Cómo los tesoros españoles han terminado vendiéndose como colgantes en Miami
En EEUU se comercializan joyas halladas en barcos españoles hundidos en aguas de Florida. Un empresario nos cuenta su experiencia y dice que muchos clientes lo llaman desde España
Tesoros originariamente españoles vendidos en Miami. (Shipwreck Coins Artifacts)
Mediados de septiembre de 2025, downtown de Miami. Un hombre de 70 años entra a la tienda de un joyero influencer con su nieto y una maleta repleta de tesoros españoles de los siglos XVII y XVIII. Presenta una pieza de oro con un rubí en el centro que formaba parte de un collar expuesto en el Museo Mel Fisher de Cayo Hueso. Explica que el collar pudo haber pertenecido a la infanta Isabel Clara Eugenia de Austria (hija del rey español Felipe II), y que solo la pieza que él tiene vale alrededor de un millón de dólares. Una de las trabajadoras de la tienda se la cuelga en el cuello y dice: “Me siento de la realeza”.
Esa era la tercera vez que Antonio Sánchez iba a la misma joyería para grabar vídeos que terminan siendo virales y disparan las ventas de su negocio online. Por eso últimamente lo están llamando muchos españoles. En su página web oferta monedas sueltas o convertidas en colgantes con monturas de oro y/o plata, o lingotes de oro de 24 quilates con antiguas marcas aduaneras españolas. La gran mayoría de sus productos fueron hallados décadas atrás por cazatesoros como el estadounidense Mel Fisher en pecios de barcos de estado españoles hundidos en las costas de Florida. Las leyes de ese estado no penan el comercio de tesoros, aunque tengan carácter patrimonial o hayan pertenecido originariamente a un país extranjero. Lo que hoy debería estar expuesto en un museo, se vende como churros en Miami.
Desde Florida se administran otros sitios webs especializados en tesoros subacuáticos expoliados en varios países americanos. Sánchez es más específico y trabaja fundamentalmente con objetos de naufragios ocurridos alrededor de la península suroriental estadounidense. Entró al negocio por la fascinación que le generaron unas monedas expuestas en una tienda local hace casi una década. Jamás imaginó que terminaría vendiendo joyas antiguas, pues salió de Cuba en una balsa improvisada en 1994, estuvo recluido en la Base Naval de Guantánamo, y al llegar a Miami se dedicó al transporte de mercancías, de lo que llegó a tener varias empresas.
“Cuando vi aquellas monedas en una tienda de la playa de Fort Mayers le dije a mi familia que ese sería mi próximo negocio”, cuenta Sánchez vía telefónica. “Vendí mi compañía de camiones y otra de palés para dedicarme por completo a las monedas de los naufragios, porque para entrar en este negocio se necesita mucho capital de inversión. Me puse a estudiar y compré mis primeras monedas, tú no puedes buscarlas ni ir con detectores de metales a la playa. Solo puedes bucear si el gobierno te autoriza”.
“No me hago responsable del envío”
Al principio, Sánchez utilizaba plataformas como Ebay para tantear el sector y crear clientela, algo imprescindible en un mercado tan específico. Con el paso del tiempo fue invirtiendo cada vez más dinero al asistir a eventos y ferias numismáticas de prestigio, y hoy presume de un catálogo potente. Las monedas que vende parten de los 600 dólares y pueden llegar hasta los 27.000, según los precios publicados en su web. También tiene en venta enormes barras de plata, que por su gran peso necesitan ser transportadas por varias personas o algún equipo especial.
Además de comerciante minorista, Sánchez asegura que se ha registrado oficialmente en Florida como dealer (comerciante que intermedia por una comisión). Fundó en 2018 su actual compañía, Shipwreck Coins Artifacts, cuyo nombre se traduce literalmente como “artefactos y monedas de naufragios”, y en eso se ha especializado. En cuanto a las vías que utiliza para obtener los tesoros, Sánchez prefiere “no especificar mucho” para evitar que le “tumben el negocio”.
Cuando se hundieron los buques que transportaban esas joyas, como el galeón Nuestra Señora de Atocha (1622), por ejemplo, EEUU ni siquiera existía como nación y la mayor parte de su actual territorio oriental estaba compuesto por las incipientes Trece Colonias del Imperio Británico. De hecho, Florida todavía pertenecía a España. Mel Fisher empezó la búsqueda del Atocha en 1969 y terminó en 1985 bajo el amparo de las autoridades locales, quienes le cedieron en exclusiva los derechos para buscar los acaudalados cargamentos españoles. Un nieto de Fisher declaró hace poco a La Sexta que su abuelo habló con La Moncloa tras el hallazgo, pero el embajador español de entonces en EEUU respondió vía carta que no se reclamaría nada. Cuando la familia realizó en 1988 la primera subasta de objetos en Nueva York, un funcionario del Gobierno de Felipe González participó en ella con un presupuesto de 250.000 dólares. Los objetos adquiridos se exponen hoy en el Museo de América de Madrid.
