"Los han matado a todos": dentro de la fortaleza donde se decide el futuro de Siria
Las casas saqueadas, el hospital convertido en morgue y los cientos de muertos de los últimos días han vuelto a muchos en la región de mayoría drusa contra los beduinos y las fuerzas islamistas del Gobierno
Fotografía aérea de Sueida durante los choques entre las facciones drusas y las fuerzas de Damasco. (Moawia Atrash)
Quien entre ahora a Sueida desde la provincia vecina de Deraa sentirá que está cruzando una frontera internacional. Del lado ‘sirio’, un puesto de control de la Seguridad General –la policía militar del gobierno– despide a los que salen de la parte del país controlada por Ahmed al-Sharaa, el actual presidente después de que su grupo Hayat Tahrir al-Sham (HTS) y otras facciones islamistas derrocaron a Bashar al-Asad el pasado diciembre.
Después del checkpoint, siete kilómetros de tierra de nadie le sirven para hacer cola a unos cien camiones de la Media Luna Roja y los Cascos Blancos. La ayuda humanitaria entra con cuentagotas en una región totalmente aislada del resto del país. La causa: las desavenencias entre las autoridades locales y Damasco, que exige que sus hombres armados escolten la entrada de comida, medicamentos y combustible.
Al final de la carretera, la bandera de una minoría religiosa que se siente bajo peligro en el resto de Siria pero que aquí es mayoría: los drusos. "Bienvenidos a Sueida", saluda un combatiente a la llegada a la provincia, que desde este mes de julio se siente menos siria y más drusa. Otros cinco compañeros descansan a la sombra de las cinco franjas horizontales del estandarte: una verde, una roja, una amarilla, una azul y una última blanca. Algunos llevan la bandera pegada al cañón de la metralleta.
Poco importa ya quién pertenecía hasta ahora a qué milicia local, si al Consejo Militar vinculado a Israel, a la Brigada de la Montaña o a los Jeques de la Dignidad que buscaban integrarse en el ejército del nuevo gobierno sirio. Ahora todos los milicianos drusos son combatientes al servicio de su tierra. Los pocos hombres que no estaban armados se han colgado una escopeta al hombro. Un joven matemático con miedo a decir su nombre cuenta que, desde que cayó Al Asad, ha trabajado como voluntario en una asociación para la pacificación de las distintas comunidades religiosas en Siria. Insiste en que no se sepa cuál. "He cogido este arma por miedo. La odio y siento vergüenza: toda mi ideología se basa en el diálogo y el rechazo a la violencia. Pero es cuestión de autodefensa", asevera.
Muchos aquí ven el nuevo Estado sirio como una amenaza. El 14 de julio, cuando Al Sharaa desplegó a su policía militar en Sueida para intervenir en un enfrentamiento entre las milicias drusas y la minoría beduina local, se abrió también una guerra entre las primeras y las fuerzas de seguridad nacionales.
Los drusos recibieron a las autoridades con resistencia, les tendieron emboscadas y mataron a más de 438 agentes. Por su parte, los hombres de Damasco, muchos de ellos islamistas radicales que dieron a la ofensiva en Sueida un cariz religioso y sectario, dirigieron sus ataques al grueso de la población drusa. Maquinillas para afeitar el bigote típico de los jeques locales, ejecuciones al grito de "Dios es grande" o comentarios como "todos los drusos moriréis" fueron algunas de las violaciones verificadas por El Confidencial.
Fuerzas de seguridad sirias permanecen junto a los terraplenes de tierra erigidos para impedir que las fuerzas tribales avancen hacia las aldeas drusas en Sueida. (Maowia Atrash/dpa)
El 16 de julio, cuando Al Sharaa retiró sus tropas, más de 50.000 miembros de 42 tribus beduinas distintas se movilizaron y lanzaron una nueva campaña contra Sueida. El propósito no estaba claro. Liberar a los rehenes tomados por los drusos, decían algunos en el frente de Bóser al-Harir, ya en la provincia de Deraa. "Acabar con todos esos cerdos", reivindicaba Osama Haj Abdulá, que se desplazó desde su aldea en el desierto de Der ez-Zor con una maquinilla de afeitar dorada en el bolsillo de su chaleco antibalas. Desde una furgoneta, otros gritaban: "Sueida es solo para los musulmanes".
En total, unos 533 combatientes drusos y más de 300 civiles murieron a manos de las fuerzas gubernamentales y de hombres armados beduinos entre el 13 y el 21 de julio, según el Observatorio Sirio por los Derechos Humanos. No ayudó la intromisión de Israel, que desde el comienzo de la crisis atacó con sus drones y sus aviones de guerra las posiciones de la Seguridad General y de los combatientes beduinos con la justificación de defender a los drusos. El ejército de Benjamín Netanyahu llegó a bombardear la sede del Ministerio de Defensa en Damasco y mató a un total de 37 sirios. Pero, sobre todo, la intervención israelí ahondó la brecha entre los drusos y muchos sirios que los veían ya como traidores.
