La UE encara su particular 'noche de Champions' con el crédito a Ucrania, y tiene mucho peligro
El Consejo Europeo de diciembre está empezando a adquirir unos tintes de cumbre decisiva que puede volverse en contra de la UE si Bélgica no cede a la presión para permitir un crédito a Ucrania
La UE acuerda un pacto para detener las importaciones de gas ruso para 2027. (EFE/OLIVIER MATTHYS)
Hay un cierto gusto en la afición del Real Madrid cuando se acerca el minuto 80 de un partido de vuelta de eliminatoria de la Champions League y su equipo está dos goles abajo. Porque hay pocos placeres mayores que el de la remontada contra todo. Y en la política europea hay un equivalente a ese escenario y a esa sensación: un Consejo Europeo de todo o nada. Una afición desarrollada a lo largo de una gestión permanente de un estado de crisis y pánico desde hace ya casi veinte años. Y el del próximo 18 y 19 de diciembre está empezando a adquirir esas características de noches épicas y agónicas de política europea.
Los Estados miembros de la Unión Europea están en plena batalla para tratar de llegar a un acuerdo para dar garantías de sostenibilidad financiera a Ucrania para los dos próximos años. La idea que más gusta a una parte es la de utilizar los activos congelados en Rusia como parte de las sanciones europeas, que son controlados mayoritariamente por una empresa con sede en Bruselas llamada Euroclear, para canalizar un crédito a Ucrania con ese dinero. El principal problema de ese plan es que Bélgica se opone de manera muy firme, asegurando que es muy frágil legalmente y demasiado arriesgado.
Nadie niega en la Comisión Europea que sea arriesgado, pero están dispuestos a ir a por ello, hasta el punto de que en la presentación del texto legal de la propuesta el Ejecutivo comunitario ha basado el documento en el artículo 122 de los Tratados, sorteando la unanimidad. El plan B, la posibilidad de emitir deuda conjunta para financiar a Kiev tiene una oposición mucho más amplia.
A medida que pasan los días, aumenta la tensión, especialmente porque EEUU ha dado señales de querer apropiarse el dinero congelado a Rusia en suelo europeo, donde se encuentra la inmensa mayoría de estos fondos. Bélgica está asumiendo algunos argumentos de Washington respecto a los activos congelados rusos y en vez de ceder a la presión, el primer ministro, el nacionalista flamenco Bart de Wever, está enrocándose. Se debe tomar una decisión porque Ucrania necesita un flotador financiero de manera urgente, necesitando desembolsos desde finales del primer trimestre de 2026. Todo lo que no sea cerrar el 2025 ofreciendo seguridad a Kiev respecto a su financiación pondrá a Ucrania contra las cuerdas. En todo caso, los que más respaldan la causa ucraniana señalan que el resto de Estados miembros podrían mostrar su compromiso con ayuda bilateral si es necesario.
Los Consejos Europeos son citas especiales. Funcionan como un cónclave. Cuando se tienen que tomar decisiones importantes, el presidente del Consejo Europeo, que en este momento es el portugués António Costa, tiene que adquirir un cierto rasgo de hombre con puño de hierro y métodos semi-autoritarios hacia el resto de líderes. Lo habitual es que el presidente del foro encierre a los líderes de los Veintisiete en el edificio hasta que por puro cansancio se acaba encontrando un terreno intermedio, una solución que no encanta a nadie, pero no es tan mala como para que se opongan demasiados líderes. Lo que en Bruselas se llama una "solución subóptima".
El cansancio acumulado y la presión de grupo juegan un papel central en estos Consejos Europeos, que en ocasiones se alargan durante días de manera ininterrumpida hasta que todo el mundo está de acuerdo o hasta que se alcanza la mayoría suficiente para sacar algo adelante. Estas reuniones están rodeadas de un aura especial en la política europea porque suelen dar resultado. A trompicones, pero al final los países europeos, que se llevan matando desde hace siglos, logran ponerse de acuerdo sobre prácticamente todo.
Cuanto más difícil parece la cumbre, más expectación genera. Diplomáticos que recomiendan a los corresponsales que lleven pijama, viejos embajadores que recuerdan aquella maratoniana reunión en la que se turnaban el sofá para dormir veinte minutos. El momento en el que ya está permitido abrir cervezas en el bar de prensa, las pizzas a domicilio (el domicilio temporal durante esos días, claro), el tabaco compartido, ver amanecer desde detrás del cordón policial, y, al final, el acuerdo, siempre el acuerdo. Es lo que los cínicos que han pasado ya demasiados años en este negocio llaman la falsa épica bruselense. La romanización de que empiece a oler a cerrado tras 48 horas sin una ducha. Y ya está empezando a generar ese runrún previo a las grandes citas, ese rumor de remontada.
Pero esta vez no hay mucho margen de maniobra, y De Wever no es un líder más: tras décadas en primera línea de la política belga, si hay alguien dentro de la habitación del Consejo Europeo capaz de aguantar las clásicas prácticas de negociación de la política europea esa es el primer ministro de Bélgica, donde las negociaciones se prolongan durante años sin que se hagan progresos aparentes y sin que a nadie parezca importarle.
En esta ocasión, además, los líderes europeos no se pueden permitir fallar, porque el margen de maniobra que tienen es mínimo. Mientras un sector en Bruselas empieza a dejarse llevar por esa emoción de las grandes noches de la política comunitaria, con su fe inquebrantable en el acuerdo final, otros sectores advierten del efecto de un fracaso en el Consejo Europeo de diciembre, con un De Wever que no parece estar dispuesto a ceder. La diferencia entre unos y otros es que los primeros consideran que todo el mundo, cuando se mete dentro de la habitación del Consejo Europeo, tiene un precio (político). Y que lo único que está haciendo el belga es aumentar el suyo.
Hay un cierto gusto en la afición del Real Madrid cuando se acerca el minuto 80 de un partido de vuelta de eliminatoria de la Champions League y su equipo está dos goles abajo. Porque hay pocos placeres mayores que el de la remontada contra todo. Y en la política europea hay un equivalente a ese escenario y a esa sensación: un Consejo Europeo de todo o nada. Una afición desarrollada a lo largo de una gestión permanente de un estado de crisis y pánico desde hace ya casi veinte años. Y el del próximo 18 y 19 de diciembre está empezando a adquirir esas características de noches épicas y agónicas de política europea.