Monedas españolas antiguas convertidas en colgantes y puestas a la venta por Antonio Sánchez en su web. (Captura de pantalla)
“Acabo de regresar de Florida y vi muchas de esas monedas expuestas en el museo que lleva la familia de Mel Fisher, y allí me dijeron que venden originales a través de Wall Street ”, declara a El Confidencial Carlos León Amores, un arqueólogo, buceador profesional y doctor en Estudios del Mundo Antiguo por la Universidad Autónoma de Madrid que se ha especializado en arqueología subacuática desde los años 90. “Me parece fatal este negocio, porque no solo se destrozaron los pecios en su día, sino que lo siguen haciendo en campañas anuales para recoger más restos de barcos como el Atocha. Las casas de subastas en EEUU acogen esas ventas con total impunidad y no siempre al amparo de la ley”.
Amores recuerda que en países como República Dominicana y Panamá también se comercializan, a veces de forma clandestina, tesoros originariamente españoles. Algunos de esos gobiernos no consideran patrimonio la materia prima hallada, como las barras de oro sin marcas o las esmeraldas sueltas. Aquí en Europa todo este movimiento está prohibido, sobre todo por las recomendaciones de la UNESCOpara el patrimonio cultural subacuático, no suscritas por EEUU, que convierten los hallazgos en patrimonio de la humanidad y no se pueden comprar ni vender. “El Gobierno de EEUU debería consultar al español cualquier actividad que se realice en pecios de barcos que pertenecieron al Estado español, y a veces lo ha hecho, como en el caso de la Flota Tristán de Luna hundida en Pensacola, Florida”, subraya el experto.
La oferta de Sánchez no se limita a monedas y barras de metales preciosos, la ha diversificado a lo largo del tiempo y le gustan los objetos raros, los más costosos: “Tenemos también esmeraldas que venían sobre todo en el Atocha, barras de oro y plata, cadenas de oro, espadas, anillos… Una vez compramos un cofre de oro que venía con siete anillos de perlas y esmeraldas, dos rosarios de coral rojo y una cruz de oro de 22 quilates. También tengo un maravedí fabricado en 1619 y encontrado en el Atocha. Las fechas son muy codiciadas por los coleccionistas. Y los dígitos estampados en la moneda aumentan su valor en alrededor de 700 dólares cada uno. De manera que ese maravedí, por ejemplo, llega al mercado con 2.800 euros más de valor que sus similares por tener los cuatro dígitos del año, 1619”.
Monedas españolas del siglo XVI expuestas en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. (A.H.S)
El precio de estas piezas no depende de su composición metalúrgica, sino de su historia. El negocio se basa en que fueron halladas en un barco hundido en el mar. En palabras de Sánchez, la mayoría de sus clientes suelen ser personas que tienen mucho dinero y quedan fascinados con las historias de los naufragios. Una moneda hallada en el mar cuesta mucho más que una idéntica encontrada en tierra. Estas últimas se denominan land find y Sánchez las vende a precios “mucho más asequibles para personas con bajos presupuestos”.
Él acredita el origen de su producto gracias a los certificados de autenticidad que le proveen distintas instituciones, como la propia Fundación de Mel Fisher o la Compañía de Garantía Numismática (NGC), la certificadora de monedas más grande y reconocida de EEUU. “Por un problema legal”, aclara Sánchez, la NGC no incluye el nombre del pecio en la caja plástica protectora que utiliza para certificar cada moneda, pero en su página web él sí detalla la multitud de pecios (algunos europeos) de los que vende objetos. “La gente no sale con el certificado de autenticidad en el cuello, pero hay quien quiere tener una pieza hallada en uno de estos barcos y la paga más cara. A mí me compran todo tipo de personas. Los más adinerados pagan las barras de oro o plata, pero tratamos de llegar a todo tipo de personas para que cada cual se lleve un pedacito de historia”.
Sánchez aclara de que no vende réplicas, lo recalca siempre en los videos que sube a redes sociales para publicitar su negocio. La página web de Mel Fisher vende productos casi idénticos a precios iguales o superiores a los de Sánchez, pero algunas de las monedas montadas son réplicas.
Preguntado por cómo transforma las monedas patrimoniales en colgantes, Sánchez explica: “Nosotros tenemos unos joyeros que nos fabrican las monturas, los mismos que se lo hacen a la compañía de Mel Fisher. Son monedas que no tienen un grado o valor alto y no son planas. Las que valen mucho se venden como monedas.La idea de la montura es usar la moneda como colgante sin tener que perforarla. Yo llevo en mi cuello siempre una cadena con una moneda de oro de ocho escudos hallada en uno de los barcos de la Flota de 1715”.
Shipwreck Coins vende en todo EEUU y Sánchez recomienda “tener cuidado” al pedir desde otros países, porque las restricciones y chequeos aduaneros impuestos en muchos lugares dificultan garantizar al cliente que su compra llegará sin problemas. “Mi responsabilidad termina cuando le entrego las monedas a la compañía de envío. Vendo hacia cualquier país siempre que el cliente pueda arreglárselas con la mensajería. A los españoles que me llaman les digo: 'Te vendo con mucho gusto, pero el transporte no depende de mí'. Si no, pueden estafarme y decirme que no les llegó el paquete cuando en realidad sí lo recibieron. Nunca me ha pasado algo así porque tomo todas las medidas de precaución. Envío el pedido después de que me llegue la transferencia”.
