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El biógrafo moral de Alemania tiene un diagnóstico claro: un gigante arrastrado por las dudas
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Entrevista con Frank Trentmann

El biógrafo moral de Alemania tiene un diagnóstico claro: un gigante arrastrado por las dudas

Frank Trentmann, autor de 'Out of the Darkness', despliega una historia de Alemania entre 1942 y 2022 desde un prisma moral y aporta una visión completa de la crisis de liderazgo de Berlín

Foto: El historiador Frank Trentmann. (Jon Wilson)
El historiador Frank Trentmann. (Jon Wilson)

Los analistas europeos esperan cada pocos años que Alemania despierte del letargo. Con cada nuevo Gobierno en Bruselas y en otras capitales europeas se extiende un optimismo eléctrico, una esperanza de que, esta vez sí, el siguiente Ejecutivo federal sea capaz de usar el peso de Alemania dentro de la Unión Europea para liderar, para abrir y mostrar el camino, en vez de para arrastrar los pies, retrasar al resto de socios y convertirse en un simple “a pesar de Alemania” de los progresos europeos. Poco después llega la decepción, seguida de la pérdida de interés y finalmente el hastío.

Volvemos a estar al inicio de ese proceso ahora con Friedrich Merz, nuevo canciller alemán. Hay altas expectativas y su decisión de reformar el freno de deuda constitucional junto con los socialdemócratas (SPD) y Los Verdes y lanzar un masivo programa de inversiones en los ámbitos de la defensa y las infraestructuras han llevado a numerosos analistas a certificar la resurrección de Alemania tras un cuarto de siglo de cancilleres con una aversión patológica al riesgo. Sin embargo, el historiador Frank Trentmann, autor de ‘ Out of the Darkness: the Germans 1942-2022, una historia del país desde la Segunda Guerra Mundial desde un prisma moral, publicado en 2024 y que ha arrasado en Alemania y Reino Unido, recomienda cautela: el problema del rol del país en el mundo no es una cuestión de dinero. “En última instancia se necesita un cambio mental, no solo un cambio en la política fiscal”, señala el historiador en una entrevista con El Confidencial.

“Unos días después del ataque ruso (contra Ucrania) cuando el canciller Olaf Scholz (SPD) dio su gran discurso sobre el llamado 'Zeitenwende' muchos europeos se entusiasmaron y vieron esto como una señal de que Alemania finalmente está cambiando su rumbo. Eso no pasó”, recuerda Trentmann, que ha logrado captar bien el alma alemana tras la Segunda Guerra Mundial, lo que él califica como “la gran ambivalencia” sobre la necesidad de jugar un papel más importante en Europa y en el mundo. El país tiene “un anhelo de que la dejen en paz y no involucrarse en asuntos mundiales, una actitud perezosa, muy autocomplaciente de querer que el mundo exporte sus bienes pero sin asumir realmente ninguna responsabilidad”, explica.

placeholder Manifestantes en apoyo de Ucrania en Berlín. (EFE)
Manifestantes en apoyo de Ucrania en Berlín. (EFE)

Por eso, el autor señala que “vale la pena recordar esta reacción tan optimista que tuvo inicialmente Scholz porque lo mismo ha sucedido ahora con el canciller en espera Mertz”, que asumió su puesto este 6 de mayo. “Mis reservas o mi precaución, creo que las justificaría simplemente mirando fuera del círculo de políticos y posibles ministros y mirando el estado de ánimo del país y la población”, añade Trentmann. El historiador sí cree que ha habido un cambio en el establishment político a favor de un papel internacional más destacado para Alemania, un giro que fue el que impulsó el discurso del Zeitenwende, pero que la sociedad no ha ido tan lejos. Y de hecho, un partido como es Alternativa para Alemania (AfD), el partido de extrema derecha identificado como “extremista” por el LfV, la oficina de inteligencia para la protección de la constitución, ha obtenido más del 20% en las últimas elecciones federales y encabeza ya algunas encuestas. El AfD, un partido que simpatiza con Vladímir Putin, presidente ruso, y con la visión de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, no participa de ese giro a favor de una Alemania más asertiva en el ámbito internacional.

