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El diagnóstico del hombre experto en protestas: "Solo triunfan si convencen a las fuerzas de seguridad"
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Entrevista a Vincent Bevins

El diagnóstico del hombre experto en protestas: "Solo triunfan si convencen a las fuerzas de seguridad"

En su libro Si Ardemos, Bevins examina qué llevó a miles de ciudadanos a salir a las calles en la década de 2010 y cuáles fueron los factores que hicieron que, en la mayoría de los casos, no alcanzaran sus objetivos

Foto: El periodista Vincent Bevins. (Editorial Capitan Swing)
El periodista Vincent Bevins. (Editorial Capitan Swing)

Vincent Bevins (Santa Mónica, 1984) sabría qué preguntas hacer a los responsables de las protestas que sacuden estos meses lugares tan separados entre sí como Nepal, Indonesia y Marruecos. Pero eso, asegura, "por suerte ya no es su trabajo". Lo fue desde el año 2011 hasta el año 2018, cuando fue corresponsal en el Brasil que protestó en el Passe Livre y después en Yakarta para el sudeste Asiático. Fueron los años de las masivas en Oriente Medio, dando inicio a lo que en los medios comenzó a denominarse "Primavera Árabe". Lo que Túnez inició no tardó en tener un efecto dominó que traspasaría fronteras pasando por Brasil, Chile, Hong Kong, Estados Unidos, Grecia o España.

En su libro Si ardemos (2025, Capitán Swing), Vincent Bevins analiza qué llevó a miles de ciudadanos a salir a las calles durante la última década y qué factores hicieron que, en la mayoría de los casos, esas movilizaciones no alcanzaran sus objetivos. En algunos países, incluso, ocurrió lo contrario a lo que querían sus organizadores: un efecto en cascada que terminó favoreciendo el ascenso de la extrema derecha en escenarios que poco antes ondeaban banderas de cambio y revolución.

Si ardemos funciona también como una antesala para entender las actuales. Solo en los últimos meses, Nepal ha sido testigo del asalto al Congreso que acabó provocando la dimisión del primer ministro, mientras que en Marruecos jóvenes de la generación Z han salido a las calles en una oleada de protestas inusual en el país al grito de "queremos hospitales, no estadios", en rechazo a la celebración del Mundial. El Confidencial entrevista a su autor para profundizar más en estos aspectos.

PREGUNTA. En 2010 vimos grandes protestas en distintas partes del mundo y ahora vuelven a estallar movilizaciones en lugares tan diversos como Indonesia, Nepal o Marruecos. Es muy tentador establecer un hilo conductor que las une, ¿cree que realmente existe una conexión entre ellas o son fenómenos independientes?

RESPUESTA. Cuando vemos vídeos de protestas que se hacen virales en redes sociales, tendemos a pensar que eso lo hemos visto en otro lugar. O que reflejan la idea que uno tiene en la cabeza de cómo funciona una revolución digital. Sin embargo, a menudo están ocultando diferencias muy, muy profundas.

Lo importante es saber qué preguntas hacer.

P. ¿Cuáles?

R. No me conformaría con algo como "hay mucha corrupción en este país y la gente está enfadada", "la gente se siente muy desconectada de las élites", o "la gente siente que su país no le da lo que debería", que "la gente no se siente representada por la clase política"... Son frases que son ciertas en casi todos los países del mundo. Si estas frases son el principio y el final del análisis de unas protestas, es insuficiente. Hay que tomarlas como un punto de partida, condiciones previas de los tipos de movilizaciones explosivas que hemos visto en tantos países, y después hacer preguntas más difíciles, como: "¿quién salió el primer día?", "¿qué intentaban conseguir en ese momento?", "¿qué mensaje querían enviar?", "¿quién tomó su lugar, si alguien lo tomó?", "¿quiénes son las nuevas élites, y se parecen a aquellos que salieron a la calle el primer día?". Y así sucesivamente.

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En el análisis de lo que pasó en la década de 2010-2020 llegué a la conclusión de que hay una crisis de representación en el sistema global. En casi todas partes la gente siente que las élites no las representan. Y tienen razón: las élites son más receptivas al poder económico que a la gente común, y hay una fuerte sensación de distancia entre pueblo y élites.

P. En su libro, analiza un ciclo de levantamientos que, desde 2010, se extendió por distintos continentes. ¿Qué elementos permiten verlo como un fenómeno global y no como episodios locales desconectados entre sí?

