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De Gaza a Ucrania, la diplomacia salvaje de Trump se choca con los límites de la realidad
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De Gaza a Ucrania, la diplomacia salvaje de Trump se choca con los límites de la realidad

Donald Trump ha reconocido que conseguir un acuerdo de paz en Ucrania es más difícil de lo esperado, mientras su Administración teme que Netanyahu viole el alto al fuego en Gaza

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump, en la Casa Blanca. (Zuma Press/CNP/Allison Robbert)
El presidente de EEUU, Donald Trump, en la Casa Blanca. (Zuma Press/CNP/Allison Robbert)
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En la cabeza de Donald Trump, la recepción del Premio Nobel de la Paz este año habría estado más que justificada. De la más de media docena de guerras a las que afirma haber puesto fin, algunas son muy reales, como la escalada bélica entre la India y Pakistán o el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán. La imposición de un acuerdo de paz a Hamás e Israel ya es mucho más de lo que pudo, o quiso, hacer la Administración de Joe Biden en Gaza. Otras, como la supuesta guerra que estaba a punto de estallar entre Serbia y Kosovo, son más discutibles. En todo caso, por mucho que Trump sea un auténtico mago a la hora de moldear las percepciones a su alrededor, la realidad es testaruda y siempre acaba imponiendo sus límites.

Tras el éxito de Gaza, que le valió a Trump el ser alabado hasta el paroxismo tanto en el Parlamento israelí como en la subsiguiente cumbre de Egipto, el presidente estadounidense se había marcado como siguiente objetivo detener el conflicto que había prometido "parar en 24 horas" durante su campaña electoral, y que se le ha resistido hasta ahora: Ucrania.

La consecución de un alto el fuego definitivo en la guerra que asola el continente europeo desde hace tres años y medio podría haberle colocado, esta vez sí, de forma decisiva en la rampa final hacia el Nobel. Todavía en Egipto, Trump se volvió hacia su enviado especial Steve Witkoff y le dijo: "Tenemos que conseguir lo de Rusia".

De ahí el apoyo estadounidense a la campaña ucraniana de bombardeos contra refinerías e instalaciones energéticas rusas, con el propósito de mermar la principal fuente de ingresos del país y por tanto sus capacidades para hacer la guerra. Fuentes del gobierno de EEUU han explicado sus planes de forma transparente: aplicar la suficiente presión económica sobre Rusia como para obligar al Kremlin a negociar un acuerdo de paz.

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Después de que el Financial Times revelase que los servicios de inteligencia estadounidenses estaban ayudando a Ucrania a marcar los objetivos a atacar, se pasó a la fase siguiente: el posible suministro de misiles Tomahawk al ejército ucraniano, que le permitiría bombardear lugares muy en el interior del territorio ruso.

Por un momento, la estrategia pareció funcionar: la semana pasada, Rusia reaccionó con una llamada por sorpresa de Putin a Trump en la que consiguió que el presidente estadounidense retirase de la mesa la transferencia de los Tomahawk, y que ambos líderes acordasen una reunión inminente en Budapest.

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Pero en pocos días la iniciativa saltó por los aires, cuando una llamada entre el Secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, y el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, puso de manifiesto que Rusia no tenía la más mínima intención de hacer concesiones. Moscú sigue insistiendo en que la paz no es posible si no se abordan "las causas de raíz del conflicto", que equivalen a una serie de demandas inaceptables para Kiev, que quedaría indefenso ante futuras agresiones rusas.

Gaza, en la cuerda floja

Por si fuera poco, el acuerdo de paz en Gaza pende de un hilo. Esta semana Hamás atacó a varios soldados israelíes, al tiempo que Israel volvía a bombardear zonas de la Franja y restringía de nuevo la entrada de ayuda humanitaria. El vicepresidente estadounidense JD Vance viajó este miércoles a Israel para redoblar públicamente su apoyo al gobierno de Benjamin Netanyahu, pero también para mantener la presión sobre los israelíes y tratar de salvar el alto el fuego.

Vance intentó reafirmar el pacto con una advertencia simbólica a Israel y Hamás para que se adhieran a los términos del acuerdo y, con ello, frenar el deterioro de la situación. "Lo que hemos visto la semana pasada me da un gran optimismo de que el alto al fuego se mantendrá", dijo el vicepresidente. Pero reconoció: "¿Puedo decir con total certeza que va a funcionar? No".

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Además de Vance, esta semana también viajaron a Tel Aviv Steve Witkoff, enviado de Trump para Oriente Medio, y Jared Kushner, yerno del presidente estadounidense. Esta semana está previsto que también viaje el secretario de Estado, Marco Rubio.

Varios funcionarios anónimos de la Casa Blanca dijeron a The New York Times que la Administración Trump teme que Netanyahu pueda alejarse del acuerdo de paz y reanudar sus ataques contra la Franja. La estrategia es que las visitas de altos funcionarios logren impedir que el primer ministro israelí actúe por su cuenta.

