2.000 asesinados en tres días: la guerra más violenta del mundo se vive en Sudán
Mientras la violencia y el hambre arrasan Sudán, la ayuda internacional fracasa y solo la solidaridad local sostiene a millones de personas atrapadas en ciudades sitiadas y rutas controladas por milicias
Un campamento para familias desplazadas que huyeron de Al-Fashir a Tawila, en el norte de Darfur, Sudán. (Reuters/Mohammed Jamal)
"¿Prefieres morir de hambre o a tiros?', me preguntó un chiquillo que abrazaba un arma como si fuera un gato, en medio de uno de los primeros asedios a la clínica donde trabajo", relata el doctor Ahmed O., médico en el hospital del sur de Al Fasher.
Este domingo, y tras más de un año de asedio, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) sudanesas tomaron la ciudad, el último bastión del Ejército sudanés en la región de Darfur. Desde entonces, la poca información que ha logrado salir de la ciudad habla de miles de asesinatos en pocas horas, saqueos, violaciones y destrucción. Es sólo el último capítulo de una guerra brutal que el mundo, distraído con Donald Trump o el último escándalo político local, y lejos de cualquier acceso a los periodistas y fotógrafos, apenas registra en sus retinas. Sin embargo es, muy seguramente, la guerra más violenta que se vive ahora mismo en el planeta.
"Le contesté que prefería morir de hambre, porque acababa de desayunar y solo pensaba en poder seguir vivo por mis hijos, por mi mujer, por mis pacientes, porque me gusta la vida".
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Lo que comenzó en abril de 2023 como el enésimo juego por el control del poder entre dos líderes sudaneses, cada uno con sus respectivos ejércitos y milicias, se ha convertido dos años después en un conflicto que acumula números. 12 millones de desplazados internos; 4 millones de refugiados han huido del país; más de 150.000 de muertos registrados (serán más); miles de violaciones de mujeres y niñas, incluidos bebés; apenas un tercio del país bajo control de las Fuerzas Conjuntas de Sudán, y otro tercio del país bajo control de las Fuerzas de Apoyo Rápido, lideradas por el general Mohamed Hamdan Dagalo ('Hemedti') y apoyadas por mercenarios contratados por Emiratos Árabes Unidos.
Este domingo, las fuerzas de Hemedti tomaron Al Fasher, la última ciudad que todavía controlaba el Ejército en el suroeste del país, y añadieron más números: según las Fuerzas Conjuntas, entre el domingo y el lunes las RSF habrían asesinado a más de 2.000 civiles desarmados, en su mayoría mujeres y niños. Y un número más: durante la toma de Al Fasher, las RSF habrían asesinado a algo más de 460 personas en un hospital maternoinfantil de la ciudad, según denunciaron la Red de Doctores Sudaneses y la OMS. "Las RSF ayer... asesinaron a sangre fría a todo cualquiera que encontraron dentro del Hospital Saudí". Doctores y pacientes.
El gobernador de Darfur, Mini Arko Minawi, designado por el Gobierno de Sudán, calificó los hechos de "genocidio" y confirmó que "Al Fasher y los pueblos cercanos sufrieron una masacre por parte de las Fuerzas de Apoyo Rápido". Se teme que se repitan las masacres ejecutadas cuando los RSF tomaron la ciudad de Geneina, la capital de la región de Darfur Oriental, en 2023. Allí, los milicianos mataron a 15.000 civiles, la mayoría, de grupos no-árabes étnicos.
No es el único que habla de genocidio en Sudán: en enero de 2025, Estados Unidos afirmó que lo que sucedía en Sudán era un "genocidio" perpetrado por las milicias del RSF, y más tarde este año la ONU llegó a la misma conclusión. Hay denuncias creíbles, también, de que las Fuerzas Conjuntas sudanesas habrían cometido atrocidades en represalia.
"Nuestra historia familiar se ha convertido en un árbol genealógico de horrores", afirma Ahmed. "Coge a cualquier niño y pregúntale por su familia. Te dirá: papá detenido, mamá muerta, hermanos mayores secuestrados, o con un poco de suerte quizá alguno haya huido. Saben lo que es la pérdida. Tienen miedo y hambre, pero ya no lloran. Y eso es lo que me aterra como médico: tengo por pacientes a niños que ya no lloran. Si volvieran a preguntarme cómo preferiría morir, si de hambre o de un tiro, ya no diría que de hambre, porque ahora sé lo que supone".
Al Fasher se ha convertido en una ciudad-trampa. Escapar es casi imposible, o se ha vuelto un negocio del que se lucran grupos armados y redes de contrabandistas que controlan las salidas bajo el asedio de las RSF. Los pocos que logran huir deben pagar entre 1.000 y 1.600 dólares, y atravesar controles donde abundan el robo, los secuestros y los asesinatos.
"Tuve que vender hasta los colchones de mis hijos para pagar el viaje. En cada control nos revisaban todo y se quedaban con lo que querían: dinero, ropa, incluso la comida. Muchos de los compañeros de viaje, también niños, iban perdiendo la vida y no teníamos tiempo ni para enterrarles", cuenta Adam I, después de conseguir llegar a Sudán del Sur tras una larga travesía de hambre y miedo. Hoy espera, sin muchas esperanzas, ser admitido en un centro de refugiados saturado, junto a miles de desplazados que también han escapado de Darfur, la región a la que pertenece Al Fasher.