Después de aquellos ocho días negros, y con el tercer alto el fuego en menos de una semana aún en vigor, pocos en Sueida se atreven a salir de sus casas. En la ciudad que da nombre a la provincia, quien lo hace tiene que sortear coches quemados en mitad de la carretera, cadáveres cubiertos de tierra y cristales que siguen desprendiéndose de los escaparates vandalizados.
Alguien grita desde el balcón: "Enseñad, enseñad lo que nos han hecho". Segundos después, de un portal agujereado por las balas de los últimos días sale una mujer de negro. Enseña un vídeo en el que se veía a un agente de Damasco con un blasón del Estado Islámico disparar desde esta misma calle. "No me queda nadie. Los han matado a todos. Han destrozado esta ciudad y han destrozado mi vida", llora. Amal Mezher, que como muchos en este rincón de Siria emigró de joven a Venezuela en busca de una mejor vida, añade: "El gobierno es Dáesh, es el mismo Estado Islámico. Nos están cazando a las minorías. Somos un trofeo para ellos, y piensan que si nos matan entran al paraíso", susurra.
Los ataques llegaron hasta la plaza de la Dignidad, el corazón de Sueida, donde en 2023 se celebraron protestas masivas contra el régimen de Al Asad. En el centro de la plaza, un quiosco guarda aún la imagen de Jaldún Zeineddín, el primer druso que desertó del ejército anterior y se unió a los rebeldes sirios.
El póster de Zeineddín, que murió joven y mártir a manos del bando del que había huido, se disputa ahora el protagonismo con un cartel mucho más grande, visible a leguas, que reza: "Paz para todos los sirios". Entre las palabras "todos" y "sirios", alguien ha pegado una fotografía del jeque Hikmat Al-Háyari, uno de los tres jeques ‘de la razón’ de la ciudad. Al-Háyari, que desaprobó las rebeliones de las milicias locales contra Asad hasta casi el final de la guerra civil, es ahora la voz de aquellos que ven al nuevo gobierno como "un grupo de bandas extremistas similares al Estado Islámico", según pronunció él mismo en abril.
El jeque, con una autoridad que cada vez es más política que religiosa, es partidario de una región autónoma para los suyos y tiene una relación estrecha con Mowáfaq Tarif, líder de la comunidad drusa en Palestina y colaborador consagrado del proyecto sionista. Después de esta ofensiva, su liderazgo y la figura de Israel como protectora de esta minoría religiosa han ganado terreno aquí.
Si hasta ahora el emblema de Sueida era la plaza de la Dignidad, ahora lo es el hospital nacional. En este edificio revestido del basalto que tiñe de negro los campos de la región, se han acumulado en las últimas semanas cientos de cadáveres. La abrumadora mayoría drusos, pero también de combatientes beduinos e integrantes de la Seguridad General. "Dejamos de contar a partir de los 500 [cuerpos]", afirma Nasim, enfermero.
El hospital, aislado como el resto de Sueida del suministro de electricidad nacional, alberga aún el olor de cientos de cadáveres apelotonados durante días bajo el sol de julio y sin refrigeración. El suelo lo cubre ahora una capa resbaladiza de sangre seca. Sobre ella, las moscas buscan algo que comer en cada zapato desprendido de un cuerpo.
Combatientes beduinos y tribales se reúnen en la ciudad de Sueida mientras el humo se eleva de casas incendiadas. (Moawia Atrash/dpa)
Máyid Shuyá estuvo en el hospital nacional de Sueida la semana en la que se convirtió en una morgue. Escondido en su garita, el portero asegura haber visto entrar cadáveres de bebés y ancianos. Durante tres días, la policía militar de Damasco llegó a asediar el edificio: "Entraron con vehículos pesados y empezaron a disparar sin objetivo. Muchos eran sirios, otros eran chechenos o de Asia Central. Oí cómo violaban a mujeres, cómo nos llamaban ‘cerdos’", recuerda Máyid.
Los impactos de bala en la planta baja corroboran que el hospital ha sido también un frente en esta batalla. En él sigue ingresada Sham, de 12 años, a la que su padre, enfermero, trajo al centro de salud porque pensaba que sería un buen refugio. Cuando la contienda se extendió al hospital, la familia huyó de nuevo a su casa en el centro de Sueida. El 17 de julio, una vez aprobado el primero de dos acuerdos de alto el fuego que luego resultaron fallidos, Sham se asomó al balcón. Vio a un combatiente, lo saludó pensando que era druso y él disparó contra ella. La niña volvió al hospital en medio de la masacre, esta vez con los intestinos agarrados en sus manos. Aún no ha vuelto a hablar, pero su mirada solo transmite miedo.
A las puertas del centro de salud se repite la misma imagen que se vio en las cárceles de Asad los días posteriores a la caída del régimen. Decenas de personas se acercan al edificio donde se guardaron los cuerpos en bolsas blancas sin haber sido identificados. Preguntan a diestro y siniestro: "¿Alguien ha visto a esta persona?". Los familiares de los muertos se apoyan en el día que llegaron los cuerpos de sus allegados o en la ropa que llevaban puesta en aquel momento para intentar encender la bombilla de alguno de los trabajadores. Pero nadie sabe dar respuestas.
