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Hermanos de sangre, armas y deserción: las otras 'bajas' silenciosas del Ejército ucraniano
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HUIR PARA CAMBIAR DE UNIDAD

Hermanos de sangre, armas y deserción: las otras 'bajas' silenciosas del Ejército ucraniano

Más de 89.000 investigaciones por abandono militar y una ley de amnistía muestran la crisis interna y los dilemas de los combatientes ucranianos en plena guerra y transformación del ejército

Foto: Viejo y Google, dos exdesertores del Ejército ucraniano que regresaron. Foto: Fermín Torrano.
Viejo y Google, dos exdesertores del Ejército ucraniano que regresaron. Foto: Fermín Torrano.
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Cuando Viejo se acomoda en la silla de playa y se pone las gafas, la caza vuelve a empezar. Un movimiento de pulgares basta para que el dron, cargado con una cabeza de lanzacohetes en la tripa, despegue y se pierda en el cielo del Donbás. Su objetivo: destruir un blindado ruso.

"Si no aceleras, se va a escapar", masculla Google mirando la pantalla, en un subterráneo del frente de Lyman. Viejo resopla y aprieta el joy stick. Sabe que su hermano pequeño tiene razón.

Son 11 meses compartiendo trinchera. Comen juntos, duermen juntos y matan juntos. Pilotos de drones FPV en el 20º Regimiento de Sistemas no Tripulados K-2, Viejo y Google son hermanos de sangre, hermanos de armas… y también, hermanos de deserción.

"En realidad tan solo nos tomamos unas vacaciones", bromea Viejo, de 30 años, arrancando una carcajada al pequeño, 6 años menor. "Estábamos regresando [al este de Ucrania] y el comandante llamó gritando y faltando al respeto. Así que pensamos... ¡Que le jodan!".

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Tras cinco meses arriesgando la vida y matando cientos de rusos en la dirección de Avdiivka, tras caer la ciudad, se dieron la vuelta y regresaron a Chernihiv. Era septiembre de 2024. Un momento en el que las deserciones en el Ejército ucraniano se triplicaron respecto a los primeros años de invasión. Según la Fiscalía General de Ucrania, 2024 terminó con cerca de 89.000 investigaciones por deserción.

Pero, ¿tan fácil es escabullirse del Ejército ucraniano? ¿Qué consecuencias tiene para los soldados? ¿Por qué los números obligan a ser cauto?

placeholder Viejo, un exdesertor, ahora soldado piloto de drones. Foto: Fermín Torrano.
Viejo, un exdesertor, ahora soldado piloto de drones. Foto: Fermín Torrano.

A la deserción "clásica", en Ucrania se añade la "ausencia no autorizada" (SZCH, por sus siglas en ucraniano): soldados que abandonan posiciones sin que su intención sea, necesariamente, dejar de luchar. Esta figura, difícil de rastrear, representó el 73,5% de los casos de 2024. Los motivos principales: órdenes suicidas, falta de medios o la discrepancia con los mandos.

"Nosotros teníamos material suficiente, pero el comandante ordenaba destruir coches rusos baratos en vez de salvar a nuestra infantería en las trincheras, y no estábamos de acuerdo", reconoce Google.

Cuando eso sucede y los soldados piden cambios, las solicitudes suelen quedarse en un cajón. Y si demandan un traslado, rara vez lo consiguen. Para miles de soldados ucranianos, huir es la única forma de cambiar de unidad.

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"Tu comandante puede odiarte, pero es evidente que falta personal. Nunca va a regalarte la carta de libertad. La única posibilidad es presentar una petición y que se traspapele. Legalmente solo tiene 3 días para rechazarla", explica Volodymyr, otro piloto del K-2.

Si no lo hace, el silencio administrativo aprueba la petición. Él tuvo esa suerte y recaló en este regimiento, una de las prometedoras unidades de drones creadas por el alto mando ucraniano el pasado otoño con el objetivo de crear una zona gris de quince kilómetros alrededor del frente. Una estrategia basada en la tecnología que reduce la necesidad de personal en primera línea, pero que, al mismo tiempo, convierte la guerra en un lugar más duro, más peligroso y mucho más letal.

placeholder Las posiciones intentan siempre ocultarse bajo tierra de la artillería u otros drones rusos. Foto: Fermín Torrano.
Las posiciones intentan siempre ocultarse bajo tierra de la artillería u otros drones rusos. Foto: Fermín Torrano.

