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Hamburguesas por la paz: la discreta disuasión de unos arcos dorados
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extracto de "Espejismos del mañana"

Hamburguesas por la paz: la discreta disuasión de unos arcos dorados

En "Espejismos del mañana: promesas y fracasos de la predicción política" (Comares 2025), el profesor Manuel R. Torres analiza por qué estamos tan obsesionados por anticipar el futuro como abocados a fallar en nuestros pronósticos

Foto: Protesta sindical en McDonald's en Brasil. (Reuters)
Protesta sindical en McDonald's en Brasil. (Reuters)

Hay personas que nacen con la extraña habilidad de saber crear buenas metáforas. Thomas Friedman es una de ellas. Convertido en el periodista vivo con mayor número de premios Pulitzer (dos como corresponsal en El Líbano e Israel y otro como columnista del periódico The New York Times), está convencido de que la clave de su éxito es saber escuchar con respeto a la gente. Sin embargo, resulta evidente que también domina el arte de convertir en una imagen atractiva hasta la teoría académica más tediosa.

Así fue como creó la llamada "teoría de los arcos dorados". Según este escritor estadounidense los países que tienen en su territorio un restaurante McDonald’s no van a la guerra contra otro "país McDonald’s". Friedman no era la primera persona que había intuido que esta empresa podía servir como indicador de algo más profundo. En 1986 a los redactores de la revista The Economist se les ocurrió que existía una forma simple y divertida de evaluar si las diferentes monedas están sobrevaloradas o subvaloradas en relación con el dólar estadounidense.

Era el llamado "índice Big Mac", una forma heterodoxa de comparar el poder adquisitivo de las diferentes divisas a través del precio de la hamburguesa más famosa de este restaurante. Debido a que el producto era elaborado de manera idéntica a lo largo del planeta, resultaba tremendamente sencillo comparar el precio entre diferentes países.

No era la primera vez que alguien acudía a la comida rápida como un sistema de alerta temprana. Se cuenta que, en plena Guerra Fría, los funcionarios soviéticos destinados en Washington D.C. vigilaban de manera obsesiva el tráfico de los repartidores de pizza a domicilio. Según los espías soviéticos, el aumento repentino de pedidos con destino al Pentágono, la Casa Blanca o la CIA era un indicador útil para saber que algo grave estaba a punto de suceder en alguna parte y que Estados Unidos estaba implicado. La explicación tenía que ver con que los pedidos llegasen más allá de la hora habitual de cierre de los restaurantes. Los miles de empleados de los distintos edificios gubernamentales tenían que aprovisionarse de comida para encarar una larga noche.

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Frank Meeks, propietario de sesenta tiendas Domino’s Pizza en Washington, se dio cuenta de que, en ocasiones, unos días antes de que se anunciara al público algún importante acontecimiento mundial, las entregas de sus restaurantes se disparaban. Lo llamó "el medidor de pizza". Con esa herramienta anticipó eventos como la invasión estadounidense de Panamá y la guerra del Golfo. Se cuenta que desde que los periodistas difundieron esta historia, el gobierno de Estados Unidos pide pizzas de manera más discreta.

Sin embargo, lo que proponía Thomas Friedman era mucho más osado que la creación de un mero indicador. La presencia o ausencia de esta cadena de hamburgueserías podía anticipar donde tendrían lugar las guerras del futuro. La razón no se hallaba en la existencia de una conspiración según la cual los propietarios de esta multinacional movían desde las sombras los hilos de política mundial, sino en la constatación de que cuando esta franquicia se asienta en un país, esto se convierte en una señal inequívoca de que ha alcanzado un elevado nivel de interconexión con el resto del planeta.

A partir de ese momento los líderes políticos dejan de percibir la guerra como un recurso útil para resolver disputas frente a otros países con los que se comparten intereses comerciales. Friedman alumbra su particular "teoría" en un momento de optimismo desbordante. La caída del Telón de Acero y el colapso del bloque comunista habían desencadenado un proceso de integración económica y cultural a escala global, los bienes y servicios, no era lo único que se movía libremente a través de las fronteras, también los capitales y la información.

¿Abogados o soldados?

Friedman convirtió en una imagen intuitiva el concepto desarrollado en la década de los setenta por los profesores Robert Keohane y Joseph Nye conocido como "interdependencia compleja". Para sus creadores, los Estados y otros actores internacionales estaban interconectados a través de una gran variedad de dimensiones, que no se limitaban a lo militar y lo político.

