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"Son castillos en el aire": por qué el acuerdo energético de la UE con Trump es una ridiculez
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Cifras desmedidas

"Son castillos en el aire": por qué el acuerdo energético de la UE con Trump es una ridiculez

Para cumplir esas condiciones, la UE no solo tendría que triplicar sus importaciones actuales, sino absorber casi el 80% de todas las exportaciones energéticas estadounidenses

Foto: La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, estrecha la mano del presidente de EEUU, Donald Trump. (EFE/Fred Guerdin)
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, estrecha la mano del presidente de EEUU, Donald Trump. (EFE/Fred Guerdin)

El acuerdo se anunció desde un campo de golf en Escocia, pero lo más insólito no fue el escenario. En el marco del nuevo tratado comercial revelado el pasado domingo entre Estados Unidos y la Unión Europea —que establece aranceles del 15% para el bloque— Donald Trump proclamó con una sonrisa triunfal que los Veintisiete se habían comprometido a adquirir 750.000 millones de dólares (650 millones de euros) en recursos energéticos estadounidenses durante los próximos tres años. Para el presidente, se trata de un pacto histórico; para cualquier experto en la materia al que pregunten, una fantasía.

Para cumplir esas condiciones, la UE tendría que gastar 250.000 millones de dólares (217.000 millones de euros) al año en petróleo, gas natural licuado (GNL) y tecnología nuclear procedente de Estados Unidos. Eso no solo supondría triplicar sus importaciones actuales, que el año pasado ascendieron a 75.000 millones de dólares (65.000 millones de euros), sino absorber casi el 80% de todas las exportaciones energéticas estadounidenses. En 2024, según la Agencia de Información Energética de EEUU, el total exportado a nivel global fue de 318.000 millones de dólares (275.000 millones de euros).

Fuentes del sector gasístico español afirman a El Confidencial que el plan es, como mínimo, poco realista. “Son castillos en el aire. En 2024, según el Census Bureau de Estados Unidos, las exportaciones de gas natural a la UE apenas alcanzaron los 13.000 millones de euros. ¿Cuánto habría que multiplicar eso para llegar a las cifras que plantea el acuerdo?”, plantea una de ellas. “Es simplemente una cuestión de volúmenes. Físicamente, a priori, la propuesta está ni sujeta con palillos”, remata.

“Las cifras son delirantes”, resumía, por su parte, Laura Page, analista de Kpler, a Politico. Según sus cálculos, incluso si la UE redirigiera toda su capacidad de compra hacia Estados Unidos, seguiría quedándose corta.

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La mayor parte del gas natural y el petróleo que importan los países europeos está atado a través contratos a largo plazo, firmados con antelación con proveedores de todo el mundo. Estos acuerdos garantizan estabilidad de suministro y precios relativamente previsibles, pero también imponen penalizaciones severas en caso de ruptura. Reorientar esas compras hacia Estados Unidos, como pretende Trump, implicaría incumplir compromisos legales vigentes y enfrentarse a múltiples indemnizaciones multimillonarias.

El cambio de proveedores, advierte una fuente del sector, “pondría el mercado energético global patas arriba”. Tanto Estados Unidos como la Comisión Europea insisten en que un aumento del volumen de GNL estadounidense permitiría reemplazar el gas ruso, pero la escala del acuerdo va mucho más allá. En 2024, la Unión Europea pagó unos 21.600 millones de euros en compras directas de combustibles fósiles a Moscú. Esa cifra representa apenas una séptima parte del gasto adicional anual que los Veintisiete habrían prometido ahora a Washington. “Ya no sería una cuestión de sustituir el gas ruso, tendríamos que sustituir a Noruega, Argelia, Qatar… Es complicado hasta pensarlo”, añade la fuente.

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Además, gran parte del giro hacia Estados Unidos que ansía Trump ya se ha producido en los últimos años. En 2024, EEUU fue el primer proveedor de petróleo de la Unión Europea y cubrió cerca del 45% de sus importaciones de GNL. Pero aumentar el volumen hasta las cifras que plantea Trump chocaría con límites físicos difíciles de sortear. Las refinerías europeas no pueden procesar más que una proporción limitada del crudo ligero estadounidense y muchas de las terminales de regasificación ya operan al máximo de su capacidad.

