"Hay sicarios de la desinformación que se ofrecen para matar civilmente a una persona"
Después de años estudiando la desinformación, Iriarte cree que hemos entrado en una guerra cognitiva global que no ha hecho más que empezar y en la que Occidente va perdiendo por goleada
El periodista y analista Daniel Iriarte posa para El Confidencial. (J. I. R.)
Después de una larga carrera como reportero viajando por más de 50 países, Daniel Iriarte (Zaragoza, 1980) quedó fascinado por los intentos de desestabilización política, cada vez más sofisticados, orquestados por gobiernos y grupos terroristas. Asentado en Madrid, compagina su trabajo de analista para El Confidencial con el estudio profesional de la desinformación para diferentes think tanks europeos. Ha llegado a la conclusión de que se trata de un fenómeno mucho más extendido de lo que solemos pensar y lo ha plasmado en su nuevo libro 'Guerras Cognitivas' (Ed. Arpa). Una industria millonaria y en auge que gasta cada vez más dinero en convencernos de lo que interesa a quienes pagan, y que ya es capaz de hacer que un candidato desconocido logre ganar unas elecciones con apenas un mes de campaña.
Pregunta. Vamos a empezar por el principio. ¿Qué es la guerra cognitiva?
Respuesta. Es el hackeo de la mente colectiva: bombardear a una audiencia con mensajes diseñados para que adopte tu narrativa y luego la propague. Y se diferencia de la persuasión clásica en que utiliza de manera sistemática la manipulación de los hechos y la desinformación. No tiene reparos en inventarse cosas que nunca han pasado.
P. Se está abriendo una brecha cognitiva cada vez más evidente entre quienes argumentan que estamos al borde del colapso y quienes, por el contrario, creen que el problema es la desinformación que nos hace pensar que estamos al borde del colapso. Con matices, quienes defienden el sistema actual suelen pensar lo primero y quienes quieren tumbarlo, suelen argumentar lo segundo.
R. Es una línea muy delgada, porque las campañas de manipulación digital exitosas siempre parten de un elemento real. Crear una realidad completamente alternativa desde cero que llegue a mucha gente es imposible. Se puede hacer creer a un porcentaje de la población muy pequeño que los pájaros son máquinas que nos espían, como se ha demostrado, pero es difícil que eso se acabe imponiendo como el relato dominante. Si eso bastara, Rusia, que es la que más recursos dedica a esto, lograría imponer a sus candidatos en todas las elecciones democráticas del planeta, lo cual no sucede. De manera que siempre hay un malestar previo. Puede ser la vivienda que está por las nubes, la precariedad laboral, la degradación del estatus de una clase social, el rechazo a la inmigración por el hartazgo de la gente… La guerra cognitiva no inventa problemas, pero dirige el foco para amplificarlos y provocar una reacción útil a quien los explota.
"La guerra cognitiva no inventa problemas, pero dirige el foco para amplificarlos y provocar una reacción útil a quien los explota"
P. La desinformación es tan vieja como el mundo. ¿Qué diferencia hay entre lo que hace la televisión rusa RT y las campañas que se desataron durante la Primavera Árabe contra las dictaduras de la región con ayuda de algunos países occidentales? ¿Son cosas distintas?
R. La diferencia esencial está en el contexto digital. Antes, interferir en unas elecciones era carísimo. La CIA tuvo que gastar muchos millones en la Italia de los 50 para efectuar una complejísima campaña masiva de compra de votos . Ahora basta con persuadir a la gente, incluso en contra de sus intereses, con herramientas que suponen una fracción de ese coste. Las ideas y las técnicas son viejas, pero la novedad es un ecosistema que lo cambia todo gracias a las redes, la segmentación algorítmica, el micro-targeting, etcétera.
P. Hay algo que argumentas en tu libro que creo que también establece una diferencia importante. RT no mantiene los mismos valores para toda su audiencia, incluso a veces apoya causas contradictorias con tal de desestabilizar gobiernos y crear malestar. Mientras, los organismos de propaganda en el exterior de EEUU o Reino Unido, como era Radio Free Asia, exportaban siempre los mismos valores.
