Matrimonios sin amor ni sexo en Japón: "Me casé solo para tranquilizar a mis padres"
El matrimonio entre amigos gana adeptos en Japón como alternativa a las uniones convencionales por razones pragmáticas o para contentar a las familias tradicionales
Los matrimonios entre "amigos", sin amor ni sexo, han dejado de ser una rareza anecdótica en Japón. Estos acuerdos de convivencia, conocidos como "tomodachi kekkon" en japonés, han empezado a contar con algunas cifras de alternativa práctica de reconocimiento social entre personas que no mantienen una relación romántica ni sexual, pero que les permiten una vida acorde a las convenciones sociales más clásicas.
Lejos del estereotipo romántico, estas uniones responden menos a caprichos sentimentales que a urgencias muy terrenales: obtener cobertura sanitaria familiar, asegurar una vivienda, calmar la insistencia de parientes mayores o simplemente organizar la vida cotidiana con alguien de confianza. En un país donde el matrimonio sigue siendo la vía habitual para acceder a mayores derechos y estatus social, esta fórmula se abre paso como atajo al sistema.
"En mi caso, fue para tranquilizar a mis padres", explica Hiroshi (nombre ficticio). Este joven japonés, en la treintena, se ha casado no hace mucho con Tomoko, otra joven tokiota, gracias al trabajo de una agencia matrimonial que ofrece servicios a parejas "de amigos". Hiroshi reconoce que es homosexual y Tomoko (también nombre ficticio) asegura que es asexual.
"Mi hermana, todos mis amigos y los compañeros de trabajo ya se habían casado y mis padres se empezaron a preocupar", explica Hiroshi. “Encontré la agencia buscando en Google 'matrimonio gay' y, después de leer su página web, me suscribí”, asegura. Al otro lado del matrimonio está Tomoko, quien coincide en la necesidad de tranquilizar a sus padres. "Había estado buscando pareja durante un año, pero simplemente no podía desarrollar sentimientos románticos por mi pareja y me dolía cuando él me mostraba sentimientos románticos. Creía que viviría el resto de mi vida sola, y quería tranquilizar a mis padres", cuenta.
El noviazgo-no-noviazgo empezó de una manera más convencional antes de darse cuenta que necesitaban otra solución. "Al principio intentábamos quedar una vez a la semana y a menudo me forzaba a hacer cosas que parecían una cita, pensando en lugares para salir, pero ahora creo que salir no era realmente necesario. Solo con hablar sobre los valores de cada uno usando un cuadernillo de discusión en un karaoke o un lugar similar es bastante divertido", recuerda Hiroshi. "Cuando finalmente terminó el período de conocerse, tras bastantes semanas, recuerdo sentir una gran sensación de logro pero también una sensación de tristeza porque había acabado”, asegura Tomoko.
Nunca se llegó a más, aseguran, ni en el plano sentimental ni por supuesto en el sexual. Pero en lo demás, "quizá no sea tan diferente a un matrimonio convencional", defiende la mujer.
Detrás de un fenómeno como este hay un contexto social y económico que lo explica: el envejecimiento de la población, la precariedad laboral de amplios sectores de la economía y el creciente número de personas que priorizan la carrera, tiempo personal o bienestar emocional por encima del matrimonio tradicional. A ese cuadro se suma la importancia cultural de que la familia "aparezca resuelta" —sobre todo ante padres y generaciones mayores— y la conveniencia legal de formalizar una unión (acceso a vivienda, seguridad social, herencia). Estas uniones, no exentas de tensiones, plantean preguntas nuevas sobre los límites del matrimonio o de si este es un contrato de cuidado mutuo o sigue siendo ante todo la culminación de una relación romántica o pasión.
La figura parece especialmente útil para personas homosexuales o asexualesen una sociedad tan conservadora todavía como la japonesa, como es el caso de Tomoko y Hiroshi, pero tiene ciertas ventajas también para los jóvenes heterosexuales.
Las encuestas más recientes sobre conducta sexual juvenil en Japón apuntan a una tendencia sostenida en la que la proporción de las chicas jóvenes que han mantenido relaciones sexuales se ha desplomado hasta situarse en torno al 14,8%, casi la mitad de la registrada en 2005. En la población adulta, son cada vez más frecuentes los diagnósticos sociológicos que hablan de una generación que llega a la treintena sin experiencia sexual. En este sentido, una encuesta reciente es demoledora: casi el 50% de solteros entre 18 y 35 años en Japón aún es virgen, y el número de personas que optan por la abstinencia sexual continúa creciendo año tras año.
Las razones son complejas y se entrecruzan: miedo a las enfermedades de transmisión sexual, al embarazo no deseado, experiencias de acoso o de tocamientos no consentidos, y la sensación de que las relaciones heterosexuales conllevan riesgo emocional y de pérdida de autonomía. Muchos jóvenes expresan que prefieren mantener vínculos de amistad y cooperación que relaciones íntimas con cargas tradicionales; otros, que rehúyen el sexo por una mezcla de desconfianza ante un panorama laboral y social incierto.
Que aumenten las personas que renuncian al sexo no significa, sin embargo, que haya desaparecido el deseo de constituir una familia. Aún para la mayoría de la sociedad, el matrimonio mantiene su utilidad como figura social y legal —para garantizar derechos, estabilidad y reconocimiento ante la familia— aunque ya no se conciba necesariamente como la culminación de una pasión romántica. Un divorcio entre matrimonio, amor e intimidad.
