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Queso manchego, pero hecho en Nueva York: la plaga de la 'fake food' en Estados Unidos
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Cambia lo suficiente para evitar demandas

Queso manchego, pero hecho en Nueva York: la plaga de la 'fake food' en Estados Unidos

En supermercados estadounidenses abundan imitaciones de especialidades europeas, adaptadas legalmente, que confunden al consumidor y desafían la protección de las denominaciones de origen tradicionales del viejo continente

Foto: Un empleado organiza los productos alimenticios en un supermercado Publix en Miami, Florida. (EFE/Cristóbal Herrera-Ulashkevich)
Un empleado organiza los productos alimenticios en un supermercado Publix en Miami, Florida. (EFE/Cristóbal Herrera-Ulashkevich)
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Se dice lo que se dice, pero no se dice del todo y así puede decirse. La frase, un galimatías, explica a la perfección lo que ocurre con multitud de productos alimentarios europeos en el mercado estadounidense. En un tiempo donde la Casa Blanca amenaza con poner aranceles a cualquiera que no respete la propiedad intelectual o sea acusado de dumping —como acaba de ocurrir con unas 11 marcas de pasta italianas a las que las autoridades amenazan con aplicar tasas de casi el 100% si no entregan la documentación requerida antes del 31 de diciembre— sorprende la falta de pulcritud que tienen para aplicar esa protección a su propio mercado con productos de fuera.

En Estados Unidos hay una habilidad casi quirúrgica para apropiarse de un nombre sin apropiarse de su origen. Sucede en muchos sectores, pero donde alcanza su máxima expresión es en la comida. Europa ha convertido siglos de tradición en un sistema de denominaciones de origen que actúa como escudo protector. Italia, Francia, España… todas han levantado sus murallas legales para defender quesos, embutidos o vinos que solo pueden llevar un nombre si provienen de un lugar concreto y se realiza con determinadas características.

Pero cuando esos productos aterrizan en Estados Unidos, el tablero cambia. Allí las palabras se vuelven más flexibles, y lo que Europa blinda, la industria alimentaria estadounidense lo adapta. Con un matiz clave: cambia lo suficiente para evitar demandas, pero no tanto como para que el consumidor deje de pensar en el original.

En cualquier supermercado de Estados Unidos se puede encontrar en los estantes chorizo o chistorra, queso manchego, parmesano, burrata, gorgonzola o feta, o un buen champagne, sin ninguna dificultad. Luego, hay que afinar la vista, y en el paquete pondrá "Manchego Style", o "Spanish Style". Es lo que sucede con una empresa estadounidense, "Despaña", que vende embutidos españoles entre los que está un "Traditional Chorizo", con su toro y su bandera de España en el envoltorio, en el que se detalla "Orgullosamente elaborado en Nueva York siguiendo nuestra receta familiar procedente de España".

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Despaña, una empresa creada en el neoyorquino barrio de Queens en 1971, importa productos españoles y fabrica algunos otros en territorio estadounidense. Todo es legal bajo la normativa del país que divaga en la nebulosa en este terreno. La chistorra Navarra o la morcilla de Burgos tienen indicación geográfica protegida (IGP). La morcilla y chistorra a secas, sin pedigrí, que fabrican y venden en EEUU no. ¿Entiende el consumidor la diferencia?

Otro ejemplo nítido es el Prosciutto di Parma. Esta denominación italiana está protegida en casi todo el mundo, pero en Estados Unidos se entra en un terreno peculiar: se puede importar el real, con su sello de corona ducal, pero también se puede producir prosciutto localmente y venderlo como Prosciutto, Ham Style Prosciutto o Prosciutto Italiano Style, sin infringir nada. Para un europeo eso es casi una herejía. Para un norteamericano, simplemente es jamón curado con un nombre italiano. En mercados como el estadounidense prima la libertad comercial sobre la tradición: si el nombre no es idéntico al protegido, la puerta está abierta.

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Imaginen que en España o Italia se vendiera un teléfono que se llama TheMacIphone, igualito al famoso teléfono móvil original americano, con una frase que diga que "se trata de un producto hecho en Valencia con la tradición de la tecnología americana". ¿Produce confusión? Una morcilla de Burgos o un trozo de Parmigiano Reggiano tienen denominación de origen o IGP; un teléfono tiene patentes industriales internacionales. Estados Unidos, de hecho, lleva años quejándose del robo, denuncian ellos, de propiedad intelectual que hace China sobre sus productos.

El 29 de mayo de 2020, en el final de su primer mandato, el presidente Donald Trump emitía un comunicado en el que decía: "El robo por parte de China de tecnología, propiedad intelectual e investigación estadounidenses amenaza la seguridad y la economía de los Estados Unidos". Esos eran tiempos donde el gatillo de los aranceles parecía lejano, pero todas las administraciones americanas han denunciado repetidamente en este siglo XXI que las falsificaciones chinas son una amenaza para la economía patria. El FBI también ha afirmado que China es "el principal infractor de la propiedad intelectual del mundo" y que "utiliza sus leyes y reglamentos para poner en desventaja a las empresas extranjeras y en ventaja a las propias", según reveló el senador John Curtis el pasado 20 de enero.

