela eleva la producción, lo cual sería malo para la industria estadounidense, pero positivo para el consumidor: gasolina a mejor precio. Lo cual podría enfriar, hasta cierto punto, la inflación. Una de las promesas de campaña de Trump.
Con todo, varios países están tomando nota de lo que ha pasado este fin de semana. Los mencionados Cuba y Nicaragua; Colombia y México, diana de las amenazas de Trump; Dinamarca, cuyo territorio americano, Groenlandia, es objetivo explícito de las ambiciones expansionistas de Washington. Y Canadá.
Las continuas referencias de Trump a hacer de Canadá el "Estado 51" de Estados Unidos no suelen figurar en lo más alto de la lista de los miedos geopolíticos. Al fin y al cabo, Canadá es un país inmenso, amigable, afín en muchos aspectos y con estrechos lazos de todo tipo con su vecino del sur.
Pero el ataque a Venezuela tiene que haber provocado algunos escalofríos en Ottawa. Dos semanas antes de que la unidad de élite Delta Force atrapara a Nicolás Maduro, el medio público canadiense CBC exploraba las posibles consecuencias, para los canadienses, de un aumento de la producción y exportación de crudo venezolano hacia Estados Unidos.
La clave es que el petróleo venezolano es muy similar al canadiense. Como decía a CBC el ingeniero químico Lino Carrillo, que trabajó tanto en la industria venezolana como en la canadiense: "El bitumen de la Faja del Orinoco es idéntico al de Alberta. Idéntico". Lo cual posibilitaría que las empresas estadounidenses que hoy en día refinan el oro negro de Canadá puedan, con tiempo y esfuerzo, pero sin complicaciones insalvables, sustituirlo por el de Venezuela.
Casi todo el petróleo de Canadá, entre un 91% y un 97%, se exporta a Estados Unidos. Y los ingresos de crudo representan hasta un 16% del total. La compenetración es tan estrecha que los canadienses han construido sus infraestructuras energéticas de norte a sur: para abastecer a su principal cliente.
Si los estadounidenses reparan la industria de los hidrocarburos venezolanos, elevan la producción de crudo y la envían a los oleoductos y refinerías del Golfo de México o del Medio Oeste, EEUU ya no necesitaría ese 40% de petróleo que les llega de Alberta, Saskatchewan o Terranova. Los canadienses se quedarían sin mercado. Como diría Trump, ya no tendrían "cartas". Y estarían en el punto de mira.
Venezuela no solo tiene petróleo. Esa "reconstrucción" del país, a la que también se ha referido Donald Trump, podría ofrecer oportunidades de inversión. Según The Wall Street Journal, la consultora Signum Global Advisor está organizando un viaje a Venezuela de 20 inversores estadounidenses de los sectores de la energía, la defensa y las finanzas. Irían en marzo a explorar posibles negocios, que los inversores calculan entre 500.000 y 750.000 millones de dólares.
Todas conjeturas que se hacen en torno al petróleo, sin embargo, no ocultan el hecho de que el ataque militar contra Venezuela no es un "ataque de necesidad", como ha dicho el presidente del Council of Foreign Relations, Richard Haas, sino un "ataque de elección". Ya que Caracas, con todos los males de la tiranía corrupta de los chavistas, no suponía una amenaza para Estados Unidos.
El periodista George Packer renunció a pedir cuentas morales a Donald Trump, al que describió como "una criatura que caza y se alimenta en un oscuro reino subético". Packer es un demócrata de Brooklyn diciendo cosas de demócrata de Brooklyn. Pero, escuchando la comparecencia de Trump del sábado, en la que el presidente mencionó el petróleo 26 veces y dijo abiertamente que "vamos a extraer una enorme riqueza del subsuelo" y fin de la historia, no es una mala forma de verlo.