R. Exacto. Los medios estatales occidentales, como BBC, France 24 o incluso Al Jazeera, tienen también una línea editorial y una agenda para incrementar el poder blando de sus países, sus intereses y valores. Pero tienden a mantener criterios periodísticos básicos, no se inventan hechos y tratan de defender los mismos valores en todo el mundo. Mientras que RT o la iraní Press TV defienden a sus regímenes y buscan la desestabilización del resto. Y esto se ve de manera muy clara en la forma en que segmentan mensajes. Por ejemplo RT en español, para incendiar a las poblaciones latinoamericanas de izquierdas, acusa a la UE de dejar morir a inmigrantes en el mar, mientras que RT en alemán, cuya audiencia es mayoritariamente de ultraderecha, alerta de que hay cada vez más musulmanes e inmigrantes ilegales que destruirán la cultura judeocristiana. El objetivo en ambos casos es desestabilizar y engordar las audiencias de partidos que simpatizan con Rusia. Ahora mismo, Occidente está perdiendo la guerra cognitiva y empieza a despertar a esa realidad.
'Guerras cognitivas' de Daniel Iriarte. (J. I. R.)
P. Es curioso, porque la cadena CCTV de China, que también tiene canales en muchos idiomas, encaja mejor con los grandes medios occidentales.
R. CCTV hace propaganda, pero su objetivo principal es preservar el régimen chino, no desestabilizar terceros países. Y mantiene ciertos estándares periodísticos, sí. En alguna ocasión han usado desinformación, pero no de manera sistemática como hace RT.
P. Hablemos del acoso coordinado de trolls, que es una de las cosas que has documentado de manera más impactante. Estas técnicas se alimentan con nuestra propia energía, porque tendemos a aplaudir en silencio a los trolls que defienden argumentos con los que estamos de acuerdo.
R. La dinámica de las granjas de trolls que comentas es clarísima. Incluso quienes son conscientes de lo que está pasando celebran en silencio el linchamiento al rival y victimizan al propio. Esa normalización es peligrosa: lleva a la autocensura y castiga sobre todo a las mujeres, que sufren capas añadidas de misoginia. Esto me impactó bastante, porque hay una desproporción evidente en el alcance de un ataque en función de si la víctima es hombre o mujer.
"Esa normalización es peligrosa: lleva a la autocensura y castiga sobre todo a las mujeres, que sufren capas añadidas de misoginia"
P. ¿No temes que alguien ordene un ataque contra ti por publicar este libro?
R. Podría ocurrir, pero creo que es un retrato bastante serio y para un público determinado. No hablo solo de Rusia o Irán; trato de ser igual de crítico con EEUU y el resto de países democráticos. Además, ya he sufrido alguna de estas campañas y, como me dijo alguien habituado a ellas, duran pocos días y, salvo que crucen cierto umbral de amenazas físicas, la tormenta pasa y todo vuelve a la normalidad.
P. El caso de Rumanía, donde un candidato desconocido se ha impuesto gracias a TikTok, es paradigmático. Y muestra también la debilidad y torpeza del sistema para defenderse, porque han suspendido los resultados electorales, dando aún más motivos para apoyar al candidato injertado por Rusia.
R. Lo que demuestra el caso rumano es que, cuando hay un malestar latente importante, basta con dominar la lógica algorítmica durante un mes para ganar unas elecciones. Se utilizaron técnicas muy novedosas. Por ejemplo, vieron que si a un mismo vídeo de TikTok le añades un elemento personalizado, como un eslogan propio, el algoritmo lo impulsa al considerarlo una variación espontánea y no parte de una campaña orquestada. Coordinaron eso por Telegram, "viralizaron" miles de clips y convirtieron a un desconocido en favorito. Luego es verdad que muchos votantes se arrepintieron al ver su agenda ultraderechista.
P. ¿Pero cómo se defiende una democracia liberal de este tipo de ataques? Invalidar unas elecciones porque uno de los candidatos ha sido más hábil comunicando es algo que, en teoría, una democracia no hace.
