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"Fuego amigo": Donald Trump está logrando enfadar a los únicos con el poder de frenar su agenda
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Fuga de republicanos desde su presidencia

"Fuego amigo": Donald Trump está logrando enfadar a los únicos con el poder de frenar su agenda

Según la encuestadora Gallup, Trump tiene el índice de aprobación más bajo de su segunda presidencia: un 36%. Si dividimos la popularidad por sectores, donde mejor puntúa es en la lucha contra el crimen, un magro 43%

Foto: El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sale de una reunión del gabinete, en la Casa Blanca, en Washington DC. (Reuters/Brian Snyder)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sale de una reunión del gabinete, en la Casa Blanca, en Washington DC. (Reuters/Brian Snyder)
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El presidente de EEUU, Donald Trump, comenzó su mandato como un general victorioso que derriba los portones de la ciudadela, entra a hombros de parte del pueblo y prende fuego al antiguo régimen para construir uno nuevo. La expresión "inundar la zona" nunca fue tan verdadera como en la primavera pasada. La oposición y los medios recibieron una lluvia de medidas tan dramática que no sabían adónde mirar: inmigración, aranceles, política exterior. Todo en todas partes al mismo tiempo. Casi un año después, sin embargo, parece que el general ha perdido fuelle bajo el peso de sus ímpetus. No sabemos si momentáneamente.

"Todo este equipo de la Casa Blanca ha tratado a TODOS los miembros como basura. A TODOS. Y Mike Johnson [presidente de la Cámara de Representantes] lo ha permitido", dijo un congresista republicano al portal conservador Punchbowl News. "La arrogancia de este equipo de la Casa Blanca desalienta a los miembros, que se ven pisoteados y amenazados. Ni siquiera permiten pequeñas victorias como anunciar pequeñas subvenciones o siquiera responder por parte de las agencias".

En las horas posteriores a la publicación de este testimonio anónimo, otros congresistas republicanos contactaron con el autor del artículo, Jake Sherman, para decirle que ellos se sentían igual. Algo que se puede ver de manera pública en el caso de Marjorie Tayler Greene, que ha pasado de ser una aliada incondicional de Trump a anunciar su salida del Congreso mientras es acusada de "traidora".

Greene fue una de los cuatro congresistas republicanos que rompieron la disciplina para votar a favor de la desclasificación de los archivos de Epstein; una ruptura que se extendió, como una grieta, por el partido. Cuando se rumoreaba que la propuesta de ley iba a contar con el apoyo de un centenar de republicanos, Donald Trump decidió subirse al bando ganador y dijo que él también la respaldaba. Al final todos los republicanos de la Cámara Baja, menos uno, votaron a favor. Y todo el Senado.

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Los congresistas republicanos están dando otros signos de independencia. Donald Trump pidió a los senadores que utilizaran su mayoría para deshacerse del "filibustero", una estrategia que permite bloquear la aprobación de una ley a no ser que esta cuente con 60 votos (el Senado tiene 100 escaños). El liderazgo republicano dijo que no, como también se negó a implementar la idea de Trump de repartir cheques de 2.000 dólares entre la población, recaudados con aranceles.

Los republicanos de Indiana, que controlan el Estado con supermayorías en ambas cámaras del parlamento, se resistieron a la petición de Trump de redibujar los distritos electorales para otorgar al partido más escaños en el Congreso de Washington. 11 parlamentarios se plantaron y Trump amenazó con hundir sus carreras políticas. Varios de ellos han recibido amenazas de muerte.

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El senador estatal Mike Bohacek dijo que no votaría por la medida de Trump recordando que el presidente había usado la palabra "retrasado" para insultar al gobernador de Minesota, el demócrata Tim Walz. Bohacek, que tiene una hija con síndrome de Down, recibió una amenaza de bomba el mismo día. "Este patrón reciente de comportamiento amenazante e intentos de intimidación no solo es preocupante, sino también ilegal", dijo Bohacek. "Espero que se haga justicia por este tipo de comportamiento".

Más allá de estos desacuerdos en principio puntuales, las elecciones del pasado noviembre para los gobiernos de Virginia y Nueva Jersey, y la alcaldía de Nueva York, se saldaron con victorias demócratas más amplias de lo esperado. Un desenlace que insufló un poco de energía en la desmoralizada izquierda y que se consideró un referéndum sobre Donald Trump, cuyas métricas andan desmejoradas.