También hace visible la fractura interna que arrastra el ejército de Kiev desde el inicio de la invasión: la lucha entre mandos con mentalidad soviética y estándares OTAN. En Ucrania no sorprende que se registraran otras 50.000 ausencias no autorizadas en los primeros tres meses de este año. Un número demasiado grande para un ejército cercano al millón de efectivos.

El fenómeno creciente obligó al parlamento ucraniano a aprobar una ley de 'amnistía' el pasado noviembre, que permite el regreso sin castigo tras la primera deserción. Y más de 29.000 militares volvieron por esta vía entre diciembre de 2024 y agosto de 2025, evitando penas de 5 a 10 años de prisión. El 30 de este mes acaba el plazo.

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Pero contabilizar todos los casos es una quimera. La historia de Google y Viejo también lo muestra. Desertaron el mismo día y de la misma forma y unidad. También regresaron juntos. Y comparten el mismo apellido. Aun así, solo el pequeño recibió citaciones judiciales. Y ahora, mientras vuela drones en el frente, los abogados del regimiento intentan eximirle de responsabilidades legales.

"Si no tienes abierta la investigación criminal, basta con ir a la Oficina Estatal de Investigaciones y cerrarla, pero si tienes dos audiencias judiciales en las que no te presentaste… es posible que haya más", explica Oleg, del servicio de prensa de K-2.

Perder un dron

Google amplía el zoom en la tablet. Su hermano está ya a pocos metros del huidizo blindado ruso. El vuelo apenas ha durado unos minutos. Lo que tarda el cuadricóptero en recorrer los más de 20 kilómetros que separan su escondite de la retaguardia rusa antes de estallar.

El humo se eleva en una carretera de la ocupada ciudad de Kremina. Viejo se quita las gafas negras con las que ve el campo de batalla como si volara en la punta del dron.

—¿Neutralizado?

— Bfff… no. Golpeado, pero no destruido—contesta, saliendo de la habitación.

Con un gesto, Google pide a otros dos camaradas que salgan de la trinchera y preparen otra aeronave. Toca volverlo a intentar. Lo más complicado es esquivar la guerra electrónica rusa. "Siempre tienen algo nuevo", reconoce Viejo, volviendo a pilotar. "Su sistema es impresionante. El mejor del mundo".

placeholder Colocando la munición en el dron. Foto: Fermín Torrano.
Colocando la munición en el dron. Foto: Fermín Torrano.

La experiencia en combate también obliga a innovar. En vez de acercarse lo máximo posible al frente con una pequeña mochila llena de drones, como hacían antes, emplean un dron de gran tamaño, utilizado para minar o entregar suministros, como antena. Así amplían el alcance del FPV, sortean las barreras naturales al dar cobertura desde el cielo y trabajan a mayor distancia del enemigo, aumentando la seguridad.

"Aquí realmente entienden que personas como nosotros somos útiles y no un número más", celebra Viejo.

—¡Izquierda! Más a la izquierda, ¡izquierda! -interrumpe Google, con un cigarro entre los dedos.

—¿¡Qué izquierda!? — responde Viejo, mientras la pantalla se vuelve azul–. No te entiendo.

Han perdido la señal.

Cuando eso ocurre, solo queda pilotar de memoria. Ríos, carreteras, campos, caminos, tejados... todo reconstruido a ciegas, como si volaran con los ojos cerrados, con un mapa mental de miles de vuelos. Hasta que la imagen regresa.

placeholder Foto: Fermín Torrano.
Foto: Fermín Torrano.

Y una hilera de árboles es suficiente para que ambos sepan que el dron está a punto de llegar. Pero la señal desaparece una vez más. Viejo jura en voz baja, y sale a fumar.

"Le han dado en la batería", susurra Google. "Los rusos han tumbado el dron".

Torturado en Jersón

Google no habla mucho, pero la guerra es su batalla personal. En marzo de 2022, el Ejército ruso invadió su pueblo en la región de Jersón, y su vida no volvió a ser la misma. La ocupación se convirtió en un infierno para él, un hombre en edad militar. Su peor día llegó aquel mismo verano.