Amores recuerda que en el caso de España, los cuerpos de seguridad tienen unidades dedicadas exclusivamente a la recuperación de patrimonio histórico. “El problema es que las ventas entre privados son muy difíciles de perseguir, pero si detectan a alguien en el Aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid, por ejemplo, estas monedas españolas compradas en Miami serían confiscadas por las autoridades”.
El tesoro, ¿patrimonio perdido?
Cada país tiene su propia legislación sobre el patrimonio subacuático, aunque si ratifica las recomendaciones de la UNESCO debería asumir esos parámetros, recuerda el arqueólogo. “Lo que pasa es que solo las han ratificado 80 países, y muchos de los que no lo han hecho están en América. También hay casos de países como Panamá, que fue el primero en ratificarlas de ese continente, y luego dio concesiones a empresas privadas para que buscaran barcos hundidos y vendieran los hallazgos. De ahí que sea muy difícil castigar estos de delitos, aunque hay ejemplos positivos como el Caso Odyssey que ganó España al demandar a una empresa estadounidense por expoliar un pecio y exportar lo hallado a EEUU. Un juez de Tampa le dio la razón a España y nos devolvieron todo”.
Amores afirma que en España hay personas que se dedican a buscar pecios y robar sus objetos de valor, porque el mar es mucho más difícil de vigilar, pero “está mucho más perseguido que hace 20 años”. En noviembre de 2024, la Guardia Civil confiscó más de 1.000 objetos (entre ellos monedas y joyas) extraídas de un antiguo barco hundido en aguas de Mallorca.
El actual fiscal jefe de la provincia de Cádiz, Ángel Núñez Sánchez, quien inició las demandas judiciales contra Odyssey, aclara que el Estado español puede emprender acciones legales para evitar el comercio de piezas patrimoniales en el exterior. “En el caso del Odyssey, por ejemplo, se creó una comisión interministerial para determinar lo ocurrido con el expolio de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes y eso permitió abrir un proceso en EEUU. Algo parecido ocurrió en ese mismo país con los casos de otros dos naufragios españoles (El Juno y La Galga), que también se ganaron”.
Monedas españolas del siglo XIII expuestas en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. (A.H.S.)
Lo encontrado en esos naufragios sí tuvo un mejor destino para su conservación, al terminar expuestos en museos. El Ministerio de Cultura español renueva cada cierto tiempo los permisos necesarios para que se exhiban en Virginia, EEUU, los objetos hallados en El Juno y La Galga.
Carmen Codes, socia de Goñi & Co. Abogados, un bufete especializado en derecho marítimo, recuerda que España es puntera en la legislación para conservar pecios: “Bruselas no regula este asunto, debe hacerlo a su manera cada país miembro de la UE. Aquí tenemos la Ley de Navegación Marítima y la de Patrimonio Histórico, que determinan la propiedad española de la carga que transporten nuestros buques de estado.La comercialización de estos objetos prospera cuando particulares los extraen del mar y nadie les reclama o intercepta. Además, la Ley de Salvamentos y la de Hallazgos de EEUU premian a quienes encuentren tesoros en el mar, que suele ser un porcentaje del valor de lo encontrado”.
La UNESCO promueve la conservación in situ como la postura más responsable con respecto a los pecios y rechaza la arqueología con fines lucrativos, concluye Núñez. “Donde mejor se conservan muchas de las piezas es debajo del agua, porque ya se ha creado una situación de ósmosis que provoca el deterioro casi automático cuando salen a la superficie. Si ya se extrajeron objetos, hay que evitar a toda costa que lleguen a comercializarse. Da igual el volumen o la composición de lo que se halle. Aquí en Cádiz tenemos muchísimos pecios y se conserva todo, desde un trozo de ánfora hasta monedas de oro”.
Un ejemplo de las pésimas consecuencias que puede tener la extracción descontrolada de los tesoros subacuáticos son las casi 300.000 monedas del Caso Odyssey que el Gobierno español no podía conservar adecuadamente tras su devolución. Las monedas se podrían en cubos de agua y el Ministerio de Cultura desembolsó casi medio millón de euros en 2021 para intentar conservarlas.
Mediados de septiembre de 2025, downtown de Miami. Un hombre de 70 años entra a la tienda de un joyero influencer con su nieto y una maleta repleta de tesoros españoles de los siglos XVII y XVIII. Presenta una pieza de oro con un rubí en el centro que formaba parte de un collar expuesto en el Museo Mel Fisher de Cayo Hueso. Explica que el collar pudo haber pertenecido a la infanta Isabel Clara Eugenia de Austria (hija del rey español Felipe II), y que solo la pieza que él tiene vale alrededor de un millón de dólares. Una de las trabajadoras de la tienda se la cuelga en el cuello y dice: “Me siento de la realeza”.