Según la encuestadora Gallup, Trump tiene el índice de aprobación más bajo de su segunda presidencia: un 36%. Si dividimos la popularidad por sectores, donde mejor puntúa es en la lucha contra el crimen, un magro 43%. Su manejo del presupuesto federal, la guerra de Ucrania y la sanidad le granjean cerca de 30 puntos. Su popularidad entre los votantes independientes, que suelen ser la bisagra en unas elecciones, es de 29 puntos. La marca más baja en ambos mandatos.

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Salvo la muerte, nada es irreversible, pero existen indicios de que los republicanos tienen algunos baches por delante. Por ejemplo, 26 congresistas republicanos han anunciado que dimiten o se jubilan desde que Trump juró su cargo el pasado enero. Esos 26 escaños, una cifra inusualmente alta, quedarán abiertos de aquí a las elecciones de medio mandato del año que viene. Y los republicanos solo tienen que perder: si ganan todos esos escaños, todo sigue igual. Si pierden algunos de ellos, su mayoría es tan justa que los demócratas podrían recuperar el control de la cámara baja antes, incluso, de que se llegue a la cita de las midterms.

Pero muchos de los líderes conservadores no se fijan, o no solo, en el corto plazo. Cuando los gerifaltes republicanos miraban a Donald Trump en 2018 o en 2019, veían a un presidente con posibilidades de ser reelegido otros cuatro años. Hoy, en cambio, las perspectivas de Trump son diferentes.

Aunque el presidente provoca todo el rato con la idea de presentarse a un tercer mandato en 2028, mencionándolo en entrevistas, negándolo, sugiriéndolo de nuevo y comercializando gorras de "Trump 2028", lo cierto es que tiene en frente dos barreras muy, muy altas. Una es la Constitución, que deja claro que son dos mandatos y punto, en total, y que no vale presentarse a vicepresidente para luego cambiar posiciones y ser presidente (la Constitución es clara al respecto: solo puede presentarse a vicepresidente quien pueda ser, legalmente, presidente). Y reformar la Carta Magna requiere unas proporciones de apoyo impensables.

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La segunda barrera es la edad. Trump cumplirá 80 años el próximo mes de junio; cuando se acabe el mandato, tendrá 82. Aunque Trump comparece continuamente ante la prensa, lo cierto es que su horario es mucho más reducido que en el primer mandato. El presidente suele empezar la agenda oficial al mediodía y acabar a las cinco, y se le va cada vez más a menudo cansado, quedándose dormido o arrastrando las palabras en divagantes discursos. Una cosa es desafiar las leyes de la política, como ha hecho Trump, y otra, las leyes de la biología.

En otras palabras: a Trump le quedan tres años de presidencia. El mandato de los senadores es de seis años, lo cual explica que muchos de ellos sobrevivirán políticamente a Trump y pueden verse más cómodos escuchando a los votantes, en cosas como la política hacia Israel o la revelación de los archivos de Epstein, que obedeciendo las órdenes, muchas veces abruptas, de la Casa Blanca.

Todo lo anterior, sin embargo, tiene que ser tomado con cautela. Trump ha demostrado estos meses que está cómodo gobernando por decreto, a espaldas del Congreso o forzándolo a adoptar medidas a regañadientes; diezmado partes del Gobierno federal, con la excusa del ahorro y la transparencia, para hacerlo más obediente, y ha pasado como un bulldozer por encima de todo tipo de leyes y reglas de comportamiento, tanto en política migratoria como militar o comercial.

Es posible que los demócratas recuperen el control de una o las dos cámaras del Congreso, pero quizás el Congreso no tenga, para entonces, el poder y el estatus de los que ha disfrutado tradicionalmente. Su pérdida de peso antecede a Trump, pero Trump, como en tantas otras cosas, ha resultado el acelerado.

El presidente de EEUU, Donald Trump, comenzó su mandato como un general victorioso que derriba los portones de la ciudadela, entra a hombros de parte del pueblo y prende fuego al antiguo régimen para construir uno nuevo. La expresión "inundar la zona" nunca fue tan verdadera como en la primavera pasada. La oposición y los medios recibieron una lluvia de medidas tan dramática que no sabían adónde mirar: inmigración, aranceles, política exterior. Todo en todas partes al mismo tiempo. Casi un año después, sin embargo, parece que el general ha perdido fuelle bajo el peso de sus ímpetus. No sabemos si momentáneamente.

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