¿Qué pinta Europa en el mundo de Trump? La UE tampoco lo sabe
Figuras políticas estadounidenses viajan a las capitales europeas para apoyar abiertamente a movimientos de extrema derecha, pero los europeos no ofrecen una réplica formal
Donald Trump con Ursula von der Leyen. (Reuters/Evelyn Hockstein)
Una alianza que fue y ya no es. Durante décadas, la seguridad y la integración de Europa han estado inextricablemente ligadas a Estados Unidos. Tras la Segunda Guerra Mundial, la alianza transatlántica no fue solo un acuerdo militar, sino un pacto político cimentado en el "orden liberal". La OTAN proporcionó la arquitectura de seguridad, mientras que la UE construyó la infraestructura económica, política y jurídica de un orden continental pacífico y basado en normas. Los países europeos prosperaron bajo ese paraguas: levantaron sólidos Estados del bienestar, se convirtieron en el mayor bloque comercial del mundo y en el socioeconómico más cercano de Estados Unidos.
Ese consenso geopolítico pertenece ahora al pasado. Un año después de las elecciones presidenciales estadounidenses, la Administración Trump no solo está alterando los lazos transatlánticos, sino que los está redefiniendo en torno a una idea política diferente. Ahora está claro que el movimiento MAGA busca reordenar la alianza mediante redes políticas transnacionales, respaldo mediático selectivo, coordinación de campañas políticas y, en algunos casos, interferencia electoral directa en democracias aliadas.
En Alemania y Polonia, altos funcionarios de la administración estadounidense apoyaron a candidatos más cercanos a su ideología. Los partidos de extrema derecha de todo el continente operan cada vez más como sucursales nacionales de este movimiento ideológico más amplio. No se trata de una desviación episódica, sino de un realineamiento sistémico.
Lo más sorprendente es la falta de una respuesta europea coordinada. Figuras políticas estadounidenses viajan a las capitales europeas para apoyar abiertamente a movimientos de extrema derecha, pero los europeos no ofrecen una réplica formal, no articulan una contraofensiva narrativa ni parecen reconocer la magnitud del desafío. Mientras todo esto ocurre en Europa, la administración está desmantelando pilares de la democracia como la independencia judicial o la libertad de prensa, provocando una erosión democrática en Estados Unidos sin precedentes.
Manuel Ángel MéndezArgemino Barro. Nueva YorkGráficos: Miguel Ángel GavilanesIlustración: Laura Martín
En muchas capitales europeas, los líderes parecen atrapados entre la dependencia estratégica y la negación política. Incluso cuando el presidente estadounidense afirma que la UE fue creada para "fastidiar a Estados Unidos", la respuesta es el silencio, lo cual encaja con un presidente que prefiere hacer "negocios" con los Estados miembros antes que con las instituciones europeas. Los funcionarios europeos se concentran sobre todo en "limitar la imprevisibilidad" en su relación con Estados Unidos (para usar una expresión actualmente común en los círculos diplomáticos).
Los líderes europeos siguen atrapados en sus inercias históricas. Esperan mantener a Estados Unidos —su proveedor de seguridad tradicional— involucrado tanto como sea posible y durante el mayor tiempo posible. Aún no están preparados para ayudar a Ucrania y afrontar por sí solos el desafío ruso. Aunque la diplomacia inteligente, con cierto margen de concesión mutua, es necesaria, los líderes deben identificar un imperativo estratégico más amplio. La UE debe enfrentar la doctrina MAGA con una visión alternativa propia.
Nuevos Schengen
¿Qué visión alternativa pueden idear los defensores del proyecto de integración europea para enfrentarse a la doctrina MAGA? La respuesta definirá el rumbo de la historia de Europa.
Las acciones de Trump ya han catalizado pasos importantes en Europa en materia de defensa, soberanía tecnológica y cadenas de suministro. Pero cualquier ambición de una UE estratégicamente soberana sigue sin ser compartida de forma uniforme entre los responsables políticos. La geografía, la ideología y la historia moldean cómo cada Estado miembro interpreta la urgencia del momento. Sin embargo, justo cuando más se necesita unidad, la fragmentación política crece. Los partidos de extrema derecha han entrado en gobiernos de toda Europa, han aumentado su presencia en el Parlamento Europeo y desconfían profundamente de cualquier paso hacia una mayor integración.
Paradójicamente, el imperativo estratégico debe comenzar por abandonar la ilusión del progreso uniforme. En primer lugar, la UE no debe permitir quedar paralizada por las partes más lentas de su maquinaria, ni tratar de avanzar al ritmo de la agenda nacional de Hungría. En su lugar, la integración flexible —que permite a grupos de países avanzar más rápido mediante el principio de cooperación reforzada previsto en los tratados— debe convertirse en la norma, no en la excepción. La creación del espacio Schengen demuestra que esto puede funcionar. Puede convertirse en el nuevo modus operandi, siempre que participen al menos nueve Estados miembros.
