¿Está usted feliz con la caída de Maduro? Espere: el derecho internacional tiene algo que decir
El derecho internacional se creó para que acciones como la de Trump en Venezuela no dependan de gustos propios. En medio de su mayor crisis, es más necesario que nunca
Manifestantes en México protestan contra la "agresión imperialista" de EEUU a Venezuela. (EFE / Sáshenka Gutiérrez)
Este sábado, después del ataque de Estados Unidos en Caracas y de la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, han surgido varias preguntas. ¿Es legítimo derrocar militarmente con la intervención de una nación extranjera a un dictador? ¿Cómo se saca a un tirano del poder si no es por la fuerza? ¿Las democracias que no respetan derechos humanos básicos no son atacables y las autocracias sí?
Antes de contestar, piense un segundo la respuesta con otros ejemplos. Es posible que usted, como sucede a tantas personas, pudiera tener respuestas antagónicas dependiendo no del verbo, sino del sujeto y el complemento directo. "Trump derroca a Maduro". ¿Qué le ha parecido?
Ahora probemos con otras composiciones. “Estados Unidos bombardea Madrid y derroca al General Franco”. ¿Lo apoya? Imaginen que los Estados Unidos de Richard Nixon, por ejemplo, hubieran decidido que era intolerable la falta de libertades en España y hubiera arrasado El Pardo y algunos cuarteles militares e infraestructuras civiles de la Península Ibérica.
Quizá a muchos de los sometidos opositores al franquismo no les hubiera importado mucho lo de la no intervención en asuntos externos, lo de las reglas del derecho internacional, y se hubieran lanzado a pegar con sus cucharas de madera las cacerolas, como circula algún vídeo que sucedió ayer en Caracas, para festejar la caída del tirano.
Probemos con un último ejemplo: "Trump ataca Pekín para instaurar la democracia en China y acabar con las fábricas que ayudan en la fabricación de fentanilo". Lo que viene detrás es la Tercera Guerra Mundial, y lo que viene después de eso es que quizá este texto lo pudieran leer unos cuantos millones menos de potenciales lectores. ¿Cómo le suena?
Para que la respuesta de ustedes no dependa de los gustos propios se creó el derecho internacional. La ONU está ya en ebullición. Tan viejo, tan denostado, con tanta necesidad de reformas, y más imprescindible que nunca.
Washington pretende vaciarlo hoy de contenido. "¿Cuál es el propósito de la ONU? Son palabras vacías, y las palabras vacías no resuelven guerras", soltó Trump en su pasado discurso de septiembre ante la Asamblea General de Naciones Unidas.
El presidente estadounidense demolió durante casi una hora un proyecto que dibujó como un meme de comunicados deeply concerned (muy preocupado). Pero ese ¿inservible? terreno de juego común, el único que existe, nunca parece haber sido tan esencial desde su creación como en este momento, desde luego histórico, en el que todo salta por los aires.
La importancia de la palabra "operación"
Varias delegaciones llamaron a reuniones urgentes desde primera hora para analizar en el Consejo de Seguridad de la ONU una nueva escalada dentro de un mundo que ha pegado un salto atrás de 80 años. “Estos acontecimientos sientan un precedente peligroso”, se apresuró a declarar el portavoz del secretario general de la ONU en un comunicado.
Tras la Segunda Guerra Mundial, ha habido numerosas guerras e intervenciones de las superpotencias en asuntos de terceros países, no es algo nuevo, pero sí es nuevo la sensación de impunidad, de ni siquiera deber encontrar una justificación legal para intervenir. Presumir de bombardear barcazas y matar a sus tripulantes en aguas internacionales bajo la acusación de que son narcotraficantes es instaurar una doctrina que hace tan añicos el derecho internacional como las embarcaciones. Y es hacer algo casi inédito en la reciente historia global.
Ni siquiera hay ya que inventar que hay armas de destrucción masiva. Se habla de operación antidrogaso se bautiza como "operación militar especial", y una invasión a un tercero acaba siendo un asunto de política interna.