R. Las protestas se parecían en sus intenciones manifiestas, en sus tácticas, en la manera de dirigirse a las élites y en su proyecto de transformar la sociedad. Se inspiraban también en su mayoría en algo que había ocurrido en otro lugar, adoptaban pública y conscientemente ciertos enfoques que habían visto antes.

Los manifestantes en El Cairo decían que lo que les dio la esperanza de que el cambio era posible era haberlo visto antes en Túnez. Eso fue parte de lo que sacó a tanta gente a las calles [de El Cairo]. Y después de Tahrir se dio un proceso mucho más explícito de reproducción de tácticas, a veces incluso una especie de 'copia pega' del modelo de Tahrir en contextos muy distintos.

placeholder Libro 'Si Ardemos' escrito por Vincent Bevins.
Libro 'Si Ardemos' escrito por Vincent Bevins.

Por ejemplo, tras la increíblemente inspiradora plaza Tahrir en 2011 —y creo que sigue siendo inspiradora aunque sepamos cómo acabó—, en Nueva York un grupo [de manifestantes] lo dijo explícitamente: "Queremos hacer Tahrir en Estados Unidos". Eso se convirtió en Occupy Wall Street. Más tarde, en 2014, Hong Kong inició su movimiento de protesta en una copia explícita de Occupy Wall Street, que a su vez era copia de Tahrir, a su vez inspirado en Túnez. Y es notable porque para entonces, ya había habido un golpe militar en Egipto que instaló a [Abdelfatah] Al Sisi, un régimen considerado por muchos más represivo que el de [Hosni] Mubarak.

P. Y se asoció a las protestas de esa época con los movimientos "prodemocracia".

R. En Indonesia [protestas en 2016] las protestas fueron contra el gobernador de Yakarta, bastante popular, que era chino y cristiano. Y un movimiento conservador lo acusó de blasfemia con material manipulado. Fue un movimiento antidemocrático y religioso, apoyado por islamistas y conservadores. Pero reprodujeron el mismo repertorio.

Crearon un lema, un hashtag, todos llevaban el mismo color, fueron a la plaza más grande del país, intentaron producir tanto contenido en redes sociales como fuera posible... Todo lo que se había asociado con Tahrir u Occupy Wall Street. Eran islamistas explícitamente reaccionarios, pero aun así pudieron usar las mismas tácticas. Y esta es una de las lecciones que reaprendimos en la década de 2010: cualquiera puede hacer protestas.

P. ¿Por qué se asumía que las revoluciones serían progresistas?

R. Los jóvenes urbanos con cierto nivel educativo —por ejemplo, graduados universitarios en ciudades como Madrid o Barcelona— contrastaban con los adultos mayores residentes en áreas suburbanas o rurales. Y estos jóvenes, conectados digitalmente, tendían a mostrar posturas más progresistas que el resto de la sociedad.

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Se trataba de un dato demográfico evidente. Tal vez por eso resultaba natural pensar que las revoluciones coordinadas a través de internet se inclinarían hacia la izquierda. Además, internet en sus primeras etapas tenía un carácter horizontal que podía evocar un escenario cercano al sueño anarcosindicalista o anarquista. Pero, en esencia, lo que ocurría era que en 2011 los usuarios de Facebook eran, en muchos países, más progresistas o liberales —según cómo se definiera el término— que la mayoría de la población.

P. ¿Qué cambió en la segunda mitad de la década de 2010?

R. A partir de ese momento, todo el mundo subía contenido a las redes sociales. Ya no existe la categoría de “jóvenes conectados digitalmente”, porque internet se convierte en un espacio universal. Donald Trump ilustra bien este cambio. Si en 2011 Occupy Wall Street representaba a los millennials utilizando internet, su campaña presidencial estuvo marcada por los baby boomers usando Facebook. Un grupo demográfico distinto entró en las redes sociales y filtró sus opiniones políticas a través de ellas, lo que produjo resultados completamente diferentes. Es difícil imaginar que Trump hubiera llegado a la presidencia sin la participación de estadounidenses mayores y blancos en este nuevo escenario político digital.

P. ¿Siguen siendo los jóvenes los más propensos a protestar?

R. Sí, eso sigue siendo así. En Nepal y Kenia hace un par de años fue la primera vez que escuché hablar de manifestantes identificados como generación Z. Y se mantiene la misma lógica que desde los años 50 y 60: los jóvenes son quienes con mayor frecuencia salen a las calles y se enfrentan a las fuerzas de seguridad en situaciones difíciles o peligrosas. La diferencia no está en que pasen más tiempo en Internet que otros grupos, sino en que ocupan espacios distintos dentro de la red. Los conservadores de mediana edad también pasan ocho horas al día frente a sus teléfonos, solo que consumiendo contenidos diferentes.

