Vuelve la tensión al golfo de Yemen: la guerra olvidada, pero que nos afecta a todos
El Gobierno saudí justifica su papel en Yemen como un factor de estabilidad en una región en crisis. Busca convencer a sus aliados occidentales de que su posición geopolítica lo convierte en un socio imprescindible frente a Irán
Un hombre yemení camina junto a edificios destruidos durante la guerra civil, en Adén, Yemen. (Reuters/Amr Alfiky)
En el puerto de Jeddah, los estibadores llevan la cuenta de los barcos que ya no pasan. La ruta clásica por Suez y Bab el-Mandeb se ha vaciado desde finales de 2023: muchas navieras se desvían por el cabo de Buena Esperanza, sumando más de dos semanas de viaje y el encarecimiento del precio de los seguros. En 2024, el tránsito de crudo y productos refinados por Suez cayó de forma drástica y el tráfico marítimo en Bab el-Mandeb se redujo de manera significativa.
"Este puerto sufre las consecuencias de todas las guerras de la región, porque no es solo una guerra, son muchas a la vez, todas golpeando la misma ruta comercial", explica Saad, gerente logístico en el puerto de Jeddah. "Antes, un contenedor tardaba dos semanas en llegar de Asia hasta aquí; ahora, con los desvíos, son más de treinta días y el coste del flete se ha duplicado. Las guerras están aquí, en cada factura, en cada incremento de precios", añade.
El puerto de Jeddah es también un termómetro de un conflicto que escapa al interés público, pero cuyo impacto —humanitario y logístico— crece cada día. Saad y los estibadores del puerto se quejan de los retrasos y los sobrecostes. Los líderes mundiales mencionan el mar Rojo como motivo de preocupación, pero es en Yemen donde el bloqueo marítimo se traduce en algo más que cifras: en un aumento de la mortalidad infantil, hospitales sin oxígeno, barrios devastados y niños con desnutrición aguda. La población civil paga el precio de estrategias geopolíticas que se deciden lejos y se ganan o se pierden en las mesas de negociación y en los mercados internacionales.
"Sé que nosotros somos del bando afortunado", dice Saad. "Estamos del lado de la guerra, donde el daño llega en forma de subidas de precios, mientras que al otro lado la gente sangra y la gente muere."
Yemen como coartada
Desde 2015, una coalición encabezada por Arabia Saudí libra una campaña militar en Yemen contra el movimiento hutí. Sin embargo, los principales blancos de sus ataques no han sido posiciones militares, sino zonas civiles, según han documentado diversos informes internacionales.
Las víctimas se cuentan por miles, la mayoría alcanzadas en sus casas, en sus trabajos o en las escuelas. A esa violencia directa se suman las condiciones inhumanas en las que la población yemení intenta sobrevivir día tras día: el cierre de puertos y aeropuertos ha restringido de forma sistemática la entrada de alimentos, combustible y medicinas, profundizando una de las crisis humanitarias más graves de la región.
Sin embargo, el coste humano de Yemen pesa menos que la narrativa impulsada por Arabia Saudí y sus aliados, que instrumentalizan la amenaza hutí para justificar una guerra sin fin. El conflicto se gestiona y manipula desde fuera.
Este martes, la tensión ha vuelto al golfo con la mayor escalada entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, también presente en el país mediante el respaldo a los separatistas del Consejo de Transición Sureño (CTS) de Yemen. Este martes, aviones saudíes atacaron directamente un cargamento de armas y material militar que llegó a un puerto yemení y que, supuestamente, procedía de Emiratos Árabes Unidos. Desde Riad, el Gobierno saudí ha advertido que las actividades de Emiratos en Yemen representan una “amenaza para la seguridad nacional del reino (saudí)” y “constituyen una linea roja”, por lo que “no dudarán en tomar todas las medidas necesarias para afrontarlas y neutralizarlas”.
