"El modelo social europeo está siendo cuestionado dentro y fuera de la UE"
El director del CIDOB y politólogo argumenta en su último libro que la situación actual aboca a la Unión Europea a una refundación. "Europa ha comenzado a hablar el lenguaje del poder, pero no es una superpotencia", afirma
Pol Morillas es politólogo y director del CIDOB, uno de los pocos think tank que interpreta desde España lo que ocurre en el mundo. Ha trabajado en instituciones como el Parlamento Europeo y el Consejo de la UE. En su último libro ( En el patio de los mayores), Morillas argumenta que la Unión Europea se ha despertado a una realidad muy hostil que nos aboca a una refundación como potencia geopolítica. En el continente se han consolidado dos grandes visiones políticas contrapuestas y en esa batalla se define nuestro futuro. Charlamos en un hotel de Madrid durante algo más de una hora.
PREGUNTA. En tu libro argumentas que Europa no tiene el poder real para ser una superpotencia, aunque tiene la pretensión de serlo. ¿Crees que somos como ese viejo hidalgo de las novelas de caballería que sigue fingiendo su importancia y ya no es nadie? ¿Cómo ha cambiado tan rápido la percepción de las cosas?
RESPUESTA. Europa antes tampoco disponía de los recursos para ser una potencia, pero tenía la primacía en cuanto a ideas y valores. Teníamos un gran peso en el mundo porque éramos los encargados de definir qué valores e ideas son las correctas. Otra cosa es que hayamos sido muy hipócritas al aplicar esos valores. En cualquier caso, las ideas estaban estructuradas en torno a la visión que Europa tenía del mundo. Ese paradigma ha cambiado, y ahora el poder de Europa se está fragmentado. Esto se nota especialmente en áreas clave como la tecnología o la defensa. Europa ha pretendido hablar el lenguaje del poder, pero ha empezado a hacerlo demasiado tarde, cuando ya no dispone de las herramientas necesarias. China y por supuesto Estados Unidos lo han hecho al revés. Primero han acumulado el poder demográfico, económico, comercial, militar y tecnológico… y luego han actuado como superpotencia. Europa ha comenzado a hablar el lenguaje del poder, pero no es una superpotencia. Excepto en el plano económico, no hemos logrado avanzar mucho al respecto. Por eso creo que estamos en el momento fundacional de la Europa geopolítica, el momento en que Europa es consciente de que necesita adaptarse a ese contexto cambiante.
'En el patio de los mayores', de Pol Morillas. (J. I R.)
P. Hay muchos impedimentos para que Europa logre articularse como una superpotencia al uso. La desunión, la falta de visión conjunta, esas cosas son evidentes. Pero creo que también hay un impedimento de fondo que a menudo no queremos mirar, y que nos hace muy diferentes respecto a China, incluso Estados Unidos. Los europeos no somos propensos a priorizar el tipo de inversiones que hacen poderosa a una superpotencia. China, que en teoría es un país comunista, utiliza la represión financiera y otros mecanismos para destinar capital a proyectos carísimos propios de una gran potencia en lugar de hacer que el dinero permee a la población y eleve el consumo. ¿Podemos convertirnos en una superpotencia sin sacrificar nuestro modelo de bienestar?
R. Desde luego no con los mismos recursos. Europa necesita hacer una apuesta decidida por ciertos ámbitos, para dotarse de los recursos necesarios para ampliar su agenda y sus capacidades, sobre todo a nivel europeo. Con un presupuesto del 1% del PIB europeo, es difícil hacer muchas cosas. Con la agricultura y los fondos de cohesión, ya está agotado. En el pasado, la revolución tecnológica y verde fueron los grandes motores. Ahora las prioridades podrían ser la defensa y la seguridad. Pero lógicamente el pastel no es infinito. Si no se generan nuevos recursos o no se asume deuda, será muy difícil mantener todo y ampliar con nuevas capacidades. Nuestro modelo está siendo cuestionado por todos lados. Estados Unidos asegura que el modelo social europeo se ha creado gracias a su apoyo militar. China, por su parte, dice que no es eficaz, porque ellos han sacado a millones de la pobreza y aquí las cosas no van mejor que hace décadas y genera malestar. Así que este modelo social europeo, que es el ADN de la Unión Europea, está siendo cada vez más arrinconado, tanto dentro como fuera de Europa. Lo que necesitamos es una fórmula que permita mantenerlo, pero también reforzar la capacidad de Europa para competir en otros frentes. En mi opinión, esto implica fortalecer la integración europea, reforzar los instrumentos fiscales y asegurar que los recursos sean utilizados de manera eficiente para que Europa pueda jugar en el ámbito global.
