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A las puertas del infierno del Donbás, solo un padrenuestro (o una caña de pescar) puede salvarte la vida
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Crónicas del frente

A las puertas del infierno del Donbás, solo un padrenuestro (o una caña de pescar) puede salvarte la vida

Bajo la amenaza constante de drones y artillería, soldados ucranianos resisten en Pokrovsk mientras Rusia refuerza tropas y la ofensiva se intensifica en uno de los frentes más críticos del conflicto

EC EXCLUSIVO

Alexandr no cree en la suerte, pero sí en la misericordia de Dios. Por eso abraza a sus camaradas y pide silencio, antes de empezar la oración. Somos seis hombres formando un corro en la noche oscura del Donbás. A ojos de un dron ruso, un objetivo preciado. A ojos de Dios, cinco soldados y un periodista pidiendo protección, antes de entrar al punto más caliente de la guerra.

"Protege nuestras vidas, presérvanos de las heridas. Que los ángeles del cielo nos cubran con sus alas", ruega Aleksandr. "Apártanos las minas y aleja los FPV. Señor, protégenos. Señor, guíanos".

Cuando termina el padrenuestro modificado, saltamos a la pick-up. Atrás dejamos una carretera llena de redes antidrones quemadas, trampas para tanques y alambres de espino. También blindados pesados con protecciones reforzadas, que al avanzar levantan una nube de polvo que oculta y revela, al mismo tiempo, nuestra posición. Otros iguales salen a toda velocidad por este camino del que no todos regresan. Nueve coches calcinados advierten en silencio el coste del trayecto.

placeholder Foto: Fermín Torrano.
Foto: Fermín Torrano.

No hay lugar seguro en esta guerra. Menos aún, en las afueras de Pokrovsk. Rusia transfiere desde el mes pasado miles de tropas y decenas de blindados aquí, uno de los cinco bastiones de Kiev en el este de Ucrania, en lo que algunos expertos consideran ya el inicio de la última gran ofensiva sobre la región. El pasado agosto, Moscú abrió una brecha en las líneas ucranianas que puso en peligro tanto a Pokrovsk, como a la vecina Kostiantinivka. Hombres como estos de la brigada 68 fueron los encargados de contener a los rusos y recuperar parcialmente el territorio.

placeholder El grupo de soldados ucranianos aguarda bajo la maleza a que pasen los drones rusos (Foto: Fermín Torrano)
El grupo de soldados ucranianos aguarda bajo la maleza a que pasen los drones rusos (Foto: Fermín Torrano)

El 30% de la región de Donetsk que sigue bajo el control de Kiev no es un cacho de tierra más, aquí llevan sucediéndose combates desde hace doce años. El territorio fortificado permite a Ucrania detener avances futuros de Moscú hacia el norte, sur y centro del país. Esa es la verdadera razón por la que Vladimir Putin intentó arrancar su rendición en el encuentro con Donald Trump en Alaska. Atrincherarse aquí no es un capricho de Zelenski.

Perseguidos y bombardeados

Si los cañones ucranianos truenan, los rusos parecen disparar con silenciador. Los dos primeros silbidos sobre nuestras cabezas no terminan en estruendo, sino con un sordo "chuft-chuft". El campo engulle los proyectiles y devuelve un chorro de tierra que se eleva hacia el cielo como una boca de incendios rota en Nueva York. El sonido del motor acalla un tercer disparo más lejano, mientras una franja naranja anuncia el amanecer en el horizonte. El sol está saliendo. Aquí atrás, la muerte se vive con segundos de retraso.

"¡Escondeos, escondeos!", grita Alexandr. A las cabezas tornándose hacia el cielo le siguen los cigarros en el suelo y las manos sobre el fusil. La presencia de un dron enemigo obliga a guarnecerse en una hilera de árboles. En este sector, el Ejército ucraniano ha creado un sistema de escondites, carreteras, mapas de vigilancia y comunicaciones para evitar ser pasto de las llamas. Un arte dominado a base de matar y sobrevivir. Hace cuatro semanas, dos cuadricópteros rusos atacaron su vehículo mientras Alexandr extraía a otro grupo de soldados. Algunos, con heridas y otros con el susto, se escondieron en la maleza, con los FPVs tratando de cazarlos en parejas, impidiendo su evacuación durante 16 horas.