Para encontrar los motivos de esta indecisión geoestratégica uno tiene que mirar más allá de la que ahora se ve como la gran vacilante, la antigua canciller alemana Angela Merkel, o el hasta ahora canciller Scholz, identificados como los epítomes de la inseguridad y el egoísmo alemán. Y eso es lo que hace el libro de Trentmann, hundiendo sus raíces por distintos ámbitos de la sociedad alemana desde 1942 y hasta el 2022, todo desde un prisma moral: la relación con la culpa por el Holocausto, con el ejército, con la democracia, el dinero, la acción social, el medioambiente. Casi todos estos debates desgajados, como Alemania, en dos mitades: el lado occidental, la República Federal de Alemania, con toda una experiencia marcada por el Vergangenheitsbewältigung (algo así como “lucha por superar el pasado”), algo que en realidad no empezó a coger fuerza hasta las décadas de 1970 y 1980, y el este, la República Democrática de Alemania, la mitad que, al recibir el credo socialista, estaba automáticamente limpia, superior a la RFA, la 'Alemania buena'.

placeholder Portada del libro 'Out of the Darkness' de Frank Trentmann.
Portada del libro 'Out of the Darkness' de Frank Trentmann.

Out of the darkness’ ayuda a entender la construcción del país que es hoy precisamente porque la cuestión moral está en el centro de la identidad alemana. Incluso la construcción del Vergangenheitsbewältigung es más compleja de lo que se tiende a creer hoy: antes de ser conscientes de su responsabilidad con sus víctimas, los alemanes creyeron ser ellos las víctimas reales. Stalingrado, y no tanto Auschwitz, y la destrucción total de los bombardeos aliados contra Dresde o Habsburgo, y no el saqueo de las propiedades arrancadas a los judíos, fueron los temas de dominaron los debates entre alemanes durante muchos años tras la Segunda Guerra Mundial.

Gran parte del mérito de Trentmann es que logra ir más allá del sentimiento de culpa y de la experiencia del nazismo, aunque también profundice en ello. Es una obra que aborda los movimientos sociales de base en las décadas posteriores, el rol de la iglesia o la construcción de la idea de Europa, la “pequeña Europa” del canciller Konrad Adenauer, muy alejada de la Europa federalista que impulsaban Jean Monnet o Altiero Spinelli. A la Unión Europea dedica un buen número de páginas, porque como recuerda “hoy, ser ciudadano de Europa es la segunda naturaleza de los alemanes”, pero con su particular estilo alemán. “La idea europea circulaba por cámaras de comercio más que por las plazas públicas, al menos en Alemania. Los federalistas alemanes no tenían nada que ver con el plan italiano de Altiero Spinelli de sopesar a los parlamentos y movilizar a un Congreso del Pueblo que demandara una Constitución europea”, señala Trentmann en el libro.

Respecto a la cuestión del rol de Alemania en Europa cualquiera que haya pasado suficiente tiempo en Bruselas descubre que los representantes alemanes tienden a confundir los intereses europeos con sus intereses nacionales, una especie de trastorno de la personalidad que ha sido común en las últimas décadas. El caso más claro fue la agenda de austeridad que Alemania lideró y que a través de un europeísta convencido, como era el difunto ministro de Finanzas de Merkel, Wolfgang Schäuble, se aplicó como receta a todos los países en problemas durante la crisis del euro.

PREGUNTA. ¿Por qué ocurre eso?

RESPUESTA. Tienes toda la razón y lo vimos, por supuesto, en la crisis del euro, cuando los políticos alemanes pensaron instintivamente que el resto de Europa estaría mejor si todos fueran como los alemanes. (...) Hay raíces históricas y tienen que ver con este reposicionamiento moral y el intento de ser buenos de nuevo, ser virtuosos y no seguir arrastrando el pasado nazi. Eso significó que en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial los alemanes construyeron una identidad nacional sustituta donde el patriotismo ya no se define a través de la grandeza del éxito militar, que no tuvieron, sino que, de un orgullo que vino de ser virtuoso de otras maneras. Confrontamos el pasado y lidiamos con nuestros propios crímenes mientras a otros países les gustan sus héroes, de manera que somos mejores. Pero también el culto al ahorro y a no endeudarse. Un manejo equilibrado de las finanzas y de la contabilidad se convirtieron en una virtud alemana. Otros países llevan un estilo de vida excesivo que es insostenible, mientras que los alemanes somos una especie de casi superprotestantes: comedidos, modestos, disciplinados, trabajadores. Y son amantes de la paz. Ya no van a la guerra. Si juntas todo esto lo que ha producido es que en lugar de una suerte de tolerancia y empatía con otros países que son diferentes lo que ha ocurrido es que se ha reforzado una sensación de que los alemanes están, en muchos aspectos, un paso por delante de otros países.

