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El asustaviejas: por qué Trump no puede expulsar del poder a Maduro por teléfono
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Con amenazas no basta

El asustaviejas: por qué Trump no puede expulsar del poder a Maduro por teléfono

Con los antecedentes de otros líderes autoritarios en mano, no parece estadísticamente verosímil que Nicolás Maduro abandone el poder por una llamada de teléfono. Quizás ni siquiera cuando distinga un portaaviones desde la ventana

Foto: Nicolás Maduro. (Reuters/Leonardo Fernández Viloria)
Nicolás Maduro. (Reuters/Leonardo Fernández Viloria)
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¿Qatar? ¿Turquía? ¿Moscú? La prensa estadounidense ya le está buscando nueva casa a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, para una especie de prejubilación con exilio dorado. Desde que Donald Trump le dijo por teléfono, hace dos semanas, que empaquetara sus cosas y se fuera, gran parte de la opinión pública norteamericana solo parece preguntarse adónde irá. ¿No estamos acostumbrados a ver a dictadores exiliados concluir sus días pacíficamente en alguna casa de la Costa Azul francesa, entre pinos y piscinas con vistas al mar?

Hay trabajos académicos sobre el destino de dictadores depuestos que proponen hasta algoritmos para establecer el atractivo de un país anfitrión. No debe ser muy pobre ni muy democrático, y si antes era aliado del dictador, mejor. No sé por qué no me sorprende que Estados Unidos encabece la lista mundial, seguido de Reino Unido, Rusia, Argentina y Francia. Así lo dice de 98 jefes de Estado autócratas exiliados entre 1945 y 2017. Lo fundamental es, por supuesto, que el país elegido no sea miembro de la Corte Penal Internacional (CPI), que tiene esa incómoda costumbre de querer juzgar masacres y crímenes contra la humanidad.

La CPI ya tiene en marcha una investigación contra el régimen venezolano (si bien aún no hay orden de detención contra nadie), y en la prensa estadounidense se formula la pregunta: ¿no será que esto le complica las cosas a Maduro y le impide hacer caso a Trump, aunque quisiera? Maduro debe de calcular que en Venezuela está más seguro que en otra parte, asegura un experto en el Wall Street Journal, y no falta quien evoca el ejemplo de Muammar Gadafi, quien prefirió luchar hasta el final... ¿quizás porque ya había una orden de detención contra él y no se fiara de que ningún país lo acogiera? La conclusión no se pone así de rotunda, pero se insinúa: esa pretensión de juzgar a dictadores, ¿impide transiciones pacíficas? ¿Es la CPI un mal invento?

No me voy a meter en la cuestión de si Nicolás Maduro entra realmente en la categoría de dictador; para el caso que nos ocupa importa poco. Tampoco tiene importancia, en este contexto, que al oír los discursos de Trump sobre su régimen "narcoterrorista" que "envenena a los estadounidenses con cocaína y fentanilo" dan ganas de preguntarle qué se ha fumado. Con el temido fentanilo, que efectivamente causa muchos muertos, Venezuela no tiene nada que ver. Esta droga se produce en México. Pero los planes de bombardear el vecino del sur, que numerosos altos cargos del Partido Republicano ya lanzaron hace años como promesa electoral, ya no parecen muy atractivos a Trump, aunque aún hace semanas dijo que estaría "orgulloso" de hacerlo.

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Respecto a la cocaína, es notorio que Venezuela no cultiva coca —salvo un puñado de arbustos en franjas fronterizas, bajo control de guerrillas colombianas— aunque sí figura como país de tránsito para el 10-15% de la cocaína que sale de los tres países productores, Colombia, Perú y Bolivia. Pero solo una pequeña parte de esto se destina a Estados Unidos y no hay ruta directa: la droga que sale de las costas venezolanas siempre hace escala o bien en Centroamérica y México o bien en alguno de los muchos Estados isleños del Caribe, especialmente República Dominicana, antes de continuar a Florida.

El propio informe sobre drogas del Departamento de Justicia estadounidense de 2025 menciona Venezuela en un solo párrafo... como origen de la mafia estadounidense Tren de Aragua, cuya relación con la droga se limita a la venta callejera. Todo eso, añadido al obvio hecho de que la única manera sensata de poner fin al tráfico de drogas no es bombardear la oferta sino acabar con la demanda.

Pero ¿para qué necesitamos razones sensatas? Trump quiere derrocar a Maduro, y Trump es una superpotencia, así que levanta el teléfono, marca el número de Caracas y le pone fecha y ultimátum a su interlocutor. Es así como funciona, ¿no? Ya solo queda ponerse de acuerdo en el país de exilio. ¿Hablo con mi colega Putin? ¿O quizás mejor con Erdogan? Los de Qatar acogen hasta a Hamás, un narcoterrorista más no les importará. Pero igual no te gusta el desierto, Nicolás. Déjame pensar.

