El 'papable' español: "¿Por qué no se va a poder bendecir a una pareja homosexual?"
Este español que también tiene la nacionalidad paraguaya es uno de los 133 cardenales que participarán en el próximo cónclave. Y su nombre suena en las quinielas de papables
El cardenal Cristóbal López Romero asiste a una misa de duelo por el papa Francisco en el tercer día de Novendiali. (Reuters/Remo Casilli)
No hay duda, salta a la vista: al cardenal Cristóbal López Romero (Vélez-Rubio, Almería, 1952) le gusta reírse y le gustan los chistes. Nada más estrechar la mano de este purpurado, uno de los 133 que participarán en el cónclave que elegirá al sucesor de Francisco, nos suelta la primera broma: "Ha sido un gusto saludarla, 'asido' sulfúrico, 'asido' clorhídrico…", afirma intentando imitar el acento paraguayo, país en el que vivió durante casi 20 años y cuya nacionalidad adquirió y comparte con la española.
"En realidad tengo dos acentos, el de la ‘o’ de Cristóbal y el de la ‘o’ de López", bromea de nuevo. Y cuando le indicamos que su nombre lleva varios días sonando en las listas de papables, responde con otra de sus cuchufletas: "Mejor estar en las listas que en las tontas…"
Ahora en serio. Este cardenal español-paraguayo es, a sus 72 años, una de las revelaciones del colegio cardenalicio que a partir del próximo 7 de mayo se encerrará en la Capilla Sixtina para designar al 267º pontífice. Salesiano —con la precisión de que los salesianos serán la congregación más presente en este cónclave—, López Romero es un poco de muchos lados. Nacido en Almería, cuando tenía nueve meses se trasladó con su familia a Badalona. Estudió con los salesianos, luego hizo Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona y con 27 años fue ordenado sacerdote. Fue destinado a Paraguay, a donde marchó con 32 años y donde permaneció hasta cumplir los 50.
Desde Paraguay puso rumbo a Marruecos, y allí sigue. En 2017 el papa Francisco lo nombró arzobispo de Rabat, y fue él quien recibió al pontífice durante el viaje que Bergoglio realizó a Marruecos en 2019. "Seguramente le caí en gracia porque le hice reír", afirma. El caso es que al año siguiente, en 2019, Francisco le hizo cardenal. Hablamos con él en una cafetería próxima al Vaticano, con un café ‘capuccino’ de por medio.
PREGUNTA. Dicen que entre los purpurados hay fuertes divisiones entre conservadores y progresistas. ¿Las hay?
RESPUESTA. Intentar clasificar y etiquetar a las personas, además de ser muy difícil, es muy peligroso. A la gente se la quiere meter en las cajas políticas de conservadores y progresistas, de izquierdas y de derechas, pero no siempre es posible. El papa Francisco en determinados aspectos era más que de izquierdas, era de ultraizquierda, iba más allá del socialismo y del comunismo.
Pero en otras cuestiones estaba en posturas que son calificadas de conservadoras, como por ejemplo respecto al aborto, aunque yo digo que no hay nada más progresista que defender la vida en todos sus aspectos y en todas las circunstancias. Defender el aborto es retroceder a los siglos II y I, donde incluso existía el infanticidio, el matar a niños una vez nacidos porque tenía un defecto o por lo que fuera.
P. ¿Y usted cómo se califica?
R. Yo me califico como incalificable. Me acuerdo de un salesiano al que una vez le pregunté cómo estaba y me respondió: "Inmejorable". Yo le felicité por estar tan bien, y él me contestó: "No, no, si digo que estoy inmejorable porque no puedo mejorar".
P. En estos pocos minutos que llevamos hablando me parece que tiene usted un estilo muy parecido al del papa Francisco, y no sólo por el sentido del humor, también Bergoglio rechazaba etiquetar a la gente. ¿Cuándo conoció usted a Francisco?
R. Le saludé por primera vez en uno de esos saludos en los que hay 200 personas y el papa le va dando la mano a cada uno. Luego en 2018 me nombró obispo de Rabat a petición de la congregación correspondiente, y cuando ya tuve ocasión de conocerle despacio me reconoció que me había nombrado obispo sin saber ni qué cara tenía.