P. En el ámbito tecnológico también se ve con bastante claridad que nos hemos quedado atrás. No somos capaces de acumular la cantidad de capital necesario para invertir en apuestas tecnológicas. Quizá porque, de nuevo, nuestra prioridad no es esa y nuestro modelo no permite ese tipo de acumulaciones de riqueza. Y la inversión pública tampoco está resultando suficiente para competir.
R. El problema en Europa no es que tengamos mala ciencia, sino que nuestra capacidad para trasladar esa ciencia a la sociedad es insuficiente. Y no solo hablo de ciencia, sino también de su aplicación en el ámbito empresarial. Hay pocos canales para que esa innovación se quede en Europa. De hecho, tenemos una gran capacidad para generar ideas y avances, pero no tenemos las herramientas para retenerlos. En cuanto se produce un salto importante, la financiación viene de otros lugares, muchas veces de Estados Unidos. La gestación de las ideas puede ser europea, pero la falta de recursos y herramientas dificulta que tengamos el talento. No tenemos un mercado de capitales robusto en Europa. La unión económica está incompleta. Si lográramos corregir todo esto, no estaríamos tan lejos del modelo americano. Además, en este momento, hay mucho talento que está huyendo de Estados Unidos por las políticas de Trump, lo que podría representar una oportunidad para Europa.
P. En el libro dices que Europa ya tiene dos ideas maduras para proyectarse al mundo. Son dos visiones contrapuestas, pero comparten la aspiración de adaptarse a esta nueva realidad.
R. Hasta hace relativamente poco tiempo, la integración europea era vista como un proceso inevitable por la mayoría de las fuerzas políticas: liberales, verdes, centro-izquierda, centro-derecha. Pero eso empezó a generar rechazo, cristalizado en situaciones como el Brexit, porque no había un debate político profundo sobre lo que debería ser Europa. Pero las cosas ya no son así. Hoy existen fuerzas políticas dentro de Europa que siguen defendiendo la integración convencional, y otras que proponen reducir la Unión Europea a su mínima expresión, devolviendo poderes a las naciones y transformando Bruselas en una mera coordinación laxa. Este modelo, el de Europa de los Patriotas, se ha sofisticado como contrapeso a la idea convencional de la integración europea. Como digo, la maduración política está en marcha, y los resultados de las elecciones en los distintos países muestran que estas dos ideas tienen fuertes apoyos. Estamos ante una verdadera batalla entre dos ideas diferentes sobre Europa. Yo, personalmente, espero que la primera receta, la de la integración, nos permita afrontar los retos internacionales. Pero para que eso sea posible, debemos completar nuestros esfuerzos y convencer de que la fragmentación no nos llevará a un mejor futuro. Si realmente queremos una Europa geopolítica, el debate fundacional ya ha empezado.
P. Una de las críticas que más está calando sobre el funcionamiento de la Unión Europea es el exceso de regulación. ¿Qué opinas al respecto?
R. A falta de otras capacidades, hemos confiado en nuestro poder regulatorio, esperando que el resto del mundo se adapte a nosotros para poder comerciar. Esto es intentar convertirse en un poder por defecto, ¿no? Ya que no tienes poder real, intentas obtenerlo mediante la regulación. Mientras el mercado único europeo siga siendo atractivo, este mecanismo puede seguir funcionando. Pero el modelo tiene fecha de caducidad. Surgen otras potencias y hay otras áreas del mundo que empiezan a ser mercados tan atractivos como el nuestro. Pronto empezarán a hacer valer su propio poder regulatorio. Y la segunda parte de esto es que confiar en el poder de la regulación limita mucho la innovación. Crear un campeón europeo en un entorno tan regulado es muy difícil.
