Había una vez en que los principales medios de comunicación y redes sociales de EEUU eran el dominio de la izquierda: una especie de monocultivo de la América urbana y liberal. Entre las universidades de élite y las redacciones de la CNN o The New York Times había una cañería por la que apenas fluían voces conservadoras; minoritarias, también, en los pastos políticamente correctos de Twitter oFacebook.
Esa época se ha terminado. La red social más popular entre los jóvenes de Estados Unidos, TikTok, cuyo destino había sido puesto en el limbo por el Congreso, preocupado por la posibilidad de que sus propietarios chinos la usaran para espiar o dividir a los estadounidenses, ha sido rehabilitada. Donald Trump la ha puesto bajo control de un consorcio formado por sus aliados. Entre ellos, su amigo Larry Ellison, fundador de Oracle, que manejará aspectos de su algoritmo y su seguridad.
TikTok, por tanto, podría seguir los pasos de X, la antigua Twitter. Desde que fue adquirida por Elon Musk en 2022, Twitter/X se ha convertido en un parque de atracciones de la extrema derecha. La corporación de Musk ha sido acusada por la Comisión Europea, entre otros, de manipular los algoritmos con fines políticos.
"Hay grupos que han podido medir la naturaleza del discurso en X y cómo ha cambiado desde la adquisición de Musk", explica por correo electrónico Lilian Coral, vicepresidenta de tecnología y democracia del think tank progresista New America. "Este año han surgido ejemplos más específicos de información engañosa proporcionada por herramientas de IA propiedad de Musk, como Grok. Grok, en particular, proporcionó información engañosa sobre el Holocausto y explicó que la respuesta se debió a un error de programación".
También en TikTok ha habido casos de "bloqueos en la sombra" (shadow banning) de determinadas cuentas y contenidos, como atestiguan sus influencers. Los detalles de cómo funcionará el algoritmo, o quién tendrá más voz y voto en la empresa, aún están por aclarar. Según la agencia Reuters, otros millonarios como Michael Dell y Lachlan Murdochestán incluidos en el consorcio.
La influencia de ambas redes en EEUU es enorme. Según estimaciones de DataReportal publicadas la pasada primavera, X tiene 104 millones de seguidores activos en territorio norteamericano. TikTok tiene más: entre 136 y 170 millones. El 63% de ellos tienen entre 13 y 17 años.
Sea cual sea el algoritmo de TikTok, las estrechas relaciones entre la industria tecnológica y el Gobierno federal, como representa la icónica foto de los magnates de Silicon Valleyen la investidura de Trump, y otros encuentros y acuerdos desde entonces, pueden dañar la credibilidad de estas. Así lo piensa Lilian Coral.
"Las tecnologías digitales tienen un profundo impacto en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana y se han convertido en el principal medio para que las personas accedan y compartan información", dice. "Creo que, en cualquier circunstancia, una democracia sana requiere independencia entre el gobierno y la industria. Y cuanto más perciba el público estos vínculos, más se erosionará la confianza en las redes sociales. Esto puede ser realmente peligroso, dado que los estadounidenses ya tienen niveles muy bajos de confianza en el gobierno. Añadir la desconfianza en las redes sociales puede polarizar aún más".
En el formato tradicional, muchas de las grandes televisiones, como la CNN, MSNBC, ABC o, por ahora, CBS, siguen teniendo un perceptiblesesgo demócrata, pero su influencia relativa ha disminuido en un mercado que experimenta múltiples transformaciones. La mayoría de ellas, en beneficio de la derecha trumpista.
Como dice Oliver Darcy, periodista independiente especializado en medios de comunicación, estamos asistiendo a dos grandes fenómenos ligados entre sí: el de consolidación y el de presión política. Consolidación, porque las grandes empresas mediáticas tienen que competir con el vibrante espacio de las redes sociales, lo que las invita a fusionarse, sumar músculo e innovar con mayor agresividad. Y estas fusiones, claro, tienen que ser aprobadas por el Gobierno federal. Lo cual ofrece a Donald Trump la oportunidad de exigir concesiones a cambio de dar luz verde.
