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Este economista intenta meterse en tu cerebro: "La gente prefiere perder dinero a aceptar algo que considera injusto"
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Entrevista a H. Thaler, Nobel de Economía

Este economista intenta meterse en tu cerebro: "La gente prefiere perder dinero a aceptar algo que considera injusto"

Las ideas de Richard H. Thaler desafían la visión tradicional sobre mercados, tecnología y desigualdad, proponiendo que entender la psicología humana es clave para afrontar los retos económicos actuales

Foto: El Nobel de Economía Richard H. Thaler. (Elliott Franks / Foreign Press Association)
El Nobel de Economía Richard H. Thaler. (Elliott Franks / Foreign Press Association)
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El Nobel de Economía Richard H. Thaler (New Jersey, 1945) no ha perdido ni la ironía ni la lucidez que lo convirtieron en una de las figuras más influyentes del pensamiento económico contemporáneo. Pionero en la corriente que incorpora la psicología al estudio de los mercados, vuelve ahora con una reedición revisada de su clásico 'The Winner’s Curse' (La maldición del ganador) donde disecciona las trampas mentales que nos llevan a tomar malas decisiones.

Durante la presentación del libro en Londres, mantuvo un encuentro organizado por The Foreign Press Association con un reducido grupo de medios internacionales, entre los que se encontraba El Confidencial. Con su habitual mezcla de humor y contundencia, analizó las grandes anomalías del siglo XXI, como la Inteligencia Artificial y el populismo. El escenario es complejo, pero sigue mostrándose optimista. "Llevo 40 años estudiando por qué la gente se comporta como se comporta. Y sigo sin entenderlo del todo. Pero si al menos conseguimos que los economistas acepten que el comportamiento humano no se arregla con ecuaciones, ya habremos avanzado en algo", explica.

PREGUNTA. ¿Por qué volver ahora sobre The Winner’s Curse después de tres décadas?

RESPUESTA. Porque el mundo ha cambiado más que las personas. Las anomalías del comportamiento siguen ahí, solo que ahora las vemos con más datos. El big data nos permite detectar irracionalidades sin necesidad de usar inteligencia artificial, todavía. Pero el siguiente gran desafío será entender cómo la dificultad de los problemas afecta a nuestra capacidad de decidir. Cuanto más complejo el entorno, peor maximizamos. Y diseñar una medida de esa complejidad es, en sí mismo, un problema muy complejo. La nueva edición mezcla mis columnas originales sobre anomalías con actualizaciones de mi coautor, Alex Imas, un brillante economista de Chicago.

P. ¿Qué entiende por una "anomalía" en economía?

R. Es el equivalente al momento en que Newton ve una manzana subir en lugar de caer. Algo que no debería ocurrir según el modelo. Durante décadas, los economistas asumieron que las personas eran agentes racionales, egoístas, con autocontrol perfecto. Yo observaba justo lo contrario: decisiones impulsivas, pérdidas mal toleradas, inversiones absurdas. Mi trabajo fue documentar esas excepciones. No para destruir la economía clásica, sino para hacerla más humana.

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P. ¿Sigue creyendo que las personas pagan demasiado por "ganar"?

R. Sí. La "maldición del ganador" explica casi todo, desde burbujas financieras hasta guerras. El exceso de confianza nos lleva a pagar, o a perder, más de lo que vale el premio. Es tan humano como respirar. Imagínese una subasta. El ganador suele pagar más de lo que el objeto vale realmente. Es lo que descubrieron unos ingenieros petroleros al analizar sus licitaciones en el Golfo de México: las veces que ganaban, encontraban menos petróleo del esperado. En mercados competitivos, el exceso de confianza cuesta caro. Y se aplica a todo, desde la compra de empresas tecnológicas hasta la puja de editoriales por libros que luego no venden. Cuando publiqué Nudge, una editorial que perdió la subasta me confesó: "He leído tu libro. No pienso repetir el error".

P. ¿Y el otro gran experimento que cita, el "juego del ultimátum"?

R. Es fascinante. Una persona recibe cien libras y decide cuánto ofrecer a otra. Si la segunda rechaza la oferta, ambos se quedan sin nada. Según la teoría racional, uno debería aceptar cualquier cantidad, algo es mejor que nada. Pero la gente prefiere perder dinero antes que aceptar una injusticia. Eso explica desde los divorcios hasta las guerras: el peso emocional de la pérdida es más fuerte que la lógica del beneficio.

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P. Usted afirma que no habrá una nueva gran teoría económica. ¿Tan complicados somos?

R. Demasiado. La economía tradicional buscaba una fórmula única para explicar el comportamiento humano. Pero la realidad es más caótica. La mente humana es demasiado diversa, demasiado emocional. Lo que intentamos los economistas conductuales es introducir esa complejidad en el modelo, aunque sepamos que nunca podremos capturarla del todo.

P. La redistribución de la riqueza es cada vez más desigual. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres. ¿Qué estamos haciendo mal?

R. Si pudiera girar un tornillo que quitara dinero a los ricos y lo diera a los pobres sin costes, lo haría sin dudar. Pero ese tornillo no existe. Los impuestos sobre la riqueza suenan bien, pero son casi imposibles de aplicar. ¿Cómo se valora una colección de arte, una empresa privada o una criptomoneda? En cuanto intentas grabar lo visible, el dinero se esconde. El problema no es solo que los ricos sean demasiado ricos. Es que los sistemas que deciden las reglas están diseñados por ellos.

P. Sostiene que los humanos no han cambiado, pero el entorno sí. ¿La tecnología nos hace más racionales o más vulnerables?

R. Ambas cosas. Tenemos más información, pero también más distracciones. Las aplicaciones financieras permiten invertir en segundos, pero también perderlo todo en segundos. Es como una boda con barra libre, te facilita beber, pero también pasarte. La inteligencia humana no ha evolucionado desde que escribí el libro, pero las tentaciones se han multiplicado.