P. Hay un factor intangible que juega en nuestra contra, que es el estado de ánimo. Europa se ha convertido en un continente muy pesimista. Nos vemos cada vez más débiles, creo que a menudo exageramos sobre nuestra fragilidad.
R. Es una sensación de decadencia que también se fomenta desde fuera. No paran de decirnos desde fuera que nuestro modelo es decadente y que estamos destinados a convertirnos en un escaparate o un destino turístico. Pero la sensación de decadencia es más común de lo que parece cuando se ha llegado a un cierto nivel. Mientras estás creciendo, o convergiendo, hay una euforia que desaparece cuando alcanzas un cierto nivel de vida que no va a más. Muchas economías asiáticas, por ejemplo, han dado un salto brutal y se han acercado a nuestro nivel de vida. Para ellos puede haber una sensación de euforia, aunque no hayan alcanzado nuestros niveles de desarrollo. En nuestro propio país ocurre. En los años 60 había una incipiente apertura del país al resto de Europa, luego se consolidó con una transición a la democracia, etcétera. Esos cambios marcaron un momento de expansión en el que veías que tu futuro iba a ser mejor que el de tus padres.
P. Creo que también nos afecta al ánimo el hecho de que Europa ha dejado de ser excepcional. Esto lleva siendo así mucho tiempo, pero en general los europeos han permanecido ajenos a lo que estaba pasando. Ahora han tomado consciencia de pronto.
R. Una vez alcanzado un nivel de bienestar, es más difícil lograr mejoras sustanciales. Esto genera la sensación de que Europa no progresa como otros países. Ha cambiado la forma en que nos comparamos: ya no solo con el resto de Europa, sino con países como China, India o naciones emergentes del Golfo y África, que antes nos parecían lejanas. Esto ha creado un sentimiento de decadencia, especialmente en lugares como Francia. Aunque siguen siendo actores importantes, la percepción es que no están avanzando al mismo ritmo que otros países.
Pol Morillas posa para una entrevista con EC. (J. I. R.)
P. Internamente también ha pinchado el mito del centro de Europa, de la fiabilidad del modelo alemán. Ahora no tenemos locomotora y creo que no tenemos tampoco un faro muy luminoso.
R. El problema de Alemania es que su modelo de locomotora europea dependía en gran medida de factores externos, como la energía de Rusia, o la exportación masiva, elementos que ahora han desestabilizado su propio sistema económico. Esa "locomotora" ya no empuja con la misma fuerza. Además, lo que mencionas es importante: la política europea se ha convertido en un juego de suma cero, donde las potencias compiten por los recursos y el poder, generando un resultado negativo para todos. En Europa, solíamos tener una dinámica positiva en la que negociábamos y logramos beneficios para todos, pero ahora con el aumento del intergubernamentalismo y la presión de países euroescépticos como Hungría, las negociaciones se han convertido en un juego en el que cada país busca sacar lo máximo para sí mismo, sin considerar los intereses comunes. Esto ha fragmentado la Unión Europea y ha debilitado nuestra capacidad de actuar como un bloque cohesionado. Si seguimos así, acabaremos compitiendo entre nosotros en lugar de enfrentar los desafíos globales. Esto es una receta para el fracaso.
P. La falta de foco de Europa en asuntos estratégicos como la Defensa es una carta que están jugando los partidos que cuestionan el modelo. Y es una carta muy jugosa porque todo el mundo ve que algunas cosas esenciales se caen a cachos.
R. Estoy de acuerdo. Lo que los populistas identifican bien es la falta de inversión real en áreas clave, como la defensa. Y esta falta de inversión tiene mucho que ver con que, históricamente, no se consideraba necesario. Europa, y en particular España, confiaba en el paraguas de seguridad proporcionado por Estados Unidos. Durante mucho tiempo, nuestras Fuerzas Armadas estaban orientadas a misiones en el exterior, en el marco de la Unión Europea o la ONU, como las operaciones en Líbano, por ejemplo. Sin embargo, esas capacidades no estaban enfocadas en la defensa territorial del país ni en la disuasión frente a amenazas externas. Lo que me parece contradictorio es que, mientras reconocemos la falta de capacidades en defensa, se pretenda argumentar que Rusia no representa una amenaza grave para Europa. Aquí es donde veo una contradicción. Si estamos de acuerdo en que la invasión rusa de Ucrania representa la amenaza más clara para la seguridad de Europa, y que puede tener repercusiones en otros países de la región, entonces ese repliegue nacional, que rechaza comprometerse con alianzas como la OTAN o la Unión Europea, es un error.