"No podíamos escapar. Pensé en mi familia y recé a Dios. Me despedí de la vida", reconoce Alexandr.

Hoy el rotor de los motores se apaga mucho antes, regalando una ventana de tiempo para encarar el último tramo. A campo abierto no hay otra opción que avanzar hasta encontrar la siguiente línea de árboles, saltar del coche y llamar al puesto de mando. Toda precaución es poca cuando la muerte acecha desde el cielo.

Cazar a un enemigo

Aleksandr y Víctor meten prisa a sus camaradas para terminar la rotación. Como en un partido de fútbol antiguo, tres entran y tres salen. Algunas provisiones y mochilas se han perdido por el camino, nada que una nueva entrega, por tierra o aire, no pueda solucionar. Jackson, Lyopa y Murciélago empiezan sus cinco días para dar caza a los soldados rusos.

placeholder Momentos de espera en el interior de una posición ucraniana, construida bajo tierra. (Foto: Fermín Torrano)
Momentos de espera en el interior de una posición ucraniana, construida bajo tierra. (Foto: Fermín Torrano)

"Llevamos medio año sentados, esperando que avancen con sus tanques y blindados, pero todavía no aparecen. Solo lanzan oleadas de carne", explica Lyopa, por fin bajo tierra.

Él se encarga de pilotar un Mavic (un dron comercial) como antena, para extender el rango del FPV con el que Murciélago persigue a unidades enemigas. Fuera, entre los árboles, Jackson ata la carga con bridas. Normalmente, cabezas de RPG o tubos con hasta 300 gramos de explosivo. Pokrovsk está calcinada y destruida, pero sigue siendo un bastión en el que descansan un buen número de unidades ucranianas que las tropas de la ‘Z’ intentan expulsar.

"Ahora tres ejércitos luchan aquí contra nosotros. El , el 51º y recientemente llegaron el 155 de marines", explica Lyopa. Unidades transferidas desde Kursk, el interior de Rusia y Jersón, entre otros lugares, que ahora se encuentran geolocalizadas en los alrededores de Donetsk. Si acumulan fuerzas para una ofensiva mecanizada con la llegada del otoño, el tiempo lo dirá. Por el momento, la principal preocupación de Ucrania son los grupos de saboteadores. Aunque inicialmente son pequeños, estos grupos desvían una gran cantidad de atención y recursos que terminan tensando la defensa de Kiev.

"Todavía quedan 10 o 20 dentro de la ciudad. Nadie sabe dónde están exactamente", explica Lyopa. "Deambulan por Pokrovsk, nadie puede atraparlos".

"Atento ahora", interrumpe Murciélago, que antes de ser piloto, cultivaba bayas en la región de Yitomir. La pantalla devuelve la imagen del FPV posándose en el capó oxidado de un coche ruso destruido. El plan: esperar a que pase un vehículo enemigo y destruirlo. Un coche rojo sin techo ni puertas cae en la trampa. El polvo que levanta es la señal para que el dron se eleve en el cielo. Dentro viajan tres militares rusos y 26 segundos de persecución bastan para dejarles sin salida. Dos de ellos saltan en marcha antes del impacto; al conductor, sin embargo, no le da tiempo.

¡Naaaah!, grita Murciélago, quitándose las gafas del FPV y lanzando un puño al aire. Lyopa sonríe y celebra golpeándose la pierna. La estrategia ha funcionado, aunque el trabajo no termina todavía. Jackson grita por el agujero del escondite. Hay otro dron preparado para volar y matar.

"¡Me cago en la puta! ¿En serio?", grita Lyopa. Uno de los supervivientes tumba la segunda aeronave con una caña de pescar. Un gesto desesperado en esta "moneda lanzada al aire" en la que se ha convertido el frente ucraniano. Esta vez la suerte cae de su lado. "Nunca había visto algo igual. ¡Puto idiota! Que se alquile un barco si quiere pescar”.

