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¿Crees que somos tendenciosos cuando hablamos de Trump? Quiero responder a eso
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Los datos ya no son suficientes

¿Crees que somos tendenciosos cuando hablamos de Trump? Quiero responder a eso

"Autoritarismo" es un término feúcho, que no encaja con esta vieja y columnada democracia; es mejor descartarlo y así no causar ninguna fricción cognitiva a nadie

Foto: Periodistas trabajando en el Capitolio de Washington. (Getty/Anna Moneymaker)
Periodistas trabajando en el Capitolio de Washington. (Getty/Anna Moneymaker)
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"Este artículo/entrevista de Argemino es otra muestra más del trabajo tendencioso de este corresponsal, que ya hace tiempo perdió la más mínima ecuanimidad", dice un lector, desde una cuenta anónima, en la red social X. "Es que ni el titular es cierto", añade, en referencia a "El manual de Donald Trump para asegurarse las próximas elecciones", publicado el pasado lunes en este diario.

Como autor del texto, puedo decir que el titular es veraz. La Administración Trump está proponiendo o aplicando una serie de medidas electorales, desde la prohibición del voto por correo a la creación de nuevos escaños mediante la redefinición interesada de los distritos electorales, para ganar (¿qué otro objetivo podría haber?) las elecciones de medio mandato de 2026. Nos lo describe el periodista Zachary Roth, que lleva muchos años estudiando los ataques al derecho de voto en EEUU.

La que sí entiendo, sin aceptarla, es la acusación de "tendencioso". Porque sí es verdad que este artículo, igual que otros, suena tendencioso. ¿Por qué? A lo mejor esta es una buena excusa para salir un momento de la rueda de hámster de la actualidad y mirar en la trastienda de cómo se hace una cobertura (o una de las posibles coberturas) de una figura tan polémica como Donald Trump.

El resumen de mi argumento es que Donald Trump lleva tiempo moviéndonos la portería, hasta el punto de que esta, podríamos decir, ha salido ya del terreno de juego: del terreno de juego de la democracia. El problema es que aceptar que EEUU ya es, como mínimo, una "anocracia", un régimen híbrido, implica revisar nociones muy asentadas y dar un salto cognitivo: un camino que requiere tiempo y esfuerzo, y que, pese a todas las pruebas disponibles, puede ser duro de emprender.

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¿Ha sido siempre así Donald Trump? Sí y no. Sí, porque sus "instintos autoritarios", como se suele decir, estaban ahí desde el principio. Y no, porque, en su primer mandato, las circunstancias eran completamente distintas: Trump no tenía experiencia porque nunca había ejercido ningún cargo público, y tampoco contaba con una red de aliados que le ayudaran a gobernar. Como consecuencia, tuvo que apoyarse en las figuras del establishment republicano que engrosaron su gabinete y que, durante cuatro años, limitaron los impulsos de Trump y gestionaron el país de una manera tradicionalmente conservadora, más allá de la retórica del presidente.

Esta es la razón por la que mi cobertura de Trump y del trumpismo, entre 2015 y 2020, era más flemática y no tenía la apariencia "tendenciosa" que denuncian (no pasa nada: estoy abierto a las críticas) algunos lectores. Es más: por aquel entonces creamos un blog, Sala 2, dedicado exclusivamente a contar EEUU desde el punto de vista conservador, ya que la visión que llegaba a España solía ser la visión del mundo urbano y progresista en el que solemos habitar los corresponsales.

En esta misma línea, en 2021, durante el apogeo de la paranoia identitaria de izquierdas normalmente descrita como "wokismo", escribí una serie de cinco reportajes largos bajo el título de "Doctrina woke" para explicar en qué consistía, de dónde venía y cuáles podrían ser las consecuencias de esta ideología. Era lo urgente en aquel momento, y como tal se trató.

Hoy la urgencia es otra. Donald Trump ya no es el presidente amateur del primer mandato, ni tiene a nadie que le ponga coto. ¿Han notado cómo, en ocho meses de administración, no ha despedido a ninguno de sus ministros? ¿Cómo se explica esto, dados los despidos continuos (92% de cargos renovados) de su primer mandato? Pues porque, esta vez, se ha rodeado de fieles. Una lección que aprendió entre 2020 y 2021, cuando rechazó a su gabinete y se juntó con gente que le decía lo que quería oír; en concreto, que había ganado las elecciones de 2020.

