Von der 'Rutte', de la OTAN a los aranceles: Europa prueba la efectividad del 'vasallaje' con Trump
La Unión Europea acepta un acuerdo que eleva los aranceles al 15%, y lo hace siguiendo una estrategia de intentar siempre agasajar al presidente de Estados Unidos
El presidente de EEUU, Donald Trump, estrecha la mano de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, tras el anuncio de un acuerdo comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea. (Reuters/Evelyn Hockstein)
Cuando Mark Rutte, secretario general de la OTAN, llamó daddy a Donald Trump, presidente de Estados Unidos, a muchos en Europa se les erizó la piel. El holandés, al que se le conocía como el "susurrador de Trump" y al que escogieron precisamente para que gestionara la relación de la Alianza Atlántica con Washington en tiempos muy turbulentos, hacía lo que tenía que hacer a sus ojos: mantener a Trump comprometido con la alianza militar. Su honor quedaba en un segundo plano. Desde dentro de la organización era visto casi como un sacrificio por el bien mayor de mantener a EEUU anclada a la OTAN. Desde fuera aquello se vio como un acto de vasallaje.
Un mes después, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha adoptado, a su modo, de forma más sobria, más germana, la estrategia de Rutte con el objetivo de garantizar un acuerdo con la administración estadounidense para el establecimiento de aranceles del 15% y evitar así el aumento de los gravámenes comerciales al 30% a partir del 1 de agosto. Algo que en palabras de Maros Sefcovic, comisario de Comercio, habría hecho "imposible" la relación comercial transatlántica. Tras meses de negociaciones, de vaivenes negociadores, de amenazas varias, los Estados miembros no tenían ningún apetito de una larga negociación con incertidumbre permanente sobre el nivel de gravámenes comerciales a los que podrían estar sujetas sus empresas. Querían certidumbre, aunque el acuerdo fuera peor.
La presidenta de la Comisión se trasladó a Escocia este pasado domingo, donde Trump se encontraba jugando al golf para estrenar un nuevo campo de una de sus propiedades allí, para cerrar un pacto comercial que se había ido cocinando durante meses. Toda la coreografía, desde el movimiento de acudir a suelo escocés, tuvo un cierto aire a lo que tuvo que hacer Rutte, mezclado con la estrategia que siguió Friedrich Merz, canciller alemán, para sobrevivir al Despacho Oval: mejor no decir nada, mantener la mirada fija en un punto indefinido del fondo de la habitación y evitar a toda costa provocar a Trump.
La idea es que al presidente de Estados Unidos hay que tratarlo siempre como si fuera la persona más brillante e inteligente del mundo. Al comenzar el encuentro, Von der Leyen destacó que Trump era un negociador "duro" y exitoso, palabras que gustan al presidente estadounidense, que añadió por su parte que, además, era "justo". Y luego, mientras el magnate respondía a decenas de preguntas durante más de 20 minutos, ella se mantuvo en silencio en todo momento, evitando hacer ningún comentario, ningún gesto, nada que pudiera hacer descarrilar lo que ya estaba prácticamente cerrado, por mucho que Trump dijera que había un 50% de posibilidades de acuerdo. Ni en eso le llevó la contraria Von der Leyen.
Al terminar el encuentro, Von der Leyen mantuvo esta estrategia. Mientras Trump leía las condiciones del acuerdo, la alemana se mantuvo en silencio. 750.000 millones en compras de energía, 600.000 millones en nuevas inversiones y aumento sustancial de las compras de material militar, además de aceptar el 15% de aranceles por el lado estadounidense, sin tomar ninguna represalia. Durante más de una hora, solamente existió esa versión, mientras la alemana y su equipo negociador, se hacían una foto junto al lado estadounidense, todos con el pulgar hacia arriba, en un gesto típico de Trump. La única que no lo hacía era la directora general de Comercio, la alemana Sabine Weyand, que no ha estado totalmente alineada con la estrategia de la presidenta de la institución.