Cuando pude conocerle de manera más personal fue en 2019, cuando Francisco vino a Marruecos y yo fui el anfitrión que le recibió. Fuimos juntos a visitar una obra social, en una visita calificada de privada a la que sólo acudimos el chófer, policía, él y yo. Íbamos sentados los dos atrás en el coche, hablando en castellano y riéndonos juntos, primero 20 minutos a la ida y después 30 minutos a la vuelta. Y ahí pude explicarle quién era yo y cómo era la iglesia en Marruecos. Y seguramente le caí en gracia porque le hice reír.
P. ¿Y a usted qué le parecía Francisco?
R. Yo tengo que reconocer que he sintonizado completamente con todo lo que Francisco ha propuesto, con su manera de hacer, de decir y de actuar. Pero yo no soy 'francisquista'. Yo soy de Cristo, soy del Evangelio. Hay algunos que dicen. "Ah, yo soy de Benedicto XVI", hay otros que aseguran: "Yo soy de Francisco", y hay quienes afirman: "Yo soy de Juan Pablo II". Si a mí me gusta Francisco es porque es Evangelio puro, en vena. La cosa más grande que ha hecho Francisco es ayudarnos a conectar con las raíces del Evangelio, con el tronco, con toda la tradición de la Iglesia. Y por eso es válido, no porque sea de Francisco.
P. Sé que ha hecho juramento de guardar el secreto, pero ¿qué clima se respira en las congregaciones generales, las reuniones preparatorias del cónclave que están celebrando los cardenales desde la semana pasada?
R. Un clima de curiosidad y de interés por conocernos, porque nos conocemos poco. Yo mismo, que llevo seis años como cardenal, no conozco ni a la mitad. Y algunos de los que sí conozco sólo les he visto una vez y sé cómo se llaman, pero nada más, no sé cómo piensan. De manera que hay mucho interés por conocernos. El problema es que para conocerse hay que hablar y en una asamblea, que es el formato en el que se están desarrollando las congregaciones generales, en un anfiteatro en el que ves a la persona que habla en la pantalla, y donde habla uno, y luego otro, y otro, y otro, es difícil.
P. ¿Cree que puede haber un retroceso con respecto a los avances que se han hecho en el pontificado de Francisco?
R. Yo tengo fe en el Espíritu Santo y creo que la Iglesia no retrocede. O si retrocede lo hace sólo aparentemente, como el que hace un salto de altura o con pértiga y retrocede para coger impulso y saltar más lejos o más alto. Yo estoy convencido de que la Iglesia está en manos de Dios y de que al final, haciendo balance entre lo que uno suma y lo que resta otro, el empuje de uno hacia delante y de otro hacia atrás, el que aprieta el freno y el que aprieta el acelerador, Dios se las apaña para que vayamos por donde tenemos que ir.
Mi responsabilidad en el cónclave es actuar según mi conciencia me dice y pensando en lo que yo creo que es más conveniente para la Iglesia en este momento histórico y en este mundo en que estamos. En ese sentido, los procesos que en estos últimos años ha emprendido la Iglesia, por no decir Francisco, están todavía necesitados de consolidación. La sinodalidad, por ejemplo, no ha hecho sino empezar, y hasta que eso se convierta en un estilo de vida y de organización de todas las comunidades cristianas, parroquias, diócesis, congregaciones, movimientos y demás tendrá que pasar mucho tiempo.
El Concilio Vaticano II tuvo lugar hace 60 años, y cuando yo releo ahora algunos de los documentos que se aprobaron entonces se me cae la cara de vergüenza al ver que han pasado todos esos años y hay muchas cosas que todavía no las hemos tomado en consideración. Aunque, por otro lado, me alegra mucho ver que algunas cosas que yo soñaba resulta que ya estaban en el Concilio Vaticano II.
P. La polarización en la Iglesia ha aumentado durante el pontificado de Francisco. ¿Qué se debe hacer al respecto?
R. La polarización es algo que tenemos que combatir. Tenemos que construir unidad, que no es lo mismo que uniformidad. Tenemos que aceptar que somos diferentes y saber que esas diferencias no son un obstáculo sino un enriquecimiento, que tenemos que escucharnos y aceptarnos los unos a los otros. El mundo está muy polarizado y el peligro es que la Iglesia se asemeje al mundo político.