En los cuatro años de interregno, además, Trump tuvo tiempo de preparar su retorno: de arroparse, ahora sí, con los cuadros trumpistas más bregados y eficaces, y de vislumbrar, como él nos dijo una y otra vez, su "venganza".

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Entonces, a ver, ¿qué es lo que ha hecho Trump que sea tan escandaloso? Sería tedioso enumerar, una vez más, las transgresiones del presidente, pero podemos recordar una escena en concreto: la vez que recibió al presidente de El Salvador, Najib Bukele, en el Despacho Oval de la Casa Blanca, el pasado 14 de abril.

Poco antes del encuentro, el Gobierno de EEUU había detenido y mandado a más de 280 personas a la prisión CECOT de El Salvador, sin observar el proceso judicial, pisoteando por tanto sus derechos y desobedeciendo la orden de un juez federal de detener la deportación. Se nos dijo que estas personas eran "terroristas", lo cual es falso. El 90%, según una investigación de Bloomberg, no tenía antecedentes penales. Y algunas estaban en EEUU de manera legal. No había nada que justificara su detención, ni mucho menos su envío exprés a una prisión extranjera.

Pero la palabra "prisión", en este caso, es inadecuada. CECOT no es una prisión, es un gulag. Un espacio sin ley al que se arroja a personas que, muchas veces, no han sido oficialmente acusadas de nada, pero allí se quedan: sin acceso a un abogado, sin visitas, sin protecciones ni garantías de ningún tipo. A merced de la tortura y, a veces, según han documentado varias oenegés salvadoreñas, de la muerte.

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Con este crimen como trasfondo, Trump y Bukele presumieron de sintonía política y declararon ante las cámaras que no tenían manera humana de liberar a uno de los inocentes que ellos mismos habían encerrado. Durante la reunión, Trump le dijo a Bukele algo que ya había adelantado, públicamente, su portavoz, Karoline Leavitt, y que luego diría de nuevo el propio Trump: que la Casa Blanca también quería deportar al gulag salvadoreño a "criminales de cosecha propia"; es decir, a ciudadanos estadounidenses. Y que El Salvador debería de construir otros cinco complejos como el CECOT para hacerles sitio.

Los esfuerzos de Trump, de los que se puede encontrar un precedente en las "cárceles negras" de la llamada "guerra contra el terror" de George W. Bush, no fructificaron del todo, debido a los desafíos legales. Sí consiguió deportar a otros a terceros países, entre ellos Ruanda y Sudán del Sur. La mayoría de las personas arrojadas al gulag fueron canjeadas con Venezuela en junio. En declaraciones como esta, aseguran haber sufrido torturas desde su llegada a CECOT.

Dicho de otra manera: en menos de tres meses de mandato, Donald Trump ya había intentado inaugurar un programa de desaparición ilegal de personas, a todas luces sin cargos y por tanto sin importar su inocencia, en gulags extranjeros, y quería ampliar ese programa, también, a sus conciudadanos. Algo que no se diferencia, en nada, de las prácticas de los conocidos totalitarismos.

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Han sucedido muchas más cosas. Tantas, que ningún periodista o político de la oposición sabe dónde apuntar, lo cual es parte de la estrategia: flood the zone. Pero solo la idea, expresada en acciones, de crear una red de agujeros negros alejados del territorio y de las leyes americanas para deshacerse de personas sin mediar el criterio de ningún juez es de una gravedad notable. Y quizás más notable es que se acuse de "tendencioso" a quien destaca hechos como este. ¿Por qué?

Puede que por el sesgo de normalidad, que nos impide aceptar o digerir acontecimientos que se alejan de lo que siempre hemos sabido; puede que por el mero sesgo político, en este caso a la derecha, de la misma forma que muchos progresistas se han resistido en llamar autócrata a Hugo Chávez o a su sucesor. O puede que por la simple insensibilización que produce estar expuesto continuamente a noticias polémicas e incluso traumáticas, como el civil que, durante una guerra, deja de impresionarse por la presencia de cadáveres en las calles.

