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Los mil cortes sacan sangre: ¿está Rusia, al fin, perdiendo la guerra del petróleo?
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La resiliencia tiene un límite

Los mil cortes sacan sangre: ¿está Rusia, al fin, perdiendo la guerra del petróleo?

El gran salvavidas fiscal de Rusia durante la guerra ha sido el petróleo. Sin embargo, el oronegro de Moscú ha empezado a mostrar señales inequívocas de agotamiento

Foto: La plataforma petrolera Filanovskogo, en el Mar Caspio. (Reuters)
La plataforma petrolera Filanovskogo, en el Mar Caspio. (Reuters)

Durante los más de tres años transcurridos desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania, el gobierno de Vládimir Putin ha mostrado un rendimiento más que cuestionable en el campo de batalla, pero una resistencia inesperada en el frente económico. Una resiliencia cuyo gran salvavidas fiscal ha sido el petróleo, que ha continuado fluyendo con relativa normalidad en el mercado global pese a los múltiples embargos, topes de precios y amenazas occidentales.

Sin embargo, el oro negro de Moscú ha empezado a mostrar señales inequívocas de agotamiento. El Ministerio de Finanzas ruso informó recientemente de que los ingresos procedentes del petróleo y el gas se desplomaron un 27% interanual en octubre, hasta 888.600 millones de rublos (unos 10.000 millones de euros). Isaac Levi, investigador del Centre for Research on Energy and Clean Air (CREA), explica en entrevista con El Confidencial que la recaudación por exportaciones fósiles “ha caído a mínimos no vistos desde antes de la invasión a gran escala de Ucrania”. En este último tramo del año, añade, el sector viene encadenando descensos mensuales cercanos al 4%.

¿A qué se debe esta debacle? A una combinación del endurecimiento de las sanciones, el desplome global del crudo y los ataques ucranianos contra la infraestructura petrolera rusa. Presiones que no son nuevas para el sector, pero que, a base de acumularse, han convertido esos mil cortes en una sangría real para las arcas del Kremlin.

El pasado 22 de octubre, el presidente estadounidense, Donald Trump, impuso sanciones directas a Rosneft y Lukoil, las dos mayores petroleras rusas, después de fracasar en su intento de mediar una tregua con Putin. Fue una decisión drástica y un aparente giro de 180 grados para una administración que hasta entonces había tratado a Moscú con guante de seda. Un paso que el Gobierno de su predecesor, Joe Biden, nunca se atrevió a dar, en gran medida, por miedo a desestabilizar el mercado global de crudo.

Foto: eeuu-anunciara-nuevas-sanciones-a-rusia-despues-de-suspenderse-la-cumbre-entre-putin-y-trump

Como explica el economista Alexander Kolyandr, investigador del Center for European Policy Analysis (CEPA), “Rosneft y Lukoil representan la mitad de las exportaciones totales de petróleo de Rusia y un 5% del suministro global”. Ambas están ahora en la lista negra del Tesoro estadounidense, lo que prohíbe a empresas y ciudadanos de este oañus realizar transacciones con ellas y, lo que es más importante, amenaza con sanciones secundarias a terceros países o entidades que sigan comerciando con esas compañías.

El impacto de esta medida se ha hecho visible de inmediato y a lo largo y ancho del planeta. En Irak, el Gobierno anunció que no puede seguir trabajando con Lukoil, que controla el 75% del gigantesco campo de West Qurna-2, con una producción aproximada de 400.000 barriles diarios. La petrolera rusa declaró fuerza mayor y suspendió el pago de salarios a cientos de empleados por no poder usar el sistema financiero internacional. Sus activos exteriores, valorados en más de 20.000 millones de dólares, han quedado paralizados.

En Europa, el parlamento de Bulgaria ha aprobado una ley que permite al Estado tomar el control de la refinería Lukoil Neftochim Burgas, el mayor complejo energético del país, para protegerla de las sanciones estadounidenses. Finlandia, por su parte, ha visto cómo las gasolineras Teboil (propiedad de Lukoil) se quedaban sin combustible tras el corte de suministros y servicios por parte de sus proveedores y bancos europeos.

El verdadero termómetro del castigo, no obstante, será la postura de las dos potencias que absorben más del 80% del crudo ruso: China e India. Y aquí, las primeras reacciones no son un buen augurio para Moscú. La compañía india Reliance Industries, el mayor refinador privado del mundo, anunció que “recalibrará” sus importaciones, mientras las estatales Indian Oil y Bharat Petroleum comunicaron su intención de cumplir “todas las normas aplicables”. Por su parte, el Ministerio de Energía chino pidió a las principales empresas estatales suspender temporalmente las compras de crudo marítimo ruso.