Ucrania y Palestina, y la nula respuesta internacional conjunta a dos conflictos donde se han obviado todas las normas internacionales, han abierto una compuerta por la que ahora se desagua el globo. ¿Dónde acaba esto? ¿Groenlandia? ¿Los países bálticos? ¿Taiwán? Occidente y eso que se llama el Sur Global manejan los mismos dobles estándares de los que se acusan todos. “Tiempo de ver los dobles estándares en directo”, se apresuró a publicar Kirill Dimitriev, director general del Fondo Ruso de Inversión Directa, en su cuenta de X.
“Tales acciones, de haberse producido realmente, constituyen una violación inaceptable de la soberanía de un Estado independiente, cuyo respeto es un principio fundamental del derecho internacional”, ha declarado el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso. Curioso mensaje de un país que pretendía en tres días sacar del poder a un presidente legítimo, Volodímir Zelenski, y como no lo ha conseguido lleva casi cuatro años haciéndolo añicos.
Como es curiosa la tibia respuesta de la Unión Europea ante una intervención unilateral de un país sobre otro en el que se secuestra al jefe de estado y su esposa. “Seguimos muy de cerca la situación en Venezuela. Respaldamos al pueblo venezolano y apoyamos una transición pacífica y democrática. Cualquier solución debe respetar el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas”, dijo la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen.
Las barbas en remojo de América Latina
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, sacaba a pasear tras conocerse el ataque uno de esos artículos de la ONU tan ineficaces como indispensables para no regresar a la ley del más fuerte. “El Artículo 2, párrafo 4 de la Carta de las Naciones Unidas dice textualmente: los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas”, recordaba la presidenta.
La postura del actual Gobierno mexicano, además de por una cierta cercanía ideológica con el chavismo, es preventiva. “Es una buena mujer, pero los cárteles están gobernando México. Ella no gobierna México (…) Algo va a tener que hacerse con México”, dijo el estadounidense en octubre pasado sobre la presidenta mexicana.
Estados Unidos ha justificado el ataque a Venezuela bajo la premisa de la detención de un líder de un cártel del narcotráfico culpable de inundar las calles de América de drogas. Ya hizo lo mismo con el presidente y general panameño Manuel Noriega en 1989, al que también se sacó del país tras una intervención militar, tras acusarle de narcotraficante y dictador. Entonces, la administración de George H.W. Bush dijo que Noriega ponía en riesgo, además, la integridad del acuerdo sobre el Canal de Panamá firmado en 1977 entre los expresidentes Jimmy Carter y Omar Torrijos.
Trump, curiosamente, ha señalado también directamente a Panamá en su lista de territorios que tomar bajo su control. 36 años después de sacar al dictador Noriega del poder, un viejo amigo de Washington, y 25 de dejar de tener el control del Canal de Panamá, el actual inquilino de la Casa Blanca anunció el 4 de marzo pasado que “vamos a recuperar el control del Canal de Panamá”. Tras ver lo ocurrido en Venezuela, la amenaza parece más factible.
Estados Unidos de alguna manera esgrime la defensa propia en sus acciones. Bajo ese paradigma, países como México o Colombia, señalados también por la administración Trump por el tráfico de estupefacientes, podrían sufrir cualquier tipo de ataque selectivo en su territorio en el futuro.
Brasil, otra de esas naciones que ve como la sombra de Washington se alarga por todo el continente, también ha criticado la operación. “Atacar países, en flagrante violación del derecho internacional, es el primer paso hacia un mundo de violencia, caos e inestabilidad (…) Esta acción recuerda los peores momentos de injerencia en la política de América Latina y el Caribe, y amenaza la preservación de la región como zona de paz”, ha dicho su presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
También el presidente de Colombia, Gustavo Petro, se ha apresurado a condenar la intervención. “La República de Colombia reitera su convicción de que la paz, el respeto al derecho internacional y la protección de la vida y la dignidad humana deben prevalecer sobre cualquier forma de confrontación armada. Que Bolívar proteja al pueblo venezolano y al pueblo latinoamericano”, ha dicho un hombre con sus barbas ahora en remojo, como tantos presidentes ¿legítimos e ilegítimos?, de la aldea global.
