El 'Imperio' no claudica: EEUU sigue siendo un imán para las fortunas (pero algo está cambiando dentro)
La concentración de grandes fortunas y el éxodo de capitales hacia estados con menor presión fiscal están transformando el panorama político y social estadounidense
Imagen promocional de la "Tarjeta Dorada Trump", la visa para millonarios anunciada en septiembre. (Reuters/Ken Cedeno)
Estados Unidos siempre ha sido la patria de los millonarios. Y cada vez más. La desregulación de las industrias, la bajada de impuestos a las grandes fortunas y el ofrecimiento de una "visa dorada" a los extranjeros que puedan pagarla aceleran. Un proceso que de todas formas ya era consustancial al capitalismo americano: un paisaje de dinamismo, oportunidades y también impiedad, en el que la riqueza se concentra aceleradamente y acaba colocando sus manos en el poder político.
Según una estimación del banco suizo UBS, en Estados Unidos viven casi 24 millones de millonarios, un club que añade, cada año, una media de 379.000 nuevos miembros. En total, EEUU acoge un 37% de las fortunas del mundo. El segundo país con más millonarios, China, está a bastante distancia: allí viven 6,3 millones de millonarios. Unas cuatro veces menos, pese a la diferencia de población.
El informe de UBS adjudica parte del crecimiento a las carteras de activos a la salud de los índices de Wall Street, que llevan años marcando máximos históricos, y a la estabilidad del dólar durante 2024. Además, las facilidades económicas y regulatorias continúan atrayendo capital de otros países. Un estudio de la consultora Henley & Partners dice que, a finales de 2025, unos 7.500 millonarios extranjeros habrán mudado su campamento a territorio estadounidense.
El atractivo de EEUU para las grandes fortunas contrasta, por otro lado, con la caída del turismo internacional y de las matriculaciones de alumnos extranjeros en las universidades norteamericanas: dos indicadores probablemente relacionados con la regresión democrática y los métodos draconianos contra la inmigración.
Si el gran capital no se muestra, de momento, intimidado por el despliegue de tropas en ciudades como Los Ángeles, Washington o Chicago, las persecuciones a adversarios políticos, las presiones a universidades, medios de comunicación, jueces y despachos de abogados o la guerra arancelaria con un centenar de países, quizás sea porque existe otra cara de la moneda: el trato de favor a las grandes fortunas.
La megaley aprobada por el Congreso en julio incluía, entre muchas otras cosas, un recorte de impuestos que proporcionaría 117.000 millones de dólares al 1% más rico de EEUU solo en 2026, según estimaciones del Institute on Taxation and Economic Policy. Al mismo tiempo, dice la Oficina Presupuestaria del Congreso que el 10% de los estadounidenses que menos ingresan pagarán 1.200 dólares más, de media, al año. Una consecuencia de los recortes sociales fijados en la misma ley.
La Administración Trump también ha ofrecido incentivos a la inversión extranjera como parte de su política comercial; por ejemplo, un "proceso rápido" de aprobación para las empresas que inviertan, como mínimo, mil millones de dólares en suelo estadounidense. Y la mencionada "visa dorada": un permiso de residencia en Estados Unidos, con el rostro del presidente, a cambio del pago de cinco millones de dólares. Dicha visa abre la puerta, potencialmente, a la ciudadanía.
Otra señal a tener en cuenta es que el actual gabinete estadounidense es el más rico de la historia. Según Forbes, la fortuna combinada de sus miembros, sin contar con los 5.500 millones de dólares que se le estiman al presidente, asciende a 7.500 millones. Por comparación, el gabinete de Joe Biden tenía un capital total de 110 millones de dólares: 68 veces menos. Todo el Gobierno de Trump está formado por inversores de Wall Street, exconsejeros delegados y estrellas de la televisión. El único político de carrera de la Casa Blanca es el secretario de Estado, Marco Rubio.
Los nombramientos de magnates para dirigir la política estadounidense no son casuales. La secretaria de Educación, Linda McMahon, había donado 21,2 millones de dólares a la campaña presidencial de Trump en 2024; el financiero Howard Lutnick donó 9,4 millones y hoy tiene la cartera de Comercio; el secretario del Tesoro, Scott Bessent, dio 1,5 millones de dólares a la campaña de Trump; los puestos de embajador en Reino Unido, en Francia, las subsecretarías de departamentos o posiciones al frente de agencias como la Small Business Administration, también están en manos de donantes importantes.
Andrea Farnós. Dallas/Austin (Texas)Datos: Ana RuizEC Diseño
El tamaño de las carteras de Trump y de sus ministros es solo el síntoma de la estrecha e incluso tórrida relación que existe, en Estados Unidos, entre el dinero y el poder político. Un romance presente en la ausencia de barreras a la compra de campañas electorales y carreras políticas por parte de los grandes intereses, capaces de colocar sus agendas en lo más alto del menú presidencial y parlamentario.
Como recoge el think tank Brookings Institution: “la ‘acaudalización’ de la política se ha convertido en un problema importante en la democracia estadounidense, debido,en parte, al debilitamiento de las leyes de financiación de campañas, que permiten a los ultrarricos ejercer una influencia descomunal en las elecciones mediante contribuciones masivas a las campañas, que a menudo no son reveladas”.
