Tras la fanfarria, el barro: ¿qué le espera a Gaza y su "plan de paz" este 2026?
Sobre el papel, todo parece más sencillo. Sin embargo, al trasladar el plan de paz de Trump a la realidad, han quedado al descubierto las profundas grietas que el proyecto arrastraba desde el principio
Equipos de defensa civil palestinos buscan cuerpos entre los escombros en Jan Yunis, Gaza. (EFE/EPA/Haitham Imad)
Oficialmente, la guerra en Gaza ha "terminado". Entramos en 2026 con un precario alto el fuego, pero sin las masivas masacres de la ofensiva israelí en su máximo esplendor. Sobre el papel, el acuerdo de Plan de Paz de para Gaza obtenido por el presidente estadounidense Donald Trump, tras meses de negociaciones, acaba definitivamente con los ataques israelíes en la Franja y, tras ello, toda la maquinaria pesada necesaria para una "paz definitiva y duradera" vendría por sí sola: la retirada de las tropas israelíes, el desarme de Hamás, la entrada en cantidades suficientes de ayuda humanitaria, la presencia de una fuerza conjunta de mantenimiento de la paz y la reconstrucción del enclave. Casi como un efecto dominó.
No ha sido así. Sin negar la brizna de esperanza que da el fin de la ofensiva abierta de Israel, al trasladar los planes a la realidad han quedado al descubierto las profundas grietas que el proyecto arrastraba desde el principio. De cara a este año 2026, cuando la fanfarria se acaba y lo que se espera es la aplicación del plan, la tarea será mastodóntica.
Este es el punto de partida: que hablen los datos. Desde que Trump anunció el acuerdo entre Hamás e Israel, el ejército israelí ha violado en decenas de ocasiones el alto el fuego, acabando con la vida de al menos 411 gazatíes, a pesar de que en el plan se especifica que "todas las operaciones militares, incluidos los bombardeos aéreos y de artillería, quedarán suspendidas".
Con la primera fase del plan ya un poco renqueante, la posibilidad de que se ejecute la segunda, que implica la retirada de las tropas israelíes y el desarme de Hamás, se vuelve aún más remota. No hay todavía una opción en Gaza que pueda sustituir al Gobierno de Hamás. En su plan, Trump abogó por que existiera un comité palestino tecnocrático y "apolítico", encargado de gestionar los servicios públicos y municipales. Este tendría que estar compuesto por palestinos bajo la supervisión de un "Consejo de Paz" presidido por Trump y el ex primer ministro británico, Tony Blair. Sin embargo, hasta el momento no se ha puesto sobre la mesa ningún nombre palestino, más allá del actual presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, que actualmente tiene 90 años y poca legitimidad incluso entre muchos palestinos.
Otro punto crítico sonlos cambios impuestos por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en el plan original. Según sus modificaciones, la Autoridad Palestina solo podría regresar a Gaza después de reconocer a Israel como Estado judío y renunciar a que este acuda a la Corte Penal Internacional y a la Corte Internacional de Justicia por sus crímenes de guerra. En la práctica, esto significa que la Autoridad Palestina nunca podrá volver a Gaza. Sumado a la ambigüedad de la resolución del Consejo de Seguridad, que condiciona la retirada del Ejército israelí a que Gaza deje de ser una amenaza —sin especificar quién determina cuándo ocurre—, "la ocupación de Israel", como denuncian las organizaciones de derechos humanos, se legitima de facto.
Mientras tanto, en Gaza, el vacío de poder y debilitamiento de Hamás ha generado un clima de violencia entre bandas —algunas de ellas financiadas por Israel— que luchan por las migajas. Incrementando el caos que genera no tener ningún escenario político estable ni prácticamente ninguna figura de representación.
Partiendo de esta base, ¿qué futuro le espera entonces a Gaza? O más bien, ¿existirá realmente un futuro independiente para sus ciudadanos? Yehuda Shaul, cofundador de la organización Breaking the Silence (Rompiendo el Silencio) y exmilitar del Ejército israelí, cree que no. "Los palestinos no tienen un papel en este plan. No existe una estrella polar que conduzca a la creación de un Estado palestino basado en las fronteras de 1967", asegura, y eso impide directamente que pueda aplicarse la solución de los dos Estados y que pueda existir una paz —ya no de hablar de una coexistencia— real.
"Sin una gobernanza palestina definida ni una vía hacia la estatalidad, nada funciona", sostiene. Además, existe otro punto que dificulta aún más la posibilidad de un futuro político. Hamás todavía no se ha desarmado y sin desarme se entierra cualquier posibilidad de que una fuerza internacional pueda entrar en Gaza. "Si Hamás no se desarma, la fuerza no entra. Si la fuerza no entra, el plan se derrumba. Estamos chocando ahora con los mismos muros que se ignoraron hace meses", explica Shaul.