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Un asesor aficionado a la lectura le podría haber dicho a Trump que no hay precedentes de que esto funcione así. No me sé ahora mismo ni un solo dictador que haya hecho las maletas porque una potencia extranjera se lo haya sugerido. De la larga lista de señores mirando al mar entre pinos y recuerdos de sus miles o centenares de miles de víctimas, ¿se fue alguno antes de ver en la puerta de su palacio una muchedumbre dispuesta a colgarlo de los pies en la plaza pública? Hagan ustedes la lista, desde Fulgencio Batista en Cuba a Idi Amin de Uganda, Mohamed Reza Pahlevi en Irán, Mobutu del Congo, Mengistu Haile Mariam en Etiopía, Ferdinand Marcos en Filipinas, Hissène Habré en Chad, Alfredo Stroessner en Paraguay, Efraín Ríos Montt en Guatemala, Zine el Abidine Ben Ali en Túnez o Bashar al Asad en Siria... y añadan a los que no alcanzaron a hacer las maletas a tiempo: Nicolae Ceausescu en Rumanía, Gadafi en Libia, Hosni Mubarak en Egipto, Saddam Hussein en Irak.

En algunos casos, al autócrata lo derroca un simple golpe de Estado encabezado por alguien de su propio círculo cercano (Stroessner, Ríos Montt), pero casi siempre, el cambio implica una rebelión popular, si bien con varias versiones: puede que el Ejército, la única fuerza capaz de aplastar la rebelión, abandone al dictador y le diga que ahí se las componga (Ceausescu, Pahlevi, Marcos, Ben Ali, Mubarak), puede que esa rebelión derive en guerra civil y derrote a las fuerzas leales (Batista, Gadafi, Asad) o puede que la rebelión y su líder reciban apoyo militar decisivo de un país vecino para derrocar al dictador (Idi Amin, Mobutu, Mengistu, Habré).

Se me ocurren solo tres ejemplos de una decisiva intervención extranjera sin participación de un movimiento de rebelión nacional: Saddam Hussein fue derrocado por Estados Unidos en la invasión de Irak en 2003 y lo mismo le pasó a Manuel Noriega en Panamá en 1989. Ambos habían sido estrechos aliados de Estados Unidos al inicio de su carrera y tras retirar Washington su escudo protector se tenían por suficientemente fuertes como para plantarle frente a su antiguo padrino. Les fue mal, evidentemente.

Foto: estados-unidos-venezuela-trump-china-petroleo-1hms Opinión
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Los 27.000 soldados enviados a Panamá acabaron con la guardia de Noriega en pocos días, contabilizando 20 marines muertos frente a medio millar de panameños, y el dictador acabó entre rejas. Era de prever. A quién se le ocurre hacer frente a la maquinaria bélica de Estados Unidos desde un país del tamaño de Castilla-La Mancha. Pues a Noriega se le ocurrió. Y eso que un año antes de la invasión, estadistas de Costa Rica, Colombia, Venezuela y España intentaron convencerlo de la bondad de una retirada a tiempo. Ni modo. No sabemos si solo los megalómanos llegan a dictador, o si cualquiera que llega a dictador se transforma en megalómano.

También le fue mal a Sadam Hussein. A él, que acabó en la horca, a todo el pueblo de Irak, a Oriente Próximo entero y a Estados Unidos. También Sadam era megalómano y llevaba dos décadas sobreestimando sus fuerzas, pero invadir Irak, seis veces más grande que Panamá, tampoco era un buen negocio para Estados Unidos, exceptuando ciertas empresas de logística y mercenarios aliadas con la familia Bush: le costó dos billones de dólares, 6.300 dólares por cada ciudadano. Y seguramente figure en los manuales del futuro de cómo nunca resolver un problema geopolítico.

Venezuela es exactamente el doble de grande que Irak.

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No sé lo megalómano que puede ser Nicolás Maduro, pero con los citados antecedentes no parece estadísticamente verosímil que abandone el poder por una llamada de teléfono. Quizás ni siquiera cuando distinga un portaaviones desde la ventana. Con un bombardeo aéreo no se cambia un régimen, como ya vimos en Irán este verano (y antes, en 1986, en Libia) y ¿se atreverá Trump realmente a ordenar un desembarco y mandar a la muerte a miles de marines? A muchos de sus votantes, hartos de la idea de gastar el erario público en tareas de gendarme mundial, no les gustaría. Ni tampoco les gustaría a los países vecinos, de Brasil a Colombia, por regular que les caiga Maduro personalmente. Gustavo Petro ya le ha dejado claro a Trump que no le hace ninguna gracia la idea.

