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Mali cambió el apoyo francés por el ruso. Ahora, los yihadistas están cercando la capital
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¿Un nuevo Afganistán en el Sahel?

Mali cambió el apoyo francés por el ruso. Ahora, los yihadistas están cercando la capital

El deterioro en Mali es tal que gobiernos como los de España, Estados Unidos, Alemania o Italia han aconsejado a sus ciudadanos salir de Malí cuanto antes

Foto: Bamako se enfrenta a una escasez de combustible provocada por el bloqueo. (EFE/Hadama Diakite)
Bamako se enfrenta a una escasez de combustible provocada por el bloqueo. (EFE/Hadama Diakite)

En Bamako, la capital de Mali, alrededor de cuatro millones de personas han vivido varios días prácticamente sin combustible. Las escuelas y las universidades han cerrado y la ciudad se encuentra prácticamente paralizada por la escasez de carburante, causada por los ataques del Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM) —vinculado a Al Qaeda— contra los camiones cisterna que intentan llegar por carretera desde Senegal y Mauritania. Según los expertos, el objetivo es asfixiar a la ciudad y provocar el colapso de la Junta Militar. Si lo logran, Mali podría quedar bajo control yihadista, en un escenario que algunos analistas ya comparan con un "Afganistán del Sahel".

Desde el fin de la operación Barkhane, la ofensiva yihadista en Mali se ha intensificado y extendido hasta hostigar a la capital, un hecho sin precedentes en la historia del país. El deterioro es tal que gobiernos como los de España, Estados Unidos, Alemania o Italia han aconsejado a sus ciudadanos salir de Mali cuanto antes de forma "temporal". Aunque el Ejército maliense resta importancia a la amenaza terrorista y prefiere atribuir la crisis actual al desabastecimiento energético, la realidad es que cada vez más zonas del territorio están bajo el control de grupúsculos yihadistas que buscan imponer su autoridad por distintos medios.

Boubacar Dembelé, comandante del Ejército de Mali, coge un cuaderno e improvisa un mapa de Mali durante un encuentro con El Confidencial. Agarra un bolígrafo y advierte: "esto es realmente lo importante". Escribe el nombre de cuatro ciudades y garabatea las carreteras que conectan con Bamako: "Mali es un país sin salida al mar. No tenemos costa. El carburante llega desde Senegal y también desde Costa de Marfil y atraviesa estas carreteras", las señala y mira fijamente como para enfatizar que la clave de todos los males del país ocurre ahí, en los kilómetros que separan la capital del resto del territorio. "Ahora los terroristas se quedan en estas carreteras e impiden que el combustible llegue a Bamako", lamenta.

"Realmente el problema es de carburante, no de seguridad", sostiene. "Si no, ¿cómo habríamos logrado esto?" Dembelé busca su móvil y muestra una imagen de motos abandonadas. La gran mayoría de ellas oxidadas. "Son motos que los terroristas abandonaron cuando nos vieron venir". La siguiente imagen es de un terrorista muerto con una herida de bala en el costado. Lo mismo aparece en la siguiente —aunque con heridas en distintas partes del cuerpo— y las cinco de después. "Los yihadistas ya no tienen carburante para sus motos, así que huyen y las abandonan".

"Su objetivo era asfixiar a Bamako", asegura. "Pero eso se les ha vuelto en contra. Si fueran fuertes, ¿crees que huirían dejando sus motos? No lo son. Atacan a civiles desarmados", sostiene. "Nosotros tenemos los drones y las unidades de combate. Con eso, hemos conseguido que miles de camiones cisterna hayan podido entrar en la capital bajo nuestra escolta".

Pero matar a una decena de terroristas de los miles que hay solo del grupo JNIM no es suficiente y es algo que él mismo sabe. "La situación es precaria. Hay momentos en los que se registran acciones hostiles, pero tratamos siempre de poner fin a esas amenazas", añade. "Ha habido una mejora respecto a hace un tiempo, cuando el miedo era mayor. Sin embargo, el enemigo está cambiando su modo de operar porque se ha encontrado con muchas dificultades frente a nuestras fuerzas".

"Ha habido una mejora respecto a hace un tiempo. Sin embargo, el enemigo está cambiando su modo de operar"

Las opciones para que su Ejército pueda hacer frente a estas amenazas no son muchas y la Junta Militar no quiere oír hablar de colaboración externa que provenga de Occidente. Francia sigue siendo una palabra incómoda en Mali, un eco del pasado colonial que el presidente Goita ha intentado arrancar de raíz, como si de una mala hierba se tratara. Dembelé también lo cree. Asegura que su país "no necesita otra vez una ayuda internacional" si no "asociaciones basadas en la buena fe, en una cooperación sincera, no una tutela exterior". Para eso las "autoridades políticas están abiertas a colaborar con todos los socios que trabajen con nosotros sobre bases sólidas".

En Mali, la estabilidad —o al menos su intento— lleva años tambaleándose junto con la seguridad. El millar de mercenarios del África Corps que se estima que operan en el país no han logrado frenar el avance del yihadismo, pese a ser considerados "un socio clave". Tampoco el Ejército maliense ha conseguido contenerlo, una realidad incómoda para un Gobierno que prometió erradicar el terrorismo. A ello se suman los constantes ataques contra bases militares que, en los últimos años, han dejado un reguero de cientos de muertos.

La presencia rusa no ha logrado aumentar la seguridad

En esta situación, es cuestión de tiempo de que en Mali ocurra un nuevo golpe de Estado. Los analistas lo advierten. El Ejército maliense le quita gravedad. De ejecutarse, sería el tercero que atravesaría el país en cinco años. Los actuales militares de la Junta Militar lo saben de primera mano. En el año 2021, Assimi Goïta —quien lideró el golpe de Estado en el año 2020— anunció la detención del entonces presidente Bah N’Daou por parte del propio Ejército. Goïta prometió entonces unas elecciones en 2022 que debían cerrar el periodo de transición. Llegada la fecha, el presidente maliense decidió aplazarlas dos años más. Después, nunca llegaron a celebrarse.