En la guerra antigua se recargaba un cañón y se disparaba de nuevo, en la nueva basta con lanzar otro dron al aire. Un campo de batalla en el que el rostro del enemigo se ve por televisión. A veces en HD, otras en 4K.

Imposible antes de Nochevieja

Los soldados de Putin se han esfumado. Así que la tercera aeronave merodea alrededor de la línea de árboles más cercana, buscando un uniforme, un pie, una antena o un simple hueco por el que colarse y explotar. "Esto es lo que han hecho antes con nosotros", murmulla Jackson, recordando la entrada a la posición.

Así pasan las siguientes horas, entre pequeñas siestas y vuelos. Tienen munición suficiente para 90 salidas más. Como ellos, otros grupos de entre tres y cinco soldados trabajan alrededor. Artilleros, operadores de mortero, pilotos… La vegetación esconde los búnkeres excavados bajo tierra.

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Foto: Fermín Torrano.

"En la ciudad de Pokrovsk ciudad era mejor, no daba miedo trabajar. Nos sentábamos en los sótanos y confiábamos en que no cayera una KAB (bomba aérea)", reconoce Lyopa. Aquí, sin embargo, hace frío, el suelo está lleno de barro por las lluvias, los sacos de dormir están húmedos y los FPV’s enemigos rondan para cobrarse cualquier error.

—¿Cuánto crees que aguantará Pokrovsk?—

—"Si no bloquean nuestra logística, y lo más probable es que no puedan, no capturarán nada hasta final de año", dice Lyopa encendiéndose un cigarro de madrugada. "Les seguiremos pateando el trasero tantas veces como intenten entrar".

Perseguidos por drones rusos

El suelo tiembla, 25 cohetes rusos amenizan el despertar. Después de un café, Jackson señala la puerta del refugio: es el momento de marchar. Con rotaciones cada vez más espaciadas por seguridad, la extracción se realiza a unos cientos de metros, donde la brigada renueva una posición diferente.

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Foto: Fermín Torrano.

Miedoso está allí, fumando con la mano temblorosa, mientras el resto apila el equipo cuando la pick up irrumpe entre los árboles. "¿Pero qué coño haces? ¿Estás loco?¡Del otro lado!" grita alguien entre los árboles. Un soldado pálido salta del vehículo cuando el zumbido de un dron aumenta sobre nuestras cabezas. Nadie consigue verlo. Para algunos es buena señal, aunque la mentalidad de "si no lo veo, no me ve" está lejos de ser verdad en 2025. Tampoco es un alivio que el ruido desaparezca. ¿Se habrá quedado sin batería? ¿Intentará engañar? ¿Vendrá otro detrás?

Nadie sabe responder. Solo queda esperar unos minutos para asegurarse de que no es una trampa, pero el zumbido de los rotores regresa. Demasiado tarde para refugiarse bajo tierra, solo queda mirar al cielo y esperar. El dron sobrevuela las copas de los árboles antes de comenzar su descenso como un buitre sobre un cadáver. Chac-chac.

"No disparéis", ordena el comandante, al escuchar el seguro de un Kalashnikov.

Derribarlo daría un respiro breve, pero sería también una invitación a más FPVs y artillería. Una trampa mortal. ¡Bang! La explosión sacude un tronco y deja un pitido agudo en los oídos. Toca huir a plena luz del día. El sistema antidrones pita y, en la pantalla, aparece la vista aérea del enemigo.

A 90 por hora y en un silencio nervioso alcanzamos un punto de relevo, para cambiar de vehículo con otra unidad de drones que se prepara para entrar. Jamal está entre ellos. Lleva un sombrero pirata negro que corona sobre la cabeza de Miedoso, antes de ponerse el casco militar y sonreír. A su lado, el conductor nuevo se santigua. Pedir a Dios es lo único que un hombre puede hacer a las puertas del infierno.

Alexandr no cree en la suerte, pero sí en la misericordia de Dios. Por eso abraza a sus camaradas y pide silencio, antes de empezar la oración. Somos seis hombres formando un corro en la noche oscura del Donbás. A ojos de un dron ruso, un objetivo preciado. A ojos de Dios, cinco soldados y un periodista pidiendo protección, antes de entrar al punto más caliente de la guerra.

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