Hay múltiples razones por las que no se reforman sectores altamente disfuncionales, como la sanidad, en la que los estadounidenses gastan más del doble proporcional del PIB que cualquier otro país industrializado, pero viven menos, se mueren más de enfermedades curables y se arruinan a niveles impensables en Francia o en España, pero se pueden resumir en una: el sector médico-farmacéutico es muy fuerte.
Hace unos días el periodista David Sirotarecordaba cómo el entonces senador de Illinois, Barack Obama, estaba a favor de crear en EEUU una sanidad pública universal: lo que aquí llaman un "Medicare for all". Obama, sin embargo, comprendió que esto no pasaría el filtro de las aseguradoras, rebajó sus propuestas y acabó defendiendo el paniaguado Affordable Care Act, que, en las circunstancias estadounidenses, fue el hito social más notable desde los años sesenta.
La porosidad de la política frente al gran capital, que está alcanzando nuevas cumbres con la actual administración, ha desempolvado los términos "oligarquía" y "plutocracia". Ya en 2014, los politólogos Martin Gilens y Benjamin Page declararon que EEUU se había convertido en una oligarquía: un sistema en el que "los intereses empresariales tienen impactos sustanciales independientes en las políticas gubernamentales de EEUU", escribían, "mientras los ciudadanos de a pie y los grupos de interés de masas tienen poca o ninguna influencia independiente".
Al mismo tiempo, dentro de Estados Unidos, entre sus 50 estados, también hay movimiento de personas y de capitales. Y este movimiento puede tener, en el medio plazo, un profundo impacto político.
En líneas generales, la mayor carga impositiva de los Estados demócratas, sobre todo California, Nueva York y Nueva Jersey, ha provocado un goteo migratorio desde las costas del Oeste y del Noroeste hacia el Sur y el Suroeste: el llamado Sun Belt. Sobre todo dirigido a Florida, Texas y Arizona.
Ha habido mudanzas muy notorias, como la del gran líder del mercado de los pódcast en Estados Unidos, Joe Rogan, que instaló su pequeño negocio multimillonario en la soleada Austin. La presencia de Rogan en esta isla demócrata de Texas ha bastado para transformar su paisaje. Como escribe Helen Lewis en The Atlantic, "el podcaster y comediante ha convertido la ciudad en un refugio para influencers de la machosfera, expertos en tecnología que simplemente hacen preguntas y otros ‘pensadores libres’ que piensan todos igual".
Más significativa fue la llegada, también a Texas, del hombre más rico de la historia, Elon Musk, cuyo desplazamiento fue tanto físico como intelectual: se fue de la demócrata California a la republicana Texas, de izquierda a derecha. Igual que sus preferencias ideológicas. Si Joe Rogan dejó huella en el paisaje social de Austin, Elon Musk y las corporaciones que dirige han creado, casi de la noche a la mañana, un cinturón de ranchos y fábricas por toda el área costera del Estado.
Estos dos casos reflejan tendencias profundas. Uno de cada diez hogares de Nueva York cuyos ingresos superan los 10 millones de dólares anuales se ha mudado a otro estado desde 2017, según un análisis de Goldman Sachs Research. En total, el 4% de los hogares con unos ingresos superiores al millón de dólares anuales se cambió de circunscripción. El Estado más beneficiado es Florida, que recibe tanto a los ricos que buscan una fiscalidad más escueta, como a personas de ingresos humildes: refugiados de los precios prohibitivos de Nueva York.
Más allá de las cuestiones de dinero, este éxodo interior hacia los Estados republicanos del Sur les saldrá costoso a los demócratas. El número de escaños de la Cámara de Representantes se ajusta en función del peso demográfico de cada Estado. Perder habitantes equivale a perder influencia política.
"Si las tendencias actuales se mantienen hasta el censo de 2030", dice la agencia Associated Press en referencia a este trasvase de poblaciones, "los Estados que votaron por la vicepresidenta Kamala Harris perderán alrededor de una docena de escaños en la Cámara de Representantes —y votos del Colegio Electoral— frente a los Estados que votaron por el presidente electo Donald Trump. El camino demócrata hacia los 270 votos del Colegio Electoral, el mínimo necesario para ganar la presidencia, se reducirá considerablemente".
Una posibilidad que empaña las ya nebulosas perspectivas del Partido Demócrata en minoría parlamentaria. Que se encuentra frente a una administración que, entre otras cosas, defiende un agresivo cambio de los distritos electorales para reforzar su poder, mientras despliega tropas en los bastiones progresistas. El partido, que se creía respaldado por la demografía y por la historia, tiene ahora por delante una empinada carrera de obstáculos.
Estados Unidos siempre ha sido la patria de los millonarios. Y cada vez más. La desregulación de las industrias, la bajada de impuestos a las grandes fortunas y el ofrecimiento de una "visa dorada" a los extranjeros que puedan pagarla aceleran. Un proceso que de todas formas ya era consustancial al capitalismo americano: un paisaje de dinamismo, oportunidades y también impiedad, en el que la riqueza se concentra aceleradamente y acaba colocando sus manos en el poder político.