¿Y si ha llegado el momento de mover la sede de Naciones Unidas fuera de EEUU?
Este martes comienza el periodo de debates de líderes en la 80 Asamblea de Naciones Unidas, cinco días marcados por el reconocimiento de Palestina y la guerra en Gaza
Este lunes, el presidente francés Emmanuel Macron salía ante el escenario de Naciones Unidas y hacía un anuncio que pretende marcar todo el tono de la edición número 80 de la Asamblea General de Naciones Unidas (UNGA, por sus siglas en inglés): “Ha llegado el momento”. El momento de reconocer a Palestina como Estado.
Y, sin embargo, en lo que debería haber sido un momento cumbre en el largo y tortuoso viaje de la lucha palestina (además de Francia, otra media docena de países han ido reconociendo Palestina como Estado entre este domingo y el lunes), Mahmud Abás, quien ahora mismo y pese a todas las polémicas, es el rostro más reconocible de un posible Estado palestino, tuvo que participar con un discurso por videoconferencia porque el Gobierno de Donald Trump ha denegado los visados a toda la delegación palestina.
Este martes comienza en Nueva York la semana grande de Naciones Unidas, una cadena de cinco días en los que más de 140 líderes mundiales intervienen ante el estrado de toda la Asamblea y, en los pasillos y reuniones paralelos, se tratarán los temas geopolíticos claves de la actualidad, desde la invasión Rusia de Ucrania al cambio climático, pasando por la guerra en Sudán o las sanciones nucleares a Irán. Pero quizá el mayor titular viene ya desde este lunes, la Cumbre de Alto nivel organizada por Francia y Arabia Saudí para dar un nuevo empujón a cómo implementar la solución de los dos Estados en medio de la brutal invasión israelí de Gaza. “Palestina va a ser el enorme elefante en la habitación de esta sesión de la Asamblea General”, ha asegurado Riyad Mansur, embajador palestino ante Naciones Unidas.
Y, sin embargo, no hay representantes palestinos. Tras el anuncio francés de que utilizarían la Conferencia de Alto Nivel de este lunes para reconocer a Palestina, la Administración de Donald Trump tomó la polémica decisión de prohibir el visado de entrada a todos los miembros de la delegación palestina, incluido el líder de la Autoridad Nacional Palestina, Abás.
La decisión no tiene precedentes en cuanto a gravedad y alcance, y ha llegado a desatar una tormenta. Desde la ONU se ha criticado el movimiento, técnicamente ilegal (el país anfitrión, en este caso Estados Unidos, no debería poder utilizar decisiones de política interior para prohibir el acceso y asistencia al foro de Naciones Unidas a un gobierno reconocido; como es Palestina, Estado miembro pero sin derecho a voto de la ONU). Algunas voces han lanzado públicamente la posibilidad de que, al menos la Conferencia de Alto Nivel, se trasladara a un lugar más “neutral”, Ginebra, en lugar de Nueva York.
Conforme se acercaba la fecha de inicio de la UNGA, los rumores al respecto se hicieron tan fuertes que el propio portavoz de Naciones Unidas, Stéphane Dujarric, tuvo que salir públicamente a desmentirlos. "Fuimos muy claros al expresar nuestra preocupación por esa decisión [de prohibir la entrada a la delegación palestina], que consideramos contraria al tratado del país anfitrión", afirmó.
La decisión de Estados Unidos de bloquear las visas a la delegación palestina “es una tontería” que no impedirá el debate oficial de la iniciativa franco-saudí sobre los dos Estados, ni ha impedido el reconocimiento de un buen puñado de países del Estado palestino; ni cambiará el consenso mundial sobre la necesidad de una resolución diplomática del conflicto que ponga fin a la guerra en Gaza; sino que además “abre la puerta a un grave perjuicio para la ONU”, sostiene Dahlia Scheindlin, consultora política americanoisraelí y autora de The Crooked Timber of Democracy in Israel, Promise Unfulfilled.
Esta sesión número 80 de la Asamblea General viene en un momento especialmente delicado para Naciones Unidas en concreto y el multilateralismo en general. A la pregunta que ya lanzó el presidente ucraniano Volodímir Zelenski en 2022 de "dónde está la paz" que prometía ese foro de aspiraciones a unas relaciones internacionales basadas en reglas superiores a la ley de la selva impuesta por el gobierno del más fuerte, se añade la presión añadida de la invasión israelí de Gaza ante la impotencia y parálisis de las Naciones Unidas, ineficaz y debilitada.
Todo ello bajo las amenazas patentes del propio anfitrión, Estados Unidos, a recortes masivos que dejen a la galaxia de estructuras y agencias de la ONU aún más incapaz. Estados Unidos ya se ha salido de la UNESCO y recortó fondos masivamente a la UNRWA y otras agencias de Naciones Unidas.
En este contexto, la prohibición de visados para la delegación palestina puede hasta parecer menor, pero que se permita su ejecución es una señal de la capitulación del foro.