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P. ¿Qué papel juega la inteligencia artificial (IA) en todo esto?

R. Es una herramienta ambivalente. Si la IA funciona como un buen GPS, bienvenida sea. Nos orienta, nos ahorra tiempo, reduce errores. Pero cuando pasa a predecir y manipular nuestras decisiones, se convierte en un riesgo. No creo que vaya a "dominar el mundo", como dicen algunos, pero sí me preocupa que ningún gobierno esté preparado para regularla. Ni siquiera saben cómo controlar las redes sociales, imagínese los algoritmos.

P. ¿Y qué le preocupa más de las redes sociales?

R. Lo inquietante es que las redes se han convertido en un gran experimento de economía conductual… pero sin ética ni control. Su diseño está pensado para maximizar la atención, no el bienestar, y eso se nota. No se trata de demonizar la tecnología, sino de entender que los incentivos están mal alineados. Las redes y las plataformas de inversión online, como Robinhood, hacen que todo sea más fácil, pero también más fácil de hacer mal. El verdadero reto —y aquí el Estado tiene un papel— es rediseñar la arquitectura de elección, es decir, el entorno en el que tomamos decisiones, para que nos ayude a actuar de forma racional sin necesidad de prohibir. El problema es que los gobiernos, incluso los más avanzados, no controlan el diseño de esas arquitecturas digitales. Y cuando lo intentan, llegan tarde o se limitan a enviar mensajes que ya nadie lee.

P. ¿Sigue siendo útil la economía del comportamiento para explicar los conflictos?

R. Por supuesto. Mi principio favorito es la "aversión a la pérdida". En Oriente Medio lo vemos claro, dos pueblos creen poseer la misma tierra y consideran una catástrofe perderla. Cuando dos actores sienten que renunciar es peor que sufrir, el conflicto se eterniza. Y eso vale también para las guerras comerciales o tecnológicas; nadie quiere ser el primero en ceder.

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P. Hablando de guerras comerciales, ¿por qué a Occidente le cuesta tanto definir su relación con China? ¿Por qué ese vaivén entre la cooperación económica y la desconfianza política?

R. Porque las relaciones con China son un espejo de nuestras propias contradicciones. Decimos que queremos mercados globales, pero en cuanto el otro crece demasiado, lo vemos como una amenaza. La verdad es que Occidente necesita a China tanto como China necesita a Occidente. Ellos son el gran fabricante del mundo y nosotros, sus principales clientes. Romper esa relación sería dispararse en el pie.

Por supuesto, hay motivos para preocuparse. La competencia tecnológica, la seguridad, la inteligencia artificial... Pero pensar en China solo como un enemigo es una torpeza económica. Las empresas estadounidenses y europeas se han desarrollado gracias a esas cadenas de producción integradas; Apple no fabrica sus iPhones en California. Sustituir esa red llevaría años y encarecería todo. Yo soy optimista por naturaleza y creo que habrá cooperación, aunque sea por necesidad. En economía, como en la vida, las amenazas sirven más que los conflictos. Lo que no podemos permitirnos es convertir la desconfianza en una profecía autocumplida.

P. ¿Qué papel le queda a Estados Unidos en ese escenario?

R. El de líder ausente. Estados Unidos solía marcar el rumbo en la cooperación internacional. Hoy, entre el ruido político y el populismo, apenas puede liderarse a sí mismo. Y sin liderazgo estadounidense, será difícil avanzar en temas globales como el clima o la regulación tecnológica.

P. Hablando de populismo, ¿Donald Trump es una anomalía conductual o un síntoma estructural?

R. Las dos cosas. Representa la irracionalidad humana amplificada por el poder. Nadie en su sano juicio diseñaría una política de aranceles que cambia cada semana. Eso no es política económica, es caos. Trump cree que si compramos más de México de lo que México compra de nosotros, estamos "perdiendo". Es una idea del siglo XVIII. Los economistas lo llamamos "error mercantilista" y debería estar ya superado.

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P. Usted suele citar a Europa como "el tercer actor" entre China y Estados Unidos. ¿Qué espera de ella?

R. Un papel de equilibrio. Las dos grandes potencias del planeta necesitan un adulto en la sala. Europa puede ser ese adulto si mantiene su coherencia democrática y su compromiso climático. Y, como digo siempre, si logramos cooperar, el optimismo no es un defecto; es una estrategia.

P. ¿Cuál es hoy la principal amenaza para la economía global?

R. El cambio climático, que ha desaparecido del radar mediático, y Donald Trump. Ambos representan una forma de irracionalidad, la negación de la evidencia. Y, por supuesto, la desigualdad creciente alimenta esa misma negación.

P. ¿El mundo está en un punto de inflexión geopolítico?

R. Tal vez, pero no necesariamente hacia el desastre. Con Trump todo es posible, claro. Pero si algo enseña la teoría de los juegos es que las amenazas son más útiles que los conflictos. Las huelgas o las guerras destruyen valor para ambas partes; las negociaciones, en cambio, permiten salvarlo. Creo que aún hay margen para la racionalidad… incluso en la política.

El Nobel de Economía Richard H. Thaler (New Jersey, 1945) no ha perdido ni la ironía ni la lucidez que lo convirtieron en una de las figuras más influyentes del pensamiento económico contemporáneo. Pionero en la corriente que incorpora la psicología al estudio de los mercados, vuelve ahora con una reedición revisada de su clásico 'The Winner’s Curse' (La maldición del ganador) donde disecciona las trampas mentales que nos llevan a tomar malas decisiones.

Richard Dawkins Desigualdad Estados Unidos (EEUU)
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