"Arabia Saudí tiene interés en que la guerra continúe: le permite presentarse ante Occidente como un socio indispensable y vender la idea de que contiene la inestabilidad regional, cuando en realidad la prolonga", explica Nasser A., activista saudí exiliado.
Desde su refugio en Europa, Faisal R., otro activista saudí que colabora con organizaciones de derechos humanos, coincide en que el conflicto se ha convertido en una herramienta de legitimación interna. "Mientras la atención internacional se centra en los hutíes, el régimen desvía las críticas internas. Yemen es su coartada: una guerra externa para distraer de sus propios fracasos."
Diversos organismos de derechos humanos y expertos de Naciones Unidas han advertido también que la política de bloqueo económico impuesta por la coalición, al restringir de manera deliberada el acceso de la población a bienes y servicios esenciales, constituye una forma de castigo colectivo que emplea el hambre y la escasez como armas de guerra.
En Riad, el gobierno saudí trata de justificar su papel en Yemen como un factor de estabilidad en una región en crisis. Ese discurso busca convencer a sus aliados occidentales de que su posición geopolítica lo convierte en un socio imprescindible frente a Irán y en una pieza clave del equilibrio energético mundial.
Yemen es el frente que todos dicen querer cerrar, pero del que nadie se retira. "Otra guerra más, librada en nombre de una estabilidad fingida", afirma Faisal R.
"Tener un criminal de guerra no significa que no podamos tener dos"
Los bombardeos indiscriminados de la coalición, en violación del derecho internacional humanitario, han permitido a los hutíes capitalizar la rabia y presentarse como la única fuerza "antiimperialista". "En los barrios de Saná y Saada, los carteles con la bandera palestina conviven con la propaganda hutí", explica Salim H., médico de emergencias en Saná. "No es raro escuchar en los mercados que ‘nuestra guerra es la misma que la de Gaza’, que en Yemen luchamos contra los mismos criminales de guerra. Pero tener un criminal de guerra no significa que no podamos tener dos."
Muchas de las voces que celebran en redes sociales los ataques hutíes en el mar Rojo apenas saben quiénes son. Su simpatía nace de una asociación automática: creer que, si son "propalestinos", deben estar del lado de los derechos humanos y, por tanto, merecen admiración. Ese reflejo moral, alimentado por la lógica binaria de las redes, es tan peligroso como justificar los bombardeos saudíes solo porque se escudan tras las banderas de la estabilidad y la seguridad.
"Acusar a la coalición dirigida por Arabia Saudí de crímenes de guerra no debe distraernos del hecho de que los hutíes también matan a su propia gente", advierte Amir S., activista yemení especializado en resolución de conflictos. "Los hutíes utilizan la causa palestina como herramienta de poder. No defienden Gaza porque estén en contra del genocidio, sino porque eso les permite ganar legitimidad interna y simpatías en la izquierda occidental. Arabia Saudí está matando a nuestra gente, pero los hutíes también lo hacen, y desde dentro. En Yemen no hay buenos y malos: hay malos y malos, y después la gente que sufre."
"Si matan a nuestros periodistas, nos dejan sin esperanza. El futuro de Yemen depende de una información veraz"
Yemen no es mediático y el cerco informativo que lo rodea aún no ha logrado sacudir la conciencia occidental. En septiembre de 2025, un bombardeo sobre oficinas de medios de comunicación independientes en Saná mató a 31 periodistas y trabajadores de prensa: la masacre más letal contra la profesión en décadas. La UNESCO y el CPJ denunciaron el ataque como un intento de borrar testigos incómodos. "Quieren que el mundo vea Yemen solo a través de cifras, no desde la experiencia real, no desde la complejidad de lo que supone sobrevivir aquí desde hace años", lamenta Nasser A., desde su exilio.
Con los periodistas independientes asesinados o perseguidos, Yemen se ha convertido en un país de extremos, donde las voces civiles han desaparecido. La coalición domina el relato hacia el exterior y se beneficia de que la única voz mediática local sea la de los medios hutíes. Entre ambos, la sociedad yemení queda atrapada en el silencio.