Foto: alemania-declive-riesgo-europa Opinión

'Nie wieder' y el cansancio histórico

Pero la clave de 'Out of the Darkness' es que deja claro que no hay un único relato de Alemania, y eso es fundamental para entender por qué no surge un consenso en Berlín y en la sociedad alemana para jugar un papel más decidido en Europa y en el mundo. Ni siquiera el credo “Nie wieder”, nunca más, un lema central para la identidad alemana de la posguerra, tiene una lectura única. “¿Decir ‘nunca más’ a Hitler y Auschwitz significa un veto automático a enviar soldados alemanes a una guerra, o justo lo contrario: enviarlos para que se repitan las conquistas y los genocidios? Los alemanes estaban profundamente divididos sobre esa cuestión, como demostró la guerra de Bosnia entre 1992 y 1995”, señala Trentmann en su obra, que terminó poco después del inicio de la guerra en Ucrania. El conflicto ucraniano volvió a demostrar esa división: al principio el Gobierno arrastró los pies, limitó el envío de ayuda armada a cascos, y solamente por presión social y ciertos sectores del ámbito político pasó Berlín a enviar armamento letal a Kiev.

"Lo que los alemanes quieren más que nada, explicó, era una vida de paz y orden"

Parte de las dudas que asaltan a los alemanes ante las grandes preguntas geopolíticas del momento tiene que ver con algo que Trentmann cita en su libro, hablando de la socióloga Helge Pross: “Lo que los alemanes quieren más que nada, explicó, era una vida de paz y orden. El orden ha tomado el lugar de la nación y la Iglesia. Era una reacción en parte a la guerra y en parte al extenso sistema de salud y bienestar que ahora existía”, escribe el historiador. Los alemanes sufren de Geschichtsmüde, cansancio de la historia y eso ha acabado llevando a un Geschichtsfaul, algo así como “pereza de la historia”. Del cansancio a la pereza hay pocos pasos. Demasiado cansados por las experiencias del siglo XX, Alemania ha preferido mantenerse al margen y no seguir haciendo historia. Al menos hasta ahora.

Dar la vuelta al pasado

A ese cansancio y a esas dudas se suma un cambio electoral copernicano que se está produciendo y que cambia la naturaleza política de Alemania y su relación con el mundo. Los alemanes, en la búsqueda moral del bien como país, han adoptado su culpa como un elemento central de su identidad. Trentmann recuerda en la introducción de su libro unas palabras del presidente Joachim Gauck en 2015: “No hay identidad alemana sin Auschwitz”. Eso también está cambiando. La AfD está remando contra ese discurso, lanzando una revisión de cómo los alemanes piensan respecto a su pasado. ¿Tienen que seguir avergonzándose de él? Björn Höcke, líder del partido en Turingia (al este del país) calificó el memorial del Holocausto en Berlín como un “monumento de la vergüenza”. El discurso de Höcke, como el de mucha gente dentro de AfD, es de dar la vuelta a todo el proceso de Vergangenheitsbewältigung. "Querían cortar nuestras raíces y, con la reeducación que comenzó en 1945, casi lo consiguen”, aseguró el líder del partido en Turingia en 2017.

La AfD bebe de una particular Ostalgia (nostalgia del este) que ha surgido tras la unificación. “A medida que se perdieron empleos tras la reunificación y la vida de más personas se vio envuelta en incertidumbre, las memorias de la RDA se fueron volviendo más edulcoradas”, escribe el historiador. Eso explica que a pesar del pasado de dominio soviético, de la precariedad económica de la mitad oriental de Alemania, a pesar de la represión del levantamiento de 1953 y de los importantes movimientos sociales que existieron contra el régimen del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) y del régimen de “estabilidad en el miedo”, como escribe Trentmann, los alemanes orientales tengan una visión relativamente positiva de Rusia en comparación con los socios europeos más expuestos a Moscú, como son los países del Báltico o Polonia.

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Alemania oriental era originalmente una zona ocupada por los soviéticos. Así que lo normal sería pensar que probablemente fueran especialmente críticos con Moscú, pero ahora ocurre lo contrario. Existe esta especie de ilusión en el este de que de alguna manera Putin no es tan agresivo o fue empujado a ser agresivo y que la culpa es realmente de occidente. Esa idea, su visión hacia Rusia, refleja en parte su desconfianza hacia la democracia en casa”, señala el historiador en la entrevista con este periódico. “No es un problema aislado, sino que está ligado a una desilusión y un alejamiento de la política democrática en su propio país. Así que a menos que, de alguna manera, puedas restaurar la confianza en la democracia y contener el populismo será muy difícil tener un cambio mental en cuanto a las opiniones respecto a Estados Unidos y Rusia. Creo que ese es el problema. Así que no es solo una cuestión de política exterior: está ligado a un problema doméstico”, añade Trentmann.

