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La frontera eterna: los maltratos durante las deportaciones de EEUU a México empezaron mucho antes de Trump
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EL 46% DE LOS DEPORTADOS SON MEXICANOS

La frontera eterna: los maltratos durante las deportaciones de EEUU a México empezaron mucho antes de Trump

Las condiciones de las expulsiones ya eran cuestionables durante la era Obama, que sigue siendo el presidente que más inmigrantes deportó. Ahora la Casa Blanca se ha marcado unos objetivos aún más ambiciosos

Foto: Migrantes deportados desde EEUU en el paso de Ciudad Juárez, México. (Reuters/José Luis González)
Migrantes deportados desde EEUU en el paso de Ciudad Juárez, México. (Reuters/José Luis González)

Las fronteras no son líneas, son heridas. La idea es de Sergio del Molino, y la escribió para los lugares ‘fuera de sitio’ de España, territorios aparentemente anacrónicos en los que el sentido único de la patria se difumina y las contradicciones sociales, económicas y políticas son la norma. Sin embargo, esa reflexión no se ajusta sólo a ese país, sino que muchas fronteras en el mundo son, efectivamente, como úlceras que supuran sin cesar. Y la que divide a México de Estados Unidos no es la excepción.

En la relación bilateral entre ambos países, el tema migratorio siempre está en la agenda, y tiene carácter prioritario. Por lo tanto, en no pocas ocasiones ha sido utilizado como una herramienta de presión diplomática, en especial, desde las dos últimas décadas del siglo pasado. Hoy, particularmente, sigue siendo un tema polémico, debido a la furibunda política migratoria con la que Donald Trump ha redefinido las relaciones con su vecino del sur.

No obstante, a pesar de que Estados Unidos sigue siendo un polo de atracción para miles de trabajadores de México y Centroamérica (las autoridades estadounidenses estiman que, cada día, se efectúan 800.000 cruces legales, tanto de transportistas como de trabajadores temporales y de residentes), los efectos de las enérgicas actuaciones de ICE (los agentes del servicio de inmigración encargados de la detención y deportación de personas en situación irregular) ya se notan en los números. De acuerdo con los últimos datos de la Border Patrol (la patrulla fronteriza estadounidense), los cruces ilegales han caído drásticamente: hoy, sólo se producen 250 de ellos, en contraste con los 4.800 que tenían lugar durante las jornadas más intensas de 2023.

No es un tema sencillo de abordar, y sólo quienes han pisado alguna de las localidades partidas por esa frontera lo pueden comprender. El devenir de la vida sucede entre identidades tan híbridas y contrastantes como camaleónicas, que sólo se explican por el intenso y voraz flujo económico entre dos sociedades tan dispares como dependientes la una de la otra.

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No obstante, la realidad no la definen los números sino las historias que componen la vida en esa franja territorial de más de 3.000 kilómetros. Así lo cuenta a El Confidencial Ángel Kuri, ex director del antiguo Programa de Repatriación Humana del Instituto Nacional de Migración (México), una herramienta de la presidencia de Felipe Calderón (2006-2013), que tenía como meta dignificar las condiciones de las personas deportadas. “Lo importante no sólo son las cifras, sino las condiciones en las que los migrantes son detenidos, transportados, y deportados. Insisto, lo importante no son los datos, sino las condiciones migratorias”, dice. Y enfatiza: “Recordemos que México es un país de tránsito, expulsión y recepción de migrantes. Eso eleva drásticamente la complejidad del fenómeno migratorio en la región”.

Mexicanos (deportados) que no quieren estar en México

Antes de que Kuri estuviera al frente de ese programa, la falta de cooperación efectiva entre ambos países en materia migratoria era una constante: había arreglos bilaterales, pero tanto la deportación por parte de Estados Unidos como la recepción por parte de México seguían teniendo un alto grado de improvisación.

El ex funcionario cuenta que las condiciones de los deportados, desde su detención hasta la liberación en la frontera, podían (y pueden) alcanzar el grado de lo infrahumano. De acuerdo con su relato, las autoridades estadounidenses ni siquiera tenían horarios establecidos para la entrega de personas en los puntos legales migratorios. Él, que recorrió durante cinco años esa frontera, fue testigo de la urgencia de crear un programa para dignificar la situación de aquellas personas con un altísimo grado de vulnerabilidad.