El comercio, las finanzas, la tecnología, el medio ambiente y la cultura daban como resultado que las acciones de un actor tuviesen repercusiones en otros actores, y viceversa, creando una red de relaciones interconectadas que influía en el comportamiento y las decisiones de política exterior. El efecto más importante era que la interdependencia podía mitigar el conflicto entre los actores internacionales al crear incentivos para la cooperación y la resolución pacífica de disputas. Cuando dos países conectados necesitan resolver un problema entre ellos enviaban abogados, no soldados.

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Para Friedman no había un indicador más poderoso de cómo un país se había entrelazado con el resto del mundo que el hecho de que en su territorio se alzasen los arcos dorados de la multinacional estadounidense. Esta empresa sólo puede ofrecer sus productos en un lugar que previamente se hubiese integrado en las cadenas de distribución globales y donde existiese unos mínimos de seguridad jurídica y económica. Esto hacía posible que un viajero pudiese comer exactamente el mismo Big Mac en Bangkok, Beirut o París, cuyos ingredientes y todo lo que rodea al proceso de elaboración y comercialización se basaba en un intrincado proceso logístico donde múltiples proveedores internacionales hacían posible el milagro.

A la premisa de la globalización económica había que añadir la homogeneización cultural. La expansión global de empresas multinacionales, no solo implica la propagación de sus productos y servicios, sino también la difusión de valores, normas y estilos de vida asociados con la cultura estadounidense. La "macdonalización" no solo transformaba los hábitos de consumo de las sociedades receptoras, sino que también influye en sus instituciones políticas, sociales y económicas. Cuando en 1992 abrió el primer McDonald’s en Pekín, a poca distancia de la emblemática plaza de Tiananmen, el restaurante atendió a más de 40.000 comensales que no tuvieron problema en guardar cola durante horas para entrar en el establecimiento.

Mientras que para un estadounidense McDonald’s es sinónimo de comida rápida, barata y fácil de encontrar, en China, era algo muy diferente: un símbolo de estatus. "El Big Mac no sabe muy bien", reconocía uno de los primeros jóvenes en visitar el establecimiento, "pero la experiencia de comer en este sitio me hace sentir bien. A veces incluso me imagino que estoy sentado en un restaurante de Nueva York o París". Esa imagen de cosmopolitismo atraía incluso a los funcionarios del Partido Comunista que no dudaban en reservar el restaurante para las fiestas de cumpleaños de sus hijos.

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Sin embargo, el verdadero poder de su metáfora sobre la ausencia de conflictos armados entre países globalizados se hallaba en que gozaba de una sorprendente validación empírica. Bastaba con enumerar todos los conflictos armados que habían tenido lugar en el planeta desde el desplome de la URSS para constatar que estos siempre se producían dentro y entre países donde la multinacional de la comida rápida no estaba presente. Aunque los 120 países con McDonald’s también van a la guerra, estos nunca lo hacían contra otros países de su misma condición. El mapa mundial de los arcos dorados se había convertido en una herramienta infalible de predicción de los conflictos bélicos.

Demasiado buena para ser cierta

Hay historias que son demasiado buenas para ser ciertas. Antes de 1999, cuando Friedman publicó su libro The Lexus and the Olive Tree: Understanding Globalization, el cual incluía su metáfora de los arcos dorados, ya se había producido las primeras excepciones a la regla. La apertura en 1988 del primer McDonald’s en Yugoslavia no fue obstáculo para que esta república se viese envuelta en una guerra fratricida pocos años después, pero tampoco para que otros "países McDonald’s" tomasen parte en el conflicto atacando militarmente a algunos de los contendientes.

De hecho, el mismo año de la publicación de su libro se producía el último coletazo de este conflicto internacionalizado, cuando los aliados OTAN ejecutaron durante más de dos meses una campaña de bombardeos aéreos contra objetivos serbios, para forzar así la salida de sus tropas de la provincia rebelde de Kosovo. Todos los protagonistas de este conflicto formaban parte del club de la hamburguesa.

Las refutaciones a la teoría de los arcos dorados seguirían produciéndose de manera recurrente en los siguientes años. La primera, cuando Israel inició una guerra contra Hezbolá en el verano de 2006, como respuesta a una emboscada protagonizada que dio como como resultado el secuestro de dos soldados israelíes y la muerte de otros ocho en territorio fronterizo con El Líbano. Los defensores de esta teoría argumentaron que en puridad el conflicto no afectaba a dos "países McDonald’s", sino que estaba siendo protagonizado por un estado contra una organización terrorista, aunque el escenario donde se desarrollaba el enfrentamiento sí era un territorio McDonald's, cuyo gobierno asistía impotente a un conflicto iniciado por una organización armada que operaba de manera impune dentro de sus fronteras.