En España, por ejemplo, es impensable que el Gobierno acepte un proyecto presentado por la oposición, simplemente porque viene de la oposición tiene que ser rechazado, y viceversa: es imposible que la oposición aplauda un proyecto del Gobierno. En el País Vasco el PP votó en una ocasión a favor de un proyecto de ley muy concreto, no me acuerdo sobre qué, presentado por Bildu. Y hubo gente que se escandalizó. Pero si se trataba de una cosa buena para la gente ¿por qué no iban a votar a favor? Esa polarización imbécil que rechaza lo que viene del otro sólo porque viene del otro no podemos permitir que entre en la Iglesia.
Los 'papables' españoles
P. Pero que hay diferentes formas de pensar entre los cardenales es innegable…
R. Por supuesto, somos diferentes. Hay cardenales que, por ejemplo, ven el sínodo como una cosa desastrosa y que no sirve para nada, y otros que somos entusiastas de la sinodalidad. Pero esas diferencias no tienen que impedirnos vivir la unidad, porque cada día celebramos la Eucaristía juntos, nos damos la paz y comulgamos del mismo cuerpo de Cristo.
P. La sinodalidad, la idea de una Iglesia que implica a todos y en la que todos deben de ser escuchados, ¿es uno de los temas que más dividen al colegio cardenalicio?
R. No divide, pero hay diferentes posiciones y habrá que trabajar para que todo el mundo comprenda lo que significa la sinodalidad. En el sínodo yo descubrí por ejemplo que había un obispo que se horrorizaba cuando hablábamos de buscar el consenso, porque él entendía por consenso la mitad más uno. Yo le expliqué que no, que consenso significa que todos hablamos y tratamos de ponernos de acuerdo.
"Quien ha ganado debería escuchar lo que le dicen los otros"
Y si finalmente no se consigue un acuerdo, pues entonces el papa o quien sea dirá que o bien se aparcan por un tiempo las discusiones mientras rezamos para tratar de conseguir un acuerdo o, y si unos quieren ir al teatro y otros quieren al cine y llega el día, el papa puede decidir que vayamos al cine, y el que quería ir al teatro no boicotea y va al cine con alegría.
Esa es la idea que debería ocurrir en la política. Cuando se hacen las elecciones y un partido gana, los otros deberían colaborar con él para que gobierne bien. Y al revés: quien ha ganado debería escuchar lo que le dicen los otros para así gobernar mejor. Pero eso por desgracia no ocurre.
P. ¿Y no se corre el riesgo de que la Iglesia, buscando una figura conciliadora, acabe teniendo un papa de medias tintas, un papa anodino, descafeinado?
R. Puede ser. Yo confío en que el Espíritu Santo nos hará encontrar a la persona adecuada y luego, sea quien sea, será el papa y todos caminaremos unidos a él.
P. ¿Cuál es el máximo desafío al que en su opinión se enfrenta la Iglesia hoy?
R. A mí Marruecos me ha ayudado a entender la realidad del reino de Dios. Y después descubrí que eso era algo que el papa Francisco verbalizaba con una sola palabra, cuando decía que la Iglesia no puede ser autorreferencial. Para mí lo fundamental, el gran desafío, es que toda la Iglesia, cada cristiano, descubra que no trabajamos para la Iglesia, que el objetivo de la Iglesia no es ella misma, que no buscamos ser más, que no buscamos implantarnos en todas partes y ganar terreno, ganar espacio.
La Iglesia es la servidora del reino de Dios, porque Jesús no vino a fundar una Iglesia, sino a anunciar el reino de Dios y a instaurarlo. Y fundó la Iglesia como instrumento para continuar esa misión. La iglesia es sacramento e instrumento de unidad entre Dios y la humanidad y entre los seres humanos entre sí. A mí esa idea me cambió totalmente.