R. Es que la desinformación no es delito en casi ningún país. Podrías pillar a un agente extranjero saliendo con un maletín de dinero de una embajada o la sede de un partido y encontrar los contratos en los que explica como van a esparcir mentiras y no podrías hacer nada. Mientras declare sus impuestos, no hay marco legal para actuar. Regular esto es complicado, pero empieza a ser urgente. El tema es dónde acaba la crítica legítima y dónde empieza la desinformación.
Foto: J. I. R.
P. Y el efecto bumerán, porque hay políticos que usan el mantra de las fake news para deslegitimar las críticas. Trump lo hace sin parar desde hace mucho, pero tenemos ejemplos mucho más cercanos.
R. Este escenario te mete en una situación endiablada. Y solo parece funcionar la alfabetización digital. En Taiwán o los países nórdicos lo han tomado en serio: desde niños les enseñan a preguntarse: "¿Quién me lo cuenta, por qué, con qué pruebas?". Es tedioso, sí, pero necesario.
P. Es muy difícil porque esa alfabetización de la que hablas es tediosa, repetitiva, aburrida. Y la desinformación es divertidísima, casi un género de ficción que engancha.
R. La mentira viaja seis veces más rápido que la verdad. Esa fue la conclusión de un estudio reciente. Cuando quieres verificar una mentira, aparecen otras cien, y los creadores de bulos eligen historias con gran gancho emocional. Es muy complicado ganar la batalla de la atención así.
P. Las teorías de la conspiración además te meten en una emoción detectivesca y te hacen sentir especial. Te hacen creer que todos están equivocados menos tú.
R. Claro, es que es una mezcla de identidad, adrenalina detectivesca y sensación de superioridad moral.
"Cuando quieres verificar una mentira, aparecen otras cien, y los creadores de bulos eligen historias con gran gancho emocional"
P. ¿Y crees que los jóvenes tienen una alfabetización digital de la que carecen sus padres?
R. Tienen aprendizaje práctico y son nativos digitales, eso es cierto. Pero tienen otros problemas. El riesgo que más me preocupa es que tienden a relativizar la verdad: aceptan o descartan hechos solo porque encajan con su identidad previa o con su micro-influencer favorito. Esa "verdad a la carta" erosiona el consenso común y es muy peligrosa.
P. ¿Crees que la frustración y el rencor son la energía con la que se va a construir el nuevo orden? Todos los movimientos políticos que están en auge parten de estos sentimientos y la desinformación es gasolina.
R. La frustración, el miedo, la ira… son motores políticos potentísimos. Tampoco es nuevo: el nazismo explotó la hiperinflación y el resentimiento de Versalles. La diferencia es que hoy se hace a velocidad 5G, con algoritmos y memes, lo que incrementa mucho la volatilidad.
P. En el libro hablas de lo que ha pasado en el Sahel como ejemplo de lo que ocurre cuando la guerra cognitiva se traslada a la realidad. La campaña antifrancesa de los rusos es una obra maestra de la agitación.
R. Cuando los franceses se desplegaron en el Sahel en 2013, la población estaba masivamente a favor de su intervención para controlar a los grupos yihadistas. Pero Rusia explotó un resentimiento histórico contra Francia y, difundiendo desinformación sobre hechos muy concretos, logró que convoyes franceses fueran apedreados. Hubo muertos y, al final, el gobierno francés decidió retirarse de la misión. Cuando llegaron, la población estaba mayoritariamente a favor de su intervención contra los grupos yihadistas. Es verdad que cometieron errores graves y que el colonialismo sigue presente en la conciencia de muchos africanos, pero la amplificación rusa resultó decisiva.
Foto: J. I. R.
