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España está ensimismada, y cuando despierte el mundo ya habrá cambiado
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El camino más corto hacia la inacción

España está ensimismada, y cuando despierte el mundo ya habrá cambiado

El país está en una etapa de ensimismamiento, centrado únicamente en sus asuntos internos. Fuera el mundo está cambiando de manera radical

Foto: Pedro Sánchez y Antonio Costa. (EFE/Oliver Hoslet)
Pedro Sánchez y Antonio Costa. (EFE/Oliver Hoslet)
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Muchos españoles han crecido con el estigma de que su país se ha mantenido al margen de todos los grandes acontecimientos europeos de aquellos que pueden divisar echando la vista atrás. Llegando tarde y mal a la revolución industrial, perdiendo traumáticamente lo que quedaba de su poder colonial mientras el resto de potencias europeas las retenían o ampliaban a finales del siglo XIX, sin papel en la Primera Guerra Mundial y con una participación mínima en la Segunda Guerra Mundial, que además fue por el lado nazi. Bajo el franquismo, España quedó también fuera del proceso de construcción europea que respondía a muchos de esos acontecimientos que el país había vivido desde la barrera.

Cuando en los años setenta España era todavía un país que flotaba en los arrabales de Europa —al que se permitía estar cerca, pero siempre a la distancia suficiente como para no manchar la imagen europea— la ejecución de la pena de muerte de Salvador Puig Antich, del Movimiento Ibérico de Liberación (MIL), y de un muy desconocido Heinz Chez en 1974, así como la de dos terroristas de ETA y tres del FRAP, confirmó la imagen que muchos europeos tenían de España como un país retrógrado. También confirmó el complejo de inferioridad que muchos ciudadanos tenían respecto al resto de Europa.

Fue en respuesta a este estigma que España se lanzó decididamente a la integración europea tras la muerte del dictador Franco. La entrada en las Comunidades fue el sello que marcaba la confirmación de la reconversión del país en una democracia. Los españoles se convirtieron en los zelotes del europeísmo. Nadie lo era más que nosotros, nadie con más fe ciega y ardor federalista. El objetivo central es que nunca nadie pueda dudar de nuestro europeísmo, para que nadie nunca pueda devolvernos al sitio que tanto nos acomplejaba: los extrarradios de Europa.

Eso ha llevado a décadas de una política europea en España que pocas veces ha cuestionado el consenso y que solamente ha tenido una estrategia más asertiva cuando los intereses nacionales se veían en riesgo de manera flagrante. Se ha caracterizado por evitar a toda costa el conflicto y el poder verse señalada por los demás, con muy contadas excepciones, algunas de ellas tan recientes, como ha ocurrido con Gaza, como aisladas.

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Todo esto ha llevado también, a nivel social, a un europeísmo acrítico y, en consecuencia, poco fundamentado en ideas, prioridades y principios, y muy basado en algo parecido a la fe europea. Eso, como se ha señalado en otras ocasiones, ha generado un caldo de cultivo perfecto tanto para la inacción como para la aparición de un discurso antieuropeo en España totalmente natural y que se está produciendo en otros países, pero para el que un europeísmo español con anemia ideológica no sabe responder.

Y todo esto ocurre en una nueva etapa de aislamiento español, ese que tanto complejo generó a millones de ciudadanos españoles, muchos de los cuales vuelven a participar ahora en este proceso aislacionista. España vive ensimismada. La inestabilidad y crisis política en las que está envuelto el país consumen todas las energías, toda la atención mediática y todo el interés ciudadano, al mismo tiempo que generan agotamiento y apatía en otra parte de la sociedad.

España está demasiado ocupada en sí misma como para participar de forma activa en los debates europeos, un terreno que es coto de caza exclusivo y privado para el presidente del Gobierno en el Consejo Europeo, el foro de jefes de Estado y de Gobierno de la UE. O para que muchos eurodiputados españoles, de nuevo, con contadas excepciones, utilicen la Eurocámara como ariete para lo único que en realidad importa, que es el asunto interno.

El fin del optimismo europeo

Hay una creencia generalizada en que España puede mantenerse enganchada al debate europeo sencillamente mostrando más devoción que los demás, más celo que cualquier otro, y que, mientras, puede seguir centrada en lo que realmente le interesa: sus peleas intestinas, encontrar la respuesta a quién encarna la España real. Pero no es así.

Nunca ha sido así, pero mucho menos ahora. Buena parte de los vicios y de las malas costumbres que el país ha adquirido respecto a Europa lo hizo en la época de optimismo generalizado, una era marcada por lo que parecía un proceso irreversible de progreso, mayor integración y beneficios. España abrazó el historicismo optimista, que es el camino más corto hacia la inacción, mientras se iba hundiendo en una época de autoflagelación y pesimismo nacional, alimentando el principio orteguiano de que España es el problema y Europa la solución. Todo un proceso que lo que hace es anclar al país en la inacción en materia europea.

Pero la Europa del optimismo ha desaparecido. Europa ya no es solamente algo que se pueda defender con los tópicos que tanto se han utilizado, hablando de lo bueno que es viajar sin pasaporte, que no haya fronteras, que se pueda hacer el Interrail, que los jóvenes hagan Erasmus, que no haga falta cambiar de moneda.

Ahora estamos en la Europa de la supervivencia, en búsqueda de la retención de la independencia frente a los intentos de convertirla en un satélite político y económico. El debate es enormemente sensible y un resultado positivo no está ni mucho menos garantizado; muchas cosas pueden salir mal.

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En eso está entrando el resto del continente, mientras España sigue confiada en que todavía existe la Europa de ayer, y que su rectitud europeísta es suficiente tanto para garantizar la existencia de aquella Europa como para mantenerse siendo parte de ella. La realidad discurre por otros derroteros. El debate central ahora mismo consiste en la seguridad y la defensa, un tema que no cuadra con la visión española de Europa.

Se habla de armas, de interoperabilidad, del riesgo real de una agresión de Rusia, de mantenerse en la carrera tecnológica, de tratar de evitar que colapse la industria europea entre los aranceles de EEUU y la competencia desleal de China. Se habla, al fin y al cabo, del poder en su expresión más pura y desagradable: la violencia y la coerción. Todo esto está ocurriendo a gran velocidad, con un intento de ciertos países europeos, especialmente el arco norte-este, incluyendo países que no forman parte de la UE, como Reino Unido, de liderar el proceso.

España, y los españoles, están relativamente ausentes de este debate. Participamos en ello, pero desde una distancia prudencial, la mínima necesaria para que nadie pueda dudar de nuestra europeidad. España todavía no parece estar dispuesta a volver de su pausa de la Historia. El resultado, sea cual sea el escenario final en el que acabe Europa, no es positivo. Bien porque España vuelva, por acción u omisión, a un aislamiento del resto del continente, o bien porque el país acabe arrastrado a una situación que en realidad no le interese, sencillamente porque se supone que debe seguir el consenso europeo incluso cuando no ha participado en darle forma.

Muchos españoles han crecido con el estigma de que su país se ha mantenido al margen de todos los grandes acontecimientos europeos de aquellos que pueden divisar echando la vista atrás. Llegando tarde y mal a la revolución industrial, perdiendo traumáticamente lo que quedaba de su poder colonial mientras el resto de potencias europeas las retenían o ampliaban a finales del siglo XIX, sin papel en la Primera Guerra Mundial y con una participación mínima en la Segunda Guerra Mundial, que además fue por el lado nazi. Bajo el franquismo, España quedó también fuera del proceso de construcción europea que respondía a muchos de esos acontecimientos que el país había vivido desde la barrera.

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