P. Y mirándolas quince-diez años después, en 2025, ¿las protestas han tenido éxito?

R. Bueno. En la década de 2010 no toda protesta masiva tuvo un resultado negativo para los manifestantes originales. Hubo casos de éxitos moderados o casos en los que los organizadores originales podrían decir que tuvieron algún tipo de impacto positivo en la trayectoria a largo plazo de la política en ese país. Como Occupy Wall Street y las protestas de 2011 en España; son situaciones donde no derrocaron gobiernos, y no causaron una ruptura real en el sistema político, pero ambos llevaron a una participación significativa progresista o de izquierda en esas dos sociedades que, creo yo, empujaron las cosas más que si las protestas no hubieran existido.

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Pero en otros casos terminaron peor de lo que habían empezado. Egipto es un ejemplo. En Brasil, el caso que conozco mejor, los organizadores originales de las protestas coinciden en que las cosas terminaron en desastre [en las siguientes elecciones, ganó el ultraderechista Jair Bolsonaro, desbancando a Dilma Rousseff]. Las protestas masivas crearon oportunidades reales que alguien más aprovechó. Si las personas que aprovecharon esas oportunidades fueron intervenciones extranjeras, actores imperialistas lanzando una invasión o algún tipo de contraataque para aprovechar un vacío de poder, o si fueron élites locales reaccionarias que estaban en el lugar correcto en el momento adecuado y suficientemente organizadas para actuar rápidamente y tomar el control de la situación, entonces creo que es seguro decir históricamente que las protestas masivas iniciales llevaron al poder consolidado de las élites existentes.

P. ¿Asia será epicentro de un nuevo ciclo de movilizaciones?

R. La mitad de los seres humanos vive en Asia. Este continente es el hogar del poder que está creciendo más rápidamente y significativamente en el sistema global, que es la República Popular China. Todavía no iguala a Estados Unidos en términos de poder absoluto militar o económico. Pero el ascenso de China es el principal motor de los cambios geopolíticos en el sistema global.

El principal evento del primer cuarto del siglo XXI es el ascenso de China. Nosotros en Occidente aún no hemos comprendido mentalmente la importancia de este cambio tectónico que está ocurriendo. No hemos comprendido cuán importantes son las cosas que han ocurrido en China incluso desde 2020, que ocurrieron mientras atravesábamos nuestro trauma y confusión política alrededor del covid y sus secuelas.

Las cosas que han pasado en China desde 2020 son profundamente importantes para cómo se desarrollará el resto del siglo. Y eso es solo China. Es el único país al que todos saben que deben prestar atención. Simplemente no lo hacen lo suficiente.

P. ¿Qué pasa con el resto de Asia?

R. Si miramos al sur y sureste de Asia, y sumamos también Asia Occidental y Oriental, encontramos una gran variedad de sistemas políticos: algunos más sólidos, otros más vulnerables a estallidos de movilización que, como en los últimos meses, recuerdan a la ola de protestas de la década de 2010. Lo esencial en el sudeste asiático —y en buena parte de Asia Occidental y Meridional, aunque allí se nota con mayor fuerza— es que, si estamos entrando en una nueva fase de competencia entre grandes potencias, la etiqueta de “nueva Guerra Fría” resulta a la vez útil e insuficiente.

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Si entendemos este momento como una confrontación prolongada entre Estados Unidos, una potencia aún muy fuerte pero en declive, y la República Popular China en ascenso, serán países como Indonesia, Malasia, Filipinas, Vietnam o Nepal los que queden atrapados en medio del conflicto. Y si algo nos enseña la Guerra Fría del siglo XX es que, en estos escenarios, quienes más sufren no son los actores principales, sino los que se encuentran en la periferia. Como entonces, la Guerra Fría tuvo efectos mucho más devastadores en países como Argentina o Indonesia que en Berlín, Washington o Moscú.

P. Dado el autoritarismo creciente en Estados Unidos bajo Trump, ¿podría haber una nueva ola de protestas masivas allí?

R. Hemos visto algunas protestas explosivas en mi ciudad natal, Los Ángeles, a comienzos de este año. Diré tres cosas. Primero, este tipo de movilizaciones son impredecibles por naturaleza. Son movilizaciones explosivas que, por definición, son inesperadas y toman proporciones mucho mayores de lo que nadie había imaginado muy rápidamente. Así que es muy difícil decir si esto va a suceder o no.