"Esto ha sido demasiado. Nunca podremos reconciliarnos", sentencia Máyid, el portero. La madre de Sham, Rasha, habla a los pies de la camilla de su hija, decorada con cojines rosas y peluches de Hello Kitty: "No tenemos por qué aguantar esto. Luego nos llaman traidores y separatistas, pero hay que entender que si nos están atacando e Israel dice que nos va a proteger, tengamos la esperanza de que [Benjamín] Netanyahu nos libre de este infierno".
Bashar Srewe, miembro del Movimiento Político Joven, una organización que aboga por la integración de todos los sirios bajo la misma bandera, el mismo gobierno y el mismo ejército, lamenta que toda la sangre derramada este verano solo vaya a servir para separar aún más a Sueida del resto del país. "Nos están poniendo a prueba. Y me temo que esta vez la gente no va a saber decir que no. Para mí, Israel es la peor opción. La solución ha de ser siria. Pero, después de cincuenta años de penurias, la gente tiene el modo de supervivencia encendido. Buscan cualquier cosa que les salve, ya puede ser el diablo", sentencia Srewe. "Cualquier cosa", insiste.
Algunos en Sueida buscan ahora cobrarse el daño de estos días con sangre musulmana. Los beduinos, que son la principal minoría de la región, viven igual de aterrorizados que sus vecinos drusos. Las milicias leales a Al-Háyari han violado igualmente los derechos de los musulmanes de Sueida, y han matado a al menos una decena de ellos. Por el momento, más de 140.000 personas han sido desplazadas internamente y desde que se aprobó el tercer alto el fuego –el que sigue ahora en vigor– se ha abierto un corredor humanitario para familias musulmanas que huyen de los actos de venganza de las milicias drusas.
En el Hotel Turístico de Sueida, un alto mando de la Brigada de la Montaña recibe decenas de familias musulmanas cada día. Lo que El Confidencial vio allí sugiere que las milicias drusas están forzando el desplazamiento de los habitantes beduinos de Sueida. Van a sus casas, los recogen y los dejan en la sala de fiestas anexa al hotel hasta que un convoy no oficial los lleva a la frontera con Deraa. Durante todo el proceso están privados de sus teléfonos móviles. "Tenemos miedo" es lo único que arriesga a decir Mohamed el Naas, padre de cinco, en el hotel donde hombres armados custodian a su familia y otras cincuenta.
En Sueida y en su frontera con Deraa, aún no se sabe adónde llevará esta tregua. Todos saben que es frágil: desde el norte de la ciudad drusa se siguen oyendo cada día disparos de los combatientes beduinos que no han dado esta guerra por terminada. Desde Bóser al-Harir, el último pueblo de Deraa, intentan entrar a Mazraa y Walgha, dos aldeas que hasta este mes eran de mayoría drusa y que ahora están bajo control gubernamental. "Mi pueblo ya no existe", lamenta Alaa, un joven druso que en mitad del combate huyó de Mazraa a Sueida capital. Los que, como él, no han aprendido a convivir con las ametralladoras como ruido de fondo, preguntan al que viene de fuera: "¿Qué van a hacer con nosotros?".
Familias sirias beduinas desplazadas residen en una escuela en la aldea de Jbab, al oeste de Daraa. (Maowia Atrash/dpa)
Muchos beduinos desplazados tampoco saben adónde irán a parar. La mayoría duda que vaya a volver a sus pueblos en el oeste de la provincia de Sueida o al barrio de Al-Maqwas de su capital, donde ha vivido históricamente la minoría musulmana. "Les está obligando Al-Háyari [a irse]. Quiere cambiar la demografía de Sueida y eso es muy peligroso", indica Mohamed al Rifai, un voluntario que en los últimos días ha recibido a más de 600 personas en el centro médico del pueblo fronterizo de Umm Walad, ya en la provincia de Deraa.
Mientras el alto el fuego aguanta, la frontera entre Sueida y el resto de Siria se consolida. En Bóser al-Harir siguen estacionados miles de beduinos armados venidos de tribus de toda Siria. Detrás de un puesto de control de la Seguridad General siria, esperan aún una autorización que les permita volver a la lucha. Algunos se niegan a abandonar el frente hasta que "se haga justicia con las muertes beduinas", dice Osama, con la maquinilla aún en el chaleco y con la cara cansada de llevar dos semanas acampado en los campos de basalto del sur.
Otros han llegado a franquear los checkpoints para entrar a Mazraa y dirigirse a la ciudad de Sueida. "Se nos acaba la paciencia", expresa el combatiente beduino de Der ez-Zor. No regresará hasta que o ellos o la policía militar haga pagar a las milicias de Al-Háyari por toda la sangre beduina que, a su vez, los drusos derramaron en venganza por los suyos.
Quien entre ahora a Sueida desde la provincia vecina de Deraa sentirá que está cruzando una frontera internacional. Del lado ‘sirio’, un puesto de control de la Seguridad General –la policía militar del gobierno– despide a los que salen de la parte del país controlada por Ahmed al-Sharaa, el actual presidente después de que su grupo Hayat Tahrir al-Sham (HTS) y otras facciones islamistas derrocaron a Bashar al-Asad el pasado diciembre.