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“¿Qué haces con veinte o treinta migrantes detenidos y sin identificación que, de pronto, llegan en la madrugada a un punto fronterizo? Muchos de ellos ni siquiera saben en dónde están. Otros tantos ni siquiera son mexicanos. En mis tiempos, por ejemplo, lo primero, teníamos que ofrecerles una revisión médica, pues muchos de ellos llegaban hiperdeshidratados, con lesiones y agotamiento brutal. También, los derivábamos a albergues para que no todos pasaran la noche en la calle. Y, sobre todo, poníamos en marcha la logística de transporte para llevarlos a sus localidades de origen lo antes posible. Pero, ¿cómo sabes, en realidad, quiénes son, si no llevan encima ningún documento?”, relata Kuri.

Muchas de las personas deportadas no se apegaban a los programas oficiales y terminaban viviendo debajo de un puente y en condiciones deplorables. ¿La causa? Conseguir el dinero necesario para regresar a Estados Unidos. ¿El problema? “Esas personas eran y siguen siendo presas perfectas para los cárteles criminales, pues los siguen utilizando como 'halcones' [espías y delatores], narcomenudistas, o transportistas improvisados. Ellos lo único que quieren es dinero fácil para regresar a sus casas y con sus familias en el otro lado”, cuenta Kuri. Con base en lo anterior, su programa incluyó como punto primordial el apartado de ‘no separación de familias’. “Separar familias es un crimen y eso sigue sucediendo. Y mucho”, añade.

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¿De qué vive una persona deportada en México, después de haber pasado años, o décadas, viviendo y trabajando en Estados Unidos? El ex funcionario explica que su equipo trabajó durante un lustro en un programa de reinserción laboral. Sin embargo, los casos de éxito quedaron en lo anecdótico. “La realidad es que los deportados son mexicanos que no quieren estar en México. Allí, en Estados Unidos, dejaron a sus familias, a sus contactos, y sus vidas. Muchos de ellos, aquí, en su país natal, ya no tienen a nadie, no tienen a nada a qué regresar”, sentencia.

Entre enero y junio de este año, han sido deportadas 107.000 personas (de todas las nacionalidades). De ellas, 46.000 son mexicanas, lo que representa el 46% de las nuevas expulsiones forzadas. Además, miles de personas de nacionalidad hondureña, salvadoreña, venezolana, guatemalteca, que difícilmente llevan encima documentación, han llegado también en condición de deportados a los puntos migratorios de la frontera mexicoestadounidense. La mayoría de ellos tampoco quiere quedarse en México ni regresar a sus países de origen. De acuerdo con la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU), a pesar de las peticiones de no separación de familias, los agentes de ICE siguen deteniendo y expulsando indiscriminadamente.

Los centros, "auténticas perreras"

Otro punto clave para comprender el fenómeno del traslado de indocumentados detenidos es lo que Kuri menciona como ‘el sistema carrusel’: autobuses que llevan a los detenidos de una ciudad a otra, moviéndolos de un centro de detención a otro dentro de Estados Unidos, hasta finalmente llegar al punto fronterizo en el que son deportados.

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“Era denigrante. Los tenían retenidos en auténticas perreras”, asegura. Allí, pasaban frío, además de malos tratos por parte de los agentes migratorios estadounidenses. Por último, los entregaban a las autoridades mexicanas sin previo aviso ni mayor explicación. “Por eso mismo, una de las primeras cuestiones que regulamos fue los horarios de recepción de migrantes. No se puede dejar a la gente así, no se puede actuar bilateralmente de esa manera. Se llamaba Programa de Repatriación Humana, no porque fueran humanos sino porque queríamos que se les diera un trato digno, humano, en los traslados”, opina Kuri.

Sin embargo, recuerda que lo más triste para él era ver los rostros de quienes habían dejado su país años antes para perseguir el ‘gran sueño americano’. “Es gente rota, es gente que lo dejó todo por mejorar su vida; no tienen nada a qué volver porque aquí no encuentran las oportunidades que consiguieron con su trabajo en Estados Unidos”.

Volver a toda costa

Ya lo tenían en la mira, nos cuenta un deportado llamado Jovany. Cuando lo detuvieron, sabía que la policía migratoria llevaba tiempo planeando ir a por él.

Hace cuatro meses, al salir de trabajar, se tomó unas cervezas, cogió la moto y condujo hasta su casa sin saber que los policías ya lo esperaban allí. Lo detuvieron y le imputaron cargos por conducir ebrio. La multa por esa infracción (además de no tener carnet de conducir debido a su estatus de irregular) es bastante grave en estados como Florida, donde él vivía: además de verse obligado a pagar una fuerte sanción económica, le dieron tres meses de prisión.

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Al cabo de un mes tras las rejas, un abogado le sugirió que ‘levantara la mano’ y se ofreciera para el plan de ‘deportaciones voluntarias’ con el objetivo de salir cuanto antes. Así lo hizo y llegó a la capital mexicana, donde ahora conduce un Uber para conseguir el dinero necesario para comenzar, de nuevo, su peregrinaje hacia el norte.