Defender lo que es europeo: territorio, mercado único, democracia. A continuación, la UE debe actuar con rapidez para abordar los desafíos políticos urgentes. La defensa es el caso de prueba más evidente. A medida que la fiabilidad de la OTAN se convierte en una cuestión contingente de política interna en Washington, el bloque debe invertir en sus propias capacidades. Un grupo de países europeos ya trabaja mediante una "coalición de los dispuestos", pero este impulso debe institucionalizarse y dotarse de recursos adecuados. Al igual que Schengen, lo que comienza como integración diferenciada debería incorporarse con el tiempo a la arquitectura formal de la UE.
Como ha señalado el historiador Adam Tooze, el problema de defensa de Europa no es de recursos. En 2024, los miembros europeos de la OTAN gastaron colectivamente 454.000 millones de dólares en defensa —muy por encima del gasto militar ruso—. El continente ya cuenta con 1,47 millones de efectivos en servicio activo, más que Estados Unidos. El problema es estructural: falta coordinación estratégica, integración y despliegue coherente entre líneas nacionales. Las industrias de defensa europeas también son potentes; la complementariedad debería ser su lema. Deben pensar conjuntamente para convertirse en algo más que la mera suma de industrias nacionales.
Pero la defensa es solo una parte de un desafío mucho más amplio. Para construir una verdadera capacidad estratégica, la UE debe actuar en un frente más extenso: ampliar su poder presupuestario, revisar sus obsoletas reglas fiscales, completar la unión de los mercados de capitales e invertir en infraestructuras transfronterizas críticas. No son simples arreglos tecnocráticos: son afirmaciones de soberanía europea, pasos fundacionales hacia un bloque capaz de definir su propio futuro geopolítico.
La construcción de la capacidad estratégica europea debe estar anclada en el liderazgo político de la UE —sobre todo el Consejo Europeo y la Comisión Europea— en torno al principio fundamental de proporcionar seguridad y prosperidad a los ciudadanos europeos. La UE debe asumir el liderazgo en la provisión de bienes públicos europeos que trasciendan las fronteras nacionales: en defensa, energía, infraestructuras e inversión. Los Estados miembros, por su parte, deberían agrupar recursos y comprometerse con mecanismos voluntarios, pero vinculantes, que permitan la acción colectiva en estas áreas. Lejos de erosionar la soberanía nacional, este enfoque forjaría una soberanía europea flexible, que refuerce la capacidad de cada nación de actuar mediante la fuerza compartida.
Sin embargo, la capacidad estratégica no es solo una cuestión de ingeniería normativa. Es, ante todo, una cuestión de visión política y requiere energía democrática y claridad ideológica. Hoy no se necesita solo una reacción, sino un sentido de dirección. Los líderes proeuropeos deben empezar a trazar el rumbo de la UE, incluso si eso implica hacerlo entre un grupo reducido de Estados miembros. Deben ofrecer una respuesta política a la doctrina Trump: una que defienda la democracia, el pluralismo y la integración europea en un mundo multipolar e inestable, trabajando con socios dentro y fuera del continente.
Un futuro que merezca la pena elegir
La UE debe articular para qué existe: una visión audaz de lo que Europa puede sersin el bastón del tutelaje estadounidense. Esa visión no debe formularse en términos defensivos, sino como un imperativo estratégico, un futuro digno de ser elegido. Los europeos deben definir su respuesta política y programática frente a la doctrina ideológica MAGA. Si el proyecto europeo quiere resistir las turbulencias de los próximos años, debe evolucionar más allá de un mercado común y una red de tratados.
Debe tener una visión de su propio futuro. Debe invertir en construir capacidad estratégica a nivel nacional y europeo, y afrontar los desafíos de largo plazo con coherencia y credibilidad. Debe afirmarse como un actor político estratégico por derecho propio. El único camino real para la UE es pasar de la vacilación a la decisión y la acción.
Una alianza que fue y ya no es. Durante décadas, la seguridad y la integración de Europa han estado inextricablemente ligadas a Estados Unidos. Tras la Segunda Guerra Mundial, la alianza transatlántica no fue solo un acuerdo militar, sino un pacto político cimentado en el "orden liberal". La OTAN proporcionó la arquitectura de seguridad, mientras que la UE construyó la infraestructura económica, política y jurídica de un orden continental pacífico y basado en normas. Los países europeos prosperaron bajo ese paraguas: levantaron sólidos Estados del bienestar, se convirtieron en el mayor bloque comercial del mundo y en el socioeconómico más cercano de Estados Unidos.