P. ¿En qué sentido?
R. Yo venía de Paraguay, y allí todo es Iglesia, porque Paraguay es el país más católico de América, donde la religiosidad popular está a flor de piel. En Paraguay hay novenarios, hay confesiones, hay retiros, hay fiestas patronales…. La Iglesia en Paraguay está en todos lados. Pero luego el país está lleno de corrupción, de injusticias sociales, de injusticias económicas, de asesinatos, de abortos…
La Iglesia en Paraguay es enorme, pero el reino de Dios es muy pequeño. En Marruecos, sin embargo, es al revés: allí la Iglesia es muy chiquitita, no llegamos ni al 0,01%, pero el reino de Dios es un poco más grande. No es que sea el paraíso terrenal, pero en Marruecos no se da esa corrupción generalizada que veo en mi querido Paraguay. Ese es el gran desafío: que todo cristiano descubra que su fe le lleva a poner su vida, sus cualidades, su energía, su dinero, su sexualidad y todo lo que tiene y vive al servicio del reino de Dios. Descubrir eso es revolucionario y haría que la Iglesia no estuviera en competencia con nadie.
R. Sí. Musulmanes y cristianos no somos la Coca-Cola y la Pepsi-Cola que se disputan el mercado, sino que somos hermanos y hermanas que podemos y debemos trabajar juntos para hacer el mundo tal como Dios lo ha soñado, tal como Dios lo quiere. Y eso los musulmanes lo entienden, entienden que podemos trabajar juntos para que haya más paz en el mundo, para que haya más verdad, más amor.
P. Sin embargo, la relación con el Islam es precisamente otro de los asuntos que más divide a los cardenales…
R. Justamente porque no lo entienden. Hay muchos cardenales, muchos obispos, muchos laicos que no han leído el Concilio Vaticano II, donde dice que la Iglesia mira con simpatía también a los creyentes del Islam, con los cuales compartimos muchos elementos de nuestra fe.
P. Aunque Francisco logró sanar las heridas con el Islam abiertas por el famoso discurso de Ratisbona de Benedicto XVI, usted sabe muy bien que Bergoglio fue muy criticado por lavarle un Jueves Santo los pies a una musulmana y por firmar junto a su amigo el jeque Al-Azhar, gran imán de la universidad Al Azhar de El Cairo, el "Documento sobre la Fraternidad Humana por la paz mundial y la convivencia común", que luego serviría de base a Francisco para su encíclica ‘Fratelli tutti’ (Hermanos todos).
R. Yo tengo la esperanza de que el proceso de diálogo interreligioso puesto en marcha por Francisco se consolidará.
P. Supongo que sabe que su nombre suena en algunas listas de papables…
R. Más vale estar en las listas que en las tontas. Pero hablando en serio, no me gusta que salga mi nombre en esas listas, es algo que me sobrepasa totalmente.
P. ¿Tiene usted ya algún candidato en mente para ser el próximo papa?
R. No lo tengo, pero si lo tuviera no se lo diría.
P. Pero si podrá hacer un retrato robot del próximo papa, de las cualidades que a su juicio debe de reunir…
R. Algunas cosas ya se las he dicho. Creo que necesitamos un papa que sea capaz de construir la unidad entre todos; es decir, un papa que sea inclusivo, que no sea excluyente de nada ni de nadie. Un papa que nos anime a caminar, porque la Iglesia es el pueblo de Dios que camina, que marcha, la Iglesia no que se instala y que queda fija, somos peregrinos y tenemos que marchar, pero marchar juntos.
El cardenal Cristóbal López Romero camina, tras la muerte del papa Francisco, en Roma. (Reuters/Claudia Greco)
También tiene que ser un papa que nos conecte a Cristo desde la raíz, desde la fuente, y que nos haga beber del manantial. A mí Francisco me ha ayudado a conectar con el Evangelio y, al mismo tiempo, con la tradición. Porque ojo, la tradición no es lo que se hacía en el siglo XIX, sino en los siglos I, II, III, IV, V.. Y lo más tradicional que hay es el Evangelio, que es la fuente de toda esa corriente. Necesitamos un papa que nos recuerde que esa marcha que hacemos juntos es siguiendo a Cristo hacia su reino, un horizonte que nunca se alcanza, porque mientras más vas hacia él, más se aleja. Nunca lo alcanzas, pero eso permite que no paremos nunca. Y, finalmente, creo que necesitamos un papa que abrace a toda la humanidad.