Con todo, las dudas se van disipando. Me gustaría apelar por un segundo al criterio de las personas que, desde mucho antes del ascenso de Trump, han dedicado sus vidas a estudiar este tipo de derivas autoritarias en otras épocas y lugares.

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A finales de abril, una encuesta realizada entre 760 politólogos de Estados Unidos sobre la salud democrática de su país dejó claras algunas cosas. Primero, que la puntuación, siendo 0 una dictadura total y 100 una democracia total, ha bajado por primera vez a 49: EEUU ya no es una democracia, sino un régimen híbrido. Segundo, que la puntuación ha empeorado en todos los órdenes, desde las protecciones a la libertad de expresión a la imparcialidad del proceso judicial.

"Es una caída precipitada", dijo John Carey, profesor de gobierno en la Universidad de Darmouth y co-director de la organizadora del sondeo, Bright Line Watch. "Sin duda hay un consenso: nos estamos moviendo en la dirección equivocada", añadió en abril, antes de los despliegues militares en ciudades americanas y otras medidas.

No sé qué piensan ustedes. Cabe la posibilidad de que estos 760 politólogos sean unos progres histéricos, unos ignorantes o unos mercenarios subvencionados por George Soros, o todo a la vez. También es posible que sepan de lo que hablan.

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Los profesores expertos en autoritarismo Steven Levitsky, Lucan Way y Daniel Ziblatt se hacían, en mayo, la siguiente pregunta: "¿Cómo sabremos cuándo hemos perdido nuestra democracia?". En otras palabras: ¿dónde está la línea roja? Antes de mencionar la lista de presiones a críticos, desde universidades a despachos de abogados, medios de comunicación y comediantes y presentadores, el último, Jimmy Kimmel, estos profesores presentaban su conclusión:

"Proponemos una métrica sencilla [para saber si la democracia ha dejado de serlo]: el costo de oponerse al gobierno. En las democracias, los ciudadanos no son castigados por oponerse pacíficamente a quienes ostentan el poder. No tienen que preocuparse por publicar opiniones críticas, apoyar a candidatos de la oposición o participar en protestas pacíficas porque saben que no sufrirán represalias del gobierno. De hecho, la idea de la oposición legítima —que todos los ciudadanos tienen derecho a criticar, organizar la oposición y buscar la destitución del gobierno mediante elecciones— es un principio fundamental de la democracia".

En este punto, un corresponsal en EEUU puede hacer, fundamentalmente, dos cosas: la primera es seguir usando las formas y los conceptos a los que estamos acostumbrados en una democracia. El Partido A dice que llueve y el Partido B dice que hace sol, hacemos una media aritmética, escribimos que "está nublado", y listo.

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Si el periodista se encuentra con que se mandan a personas a campos de detención en territorios extranjeros donde los presos no tienen derechos ni fecha de salida, ha de evitar usar la palabra "gulag" y quedarse con la palabra "prisión". "Autoritarismo" es un término feúcho, que no encaja con esta vieja y columnada democracia; es mejor descartarlo y así no causar ninguna fricción cognitiva a nadie.

Lo bueno de esta opción es que se mantiene la fachada de "mínima ecuanimidad", de manera que, a medida que lee el texto, el lector tendrá en su cabeza la imagen de un periodista con mascarilla, bata blanca y guantes de látex que trata los hechos como si fueran frágiles probetas. Y dirá: me gusta. Por fin un reportero imparcial.

Lo que este lector probablemente no sospeche es que, por debajo de esa superficie de falsa normalidad construida con nociones del mundo de ayer y con incesantes ejercicios aritméticos, habrá una realidad mucho más interesante. La realidad de un país en transición, que les será más difícil comprender.

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La segunda opción es tratar, si así lo exigen las circunstancias, de dar el salto cognitivo: de actualizar el software de lo que siempre hemos dado por sentado. Y de proceder con esmero, y con precisión.

"Este artículo/entrevista de Argemino es otra muestra más del trabajo tendencioso de este corresponsal, que ya hace tiempo perdió la más mínima ecuanimidad", dice un lector, desde una cuenta anónima, en la red social X. "Es que ni el titular es cierto", añade, en referencia a "El manual de Donald Trump para asegurarse las próximas elecciones", publicado el pasado lunes en este diario.

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