P. En el libro explicas que la guerra cognitiva no solo es cosa de gobiernos.
R. No, no. Está al alcance de cualquiera: terroristas, narcos, pero también empresas. Daesh, por ejemplo, creó una App ("El Amanecer de las Buenas Nuevas") que controlaba la cuenta de cada usuario y multiplicaba el alcance. Uno de los episodios más impactantes fue la conquista de Mosul: el ejército iraquí, mejor pertrechado, entró en pánico al ver esa "avalancha" ficticia en redes. Creyeron que los que venían eran tantos que no podrían hacerles frente y huyeron, dejando las armas que les habían enviado los estadounidenses. Los talibanes hicieron algo parecido grabándose en zonas que aún no controlaban para fingir un avance fulminante, y los cárteles mexicanos usan TikTok y Telegram para reclutar, intimidar y mostrar poder.
"La frustración, el miedo, la ira… son motores políticos potentísimos"
P. ¿Cómo es el mapa mundial de la guerra cognitiva? ¿Cuáles son sus capitales?
R. Rusia es pionera, la que tiene más presupuesto y la que más ha innovado: son los maestros. China entendió que censurar no era tan efectivo como intoxicar y ahora controla las narrativas; TikTok es su nueva arma. Israel también está muy avanzado y lleva años perfeccionando la acción colectiva y el control del mensaje. Estados Unidos y, en menor medida, Reino Unido han orquestado algunas campañas, normalmente a través de contratistas, por lo que la trazabilidad es más difusa. Solo en contadas ocasiones hay pruebas directas que apunten a Washington, como cuando respondieron a la campaña china de reputación durante la covid con auténtica desinformación de urgencia al ver que perdían terreno.
P. En el libro se documentan numerosas empresas privadas que ofrecen sus servicios para librar la guerra cognitiva por encargo. ¿Cómo funcionan?
R. Van desde pequeñas agencias de comunicación que venden "servicios digitales" hasta estructuras sofisticadas como el israelí Team Jorge, capaz de crear miles de cuentas que atacan simultáneamente con un solo clic. Cobran decenas de miles de dólares por ejecutar a un adversario, provocándole una "muerte civil" mediante difamación, revelación de trapos sucios o, si no encuentran nada, invención pura que suene creíble. Son sicarios digitales.
P. ¿Cuánto cuestan esos servicios?
R. Depende de la duración de la campaña, el número de acciones y la "materia prima" que encuentren en la vida de la persona a hundir. A veces requiere hackeos o espionaje avanzado, pero ninguna operación grande baja de varios cientos de miles si incluye investigación, campaña digital y prensa afín.
P. ¿Cómo está la situación en España? ¿Qué técnicas se usan hoy?
R. Todos los grandes partidos políticos emplean alguna de estas técnicas que describo en el libro. Usan hordas de trolls para acosar rivales o desincentivar el voto en barrios propensos a votar a sus adversarios; cuentas fantasma que ensalzan al líder (a veces pagadas con dinero público); y granjas de trolls que difunden bulos sobre asuntos que encajan con su agenda, como el rechazo a la inmigración o la okupación. En el ámbito privado hay despachos en Madrid, Barcelona o Valencia que han trabajado para clubes de fútbol, bancos o lobbies.
P. Cerramos con la pregunta que te haces en el último capítulo. ¿Qué viene ahora?
R. Creo que veremos cada vez más "milagros electorales", como los de Rumanía o un posible Trump 2.0, potenciados por IA generativa y datos biométricos. Los éxitos se copian, así que me temo que esto no ha hecho más que empezar.
Después de una larga carrera como reportero viajando por más de 50 países, Daniel Iriarte (Zaragoza, 1980) quedó fascinado por los intentos de desestabilización política, cada vez más sofisticados, orquestados por gobiernos y grupos terroristas. Asentado en Madrid, compagina su trabajo de analista para El Confidencial con el estudio profesional de la desinformación para diferentes think tanks europeos. Ha llegado a la conclusión de que se trata de un fenómeno mucho más extendido de lo que solemos pensar y lo ha plasmado en su nuevo libro 'Guerras Cognitivas' (Ed. Arpa). Una industria millonaria y en auge que gasta cada vez más dinero en convencernos de lo que interesa a quienes pagan, y que ya es capaz de hacer que un candidato desconocido logre ganar unas elecciones con apenas un mes de campaña.