"La presencia rusa no ha logrado aumentar la seguridad; al contrario, ha alimentado la decepción y las dudas sobre su eficacia"

Desde entonces, Mali ha sido escenario de una profunda reconfiguración del poder. Las tropas francesas abandonaron el país, presionadas la Junta Militar y la cada vez más creciente hostilidad popular hacia la antigua potencia colonial. Su lugar lo ocupó Rusia, primero a través del grupo Wagner y más tarde con el África Corps, una fuerza paramilitar que actúa más como guardia pretoriana de la Junta Militar que como cuerpo de seguridad nacional. Las banderas francesas desaparecieron, sustituidas por las rusas, y para los malienses fue una victoria: lograron echar al "opresor", al colonizador francés, para tomar ellos su propio rumbo. Pero la seguridad no hizo más que empeorar.

"La presencia rusa no ha logrado aumentar la seguridad; al contrario, ha alimentado la decepción y las dudas sobre la eficacia de ese aliado", asegura el analista del Centro de Estudios Estratégicos, el coronel Ignacio Fuente Cobo. "La participación de las fuerzas rusas está siendo muy decepcionante. Los franceses hacían en Mali una labor contra el terrorismo importante y por lo menos mantenían a los yihadistas alejados de la capital desde el año 2013", afirma. "Hay una falta de seguridad en todo el país muy grande y el gobierno no tiene el control de una parte muy importante de su territorio".

Si a la incapacidad del Ejército maliense se suma una ayuda rusa poco productiva, el país queda a la deriva y se ofrece en bandeja a los grupos yihadistas. "Pueden crear una situación tan insegura en el Sahel que, al final, sea el propio grupo yihadista el que controle el territorio y nazca un nuevo Afganistán. Eso es precisamente lo que buscan".

Foto: frente-comun-sahel-argelia

El principal problema del presidente Goïta es que, según el analista, no tiene capacidad para levantar el bloqueo. "Está enviando convoyes armados y escoltas para proteger los camiones que intentan llegar a la capital desde países vecinos como Guinea-Conakry, Senegal o Costa de Marfil, pero no es suficiente para abastecer Bamako".

Según explica, la situación se deteriorará inevitablemente si no se restablece el suministro. "Tarde o temprano, el malestar de la población se hará visible en las calles. Y eso es exactamente lo que buscan los yihadistas: provocar inestabilidad a través de una estrategia asimétrica". Es una estrategia más sencilla que hacerse directamente con la capital. Fuente asegura que aunque la presencia del JNIM sea importante, "probablemente no superen los 3.000 efectivos" y eso "no es nada" para una capital como Bamako con millones de habitantes. "Ya lo intentaron en Burkina Faso. Se hicieron con la academia de la Gendarmería y el aeropuerto, pero tuvieron que salir porque no podían controlar el terreno", asegura.

Pero los yihadistas han aprendido de sus experiencias pasadas, al igual que de sus errores. Entre los años 2012 y 2013 tomaron varias localidades del centro del país, y esa táctica demostró ser una debilidad que no podía volver a repetirse. "El peor error para un grupo armado es afianzarse en un terreno: entonces puede localizarse y destruirse", explica Fuente.

Foto: grupo-wagner-africa-cuerpo-ruso-1hms

Y por eso los yihadistas del JNIM evitan quedarse en posiciones permanentes y así ser más difíciles de "neutralizar". Sin embargo, eso no significa que no tengan recursos tácticos. El hecho de privar deliberadamente de carburante a la población es, según el analista, "una forma inteligente de presión" destinada a forzar la inestabilidad y "abrir la puerta a que los yihadistas consigan sus intereses a través de forzar negociaciones".

Si los grupos yihadistas cayeran en el viejo error de ocupar y mantener ciudades, advierte, se volverían mucho más vulnerables a los contraataques; por eso, añade, su actuación actual combina movilidad, hostigamiento y medidas de coerción económica para minar al Gobierno y alterar el equilibrio político en la capital. Su objetivo es, de acuerdo con Fuente, "formar una especie de califato en el bajo vientre de Europa, al sur del Magreb", y las consecuencias pueden ser muy negativas.

Nadie quiere tener terroristas a las puertas de casa, y eso es precisamente lo que temen algunos analistas que ocurra en Europa —concretamente, en los países mediterráneos— si el país deriva hacia un régimen en el que la sharía se imponga como nueva ley. "El gran peligro es una expansión hacia el oeste que alcance el Atlántico", advierte. Adelanta, incluso, la posibilidad de que surja un Estado islamista en el Atlántico occidental, "una especie de Yemen", con capacidad para amenazar las rutas marítimas internacionales y que eso genere un "efecto de arrastre" hacia el norte, que podría desestabilizar a los países del Magreb, a escasos kilómetros de las puertas del continente europeo.

En Bamako, la capital de Mali, alrededor de cuatro millones de personas han vivido varios días prácticamente sin combustible. Las escuelas y las universidades han cerrado y la ciudad se encuentra prácticamente paralizada por la escasez de carburante, causada por los ataques del Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM) —vinculado a Al Qaeda— contra los camiones cisterna que intentan llegar por carretera desde Senegal y Mauritania. Según los expertos, el objetivo es asfixiar a la ciudad y provocar el colapso de la Junta Militar. Si lo logran, Mali podría quedar bajo control yihadista, en un escenario que algunos analistas ya comparan con un "Afganistán del Sahel".

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