Donald Trump está en el poder. Entonces, la derecha estadounidense, conservadora, cristiana, que abarca todo el espectro hasta la extrema derecha, no es muy propensa a participar en eventos de protesta masiva. Las reglas del discurso político son lo suficientemente claras en Estados Unidos como para que sea difícil imaginar algo como lo que vimos en Brasil en 2013, donde todos se unieron a las protestas, incluso aquellos nominalmente del lado del gobierno, en un sistema bipolarizado de dos partidos.

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Por otro lado, mientras Trump esté en el poder, es más improbable ver participación de su lado del espectro político. En el lado progresista del espectro político estadounidense, todavía hay una especie de resaca, como la hubo en Brasil en 2013, como resultado del levantamiento de George Floyd en 2020. Muchas personas participaron en George Floyd 2020 y sintieron que no pasó nada o que se hizo poco para cambiar el futuro de la política estadounidense. Así que todavía hay una especie de resaca de 2020.

En tercer lugar, Trump —que ahora no es el mismo que en su primera Administración— muestra un perfil distinto. Entre 2016 y 2020, pese a sus declaraciones autoritarias y antidemocráticas, en la práctica no gobernó de manera muy diferente a un presidente republicano convencional. Es cierto que tenía rasgos singulares, pero en muchos aspectos podía separarse su retórica de la realidad de su gestión. En cambio, en esta etapa se muestra abiertamente, e incluso con entusiasmo y orgullo, como un líder de corte autoritario, y esto es muy peligroso.

P. ¿Qué papel juegan las fuerzas de seguridad en determinar el éxito o el fracaso de movimientos de protesta o de cambio político?

R. Una de las duras y terribles realidades de la política —algo que ya se evidenció en 2010— es que, si no logras que las fuerzas de seguridad se pongan de tu lado ni puedes derrotarlas en una guerra civil abierta, serán ellas quienes decidan cuál es el estado de las cosas. El orden, en última instancia, lo impone siempre la fuerza más organizada y violenta de una sociedad.

Esto se vio también en Nepal. Allí circuló una historia viral sobre la ONG Hami Nepal organizando una votación para elegir a un primer ministro. Atrajo mucha atención en Internet, pero nada de eso habría tenido consecuencias si el jefe del ejército no hubiera accedido a respetar la decisión. En última instancia, son los mandos militares quienes deben validar o hacer cumplir ese tipo de procesos. Y lo mismo ocurre con cualquier Estado dentro de nuestro imperfecto sistema: la fuerza más organizada y violenta acaba determinando el resultado.

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Si no logras convencer a esas fuerzas o derrotarlas en un enfrentamiento directo, ellas impondrán la situación. Pensemos en Estados Unidos: ¿qué ocurriría si Donald Trump ordenara a las fuerzas de seguridad reprimir ilegalmente a manifestantes? Ya ha demostrado en los últimos meses estar dispuesto a saltarse la ley. Ese escenario sería muy peligroso. Llegado ese punto, lo más importante no sería la magnitud de las protestas en las calles, sino persuadir a las fuerzas de seguridad de que no obedezcan la orden. Porque los manifestantes no pueden derrotar al ejército estadounidense: ese ejército dispone de aviones y de un poder militar abrumador.

En un enfrentamiento real no existe ninguna posibilidad de una “guerra popular” en Estados Unidos. Ni siquiera la unión de un centenar de países podría derrotar al ejército estadounidense, mucho menos una movilización ciudadana.

Vincent Bevins (Santa Mónica, 1984) sabría qué preguntas hacer a los responsables de las protestas que sacuden estos meses lugares tan separados entre sí como Nepal, Indonesia y Marruecos. Pero eso, asegura, "por suerte ya no es su trabajo". Lo fue desde el año 2011 hasta el año 2018, cuando fue corresponsal en el Brasil que protestó en el Passe Livre y después en Yakarta para el sudeste Asiático. Fueron los años de las masivas en Oriente Medio, dando inicio a lo que en los medios comenzó a denominarse "Primavera Árabe". Lo que Túnez inició no tardó en tener un efecto dominó que traspasaría fronteras pasando por Brasil, Chile, Hong Kong, Estados Unidos, Grecia o España.

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