Según su relato, a pesar de haber sido liberado de prisión, su historial quedó manchado, no sólo por haber entrado ilegalmente a Estados Unidos, sino por haber rebasado los límites de alcoholemia en la conducción. Y eso le impide solicitar una visa de trabajo. Por lo tanto, el dinero que gana lo tiene destinado para un abogado que le prometió ayudarlo a limpiar su expediente.

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“Yo no quiero estar aquí, me urge regresar, ya tenía siete años viviendo en Estados Unidos. Allá todo funciona bien”, dice este mexicano de 28 años. “Yo sé que hice mal al conducir así, y ellos tienen razón al haberme deportado, y eso demuestra que todo funciona. Mi única queja es el trato que me dieron los agentes estadounidenses de origen mexicano. Yo les hablaba en español, y ellos me insultaban”, confiesa.

- Además de los dólares, ¿qué es lo que más te motiva a regresar?

- El hijo que estoy esperando. Embaracé a mi novia de 19 años, y le tengo que cumplir.

Un 'tira y afloja' judicial

Además de las deportaciones voluntarias, como la de Jovany, la segunda administración de Trump se ha caracterizado por dar manga ancha a las ‘deportaciones exprés’.

En términos generales, esta figura legal proviene de una normativa del siglo XVIII que simplificaba los procesos de deportación. Era, grosso modo, un recurso para defender las fronteras de piratas y de migrantes peligrosos. Y en épocas más recientes, solía utilizarse principalmente para personas que tenían poco tiempo de haber entrado ilegalmente a Estados Unidos y, por lo general, que se encontraban en la frontera. Pero desde enero todo cambió: hoy se aplican esas expulsiones exprés sin juicio previo, sin importar el tiempo radicado en el país, las condiciones laborales o familiares, o la localidad.

Al respecto, tal y como ya contó El Confidencial, la jueza Jia Cobb, perteneciente al Tribunal de Distrito de Washington DC, decidió frenar la aplicación “ampliada” de ese tipo de deportaciones rápidas. Aún así, las directrices sobre la protección fronteriza y la deportación de migrantes provienen del propio gobierno estadounidense, condición que augura que ese seguirá siendo un tema presente en la agenda bilateral con México durante el resto de la presente gestión. Tanto, que el programa ‘México te abraza’, el sucesor del que creó y dirigió Kuri, no ha podido resolver los problemas ni los retos que representa la política de expulsiones masivas y aceleradas promovida por el presidente estadounidense.

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Le preguntamos a Kuri si considera que la intensa política migratoria de Donald Trump frenará o ralentizará las migraciones hacia su país. “No. Deportaciones masivas las ha habido siempre. La gente sigue y seguirá cruzando la frontera. La agresividad contra los migrantes es una cuestión de política doméstica, no una solución a un problema de alta complejidad”, concluye.

Hasta la fecha, Barack Obama ha sido el presidente estadounidense que más migrantes ha deportado, enfocándose en personas con un récord criminal. En su primera gestión (2009-2012), hubo un promedio de 1.088 deportaciones por día. En la segunda (2013-2016), la cifra diaria fue de 794. Y, en total, el número de expulsiones fue de 2.749.706.

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Por otra parte, entre 2017 y 2020, Trump deportó a un millón y medio de personas, pero ahora pretende realizar un millón en tan solo un año: el objetivo de expulsiones masivas más ambicioso en la historia de Estados Unidos. Por lo pronto, ya se han realizado 6.000 vuelos de deportación en lo que va de este año, y ICE ha recibido 76.000 millones de dólares de presupuesto. Además de varios campamentos temporales, ya se han habilitado cincuenta nuevos centros de detención en los estados fronterizos.

Si las metas de la nueva y endurecida política migratoria estadounidense se cumplen, de acuerdo con el Consejo Estadounidense de Inmigración (American Inmigration Council), hasta cuatro millones de familias podrían quedar partidas. Familias que darían la razón a Sergio del Molino acerca de que las fronteras son, sobre todo, heridas abiertas.

Las fronteras no son líneas, son heridas. La idea es de Sergio del Molino, y la escribió para los lugares ‘fuera de sitio’ de España, territorios aparentemente anacrónicos en los que el sentido único de la patria se difumina y las contradicciones sociales, económicas y políticas son la norma. Sin embargo, esa reflexión no se ajusta sólo a ese país, sino que muchas fronteras en el mundo son, efectivamente, como úlceras que supuran sin cesar. Y la que divide a México de Estados Unidos no es la excepción.

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