En lo que parecía un control rutinario. Los soldados de Putin encontraron mensajes de Viejo, entonces policía militar destinado en el Donbás, en su teléfono. Dio igual que fuera su hermano. Aquello bastó para terminar en un sótano. Le dieron una paliza. Le insultaron. Le escupieron. Y cuando empezó a pensar que no saldría de allí, uno de sus captores pegó una granada en su pecho con cinta aislante.

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"Tuve suerte, nuestro pueblo estaba lejos del frente y los soldados al mando no eran ni buriatos ni chechenos", recuerda Google. "Pedían que le dijera a mi hermano que abandonara el Ejército, que dejase de luchar".

También ayudó que el alcalde del pueblo intercediera por él, haciéndose responsable de sus movimientos. Antes de dejarlo ir, escribieron desde su teléfono a su hermano mayor. "Entendí rápidamente que no podía ser él, escribía en ruso sin errores", bromea Viejo, con una carcajada.

placeholder Los turnos de pilotos son cada vez más largos, por la dificultad de la evacuación. Foto: Fermín Torrano.
Los turnos de pilotos son cada vez más largos, por la dificultad de la evacuación. Foto: Fermín Torrano.

Después de la liberación en noviembre de 2022, Google y su madre viajaron al norte de Ucrania, donde él se tomó "un año sabático". Después siguió los pasos de su hermano, alistándose en la Policía Militar.

"Se lo recomendé para que se adaptara al ejército, a toda la mierda que tenemos alrededor. Sabía que tarde o temprano le enviarían a una unidad de combate", explica Viejo.

Ese momento llegó en 2024. El alto mando ucraniano ordenó a varias unidades de retaguardia pasar al combate. Y los dos hermanos decidieron servir juntos en la brigada 110, encargada de frenar a los rusos en el punto más caliente del frente. La misión de Viejo y Google, hasta que desertaron el septiembre pasado. Su mayor shock.

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Para el mayor de los hermanos "hay mucho idiota al mando que no cumple con su deber", pero la sorpresa llegó en casa. No podían creer que tantos de sus vecinos vivieran ajenos a la guerra.

"Fue muy duro darnos cuenta de que no les importa una mierda lo que ocurre aquí. No quiero imaginar lo que siente un soldado de infantería cuando vuelve a las calles de su ciudad", confiesa Viejo.

No tardaron ni un mes en decidir ponerse de nuevo el uniforme y terminar con la deserción. Pero con eso no basta. El camino de regreso es largo: trámites legales, contactos con brigadas, entrevistas, papeleo, incorporarse a batallones de reserva y… esperar a que suene el teléfono. En su caso, un proceso de varios meses.

placeholder Viejo y Google, pilotos de drones en la brigada K-2. Foto: Fermín Torrano.
Viejo y Google, pilotos de drones en la brigada K-2. Foto: Fermín Torrano.

Para cuando fueron aceptados, K-2 ya no era un batallón mecanizado de la brigada 54 sino un regimiento independiente especializado en drones. Uno en el que más de 7.000 soldados pidieron alistarse. Casi la mitad, desertores en ausencia como ellos. Una oleada silenciosa de combatientes que regresa al frente en el cuarto año de invasión.

Viejo y Google se convirtieron en los primeros pilotos FPV del regimiento.

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"Sabíamos que éramos buenos y que podíamos servir en cualquier unidad. No habíamos escuchado ninguna mierda soviética sobre K-2, y decidimos probar", explica el mayor sobre su elección.

Ahora, después de medio año destruyendo blindados y matando a rusos de nuevo, están a punto de tomarse sus primeras vacaciones. Viejo sonríe dejando ver algún diente de menos, y vuelve a hacer reír a su hermano: "Y te prometo que esta vez sí vamos a volver".

Cuando Viejo se acomoda en la silla de playa y se pone las gafas, la caza vuelve a empezar. Un movimiento de pulgares basta para que el dron, cargado con una cabeza de lanzacohetes en la tripa, despegue y se pierda en el cielo del Donbás. Su objetivo: destruir un blindado ruso.

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