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Este autócrata no morirá en palacio: el irónico fin del conductor de autobús más cruel del mundo
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Este autócrata no morirá en palacio: el irónico fin del conductor de autobús más cruel del mundo

Maduro es la prueba de que no hace falta "nada" para dirigir al chavismo. Un líder sin verbo ni encanto que llevó al país a la ruina. Su mejor instinto era, irónicamente, la supervivencia política

Foto: Maduro arrestado. (Trump Truth Social)
Maduro arrestado. (Trump Truth Social)
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Nicolás Maduro fue un autócrata sin carisma. Pese a que durante muchos años tuvo la misión de ser la cara amable y dialogante del chavismo, en realidad pocos le querían en el país que llevó a la ruina. Un líder sin verbo, visión, ni encanto al que solo le quedó blandir una enorme maza de represión sobre propios y ajenos para mantenerse en el poder a toda costa. Se suponía que sobrevivir era su mejor instinto político. Hoy sabemos que tampoco era bueno en eso. Esa es la primera ironía.

En estas horas de incertidumbre en Venezuela, este hecho —un caudillo sin acaudillados— es un detalle crucial en la transición. Primero, porque muestra que el chavismo radical no vive de su lealtad a Maduro (nunca lo ha hecho), sino de los designios del fallecido Comandante Hugo Chávez. Y segundo, porque el chavismo utilitario también sabe que el presidente no era el único que sostenía el intrincado entramado militar-financiero-criminal de la República Bolivariana. Ni siquiera el más importante. Todos saben que Maduro, a sus 63 años, era una pieza más en el tablero. Una fácil de reemplazar.

Porque la hoja de vida de Maduro contenía suficientes elementos para que la propaganda confeccionara el relato de un líder épico de la izquierda latinoamericana. Militante socialista desde adolescente, conductor de autobús, sindicalista combativo y hasta guardaespaldas cuando la causa lo requirió. Incluso portaba un característico bigote como seña de identidad personal. Pero al final les salió un meme, más conocido por sus disparates, mamarrachadas y tropiezos en público, que por su visión política.

Las redes todavía recuerdan cuando vio a Chávez reencarnado en un pajarito, la vez que intentó soplar las velas de cumpleaños con la mascarilla puesta o el discurso en el que prometió trabajar 35 horas al día. Cientos de artículos con resúmenes y ránquines de sus lapsus más delirantes, desde el milagro de los penes y los peces, al autosuicidio colectivo de la economía o el orgullo por sus millones y millonas de seguidores. No hace tanto, lo veíamos cantar Imagine de John Lennon en un mitin.

Pero mientras Maduro hacía el ridículo en televisión, el descontrol económico y la opresión política generaron una ola de refugiados sin precedentes en un país sin guerra (entre 7 y 10 millones en la última década, en un país de 30 millones). La persecución ideológica dejó casi un millar de presos políticos y cientos de muertos por la represión en las protestas callejeras. Hay casos documentados de ejecuciones extrajudiciales, torturas sistemáticas y abusos de todo tipo. También durante su mandato —y según EEUU, bajo su tutela— el país se convirtió en uno de los grandes puertos francos del narcotráfico internacional.

A toda costa

Su presidencia es testigo de que no hace falta nada para liderar al chavismo. Toda su estela empieza y acaba en que fue un verdadero creyente de Chávez. Como muchos, se acercó al entonces teniente coronel poco después de capturar el imaginario colectivo del país con su fallido golpe de Estado. En ese entorno conoció a su futura esposa, Cilia Flores, quien formaba parte del equipo de abogados que defendió a los líderes de la desastrosa asonada de 1992. Flores sería luego una importante operadora política del gobierno, primero con Chávez desde la Asamblea Nacional y luego con Maduro en el Palacio de Miraflores.

Chávez alcanzaría por las urnas lo que no pudo por las armas. Y sus fieles prosperaron al ritmo de una revolución socialista que carburó con el mayor boom petrolero de la historia. Maduro fue un caso paradigmático: diputado, presidente de la Asamblea Nacional, ministro de Exteriores, vicepresidente y, a la postre, heredero único de uno de los movimientos políticos más poderosos de América Latina. Una carrera política a golpe de lealtad, la única moneda que aceptaba el Comandante entre su círculo pretoriano. Ser más válido, más honesto o eficiente era una virtud secundaria para un mandatario enfermo que vivió sus últimos años inmerso en la paranoia y la conspiración.

Pocas semanas antes de morir en Cuba, un Chávez con cáncer terminal lo nombró sucesor. Una decisión —en sus propias palabras— "plena como la luna llena, irrevocable, absoluta y total". Maduro no tenía tracción con las bases, pero la teoría era que con su carácter pragmático y negociador podría ecualizar a las tres grandes familias del chavismo (militares, izquierdistas y boliburgueses) y mantener la entelequia del chavismo sin Chávez. Nada de esto le sirvió para ganar entidad propia.