Prohibir la entrada de la delegación palestina viola el Tratado de la Sede de 1947, firmado entre la ONU y Estados Unidos, que establece que las autoridades estadounidenses deben permitir la presencia de estas delegaciones; en el caso de Palestina, como invitado de la Asamblea General. Sin embargo, la cuestión legal es más compleja.
El Gobierno estadounidense podría alegar que sus leyes le permiten eludir ese tratado por motivos de seguridad nacional, pero eso abriría un serio conflicto jurídico con Naciones Unidas.
De hecho, pese al tratado, Estados Unidos ha puesto en numerosas ocasiones trabas a las visas de diplomáticos, casi siempre retrasos. En 2016, la Administración Obama denegó un visado a un ministro sudanés para una sesión especial de la Asamblea General. En los últimos días del primer mandato de Trump, Washington negó el visado al entonces ministro de Exteriores iraní, Mohammad Javad Zarif, para una reunión del Consejo de Seguridad, alegando que la solicitud había llegado demasiado tarde. El precedente más relevante fue en 1988, cuando la administración de Ronald Reagan negó la entrada a Yaser Arafat, invitado por la Asamblea General. La Asamblea resolvió entonces que aquella decisión violaba el Tratado de la Sede. Pero ningún caso se parece al actual. Ninguno implicaba vetar a un jefe de Estado, como sería Palestina, ya que desde 2012, la Asamblea General reconoce a Palestina como Estado observador no miembro.
Además, la justificación del Departamento de Estado de EEUU es abiertamente política. El comunicado oficial recurre a argumentos endebles sobre "intereses de seguridad nacional", para enumerar una serie de condiciones algo vacuas. La primera: que la Autoridad Palestina condene de manera "consistente" el terrorismo. Abás ya condenó el atentado del 7 de octubre, calificando a los de Hamás como "hijos de perra". La segunda condición es que se ponga fin a una supuesta "incitación" [al terrorismo] en los libros de texto palestinos, un mantra repetido en varias ocasiones por Israel sin pruebas sólidas y que ha sido refutado por sendos estudios del propio Congreso de EEUU y del Parlamento Europeo. Esa refutación no ha impedido que el ministro de Exteriores israelí, Gideon Sa’ar, afirmara que si Francia apoyaba la cuestión de dar visado a los palestinos, estaba respaldando el "adoctrinamiento escolar".
EEUU exigía también que la Autoridad Palestina "deje de promover de manera unilateral" el "reconocimiento de su Estado" en organismos internacionales. Un proceso que difícilmente puede considerarse unilateral si ya más de 150 países reconocen a Palestina.
La cuestión de fondo es más amplia: si Trump decide quién puede hablar en la Asamblea General según sus intereses políticos —y dada su escasa consideración por el derecho internacional, como ejemplifican los ataques contra lanchas en medio del Pacífico, sin ningún tipo de proceso judicial—, ¿quién más podría ser vetado? "¿Qué clase de Naciones Unidas quedarían si se impone el criterio del país anfitrión? ¿Por qué detenerse solo en Israel y Palestina? Si un país no acepta sus exigencias arancelarias, o si Ucrania no cede territorio a Rusia para poner fin a la guerra, ¿también debería ser expulsado?", apunta Scheindlin. Una pregunta no tan lejana: según informó The Guardian, en las semanas previas a la celebración de la UNGA existió cierto temor entre los diplomáticos de la ONU de que Washington ampliara el veto a Brasil o Irán, entre otros, invocando para ello leyes antiterroristas.
El diario israelí Haaretz entrevista a Larry Johnson, ex secretario general adjunto de Asuntos Jurídicos de la ONU, quien especula con cinismo que, en contraste con la veneración hacia la ONU expresada por el presidente Franklin D. Roosevelt —cuyo "último deseo" fue acogerla en Estados Unidos—, y a pesar de que albergar la ONU aporta beneficios de varios miles de millones de dólares a Nueva York, Trump "podría preferir el terreno frente al East Side de Manhattan para fines inmobiliarios".
Lo que está claro es que el escenario ha cambiado: como describe Charlene Mires en su libro La Capital del Mundo: la carrera para acoger las Naciones Unidas, en aquel entonces fueron precisamente los nuevos países que surgían lejos de las antiguas potencias Europeas los que apoyaron la candidatura estadounidense para "convertirse en el centro del mundo". Una señal de "un mundo nuevo", como describió (siempre según Mires) el representante de Moscú, Andréi Gromyko. Un mundo que ya se está quedando viejo otra vez.
Este lunes, el presidente francés Emmanuel Macron salía ante el escenario de Naciones Unidas y hacía un anuncio que pretende marcar todo el tono de la edición número 80 de la Asamblea General de Naciones Unidas (UNGA, por sus siglas en inglés): “Ha llegado el momento”. El momento de reconocer a Palestina como Estado.