Los datos refuerzan la paradoja: según la Asociación de Planificación Familiar de Japón, casi la mitad de los matrimonios (un 48,3%) declaran que mantienen menos de un encuentro íntimo al mes. Entre las mujeres, cuatro de cada diez reconocen no tener interés alguno en el sexo, a menudo porque la doble carga de trabajo y cuidados convierte la intimidad en un esfuerzo añadido. A ello se suma un factor cultural y práctico: hasta un 70% de los bebés y niños pequeños duermen en la misma cama que sus padres, una costumbre que facilita el vínculo familiar en hogares reducidos, pero que al mismo tiempo limita el espacio para la vida conyugal y contribuye a enfriar las relaciones.
En este contexto y ante la demanda, surge la oferta de una serie de agencias matrimoniales abiertas a este tipo de arreglos. Algunos matrimonios entre amigos arrancan de vínculos previos, como un compañero de la universidad con el que nunca se tuvo pareja o un amigo de la infancia por quien nunca surgieron sentimientos románticos. Pero otros, la mayoría, se forjan en las redes y en el ámbito de agencias profesionales.
Al igual que se usan apps para buscar pareja tradicional, en Japón existen plataformas y agencias especializadas en emparejar a quienes buscan un matrimonio por amistad. Estas agencias, que funcionan como intermediarias, organizan reuniones formales con los candidatos potenciales. Si existe un buen entendimiento inicial en la pareja, se abre un periodo de contacto de hasta seis meses para conocerse con calma y definir expectativas. Superada esa fase, la pareja "se gradúa" del servicio y puede inscribirse oficialmente como matrimonio. Tan simple y procedimental como si fuera un grado de estudios superiores.
En ese proceso, por ejemplo, Tomoko descubrió que Hiroshi "tiene un encanto maravilloso (...) y que incluso en momentos un poco más difíciles, siempre fue flexible y me hizo pensar: 'si algo pasa en el futuro, seguro que podré hablarlo con él". Hiroshi, por su parte, cuenta que lo que le decidió es que "es fácil hablar con ella, es divertida, puedo ser yo mismo, es fiable y tenemos valores similares". "El respeto es fundamental”, asegura Hiroshi. "Además, personalmente, yo siento una sensación de seguridad que hace que pueda sentirme libre y hace que sea divertido estar con ella", asevera. "Al principio, no sabía qué criterios usar para elegir pareja, pero a medida que seguía trabajando con él, me di cuenta de que la sensación de 'es divertido estar con él' es un punto muy importante para mí”, concluye Tomoko.
Según los datos proporcionados por diversas agencias que proponen matrimonios entre amigos, la inmensa mayoría de las nuevas parejas quieren compartir domicilio, con o sin hijos; otras parejas, en cambio, prefieren una convivencia duradera sin intención de descendencia y otras, las que menos, viven separadas. Al prescindir deliberadamente de la sexualidad como eje de la relación, la voluntad de tener hijos introduce retos prácticos que no existen en los modelos convencionales: acuerdos sobre tratamientos, reparto de costes, responsabilidades legales y planes ante una posible ruptura.
En la práctica, las agencias gestionan fórmulas variadas: convivencia estable con reparto explícito de gastos y tareas, acuerdos para la crianza compartida o pactos privados destinados a garantizar protección social y acceso a servicios que el sistema suele vincular al matrimonio.
Las ventajas son evidentes: seguridad legal y económica, alivio de la soledad y una respuesta práctica a la presión familiar; pero no están exentas de riesgos. La ausencia de un marco jurídico sólido y la posible estigmatización social pueden dejar a estas parejas vulnerables ante una enfermedad, disputas patrimoniales o litigios sobre la tutela de los hijos. En ese sentido, la fuerza de los llamados matrimonios entre amigos reside menos en la pasión que en la negociación: normas claras, responsabilidades concretas y voluntad compartida de protegerse mutuamente frente a un sistema que aún no ha adaptado plenamente sus instituciones a formas distintas de relación y convivencia.
Interrogados sobre qué tipo de relación tienen, Tomoko lo tiene claro: “siento como si fuera mi hermano: no me canso de estar con él y somos de una familia que nos conocemos desde hace muchos años”. Hiroshi, por su parte, opina que ella es su “compañera” y asegura que hará "la vida con ella". “Me gustaría desarrollar hacia ella una amistad y cariño [un cariño diferente de los sentimientos románticos] en el futuro”.
En un país donde el matrimonio sigue siendo la llave para el reconocimiento legal y social, estas uniones plantean una alternativa que, lejos de ser marginal, gana espacio como respuesta a un sistema que no ofrece soluciones a todas las realidades. Con la soledad en aumento, la presión de las familias tradicionales y las limitaciones legales para las minorías sexuales, el “sí, quiero” entre amigos funciona como un atajo funcional y cada vez más normalizado. Japón, donde la institución matrimonial ha sido durante décadas sinónimo de amor romántico, podría estar asistiendo al inicio de una redefinición: un contrato de convivencia y apoyo mutuo más que una promesa de pasión.
Los matrimonios entre "amigos", sin amor ni sexo, han dejado de ser una rareza anecdótica en Japón. Estos acuerdos de convivencia, conocidos como "tomodachi kekkon" en japonés, han empezado a contar con algunas cifras de alternativa práctica de reconocimiento social entre personas que no mantienen una relación romántica ni sexual, pero que les permiten una vida acorde a las convenciones sociales más clásicas.