Foto: los-militares-no-pueden-derribar-al-regimen-porque-los-militares-son-el-regimen

Incapaz de ganar una elección (las tres a las que se presentó estuvieron marcadas por irregularidades y fraude) y ante la creciente contestación en las calles y en algunos pasillos del poder, Maduro no tardó en dejarse caer en los brazos de los uniformados. Purgó al ala ideológica y empresarial del movimiento, y entregó el control social y económico del país (incluyendo la petrolera estatal PDVSA, la máquina que genera 9 de cada 10 dólares que ingresan en el país) a los cuarteles.

Así, Maduro, discípulo del gurú indio de la no violencia Sathya Sai Baba, se convirtió en el hombre más cruel de Venezuela, permitiendo, orquestando y supervisando un enorme aparato de represión, espionaje y control con ayuda de La Habana. Todo lo que fuera necesario con tal de seguir instalado en el Palacio de Miraflores. Para justificar sus desmanes, siempre acababa invocando (como hacía Chávez), la amenaza del imperio estadounidense. Pero cuando llegó el momento, los gringos les pillaron durmiendo. Esta es la segunda ironía.

¿Quién se atreve?

En la madrugada del 3 de enero, un equipo de operaciones especiales de la Delta Force capturó al mandatario y su esposa en pijama, en una residencia fortificada en Caracas, mientras dormían custodiados por agentes cubanos. Ningún efectivo estadounidense resultó herido en la operación Resolución Absoluta, que se ejecutó en tres horas y con mínima oposición armada tras las primeras andanadas de bombardeos que ejecutó el Pentágono en varios puntos estratégicos del país, la mayoría en la capital. No está claro el número de víctimas venezolanas, aunque fuentes del gobierno local las situaban por encima de 40.

Ahora, los analistas se afanan en hacer recuento de la nomenclatura chavista. Se sabe que el general Vladimir Padrino López, ministro de Defensa, está operativo y su primer mensaje fue de desafío a la "agresión imperialista". También habló la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, quien (desde Rusia y antes de regresar a Caracas) pidió prueba de vida de Maduro y Flores. Al que todos esperan es a Diosdado Cabello, líder del partido y segundo en el escalafón público, que todavía no ha comparecido en vivo. En televisión ha aparecido un video suyo, con chaleco antibalas y rodeado de hombres armados, en el que llamaba a la lealtad y la calma sin mencionar a Maduro. Parecía un fragmento pregrabado.

Entonces, ¿quién está al mando?

Según Trump, ellos. Estados Unidos "se ha quedado" en Venezuela y "dirigirá" el país hasta que se pueda producir una transición democrática con seguridad. Nadie sabe qué significa eso exactamente o el alcance de esta intervención. El líder republicano ha amenazado con una segunda oleada de ataques si el chavismo trata de revertir el proceso. ¿Se atreverá alguno a dar la cara?

Foto: arte-niebla-guerra-como-trump-gobernara-mundo-confusion

Los expertos también tratan de dilucidar las implicaciones geopolíticas, económicas y estratégicas de este capítulo histórico. Desde si esto es el inicio de una seguidilla de acciones para liberar otros países, como Cuba y Nicaragua, a la posible reacción de China y Rusia, o el futuro de los enormes recursos del país, que además de las mayores reservas probadas de crudo del mundo posee cantidades significativas de tierras raras, gas y oro.

Pero quizás lo más relevante, como suele suceder estos días, sea la batalla por la narrativa. Porque la captura de Maduro encierra una tercera ironía.

Sin duda, Estados Unidos ha incumplido la legalidad internacional para derrocar a un mandatario extranjero. Con esta operación, la Casa Blanca refrenda de facto la injerencia de las potencias en terceros países —al menos en sus respectivas áreas de influencia— para defender sus intereses. Esto nos adentra en un mundo más inseguro y brutal.

Pero, al mismo tiempo, el arresto y probable sentencia judicial de Maduro hacen que un autócrata menos vaya a dormir esta noche (y nunca más) en un palacio. Las fotos de la captura lo muestran vestido con un chándal gris, esposado y con los ojos vendados en su traslado hasta el portaaviones USS Iwo Jima con destino final Nueva York, donde será juzgado por "narcoterrorista". Imágenes que cuentan ese otro relato que no tiene que ver con la legalidad, sino con la justicia. El de un hombre malo que por fin pasó miedo.

Nicolás Maduro fue un autócrata sin carisma. Pese a que durante muchos años tuvo la misión de ser la cara amable y dialogante del chavismo, en realidad pocos le querían en el país que llevó a la ruina. Un líder sin verbo, visión, ni encanto al que solo le quedó blandir una enorme maza de represión sobre propios y ajenos para mantenerse en el poder a toda costa. Se suponía que sobrevivir era su mejor instinto político. Hoy sabemos que tampoco era bueno en eso. Esa es la primera ironía.

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