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Sin embargo, las excepciones, siguieron produciéndose, de manera mucho más evidente y siempre con un mismo protagonista: Rusia. En 2008, el Kremlin envió sus tropas a Georgia para atacar al ejército de este país, el cual estaba intentado retomar el control sobre Osetia del Sur, una región separatista que había declarado su independencia de facto con el apoyo de Rusia. En 2014, este mismo país utilizó la fuerza para atacar a su vecino Ucrania y anexionarse la península de Crimea y tomar en control de facto de otros territorios fronterizos.

Los creyentes en el poder pacificador de los arcos dorados reconocieron el revés, pero advirtieron que la premisa seguía vigente, sólo había que observar qué estaba sucediendo con esta cadena de hamburgueserías en Rusia. Había transcurrido mucho tiempo desde que el primer McDonald's de la Unión Soviética abrió sus puertas a comienzos de 1990, y podía identificarse en este periodo una clara transformación de la postura de las élites políticas hacia este establecimiento.

Cuando el primer restaurante empezó a operar en la plaza Pushkin en el centro de Moscú, fueron miles los ciudadanos que acudieron en masa. La multitud era tan grande que se enviaron decenas de policías para controlar la situación. McDonald's ofrecía al hommo sovieticus la posibilidad de ver cómo era la vida más allá del bloque comunista. La gente de la URSS había escuchado tantas cosas sobre la cultura occidental, que los moscovitas se volvieron locos cuando se les dio la oportunidad de ver con sus propios ojos que sucedía dentro de una hamburguesería americana. El alboroto que provocó la apertura del primer McDonald's en Rusia no se desvaneció de inmediato.

Durante años siguieron formándose largas colas para entrar, a pesar de que el precio de un Big Mac era similar a lo que tenía que pagar un ruso para adquirir un bono mensual de transporte público. La apertura del segundo restaurante en 1993 contaría incluso con la presencia del presidente Borís Yeltsin, el cual no tuvo inconveniente en fotografiarse ondeando una banderita con los arcos dorados.

Simplemente hamburguesas

Era una época muy distinta a la que protagonizaría Vladimir Putin tras su llegada al poder. A medida que las relaciones diplomáticas se iban deteriorando entre Rusia y Occidente, también se modificaba la forma en la que los dirigentes rusos percibían la presencia de este símbolo estadounidense en su territorio. El mítico local situado a unos cientos de metros de las murallas del Kremlin llevaba años sufriendo el hostigamiento de las autoridades locales, la cuales alegaban todo tipo de incumplimientos administrativos para sancionar el restaurante y llevar a sus propietarios al convencimiento de que sería mejor cerrarlo.

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La invasión rusa de Ucrania no sólo fue el golpe definitivo a la teoría de los arcos dorados, sino también a la presencia de esta multinacional. Los responsables de la empresa reconocían que no les resultaba posible operar con normalidad en Ucrania, país que se había convertido en un escenario de guerra, sin embargo, seguirían pagando los salarios a sus empleados a la espera de que algún momento la situación cambiase. Sin embargo, la perspectiva con respecto a Rusia era completamente diferente. Después de más de treinta años, McDonald’s decidió cerrar sus 850 establecimientos. El presidente ejecutivo de la compañía admitía "que las cosas no volverán a la normalidad. Rusia y Occidente van en dos direcciones muy diferentes".

Un símbolo se combate con otro símbolo. Los locales fueron vendidos a un empresario ruso que se afanó en reabrir el negocio de manera inmediata, en esta ocasión con un nombre no muy prometedor: "Sabroso y ya". La reapertura del icónico local de la plaza Pushkin se hizo coincidir con el Día de Rusia, un festivo que marca la independencia del país. Cuando los nuevos propietarios subieron las persianas no encontraron las míticas colas de 1990, pero sí un cuantioso grupo de curiosos, incluyendo corresponsales extranjeros, que querían experimentar en primera persona cual era el sabor de esta nueva etapa en la que Rusia daba la espalda definitivamente a Occidente. Extrañados comprobaban que, a pesar del cambio de nombres en el menú, sus productos seguían sabiendo prácticamente igual.

Tal vez, nunca habían dejado de ser simplemente hamburguesas.

Hay personas que nacen con la extraña habilidad de saber crear buenas metáforas. Thomas Friedman es una de ellas. Convertido en el periodista vivo con mayor número de premios Pulitzer (dos como corresponsal en El Líbano e Israel y otro como columnista del periódico The New York Times), está convencido de que la clave de su éxito es saber escuchar con respeto a la gente. Sin embargo, resulta evidente que también domina el arte de convertir en una imagen atractiva hasta la teoría académica más tediosa.

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