La AfD, un partido clave en el futuro de Alemania, acaba de ser declarada ahora como un “partido extremista” por los servicios de inteligencia de protección de la constitución justo en el momento en el que empieza a liderar algunas encuestas a nivel nacional y tras haber obtenido un histórico resultado en las últimas elecciones federales.

P. ¿De dónde vienen sus votantes? Teníamos una imagen de Alemania fuertemente arraigada en Europa que había confrontado claramente su pasado. Leyendo su libro uno ve que en esos procesos ha existido una fuerte resistencia por parte de la población. Eso me ha llevado a pensar que los votantes de AfD siempre estuvieron ahí, pero silenciados. ¿Puede ser?

R. Ese es un punto muy importante. La AfD está compuesta por diferentes grupos. Hay un grupo relativamente nuevo de personas que no han perdido sus trabajos pero que están preocupadas por si la globalización es mala para ellos y creen que el pasado puede haber sido mejor que el futuro. Les preocupa la recesión económica, el desempleo y la inseguridad financiera. El segundo grupo es específicamente de Alemania del este y son personas que tuvieron un número de años traumáticos después de la reunificación: perdieron su trabajo, tuvieron que reubicarse, volver a formarse. Han rehecho sus vidas pero sienten que se les trata como ciudadanos de segunda clase y que los medios y políticos occidentales no los escuchan. Ahora aparece la AfD y dice: "Nosotros te escuchamos". Su eslogan en las últimas elecciones fue "El este se levanta". Ese fue su eslogan nacional. Es una especie de política identitaria del este. Y luego tienes un tercer grupo que son conservadores o ultraconservadores de los que acabas de hablar. Personas que siempre han sido antisemitas, que siempre han sido ambivalentes o se han opuesto a los migrantes o al cambio cultural. Pero en la década de 1980 todavía podían votar por (Helmut) Kohl (canciller conservador de la CDU), por ejemplo, porque mucha gente en la CDU decía abiertamente cosas xenófobas. Desde su punto de vista, su punto de vista ellos no han cambiado sus opiniones, pero les llaman de extrema derecha o incluso fascista. ¿Cómo puede ser? Simplemente el resto de la sociedad se ha vuelto más tolerante o diversa y algunos grupos no lo han aceptado. Así que se sintieron abandonados, dejaron de votar durante varios años y luego, cuando llegó la AfD, se sintieron atraídos por ella. La razón por la que la gente no ha podido ver (este sector de votantes) es porque se ha contado un relato sobre Alemania como una historia de éxito: Alemania se vuelve democrática, tiene un boom económico, está integrada en Occidente, confronta los crímenes nazis. Todo eso es cierto. Pero eso es cierto a nivel oficial. Cuando profundizas en la vida de las personas el hecho de que haya un boom económico o de que los campos de concentración se conviertan en un lugar conmemorativo no significa que un Müller o una Meyer de repente se conviertan en demócratas de mente abierta. (...) Esta historia de éxito realmente ha tapado a un país mucho más ambivalente y dividido.

Es indudable que la historia de Alemania desde después de la Segunda Guerra Mundial es, en general, a nivel global, una historia de éxito. 'Out of the Darkness' no lo oculta. La reconversión moral de la sociedad alemana puede haber generado efectos secundarios como mostró la gestión de la crisis del euro, pero la realidad es que los alemanes sí que se han reconvertido desde entonces. Sí, la inmigración es un asunto divisivo y que es central hoy en la política alemana, pero millones los alemanes ayudaron a los refugiados durante la crisis de 2014 y 2015, y desde la segunda mitad del siglo XX los alemanes han demostrado ser más abiertos que otras sociedades europeas: ya en 1965 la catedral de Colonia abrió sus puertas para que los residentes de origen turco celebraran el Ramadán. Pero es al mismo tiempo un país dividido, como muestra también el libro. Alemania sigue teniendo que encontrar un sentido geopolítico a su realineamiento moral.

Los analistas europeos esperan cada pocos años que Alemania despierte del letargo. Con cada nuevo Gobierno en Bruselas y en otras capitales europeas se extiende un optimismo eléctrico, una esperanza de que, esta vez sí, el siguiente Ejecutivo federal sea capaz de usar el peso de Alemania dentro de la Unión Europea para liderar, para abrir y mostrar el camino, en vez de para arrastrar los pies, retrasar al resto de socios y convertirse en un simple “a pesar de Alemania” de los progresos europeos. Poco después llega la decepción, seguida de la pérdida de interés y finalmente el hastío.

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