La queja de Washington parece fundada. En 2019, el FBI estimó que EEUU pierde entre 225.000 y 600.000 millones de dólares por la "piratería" de la superpotencia oriental. Un informe del Center for Strategic and International Studies rebaja mucho esa cifra y habla de entre 20.000 y 30.000 millones de dólares.

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No hay estudios de la Unión Europea que especifiquen cuánto dinero pierden los productos alimentarios europeos protegidos con estas "falsificaciones". El país quizá más afectado por estas copias en el entorno UE es Italia. Lo que se conoce como Italia Sounding, que es el uso de emblemas o nombres que hagan creer al consumidor que compran productos italianos, es una guerra con la que Roma lleva años luchando por todo el planeta. Las autoridades creen que ese mercado moverá 120.000 millones de euros alrededor del globo con fake italian food.

Coldiretti (asociación de productores agrícolas de Italia) señalan a EEUU como el principal culpable, con una producción de falsa comida italiana por valor de 40.000 millones de euros. El valor de las exportaciones de verdaderos productos alimentarios italianos ronda los 7.000 millones de euros anuales. Los aranceles de Trump, una espada de Damocles, sobre todo productor internacional, amenazan con rebajar esa cifra. ¿Quién necesita comprar un Parmigiano Reggiano italiano cuando puede comprar por menor valor un Parmesan de la empresa BelGioioso con su bandera italiana y americana en el recipiente? Parecido sabor, se ralla igual, y queda perfecto sobre una pasta hiperhervida llena de nata y todo tipo de tropezones.

El problema es que los productores estadounidenses manifiestan que llevan décadas elaborando esos productos en Estados Unidos y ahora gozan de un derecho adquirido. Antes de la irrupción de esta aldea global del siglo XXI, globalización era un campesino de Campania que aparecía en un barco en Nueva York con su maleta vacía y la receta de la nonna de cómo hacer la mozzarella con leche de vaca, dado que la búfala no cabía en la cubierta.

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El país, hecho de inmigrantes en buena parte venidos de todas partes de Europa hace un siglo, alega que sus empresas ya establecidas no pueden dejar de vender un producto que llevan años vendiendo con esa denominación. "Eso fue hasta un problema para que la UE y México firmaran su tratado de Libre Comercio hace unos años. EEUU presionaba para que no se firmara porque afectaba a sus empresas alimentarias que entran en el mercado mexicano bajo el paraguas del NAFTA. Fue una negociación producto a producto donde la UE acabó consiguiendo que se respetaran varias denominaciones de origen. Uno de los escollos de un tratado de libre comercio con Estados Unidos es que Washington no está dispuesto a hacer lo mismo", recuerda un funcionario diplomático europeo que participó en aquellas negociaciones.

La pregunta es: ¿afecta esto realmente al consumidor? Sí y no. El comprador medio en Estados Unidos suele guiarse por la marca, el precio y la familiaridad del nombre. Un parmesano rallado es suficiente para la mayoría de platos caseros, y el auténtico Parmigiano Reggiano, mucho más caro, queda reservado para viajados sibaritas. El riesgo es que la línea entre tradición y versión industrial se borre hasta desaparecer. La consecuencia: millones de personas creen que han probado productos europeos, cuando en realidad han probado reinterpretaciones locales.

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Para los productores europeos, esta práctica es una batalla continua. Las DO son uno de los logros más importantes de la política agrícola europea: un sistema que protege la identidad y evita que cualquier fábrica del mundo pueda apropiarse del nombre de un territorio. Pero fuera de Europa ese blindaje depende de acuerdos bilaterales, y con Estados Unidos, que protege sus marcas comerciales, pero no las DO europeas, el choque es inevitable.

Mientras tanto, la curiosa vida sigue de las estanterías de los supermercados estadounidenses sigue. El queso feta local seguirá siendo feta, y el prosciutto made in Iowa seguirá encontrando compradores. Es el precio de un mundo donde la globalización se impone y donde los nombres viajan más rápido que el origen que deberían representar. Europa defiende su identidad con sellos. Estados Unidos defiende su mercado con etiquetas. Entre ambos, el consumidor se mueve en una frontera borrosa donde el parmesano flota sobre una carbonara rebosante de nata y guisantes.

Se dice lo que se dice, pero no se dice del todo y así puede decirse. La frase, un galimatías, explica a la perfección lo que ocurre con multitud de productos alimentarios europeos en el mercado estadounidense. En un tiempo donde la Casa Blanca amenaza con poner aranceles a cualquiera que no respete la propiedad intelectual o sea acusado de dumping —como acaba de ocurrir con unas 11 marcas de pasta italianas a las que las autoridades amenazan con aplicar tasas de casi el 100% si no entregan la documentación requerida antes del 31 de diciembre— sorprende la falta de pulcritud que tienen para aplicar esa protección a su propio mercado con productos de fuera.

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