Tampoco parece que Maduro esté a punto de caer por una rebelión venezolana. Por supuesto no falta un amplio descontento popular, expresado en una emigración masiva, pero los intentos del opositor Juan Guaidó, incluido un muy torpe intento de derrocar el régimen con un puñado de mercenarios en 2020, no deben ya de convencer a nadie, y pese a las amplias protestas populares de verano de 2024, la cosa parece estar bajo control por ahora. El Ejército aparenta ser fiel a Maduro (aunque eso no se puede saber nunca), no hay guerrilla y si se formara una, casi seguro que no podría contar con el apoyo de un país vecino, factor clave.

Nos falta citar el tercer ejemplo de un dictador derrocado sin rebelión en casa, aparte Noriega y Saddam. Es Jean-Bédel Bokassa, presidente de la República Centroafricana, o emperador del Imperio Centroafricano, según el mismo: hay gente a la que la megalomanía les da más fuerte que a otros. Era un excelente aliado de Francia; el presidente francés, Valéry Giscard d'Estaing, tenía su propio coto privado de caza en sus selvas y París pagó casi toda la ceremonia de coronación en 1977. Dos años más tarde, la mala fama de Bokassa se impuso y el mismo Giscard d'Estaing mandó a los paracaidistas a deponer a su amigo dictador. Aprovechando la ausencia de Bokassa en una visita oficial a Libia, los comandos franceses tomaron el aeropuerto y luego el palacio presidencial sin pegar un solo tiro, escoltando de vuelta al sillón presidencial a David Dacko, el presidente derrocado por Bokassa 13 años antes. Listo.

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Lo de aprovechar un viaje del autócrata es un clásico en los golpes de Estado (¿será por eso que ciertos dictadores se llevan en el avión a la plana mayor del Gobierno?). Maduro no tiene aversión a los viajes, pero ¿nos creemos que su círculo cercano saldrá corriendo si aparece un comando de marines en el aeropuerto de Caracas para escoltar a María Corina Machado hacia el palacio presidencial? Yo no lo sé, pero ni Maduro ni Trump deben de tenerlo por probable, si es cierto lo que la Casa Blanca le filtró a Reuters: que Maduro había efectivamente aceptado la oferta de irse al exilio, a condición de que el poder interino pasara a manos de su vicepresidenta, Delcy Rodríguez. Él sabría por qué Delcy. Y Trump rechazó la condición. Él sabría por qué no Delcy.

Con una guerra de verdad muy, pero muy desaconsejable y un golpe de palacio más bien improbable, la táctica de Trump del telefonazo, publicitado como si fuese una eficaz herramienta geopolítica para cambiar regímenes incómodos en cualquier parte del mundo, nos dice bastante más de Trump que de Venezuela: no puede negar su pasado de empresario del ladrillo.

En el sector inmobiliario es rutina. Ves un edificio que podría dar un rédito de millones, pero en mal estado y lamentablemente nada fácil de reformar: dentro viven esas vecinas de renta antigua que tienen contrato de alquiler vitalicio. No las puedes echar a la fuerza. Pues vas y les cuentas que la casa se les va a caer en la cabeza el día menos pensado y si quieren salvar la vida, lo mejor es salir cuanto antes, les ofreces hasta un pisito de recambio. A ver si pica. En mi tierra, que es Cádiz, han acuñado una palabra para este tipo de tahures del farol: asustaviejas.

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No conozco a Maduro, no sé si se asusta con facilidad. Solo me lo crucé una vez en un congreso de Estambul, y ya entonces iba pavoneándose con más aires que un empresario del fútbol ante la prensa que corría a su lado, micrófono en ristre. Yo diría que de megalomanía va tan bien servido como la media de autócratas de nuestras listas. No, seguramente no tiene mucha intención de morir con las botas puestas. Probablemente abandone y busque un exilio dorado cuando la calle de Venezuela se le revuelva de verdad o una compañera de armas se le siente enfrente con la pistola en la mesa. Pero ¿por una llamada de teléfono? Hasta los asustaviejas de Cádiz se lo suelen currar más.

¿Qatar? ¿Turquía? ¿Moscú? La prensa estadounidense ya le está buscando nueva casa a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, para una especie de prejubilación con exilio dorado. Desde que Donald Trump le dijo por teléfono, hace dos semanas, que empaquetara sus cosas y se fuera, gran parte de la opinión pública norteamericana solo parece preguntarse adónde irá. ¿No estamos acostumbrados a ver a dictadores exiliados concluir sus días pacíficamente en alguna casa de la Costa Azul francesa, entre pinos y piscinas con vistas al mar?

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