El cuello de botella también está del lado estadounidense, dado que sus terminales de licuefacción trabajan prácticamente sin descanso. Es cierto que existen múltiples proyectos en marcha para ampliar la capacidad de exportar GNL, pero ni siquiera con ellos sería suficiente. “Se puede añadir capacidad”, indica Jacob Mandel, analista jefe de Aurora Energy Research, en declaraciones a Reuters. “Pero si hablamos de la escala necesaria para cumplir esos objetivos, entonces no es realmente viable”, agrega.

Las cifras son tan difíciles de asimilar que, desde el lado europeo, la mayoría de los expertos interpretan el pacto más como una concesión táctica que como una hoja de ruta energética. “El acuerdo aún no se ha publicado —hasta donde yo sé—, pero debería hacerlo antes del 1 de agosto, fecha en la que habría entrado en vigor la amenaza del arancel del 30%”, señala a El Confidencial Phuc-Vinh Nguyen, director del Centro de Energía del Institut Jacques Delors. “Por ahora, los comentarios sobre los 750.000 millones de dólares se basan únicamente en declaraciones, sin detalles concretos”.

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Porque, en el fondo, la razón por la que la UE no puede garantizar estas inversiones es muy simple: no son los Estados los que deciden cuánto comprar ni a quién. Son empresas privadas, regidas por contratos, precios y lógica de mercado, sin importar lo que se haya prometido en campo de golf alguno.

“Hay una cuestión más de fondo que desde el sector hemos señalado: son las compañías privadas las que compran, no los Estados. La gran pregunta es cómo pretende la UE que esas empresas, que se deben a los resultados y a sus accionistas y que tienen la obligación de buscar el suministro más conveniente, aumenten sus compras de forma exponencial, como plantea el acuerdo”, apunta una fuente del sector.

Es por ello que el acuerdo puede significar algo muy distinto para Estados Unidos que para la Unión Europea. Para la Casa Blanca, se trata de un compromiso político contundente. Según la ficha informativa publicada por la administración Trump, la UE se habría comprometido en firme a esos 250.000 millones de dólares al año. Pero en Bruselas, el grado de compromiso es mucho más difuso. La Comisión Europea, que negoció el acuerdo en nombre de los Veintisiete, carece de competencias para decidir cuánto, qué tipo y de qué origen debe ser la energía que adquieren los Estados miembros o sus empresas.

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La cifra anunciada es, como han admitido desde el Ejecutivo comunitario, una “indicación” basada en las necesidades energéticas que afrontará la UE en los próximos años para sustituir los combustibles fósiles rusos. Es importante recordar que la Comisión Europea no compra ninguna de estas materias primas, y que el Gobierno de Estados Unidos tampoco las vende”, subrayó un portavoz comunitario al pronunciarse sobre el acuerdo. “Todas son decisiones comerciales tomadas por empresas: las empresas que compran y las empresas que venden”, recordó.

No sería la primera vez que una cifra inflada sirve más para decorar un anuncio político que para orientar una política real. En su primer mandato, Trump ya utilizó una táctica similar con China al firmar en enero de 2020 el llamado acuerdo de “Fase Uno”, que incluía una promesa por parte de Pekín de comprar 200.000 millones de dólares adicionales en productos estadounidenses en dos años. Para sorpresa de pocos, aquella meta jamás se materializó.

Al final, la cifra mágica parece decir más sobre la imagen que quiere proyectar Trump que sobre la realidad material. “Este anuncio refleja el deseo de Trump de imponer su estrategia de dominación energética al mundo —y, por tanto, a la UE—, aprovechando el aumento de la extracción de combustibles fósiles en suelo estadounidense”, apunta Phuc.

El acuerdo se anunció desde un campo de golf en Escocia, pero lo más insólito no fue el escenario. En el marco del nuevo tratado comercial revelado el pasado domingo entre Estados Unidos y la Unión Europea —que establece aranceles del 15% para el bloque— Donald Trump proclamó con una sonrisa triunfal que los Veintisiete se habían comprometido a adquirir 750.000 millones de dólares (650 millones de euros) en recursos energéticos estadounidenses durante los próximos tres años. Para el presidente, se trata de un pacto histórico; para cualquier experto en la materia al que pregunten, una fantasía.

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