Existe, además, otra cuestión clave: aún no hay ningún país árabe que se haya mostrado dispuesto a enviar sus tropas como parte de la fuerza de estabilización, debido a la falta de consenso sobre si la siguiente fase podrá implementarse siquiera. El Cuerpo, según el plan de Trump, estaría compuesto por socios árabes e internacionales que participarían en la retirada gradual del Ejército israelí del territorio "en beneficio de una población que ya ha sufrido demasiado".
Países como Emiratos Árabes Unidos —que mantiene relaciones diplomáticas con Israel desde los Acuerdos de Abraham— se han opuesto directamente a formar parte de esta Fuerza. Funcionarios del Gobierno de Mohamed bin Zayed, presidente emiratí, aseguraron que el país no participaría al no ver "un marco claro para la fuerza de estabilidad". A Emiratos le siguieron otros países como Jordania o Azerbaiyán por las mismas razones. El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, ya aseguró que la aplicación de este cuerpo de seguridad debía "tener plena legitimidad internacional" para apoyar a los palestinos en Gaza
"Ningún país querrá ser visto como quien hace el trabajo sucio de Israel"
"Sin una hoja de ruta hacia un Estado palestino, sin el fin de la ocupación, sin la retirada del Ejército y sin un acuerdo que incluya el desarme de Hamás, ningún país querrá ser visto como quien hace el trabajo sucio de Israel", asegura el exmilitar. "Para que funcionase como verdadera fuerza de estabilización, haría falta un compromiso mucho más amplio", añade.
Y todo esto es la parte técnica del plan. Palabras que al final se quedan en planes o ideas y que no terminan de arrancar por el entramado de dificultades y obstáculos que hay entre sí. Para los expertos existe, incluso, la posibilidad de que en Gaza vuelva a reanudarse la guerra. Shaul cree que todo este contexto de transición ha sido tan solo una forma de "preparar el terreno" para "nuevas confrontaciones", tanto con Gaza como con Irán, con la idea de "terminar el trabajo". Todo dependerá de la postura de Estados Unidos, pero la intención del Gobierno israelí es evidente.
En caso de producirse, alejaría todavía más cualquier posibilidad de normalización de relaciones entre Israel y Arabia Saudí. Riad ya ha advertido en múltiples ocasiones que solo contemplan la normalización si Israel puede ofrecer un futuro digno a los palestinos. Tel Aviv, por su parte, no ha mostrado indicios de establecer alguna estrategia de acercamiento porque hacerlo implicaría una mejora de la vida de los gazatíes.
Desde la perspectiva más humanitaria, los datos no son esperanzadores. En las últimas semanas, las fuertes lluvias y las extremas condiciones que sufren los palestinos han acabado con la vida de más de una decena de personas. Desde el alto el fuego, miles de gazatíes se hacinan en tiendas de campaña, lejos de lo que alguna vez fueron sus hogares. En lo que respecta a la ayuda humanitaria, su entrada ha sido gradual, pero insuficiente para cubrir siquiera las necesidades más básicas de una población cercana a los dos millones de personas.
El cese de los ataques no ha impedido que los gazatíes continúen muriendo o que sus condiciones hayan mejorado significativamente. Al otro lado de la frontera, los kibutz que Hamás arrasó el 7 de octubre comienzan poco a poco a reconstruirse mientras las familias desalojadas esperan empezar a vivir una realidad que será difícil que se parezca a lo que conocieron antes del ataque terrorista de Hamás. El trauma del 7 de octubre sigue arrastrándose —y lo seguirá haciendo— durante mucho tiempo para una población que teme que pueda volver a ocurrir en cualquier momento.
Mientras tanto, los planes sobre la mesa no arrojan muchas esperanzas y Gaza poco a poco parece quedarse sumida en un proceso de posguerra que aún está muy lejos de ser la paz que en algún momento los líderes internacionales negociaron por ellos.
Oficialmente, la guerra en Gaza ha "terminado". Entramos en 2026 con un precario alto el fuego, pero sin las masivas masacres de la ofensiva israelí en su máximo esplendor. Sobre el papel, el acuerdo de Plan de Paz de para Gaza obtenido por el presidente estadounidense Donald Trump, tras meses de negociaciones, acaba definitivamente con los ataques israelíes en la Franja y, tras ello, toda la maquinaria pesada necesaria para una "paz definitiva y duradera" vendría por sí sola: la retirada de las tropas israelíes, el desarme de Hamás, la entrada en cantidades suficientes de ayuda humanitaria, la presencia de una fuerza conjunta de mantenimiento de la paz y la reconstrucción del enclave. Casi como un efecto dominó.