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A Rusia le vas a enseñar a negociar: el 'making of' de la cancelación del encuentro Trump-Putin en Budapest
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Una reunión que no iba a dar frutos

A Rusia le vas a enseñar a negociar: el 'making of' de la cancelación del encuentro Trump-Putin en Budapest

Pese a meses de contactos, Rusia vuelve al punto de partida en las negociaciones. No es el mejor escenario para que Trump salga con su "novena guerra solventada" bajo el brazo en Budapest

Foto: El presidente ruso, Vladímir Putin, junto a su homólogo estadounidense, Donald Trump, en su anterior encuentro en Alaska (Kremlin/Sergey Bobylev)
El presidente ruso, Vladímir Putin, junto a su homólogo estadounidense, Donald Trump, en su anterior encuentro en Alaska (Kremlin/Sergey Bobylev)
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Cada maestrillo tiene su librillo y es fácil seguir muchas de las recomendaciones del ‘Art of the Deal’ en las maneras del presidente estadounidense Donald Trump. Posiciones maximalistas y extremas que ya se irán rebajando (o no), siempre bajo una permanente sensación de urgencia, la capacidad de plantarse y, sobre todo, personificar esa figura de ‘disruptor’ sin miedo a los límites de la diplomacia o el orden internacional preestablecido.

Pero hay un hueso con el que Trump parece haberse topado en su intento de mediar un acuerdo de paz entre Rusia y Ucrania: el eterno telar de Penélope del Kremlin, que cada noche deshacía entero lo tejido durante el día. O, en otras palabras, toda nueva negociación empieza de cero. Como si volviéramos a 2022. No es el mejor escenario para que Trump salga con su "novena guerra solventada" bajo el brazo en Budapest.

La tarde del martes, la Casa Blanca anunciaba que el esperado encuentro entre Trump y su homólogo ruso, Vladímir Putin, que iba a celebrarse "en unas semanas" en Budapest, había quedado pospuesto de manera indefinida. "No hay planes de que el presidente Trump se reúna con el presidente Putin en un futuro inmediato", afirmaba el comunicado, que no daba más detalles. Poco después, el propio Trump matizaba, preguntado por los periodistas, que "no hay todavía una decisión en firme" sobre el encuentro. "No quiero que sea un encuentro tirado a la basura", defendió, aunque añadió que habrá nuevas actualizaciones "en los próximos dos días".

Está por ver si finalmente Trump, probablemente el hombre con más interés en que se produzca esa reunión cara a cara en Budapest (solo por detrás del líder húngaro, Viktor Orbán), da otro volantazo en las próximas 48 horas. Pero por el momento, es posible hacer una reconstrucción pública de lo que llevó a esta sorprendente cancelación.

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Jueves 16 de octubre. Apenas unas horas antes de que el presidente ucraniano Volodímir Zelenski llegara a la Casa Blanca para su esperada reunión con Trump, el Kremlin solicitó una llamada con Trump. Era importante: había que adelantarse a la hipotética promesa del envío de los misiles de largo alcance Tomahawk a Ucrania, así como cualquier promesa de sanción extra que Kiev lograra arrancarle a Washington.

En esa llamada, de la que solo tenemos unas breves líneas en el mensaje en redes sociales de Trump, ya que no se publicó el sumario, Putin debió demostrar predisposición a sentarse en la mesa de negociación. Así, Trump anunció a bombo y platillo, en el plazo estimado de unas dos semanas, el encuentro en Budapest.

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Y claro, una vez sentado Putin en la mesa, la amenaza de la cesión de los Tomahawks a Ucrania, que permitiría a Kiev atacar objetivos a centenares de kilómetros de la frontera, y muy especialmente, laminar su capacidad productora de combustible, ya no era necesaria. "Podría llevar a una escalada", declaró el magnate. En la reunión posterior con Zelenski, Ucrania volvió a perder la esperanza y Trump los papeles, aunque esta vez, a diferencia de su primer encuentro, fue a puerta cerrada.

Trump bien podría pensar que, guardándose de nuevo la carta de los Tomahawks a Ucrania para el futuro, había conseguido asegurar un primer paso de buena voluntad de Putin hacia la negociación. Sin embargo, Rusia lo vio de otra manera. Y, como Penélope, volvió a destejer su telar.

Lunes 20 de octubre. Como paso de preparación para el encuentro en Budapest, el secretario de Estado, Marco Rubio, llamó a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov. Sin embargo, aunque la llamada fue "productiva" según la Casa Blanca, es ahí cuando la esperada reunión se torció. El martes, apenas cinco horas antes de que se filtrara a la prensa la cancelación/retraso del encuentro Trump-Putin, el Ministerio ruso de Exteriores ofrecía un durísimo comunicado.