"Los datos que ofrecemos desde Yemen siempre son cuestionados", explica Omar S., trabajador humanitario encargado de la coordinación con agencias internacionales. "Cuando un convoy de ayuda se retrasa o desaparece, es casi imposible saber si la causa es un bloqueo hutí, un bombardeo aéreo o la corrupción de redes locales. Europa financia programas de emergencia sin indicadores fiables, mientras las ONG enfrentan confiscaciones, restricciones y campañas de intimidación. La única forma de cerrar esa brecha entre lo que ocurre y lo que se cuenta es fortalecer servicios de información verdaderamente independientes, capaces de liberarnos tanto de los intereses de las facciones extremistas del país como de los de la coalición."
"Para tener esperanza necesitamos existir en el mundo real: no en la mirada compasiva que nos reduce a víctimas"
La falta de información genera un círculo vicioso: las organizaciones internacionales reaccionan tarde y sin comprender el conflicto que intentan abordar, atrapadas en una distancia burocrática que las separa de la realidad. Durante demasiado tiempo, la mirada internacional sobre Yemen ha estado guiada por relatos que amplifican intereses externos y reducen su complejidad a cifras y titulares desprovistos de contexto local.
"Sin periodismo no podemos reflejar la realidad. Si matan a nuestros periodistas, nos dejan sin esperanza. El futuro de Yemen depende de una información veraz", denuncia Omar S.
Después de más de una década de guerra, Yemen sigue siendo el terreno en el que se libran tanto batallas internas como externas. La guerra civil se ha fragmentado en múltiples frentes: divisiones tribales, presencia de Al Qaeda y dominio hutí en el norte, donde el discurso anticolonial se usa como legitimación política mientras se gobierna con coerción y censura.
El gobierno reconocido internacionalmente apenas tiene poder, mientras los hutíes imponen su autoridad y las milicias del sur operan con apoyo extranjero. Cada actor, local o regional, utiliza la guerra para reforzar su posición, mientras la población civil trata de sobrevivir sin infraestructuras, sin alimentos, sin refugio.
"Ni siquiera contamos con la pena del mundo", lamenta Layla M., enfermera yemení. "La paz no es fácil, pero, como en el caso de Palestina, para tener esperanza necesitamos existir en el mundo real: no en la mirada compasiva que nos reduce a víctimas, ni en la que nos demoniza como el ‘otro peligroso’ de Oriente Medio. Necesitamos una mirada que nos reconozca como un país con voz propia, al margen de los intereses de unos y otros."
Para que Yemen pueda reconstruirse, debe también recuperar su lugar en el mundo de la información. No como un territorio de piratas, héroes o criminales, sino como un país agotado por haber sido usado una y otra vez para servir intereses ajenos, pero habitado por personas que quieren ser dueñas de su futuro. Su reconstrucción comienza por recuperar el derecho a contarse a sí mismo: a ser sujeto de su historia y no solo escenario del relato de otros.
"Quizá no sepamos hablar de Yemen porque es otro de los grandes fracasos del humanitarismo moderno", reflexiona Faisal R. "Seguimos reaccionando ante las guerras sin entender el mundo que las produce, y repetimos eslóganes de paz mientras sostenemos un orden internacional que necesita de los conflictos para existir."
En el puerto de Jeddah, los estibadores llevan la cuenta de los barcos que ya no pasan. La ruta clásica por Suez y Bab el-Mandeb se ha vaciado desde finales de 2023: muchas navieras se desvían por el cabo de Buena Esperanza, sumando más de dos semanas de viaje y el encarecimiento del precio de los seguros. En 2024, el tránsito de crudo y productos refinados por Suez cayó de forma drástica y el tráfico marítimo en Bab el-Mandeb se redujo de manera significativa.