Las capitales se revuelven con el pacto arancelario: "Trump se ha desayunado a Von der Leyen"
A lo largo de estos agónicos meses de negociación centrados en evitar una guerra comercial, Francia ha sido el país que ha abogado por encarar las conversaciones desde una posición más firme y dura
EEUU y la UE evitan una guerra comercial al pactar aranceles del 15 % a productos europeos. (EFE/Comisión Europea/Fred Guerdin)
Nadie en Bruselas ni en las capitales es capaz de catalogar el reciente acuerdo arancelario rubricado en un campo de golf en Escocia como un buen acuerdo. Cuando Donald Trump regresó a la Casa Blanca, tenía muy claro cuál sería su estrategia para Europa: divide y gravarás (con impuestos). La Comisión Europea acaba de aceptar un doloroso arancel del 15% sin obtener apenas concesiones desde el otro lado del Atlántico. Francia encabeza el malestar de la UE, con lo que muchos definen como una capitulación; España se pone de perfil; y Alemania e Italia lo aplauden con cautela.
A lo largo de estos agónicos meses de negociación centrados en evitar una guerra comercial, Francia ha sido el país que ha abogado por encarar las conversaciones desde una posición más firme y dura. Emmanuel Macron hacía ojitos al mecanismo anti coerción, bautizado como el arma nuclear, porque contempla medidas brutales como restricciones a las importaciones y exportaciones o la limitación de empresas norteamericanas en Europa. Este instrumento —jamás usado— se creó precisamente durante el primer mandato del presidente republicano con un objetivo disuasorio. Pero los europeos nunca han coqueteado con él, ni siquiera con el fin para el que fue concebido.
Ha sido la posición abanderada por Alemania la que se ha impuesto. La locomotora germana es ante todo una economía exportadora y, a diferencia de París, quería un acuerdo a toda costa. Las críticas al acuerdo Von der Leyen-Trump llegan desde muchos lugares del continente, pero arriban con especial firmeza desde la Quinta República. "Es un día sombrío cuando una alianza de pueblos libres, reunidos para afirmar sus valores y defender sus intereses, se resigna a la sumisión", ha cargado François Bayrou, primer ministro francés.
La batalla arancelaria deja muchas lecturas e implicaciones en suelo comunitario. Pocas son halagüeñas. La UE, que no es una potencial militar ni geopolítica, pero sí una comercial, era una de las pocas que podía poner en aprietos a Trump. La relación comercial Washington-Bruselas es la mayor del mundo. No es casualidad que el magnate se refiriese al acuerdo con la Unión como "el mayor de todos".
EEUU y la UE evitan una guerra comercial al pactar aranceles del 15% a productos europeos
Eurodiputados, ex primeros ministros o miembros del Gobierno galo no se han mordido la lengua. "Es una admisión de debilidad: debilidad en la posición negociadora, debilidad en el deseo de reindustrialización, debilidad en la ambición de existir en las nuevas tecnologías. Y, sobre todo, una debilidad estratégica a la hora de mantener un equilibrio de poder, apoyándose en lo que se supone es el activo último de la Unión Europea: su mercado único y su poder comercial. Esta debilidad no es inevitable. Es el resultado de malas decisiones que no garantizan ni la soberanía ni la prosperidad del continente y sus Estados", ha afirmado Michel Barnier, ex comisario y fugaz primer ministro.
Dominique de Villepin ha ido más allá apelando de forma irónica a que el 27 de julio de 2025 pase a ser el Día de la Declaración Europea de Dependencia. El que fuera primer ministro entre 2005 y 2007 advierte que es "ilusorio" creer que "Donald Trump detendrá aquí sus reivindicaciones contra una Europa cuya soberanía desprecia". Alerta de que los futuros presidentes norteamericanos no tendrán ningún incentivo en retirar aranceles sin compensaciones extras. Joe Biden mantuvo muchas de las controvertidas decisiones de su antecesor.
El pacto escocés escuece en una Europa que acepta a la fuerza un arancel del 15% unilateral, un compromiso de comprar energía yankee por valor de 750.000 millones de dólares, de invertir 600.000 millones más en el país y de acelerar la compra de armas 'Made in USA'. El ministro francés para Asuntos Exteriores, Benjamin Haddad, resume el ambiente que se respira en su país: define el acuerdo como "desequilibrado" y la situación actual de negociaciones a punta de pistola como "insatisfactoria e insostenible". "Ursula von der Leyen niega lo obvio: este acuerdo es malo. Malo para el clima, malo para nuestra autonomía estratégica, malo para nuestras empresas. La Unión Europea podría haber mostrado su fuerza, pero ha cedido", critica la eurodiputada que fue mano derecha de Macron en Europa, Nathalie Loiseau.
Mucho alivio, poca celebración
La UE comenzó la negociación con Trump ofreciendo aranceles del 0% a todos los productos en ambos bloques, pánico con la amenaza de gravámenes del 30%, asumió el 10% al estilo británico y ha terminado aceptando un 15%. La pregunta que nadie responde es la de si es un buen acuerdo. El consenso que se acepta con resignación es que ha sido el único posible en circunstancias muy complicadas. Alemania e Italia celebran con boca pequeña el control de daños. Friedrich Merz aplaude que se haya evitado "una innecesaria escalada en las relaciones comerciales transatlánticas". Bélgica habla de "alivio" pero "no de celebración". En España, Pedro Sánchez respalda el acuerdo comercial, pero lo hace "sin ningún entusiasmo". Países Bajos es de los pocos que ha agradecido los esfuerzos de la Comisión para "garantizar el mejor resultado posible para las empresas y consumidores europeos".
En Hungría, Viktor Orbán no ha perdido la ocasión para pedir la dimisión de Ursula von der Leyen. "Esto no ha sido un trato. Trump se ha desayunado a Von der Leyen. Él es un negociador fuerte; ella, una negociadora de peso pluma. Será difícil presentar el acuerdo entre la UE y EEUU como un éxito", ha señalado en una radio local.
Las capitales se camuflan bajo las críticas a la Comisión, pero el mandato de los líderes europeos al Berlaymont era cristalino: evitar una guerra comercial. También fueron ellos mismos los que descafeinaron la lista de represalias propuesta por el Ejecutivo comunitario pidiendo sacar artículos sensibles para sus comercios nacionales. Las negociaciones de estos meses —al más estilo Trump— no se sustentaban sobre una base técnica o fáctica, han sido pura política, como ya ocurrió con el 5% del gasto militar.
Los europeos tienen la sensación de navegar solos por unas reglas multilaterales que se han desmoronado y que ya nadie hace suya. Y de nuevo, el contexto geopolítico les pilla con el paso cambiado. El bloque arrastra los pies. Mantiene la actitud reactiva y navega el nuevo desorden global estrechando sus dependencias de seguridad, energéticas o económicas. Todo lo que prometieron no hacer cuando aseveraban que estaban más preparados que nunca para lidiar con el regreso de Trump.
Nadie en Bruselas ni en las capitales es capaz de catalogar el reciente acuerdo arancelario rubricado en un campo de golf en Escocia como un buen acuerdo. Cuando Donald Trump regresó a la Casa Blanca, tenía muy claro cuál sería su estrategia para Europa: divide y gravarás (con impuestos). La Comisión Europea acaba de aceptar un doloroso arancel del 15% sin obtener apenas concesiones desde el otro lado del Atlántico. Francia encabeza el malestar de la UE, con lo que muchos definen como una capitulación; España se pone de perfil; y Alemania e Italia lo aplauden con cautela.