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En él, Rusia regresaba a las mismas posiciones maximalistas que ha sostenido desde el inicio de la invasión a gran escala. No solo hacerse con el Donbás en su totalidad, sino forzar un cambio de régimen en Kiev. "Un alto al fuego inmediato solo significaría una cosa: que la mayor parte [de Ucrania] seguirá bajo dominio nazi", afirmaba Exteriores. Sería necesario "abordar las causas raíz del conflicto", una terminología muy utilizada por el Kremlin para referirse además a la desmilitarización de Ucrania y la subordinación a Moscú de todo el país.

"Es un déjà vu una y otra vez", concluyó Lawrence Freedman, profesor emérito de Estudios de Guerra en el King’s College de Londres y uno de los analistas más acertados de esta última fase del conflicto. La terminología de Rusia y sus posiciones son las mismas que en 2022, como si su operación relámpago no se hubiera transformado en una sangrante guerra de tres años, como si Rusia no hubiera perdido más de 100.000 hombres en combate solo en 2025, según estimaciones de The Economist, como si las ganancias de su última gran ofensiva de verano no se hubieran quedado en apenas un 0,6% del territorio ucraniano.

O, también, como si no lleváramos ya más de nueve meses de diplomacia y negociación Trump-Putin.

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Como comenzábamos estas líneas, a Trump le gusta negociar fuerte. La Unión Europea lo probó en sus carnes con los aranceles, cuando aceptó un acuerdo comercial en apariencia menos ventajoso a cambio de una presunta ‘paz’ de Trump frente a otros elementos, como leyes internas de la UE, como la Ley de Servicios Digitales. No fue así: una vez firmado el acuerdo, Trump comenzó la siguiente negociación como si partiera de cero, desplegando toda su presión frente a una Comisión absolutamente anonadada.

Y ahora, Rusia le paga con esa misma moneda, solo que a la enésima potencia. Como si todos los pasos que Trump lograra avanzar hasta el momento no existieran. Lo que ucranianos, como Maxim Lavrinenko desde Kiev, llaman "diplomacia yoyó".

Si en agosto de 2025, cuando parecía que la pelota de un alto el fuego estaba sobre el tejado ruso, Lavrov afirmaba aceptar a Zelenski "como jefe del régimen ucraniano" y estaban dispuestos a estudiar "conversaciones con él", ahora vuelve a ser un "régimen nazi" y Zelenski presidente ilegítimo. (Un capítulo que ya sorteó Ucrania cuando Trump insinuó, en línea con la narrativa del Kremlin, demandó elecciones inmediatas para eliminar a Zelenski de la ecuación. Cuando la campaña no caló, Trump abandonó esa línea de presión).

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Tras meses de llamadas con la contraparte rusa y un encuentro en persona en Alaska, Trump parece convencido de que el acuerdo de paz más aceptable es el modelo ‘paz por territorios’. Que Rusia se contentará con el Donbás, incluyendo, de ‘premio’, las áreas todavía bajo control de Kiev. Así se lo hizo saber a Zelenski en su último encuentro, según la reconstrucción de la reunión a través de numerosas fuentes, que describieron escenas "tensas" e incluso "gritos". Que esta es la línea de presión de Trump sobre Ucrania la confirmaron indirectamente los líderes europeos, cuando se apresuraron a presentar un plan de acción sobre la base de la línea del frente actual.

Y sin embargo, ahora Rusia está hablando de nuevo de las "raíces del conflicto" y el control ruso del país al completo. No el mejor punto para recomenzar negociaciones en Budapest y salir con buenas nuevas.

"Supongo que los rusos están queriendo demasiado, y se hizo evidente para los estadounidenses que no habrá un acuerdo para Trump en Budapest", declaró a Reuters un alto diplomático europeo.

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Para Rusia, a corto plazo, gana tiempo. Todavía convencidos de que el Ejército podrá lograr unos últimos avances en el frente, que se resentirá el apoyo occidental a Ucrania o que los innegables problemas internos en Kiev facilitarán su colapso.

Pero, como en todas las negociaciones, esta estrategia maximalista tiene sus riesgos. El más delicado, la posibilidad de que Trump, molesto por la falta de disposición del Kremlin, finalmente dé un paso definitivo para presionarlos, multiplicando la entrega de armamento a Kiev o la imposición de nuevas sanciones que limitarían los ingresos energéticos rusos. Este equilibrio es la apuesta del Kremlin.

Pero, al menos en los platós de la televisión rusa, están muy tranquilos. Tienen su propia teoría, la de un acuerdo secreto entre Trump y Putin alcanzado ya en Alaska. Habla Vladímir Solovyov, comentarista estrella con el sobrenombre de “la voz de Putin”: “¿Se han entregado nuevas armas? No. ¿Se ha impuesto ninguna sanción? No”.

Cada maestrillo tiene su librillo y es fácil seguir muchas de las recomendaciones del ‘Art of the Deal’ en las maneras del presidente estadounidense Donald Trump. Posiciones maximalistas y extremas que ya se irán rebajando (o no), siempre bajo una permanente sensación de urgencia, la capacidad de plantarse y, sobre todo, personificar esa figura de ‘disruptor’ sin miedo a los límites de la diplomacia o el orden internacional preestablecido.

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