Todo apunta a que esta vez pinta crudo para Rusia. Sin embargo, la efectividad de las sanciones dependerá, en última instancia, de la voluntad de Estados Unidos para aplicarlas de forma estricta. Como advierte Isaac Levi, “China e India van a observar muy de cerca hasta qué punto Estados Unidos va a aplicar estas sanciones y conceder excepciones”. Y aquí es donde la Administración Trump ha empezado a mostrar fisuras al permitir al Gobierno húngaro de Viktor Orbán, uno de sus grandes aliados internacionales, que continúe comprando petróleo y gas ruso.

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Hay otro indicador que invita a la cautela: la reacción del mercado del crudo. El precio apenas se ha movido desde el anuncio de las sanciones, una señal de que los operadores siguen confiando en que Rusia encontrará —por enésima vez— vías para esquivar las restricciones. Moscú lleva años levantando una compleja arquitectura de evasión, con una flota fantasma de casi mil buques, una constelación de intermediarios opacos y puertos secundarios donde se intercambian cargamentos para borrar el rastro del petróleo. Un circuito paralelo que ha permitido que el petróleo ruso siga fluyendo por las arterias del comercio global.

Sin embargo, que el hidrocarburo continúe en circulación por estas vías no significa que a Rusia no le golpee en la cartera. Levi explica que las tretas de Rosneft y Lukoil permiten que los compradores “puedan fingir que no saben de quién están adquiriendo el crudo”, pero al mismo tiempo solo se sostienen gracias a documentos falsificados y a intermediarios que se quedan con una parte del valor del cargamento. Cada capa añadida reduce el margen de beneficio. El experto añade que su organización ha detectado “un repunte de las transferencias entre barcos en octubre”, algo que refleja precisamente que Moscú necesita asumir más costes y más riesgos para mantener los volúmenes de exportación.

El blanco perfecto para Ucrania

Si alguien ha entendido mejor que nadie que para presionar al Kremlin hay que golpear donde duele, esa es Ucrania. Las refinerías, depósitos y terminales petroleras llevan tiempo convertidas en uno de los objetivos prioritarios de los drones y misiles ucranianos. El pasado viernes, la ciudad portuaria de Novorossiysk, en el mar Negro, recibió uno de los golpes más serios que ha sufrido la infraestructura petrolera rusa desde el inicio de la guerra. Un ataque masivo obligó a suspender temporalmente las exportaciones de alrededor de 2,2 millones de barriles diarios, aproximadamente un 2% del suministro de todo el planeta, según fuentes de la industria citadas por Reuters.

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Novorossiysk es solo la punta del iceberg. Kiev está aplicando una estrategia de desgaste sistemático que ya ha alcanzado oleoductos, depósitos estratégicos y algunas de las refinerías más grandes del país. Desde agosto, Ucrania ha intensificado su campaña con ataques de largo alcance que han dejado fuera de servicio unidades críticas de procesamiento en regiones como Saratov, Volgogrado o Tuapse. Según un análisis publicado en Foreign Affairs, más de la mitad de las principales refinerías de Rusia han sido golpeadas al menos una vez este año.

“Los ataques han reducido un 11% las exportaciones de productos refinados en octubre, uno de los pilares de los ingresos del Kremlin”, explica Levi. Eso ha obligado a Rusia a colocar en el mercado internacional un volumen mayor de crudo sin procesar, mucho menos rentable que la gasolina o el diésel, y a priorizar el abastecimiento interno para contener el malestar social. Los precios del combustible han subido más de un 10% y se han registrado escaseces puntuales en Crimea y otras regiones del sur de Rusia, asevera el experto.

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Pese al deterioro, los expertos dudan de que el daño económico pueda forzar a Putin a negociar. Rusia sigue exportando más de 7,5 millones de toneladas de crudo mensuales, dispone de reservas con un valor superior a los 300.000 millones de euros y ha aprendido a operar bajo castigo financiero. “La economía rusa no colapsará de la noche a la mañana”, apunta Kolyandr en su análisis. “Pero su sostenibilidad a medio plazo está siendo minada, obligando a elegir entre gasto militar y estabilidad interna”, agrega.

En la superficie, el Kremlin mantiene el gesto impasible de siempre. “Ningún país que se respete actúa bajo presión”, dijo Putin tras el anuncio de las sanciones de Trump. Sin embargo, cada tanque vacío en Rusia es una victoria parcial para Kiev. Porque, por primera vez desde 2022, las heridas económicas del Kremlin ya no son superficiales.

Durante los más de tres años transcurridos desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania, el gobierno de Vládimir Putin ha mostrado un rendimiento más que cuestionable en el campo de batalla, pero una resistencia inesperada en el frente económico. Una resiliencia cuyo gran salvavidas fiscal ha sido el petróleo, que ha continuado fluyendo con relativa normalidad en el mercado global pese a los múltiples embargos, topes de precios y amenazas occidentales.

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