Una mujer y su hijo en un campamento de desplazados en Zamzam, cerca de Al Fasher. (MSF/Mohamed Zakaria)
Muchos de sus familiares y amigos siguen atrapados en una ciudad donde la violencia étnica ha alcanzado límites de horror. "Es una guerra terrible sin repercusión allá afuera", denuncia Adam. "Pienso en los que se quedaron, a los que prácticamente les damos por muertos. Y pienso también en nosotros, los millones que hemos tenido que marcharnos, cargando con la culpa de haber sobrevivido".
Desde abril de 2023, el conflicto civil ha obligado a más de 12 millones de personas a huir. De ellas, alrededor de nueve millones siguen desplazadas dentro del país y casi cuatro millones han cruzado las fronteras, en lo que ya es la mayor crisis de desplazamiento interno del mundo. El sistema de salud se ha derrumbado: el 80% de los hospitales en zonas de combate han cerrado y, solo en la región de Jartum, más de 61.000 personas murieron entre abril de 2023 y junio de 2024 de hambre, cólera o falta de atención médica.
ElMigration Policy Institute advierte que el desplazamiento masivo no es solo una consecuencia del conflicto, sino una táctica deliberada de guerra cuyo objetivo es el de vaciar territorios para castigar lealtades, desplazar comunidades enteras y asegurar el control de rutas estratégicas. "Ya no se huye solamente de la violencia", añade Adam. "También se huye porque alguien decide que tu aldea debe desaparecer. Y desaparece".
Hay algo más de limpieza étnica y genocidio en el actuar de los milicianos en Sudán. Se ha denunciado casos en los que mujeres de etnias no-árabes en Darfur han sido violadas entre comentarios de "te haremos tener bebés árabes".
El plan humanitario para Sudán en 2025 requiere 4.200 millones de dólares para asistir a más de 20 millones de personas vulnerables; hasta octubre apenas se ha recaudado el 24%. Tras la retirada y los recortes de la ayuda estadounidense, se abrió un vacío que la comunidad internacional no ha logrado cubrir. Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), la poca ayuda que consigue entrar se enfrenta a bloqueos, saqueos y trabas burocráticas: los convoyes del Programa Mundial de Alimentos (WFP) son asaltados, las rutas cortadas y los permisos de acceso negados durante semanas.
La fragmentación del territorio hace que cada zona esté bajo la autoridad de una milicia o facción armada diferente, que impone peajes, confisca suministros o directamente impide el paso de la ayuda, bajo parámetros que las agencias humanitarias no siempre pueden prever.
"Intentamos llegar a las familias atrapadas en Al Fasher, pero en cada tramo nos detiene un grupo distinto", explica Nadia O, trabajadora humanitaria sudanesa. "No importa quiénes somos ni a quién ayudamos; los que deciden si pasamos o no son quienes controlan los caminos. La realidad es que es más fácil que lleguen armas a que llegue pan".
En Darfur, las zonas sitiadas como Al Fasher se han convertido en epicentros de hambre y enfermedad, inabarcables incluso para los equipos de emergencia.
"En Al Fasher, la hambruna se ha extendido a medida que las Fuerzas de Apoyo Rápido han atacado y sitiado la zona durante más de quinientos días, impidiendo que los alimentos y la ayuda lleguen a la población hambrienta", denuncia Médicos Sin Fronteras.
En medio del derrumbe institucional, es la red de solidaridad doméstica la que intenta sostener lo que queda en pie. Millones de sudaneses acogen a otros millones, compartiendo casas, comida y miedo. "Pasamos hambre", admite Leila, madre de tres hijos en Darfur. "Pero compartimos lo poco que tenemos, porque siempre hay alguien en una situación peor".
De esa solidaridad ciudadana nacieron las Salas de Respuesta de Emergencia (ERR), comités vecinales que cocinan, rescatan y curan cuando la ayuda internacional no llega. En Kordofán Occidental, una de estas redes alimenta a más de 170.000 personas cada día con donaciones locales; en Omdurman, hay muchos grupos de jóvenes que recorren los barrios destruidos repartiendo pan entre los escombros. "Entre todos nos organizamos", resume Leila. "No podemos esperar que nadie venga a ayudarnos. Cuando el apoyo de fuera no llega, somos nosotros quienes nos encargamos de protegernos. La solidaridad entre vecinos es lo único que todavía funciona".
Desde Kenia y otros países vecinos, la diáspora sudanesa sostiene parte de ese esfuerzo, enviando dinero, medicinas y contactos. "Cada semana logramos sacar a alguien", cuenta Suleiman, ingeniero exiliado. "No somos una organización, solo gente que no soporta mirar hacia otro lado mientras los nuestros sufren".
En medio del asedio y el silencio internacional, solo la iniciativa de su propia gente mantiene en pie lo poco que aún funciona en Sudán. "Mientras los que tienen poder destruyen, los que no lo tienen se dedican a cuidar", dice Leila. Es en las cocinas comunitarias de Omdurman, en los hospitales asediados de Al Fasher, o en la diáspora que recauda fondos, donde nace un nuevo tipo de ayuda: sin jerarquías, sin burocracia y sin esperas.
La ayuda ya no baja desde arriba, surge desde abajo. Un humanitarismo de resistencia se abre paso entre los escombros: la gente salva a su gente. "Pero no es suficiente", denuncia el doctor Ahmed O. "Porque las fuerzas se agotan y la violencia es más fuerte que la voluntad del pueblo. Y nos estamos muriendo".
"¿Prefieres morir de hambre o a tiros?', me preguntó un chiquillo que abrazaba un arma como si fuera un gato, en medio de uno de los primeros asedios a la clínica donde trabajo", relata el doctor Ahmed O., médico en el hospital del sur de Al Fasher.