P. ¿Constituyen, como decía Brooks de Trump, la respuesta equivocada a la pregunta correcta?
R. Exactamente. Si aceptamos el argumento de Trump y sus aliados en la Unión Europea, lo que hacemos es empeorar la situación. La falta de capacidades alimenta el mensaje de que hay que abandonar la pretensión de actuar como gran potencia europea. Eso no va a mejorar la seguridad nacional de ningún socio europeo.
P. En cualquier caso, Trump se está saliendo con la suya en esto. Como con el tema de la inmigración, ha generado un trauma para salirse con la suya. Los países europeos, por primera vez, están dispuestos a gastar más en Defensa de manera decidida.
R. La OTAN se basa en la defensa mutua, en la cláusula del artículo 5, y en ninguna parte de esta discusión debería ponerse en duda la unidad de la alianza. No se puede condicionar la cláusula más importante a que salga bien una negociación. Me gustaría que los europeos salieran con un mensaje mucho más claro, exigiendo un compromiso firme, no negociable, de Estados Unidos con la OTAN. Trump ha dejado en el aire su interpretación del artículo 5, diciendo que hay muchas maneras de interpretarlo. El día antes de la cumbre, cuestionaba si la defensa mutua era realmente obligatoria. Y un día después de que los europeos aceptaran el 5%, dijo que todo estaba bien. Esta incoherencia no es sostenible.
P. ¿Cómo encajaría Israel en esta Europa geoestratégica de la que hablas?
R. Es crucial hacer una distinción clara entre el Gobierno de Netanyahu y el Estado de Israel. El Estado de Israel tiene derecho a su seguridad y a la autodefensa, como cualquier otro país. Sin embargo, el Gobierno actual de Israel es ultranacionalista y ortodoxo, lo cual complica las relaciones con Europa. No podemos, desde Europa, apoyar ciegamente las políticas de este Gobierno, especialmente cuando van en contra de los principios fundamentales del acuerdo de asociación entre Europa e Israel. Esto no significa que debamos dejar de ser aliados de Israel, pero debemos actuar con las herramientas diplomáticas y comerciales a nuestra disposición para expresar nuestras preocupaciones sin perder nuestra capacidad de influencia en la región.
P. ¿Y China? ¿La podemos utilizar como contrapeso frente a EEUU o es una temeridad?
R. Europa y Estados Unidos, aunque con enfoques retóricos muy diferentes, comparten una interdependencia con China que no se puede ignorar. El reto es encontrar el equilibrio adecuado, como lo está haciendo España, que se muestra más abierta a dialogar con China mientras mantiene su pertenencia a la OTAN. Los países europeos deben reconocer que China es una potencia mundial, pero también deben ser claros en su crítica hacia sus políticas, sobre todo en cuanto a derechos humanos y su apoyo a regímenes autoritarios. Europa no puede permitirse vivir de espaldas a la realidad de China como superpotencia. Por eso, las relaciones de Europa con China deben ser estratégicas, no solo bilaterales, y España debe desempeñar un papel clave dentro de esa estrategia europea.
Pol Morillas es politólogo y director del CIDOB, uno de los pocos think tank que interpreta desde España lo que ocurre en el mundo. Ha trabajado en instituciones como el Parlamento Europeo y el Consejo de la UE. En su último libro ( En el patio de los mayores), Morillas argumenta que la Unión Europea se ha despertado a una realidad muy hostil que nos aboca a una refundación como potencia geopolítica. En el continente se han consolidado dos grandes visiones políticas contrapuestas y en esa batalla se define nuestro futuro. Charlamos en un hotel de Madrid durante algo más de una hora.