Un caso claro es el de la fusión entre Skydance y Paramount, dueña del canal de noticias CBS. Para lograr la aprobación del Gobierno, Paramount aceptó pasar a manos de David Ellison, hijo del mencionado Larry Ellison, aliado y mecenas de Trump. Además, CBS, hogar de programas como 60 Minutos, buque insignia del periodismo de investigación televisivo desde 1968, estará dirigido por Bari Weiss, periodista financiada por tecnoligarcas como Marc Andreessen y David Sacks.
El despido del cómico Jimmy Kimmel, que, tras una campaña de boicot a la empresa matriz del canal ABC, Disney, fue readmitido seis días después, también obedeció a presiones del regulador. Otros medios han sido denunciados por Trump, que les ha exigido cantidades astronómicas por cosas como editar una entrevista con la antigua candidata presidencial, Kamala Harris. ABC y CBS, pese a que, según juristas, tenían todas las de ganar, decidieron enmendar las relaciones con Donald Trump y pagarle sendas compensaciones. The Wall Street Journal, The New York Times y Des Moines Register también han estado en el punto de mira.
En cualquier caso, las plataformas digitales han adelantado a las tradicionales como principal fuente de noticias. Una encuesta del Pew Research Center estima que solo uno de cada tres estadounidenses se informa, a menudo, viendo la televisión; quienes acuden a la prensa escrita son solo un 6%; a la radio, un 11%. Quienes reciben noticias a menudo en formato digital son la mayoría: un 56%.
El crecimiento del formato pódcast es un buen indicador de este cambio, que también se escora a la derecha. Un análisis de Media Matters de 320 programas de pódcast, 191 de ellos de derechas y 129 de izquierdas, detectó un enorme desequilibrio en las audiencias. "Entre las plataformas, los programas de tendencia derechista sumaron, aproximadamente, el 82% del total de los seguidores de los programas digitales que analizamos", dice el estudio.
Entrevistadores y comentaristas como Joe Rogan, Ben Shapiro, Theo Von o el psicólogo y activista conservador Jordan Peterson suman decenas de millones de seguidores. Entre las 10 personalidades de pódcast más populares del país, solo una, Trevor Noah, puede ser considerada de izquierdas. El resto son conservadores y parcialmente responsables de la reelección de Trump en 2024, habiéndolo invitado a sus omnipresentes plataformas.
Una manera de entender este nuevo paisaje es recurriendo a la manida imagen del péndulo: si antes eran los progresistas quienes dominaban, mayoritariamente, las plataformas de comunicación viejas y nuevas, ¿por qué no van a tener el derecho de controlarlas, ahora, los conservadores?
Por otro lado, el politólogo Francis Fukuyama, profesor de la Universidad de Stanford, destaca, igual que Lilian Coral, la promiscuidad entre el Gobierno y las grandes corporaciones, que va mucho más allá de meras tendencias culturales. Fukuyama dice que EEUU está transformándose en una plutocracia desde varios puntos de vista. Los recortes de impuestos a las grandes fortunas y las prebendas a las empresas tecnológicas, sumados a la reducción del gasto social, ensancharán a todas luces la brecha socioeconómica del país. El poder ejecutivo de Trump, a la vista del metódico desmantelamiento de los contrapesos democráticos, tendrá un cariz imperial y estará cada vez más mezclado con los intereses corporativos.
"Las maniobras padre-hijo de Ellison", escribe Fukuyama en referencia al control de TikTok y de Paramount/CBS, "se asemejan más a la adquisición de Mediaset por parte de Silvio Berlusconi o a la anterior compra de Twitter por parte de Elon Musk. Si logran crear este imperio mediático, controlarán una amplia gama de medios, tanto tradicionales como nuevos, que les permitirán influir directamente en la política estadounidense (...). El verdadero problema es el impacto de la concentración de la riqueza en la democracia estadounidense, donde dos o tres individuos controlan tanta riqueza y poder mediático que pueden influir en las elecciones nacionales".
Había una vez en que los principales medios de comunicación y redes sociales de EEUU eran el dominio de la izquierda: una especie de monocultivo de la América urbana y liberal. Entre las universidades de élite y las redacciones de la CNN o The New York Times había una cañería por la que apenas fluían voces conservadoras; minoritarias, también, en los pastos políticamente correctos de Twitter oFacebook.