Von der Leyen solamente habló casi a las ocho y media de la tarde, sin que su equipo hubiera ofrecido ningún dato concreto sobre el acuerdo. Y cuando habló, mantuvo la estrategia de evitar entrar al choque ni rebatir la narrativa impuesta por Trump. "Quiero agradecer personalmente al presidente Trump su compromiso y liderazgo para lograr este avance. Es un negociador exigente, pero también sabe hacer acuerdos", señaló. Todo lo que hizo la alemana fue mostrarse, visiblemente nerviosa, a la defensiva. "El 15% —los efectos de esos aranceles— no debe subestimarse, pero es lo mejor que pudimos conseguir", explicó la presidenta.
"No debemos olvidar dónde estaríamos el 1 de agosto. Habríamos estado al 30%", explicó Von der Leyen, cuyo equipo ha decidido en los últimos meses seguir una estrategia en la que las represalias, la respuesta de la UE a los aranceles estadounidenses, ha ido perdiendo fuerza. Solamente al final, con el objetivo de acelerar las conversaciones, tanto en el Ejecutivo comunitario como a nivel de los Estados miembros se empezó a plantear la posibilidad de poner sobre la mesa represalias mucho más duras, con el objetivo de disuadir a EEUU de probar suerte con nuevas amenazas que hicieran descarrilar el pacto que había sobre la mesa. Los críticos, desde académicos a diplomáticos y políticos, consideran que esa división entre este mal acuerdo o la guerra comercial total es una trampa. Que de haber negociado de otra manera se podrían haber tenido más opciones sobre la mesa.
Solamente al día siguiente del acuerdo, el lunes, la Comisión Europea ha intentado marcar límites a esa estrategia de vasallaje a Trump, y lo ha hecho a nivel de fuentes comunitarias, no en público. "Nosotros no estamos pagando nada a EEUU, son los consumidores estadounidenses los que lo van a pagar", señaló una fuente de las negociaciones, mientras otra explicaba que el coste de los aranceles será de unos 80.000 millones de euros anuales, aunque dependerá de si se mantienen los niveles de exportaciones actuales. Un mensaje que podría haber explicado Von der Leyen en público, pero que se ha evitado. Las fuentes también explicaron que los compromisos de aumento de inversión en EEUU, de aumento de compras de energía o de material militar, la Comisión tampoco tiene realmente control sobre ello.
La estrategia es clara: a nivel público, tanto Von der Leyen como Sefcovic tienen un trabajo similar al de Rutte. La labor poco gratificante de apaciguar a Trump. A nivel privado, se trata de intentar reducir el impacto de las cesiones que se tienen que hacer en esa estrategia de apaciguamiento permanente. Existen alternativas, o al menos existieron. Otros en el pasado, como Jens Stoltenberg, el noruego que fue secretario general de la OTAN antes de Rutte, aprendieron a manejar a Trump sin necesidad de agasajarlo demasiado en público.
EEUU y la UE evitan una guerra comercial al pactar aranceles del 15% a productos europeos
El problema es que, al menos hasta ahora, no se ha comprobado la efectividad de esta estrategia. Uno de los miedos más expresados en las últimas horas en Bruselas es hasta qué punto el acuerdo es sólido, hasta qué punto uno puede confiar en que la administración Trump vaya a respetar el pacto. Y en sí se habrán quemado demasiadas naves negociadoras, si hay que volver a sentarse a la mesa.
Cuando Mark Rutte, secretario general de la OTAN, llamó daddy a Donald Trump, presidente de Estados Unidos, a muchos en Europa se les erizó la piel. El holandés, al que se le conocía como el "susurrador de Trump" y al que escogieron precisamente para que gestionara la relación de la Alianza Atlántica con Washington en tiempos muy turbulentos, hacía lo que tenía que hacer a sus ojos: mantener a Trump comprometido con la alianza militar. Su honor quedaba en un segundo plano. Desde dentro de la organización era visto casi como un sacrificio por el bien mayor de mantener a EEUU anclada a la OTAN. Desde fuera aquello se vio como un acto de vasallaje.