Sin embargo, puntualizó JD Vance, no se trata de "vigilar como se hace con un niño pequeño". "Se trata de monitorear porque hay mucho trabajo, mucha gente buena que lo está haciendo, y es importante que los principales responsables de la administración sigan garantizando que la nuestra haga lo que necesitamos", dijo.

Ucrania, un hueso duro de roer

Los temores a una violación del alto al fuego en Gaza han llegado la misma semana en la que fracasaron los planes para una segunda cumbre entre Donald Trump y Vladímir Putin en Budapest. Al anunciar la cancelación de la reunión, a Trump se le veía cansado. El presidente estadounidense entró este martes cabizbajo y arrastrando los pies en una sala de la Casa Blanca para hablar con la prensa, a la que le dijo que no quería "perder el tiempo" en un encuentro infructuoso. Horas después, Rusia lanzaba una nueva andanada de bombas y drones contra ciudades ucranianas.

"En cuestión de días, Trump ha pasado de considerar la posibilidad de enviar misiles a Ucrania a planear una cumbre en Budapest con Putin y a presionar en privado a[l presidente ucraniano Volodimir] Zelenski para que ceda todo el Donbás, incluido territorio que Rusia no ha podido conquistar. Finalmente, ha optado por pedir un alto el fuego en las actuales líneas de batalla, algo que Rusia se ha negado a aceptar", señala un análisis del periodista Anthony Zurcher en la BBC.

"Durante la campaña electoral del año pasado, Trump prometió que podría poner fin a la guerra en Ucrania en cuestión de horas. Desde entonces, ha abandonado esa promesa, alegando que poner fin a la guerra está resultando más difícil de lo que esperaba. Es un reconocimiento poco común de los límites de su poder y de la dificultad de encontrar un marco para la paz cuando ninguna de las partes quiere o puede permitirse abandonar la lucha", indica Zurcher.

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Ucrania, en suma, está resultando un hueso demasiado duro de roer. Y el problema no es el Gobierno ucraniano, que ha aceptado todas y cada una de las propuestas de la Casa Blanca, desde el acuerdo para la explotación de recursos minerales hasta las sucesivas (e infructuosas) negociaciones de paz con Rusia.

La verdadera dificultad está en convencer al Kremlin de que le conviene más aceptar un alto el fuego que continuar con la guerra. Ucrania y la UE proponen una congelación del frente en sus fronteras actuales, a lo que ahora se ha sumado también Estados Unidos, pero sin un reconocimiento formal del territorio ucraniano anexionado por Rusia. Por ahora, Moscú parece creer que a largo plazo lleva las de ganar si mantiene el rumbo actual.

Y, mientras tanto, el tiempo se ha convertido en un problema para Israel y Hamás, con un alto al fuego que parece tambalearse y los interrogantes sobre el futuro de la región según el acuerdo auspiciado por Estados Unidos. "Las grandes ambiciones del presidente Donald Trump en Oriente Medio y Ucrania se enfrentan a sus propias limitaciones internas y a las terribles secuelas de dos guerras brutales", señala el analista político Stephen Collinson en CNN.

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"Las complicaciones que surgen en torno a los dos principales esfuerzos de paz de Trump subrayan la necesidad de la participación constante de Estados Unidos, junto con la atención personal del presidente, a pesar del constante torbellino de controversia que lo rodea", añade.

Desde que Trump prometió acabar con la guerra en Ucrania en cuestión de horas, ha tenido que dar marcha atrás y abandonar en parte esa promesa al reconocer que llegar a un acuerdo es más difícil de lo que imaginaba. A pesar de las dificultades, algunos siguen confiando en sus capacidades diplomáticas. "Tengo plena confianza. Es el único que puede lograrlo", dijo el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, antes de su reunión con Trump en la Casa Blanca.

"Los críticos de Trump podrían sentirse satisfechos de que sus grandes planes corran el riesgo de estancarse. Ha generado cierto escepticismo con su presentación hiperbólica de prometedores acontecimientos graduales como avances trascendentales. Pero oponerse a él solo para privarlo de victorias sería insensato, dado que la estabilidad global y miles de vidas pueden depender de su éxito", opina Collinson.

En la cabeza de Donald Trump, la recepción del Premio Nobel de la Paz este año habría estado más que justificada. De la más de media docena de guerras a las que afirma haber puesto fin, algunas son muy reales, como la escalada bélica entre la India y Pakistán o el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán. La imposición de un acuerdo de paz a Hamás e Israel ya es mucho más de lo que pudo, o quiso, hacer la Administración de Joe Biden en Gaza. Otras, como la supuesta guerra que estaba a punto de estallar entre Serbia y Kosovo, son más discutibles. En todo caso, por mucho que Trump sea un auténtico mago a la hora de moldear las percepciones a su alrededor, la realidad es testaruda y siempre acaba imponiendo sus límites.

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