Un recordatorio desde Washington
Y es que el matiz de la legitimidad es clave. ¿Qué es ser un presidente legítimo? “Van a ayudar. Rusia va a ayudar. Rusia quiere que Ucrania triunfe”, soltó recientemente Trump, junto a un Zelenski que tuvo que tragar saliva, sobre la invasión de Rusia. Al presidente ruso, Trump le puso una alfombra roja en Alaska y le trató como un mandatario legítimo, pese a tener un largo historial de liquidar a sus opositores, limitar libertades en su país y haber iniciado una invasión a otro país de la que el neoyorquino culpa a todos, incluidos sus predecesores, menos al hombre que dio la orden de que avanzaran los tanques.
¿Es Putin un presidente legítimo? ¿Lo es Xi Jinping? ¿Qué se puede definir como tal?
Hace décadas, todo Occidente reconocía como legítima a la República de China, Taiwán, y no se reconocía a la República Popular China de Mao Zedong. En realidad, ambas eran dos dictaduras que no respetaban ni derechos humanos ni libertades, pero a EEUU y Europa sólo les preocupaban los desvaríos de los comunistas continentales y no los del sátrapa de Taipéi, Chiang Kai-shek.
Con la intervención en Venezuela, la hoy sí democracia en Taiwánparece correr más riesgo que nunca al sentarse un precedente: una superpotencia que interviene en otro territorio por considerar que se menoscaban sus intereses. Bajo ese precepto, ¿puede China atacar Taiwán?
No parece que lo de Venezuela vaya de libertades ni respeto a los derechos humanos. Tampoco hay democracia en Nicaragua o Cuba, pero ahí no parece que haya grandes reservas de petróleo. El ataque de la pasada madrugada es un recordatorio para todos de que Estados Unidos regresa al intervencionismo armado en cualquier lugar donde considere que sus intereses están en riesgo, y América Latina es ahí su tradicional campo de juego.
Jesús M. Pérez TrianaUnidad de DatosMapa: Emma Esser y Blanca Casanova
Es probable que hayamos asistido a la caída de un dictador, Nicolás Maduro, y a décadas de un régimen, el chavismo, que ha generado una diáspora de cientos de miles de venezolanos que han debido abandonar su tierra por pobreza y por falta de libertades. Cientos de miles de esas víctimas están ahora celebrando que quizá se acabó la pesadilla, que quizá pueden regresar a su tierra.
Y es legítimo ese sentimiento de felicidad y euforia. Otros, sin embargo, hoy ven que su patria parece estar en manos de una potencia extranjera, y creen que su presidente ha sido secuestrado por una superpotencia. Es también legítimo su enfado y tristeza.
La madrugada del sábado se dio un paso más al regreso de un nuevo tablero internacional en el que todo está en riesgo bajo el imperio del más fuerte. Hay personas que celebran y apoyan la invasión de Ucrania porque creen que Putin es sólo un parapeto del intervencionismo belicoso de la OTAN lo que justifica, en defensa propia, que miles de personas hayan perdido la vida bajo una lluvia de misiles.
Hay gentes que creen que Palestina es un nido de terroristas y extremistas de Hamás al que hay que extirpar, lo que justifica que sus ciudades sean hoy una escombrera y cementerio por otra lluvia de misiles. ¿Y Taiwán? ¿Y Groenlandia? Eso pilla muy lejos. Pero, ¿y Gibraltar? ¿Y Ceuta y Melilla? Las opiniones, gustos y visiones son propias y variables. El derecho internacional, no.
Este sábado, después del ataque de Estados Unidos en Caracas y de la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, han surgido varias preguntas. ¿Es legítimo derrocar militarmente con la intervención de una nación extranjera a un dictador? ¿Cómo se saca a un tirano del poder si no es por la fuerza? ¿Las democracias que no respetan derechos humanos básicos no son atacables y las autocracias sí?