P. ¿Y eso cómo se consigue?
R. No quiero decir que toda la humanidad tenga que entrar en la Iglesia, porque antes parecía que ser misionero consistía en convencer a los otros de que se hiciesen católicos. De lo que se trata es más bien de ser un signo tan atrayente que los otros acepten que caminemos juntos. Y a veces no van a ser ellos los que van a venir a caminar con nosotros, somos nosotros los que podemos ir a caminar con ellos. Porque en todo lo que ha sido derechos humanos, derechos y promoción de la mujer, ecología y trabajo por la paz, otros nos han dado vuelta y media.
Si ahora en la Iglesia nosotros estamos con ‘Laudato si’ (la encíclica de Francisco sobre la necesidad de que cuidemos nuestro planeta) es porque antes ha habido otros que desde fuera de la Iglesia nos han abierto los ojos; cuando nosotros hemos llegado ellos ya llevaban años y ellos nos han ayudado. Porque el Espíritu Santo no trabaja sólo en la iglesia, hace horas extra fuera, trabaja en todas partes, en todas las culturas, en todas las sociedades, en todas las religiones. Eso hay quien lo acepta y hay quien no lo acepta. Hay quien tiene la imagen del Espíritu Santo como una paloma enjaulada de la que es el propietario y que le abre la puerta para que salga cuando él decide. Y resulta que no: el Espíritu Santo es libre y vuela donde él quiere, sopla donde él quiere. Pero no mete la pata, no hace tonterías.
P. Otra de las decisiones de Francisco más criticadas es la posibilidad de que las parejas gays sean bendecidas. ¿Usted qué opina?
R. ¿Qué es una bendición? Bendecir no significa solo aprobar algo, sino también implorar la ayuda sobre una persona para que mejore su salud, su comportamiento, su situación, etc.. Y si se puede bendecir un perro, un animal, un coche, una casa, un edificio, ¿por qué no se va a poder bendecir a una persona que, más allá del comportamiento u orientación que tenga, es un hijo de Dios? Además, en ese documento el papa Francisco reafirma toda la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio y la sexualidad, pero la gente con lo que se ha quedado es con que se puede bendecir una pareja de homosexuales. A mí me gustaría hacer una encuesta a ver cuántas parejas homosexuales se han presentado para pedir esa bendición.
P. Pero la conferencia episcopal africana rechazó bendecir a las parejas homosexuales…
R. Al final el papa dijo que no era necesario que se aprobara ese documento. Pero nosotros, la Conferencia Episcopal del Norte de África, sí que aceptamos el documento del papa. Nosotros dijimos que nos parecía bien, porque se reafirmaba en la doctrina tradicional de la Iglesia en materia de matrimonio y sexualidad y porque la bendición tenía el sentido de ayudar a las personas, no de aprobar su situación. Pero es verdad que en África hay países que penalizan y criminalizan a los homosexuales, en algunos hasta con pena de muerte. Y chocaba que en África la Iglesia saliera bendiciendo a aquellos que la ley considera que cometen un delito.
P. Hay quien dice que, después de 47 años y de un papa polaco, otro alemán y un argentino, ha llegado el momento de volver a tener un papa italiano. ¿Lo comparte?
R. En la Iglesia no hay fronteras y no hay nacionalismos, sobre todo nacionalismos excluyentes y xenófobos. Cada uno debemos amar nuestra patria chica, claro está, pero todos somos ciudadanos del mundo, o mejor dicho, ciudadanos del cielo. Gracias a Dios, en la Iglesia no existen las fronteras, no existen las barreras geográficas. Por lo tanto, si ha sido un polaco, si ha sido un alemán, si ha sido un argentino, bien puede ser ahora papa un indonesio, un congoleño o un italiano. En la Iglesia no hay cuotas, no es como la FIFA, que si celebra un Mundial en Qatar, el siguiente tiene que ser en América, el próximo en Europa y el posterior en un país africano.
No hay duda, salta a la vista: al cardenal Cristóbal López Romero (Vélez-Rubio, Almería, 1952) le gusta reírse y le gustan los chistes. Nada más estrechar la mano de este purpurado, uno de los 133 que participarán en el cónclave que elegirá al sucesor de Francisco, nos suelta la primera broma: "Ha sido un gusto saludarla, 'asido' sulfúrico, 'asido' clorhídrico…", afirma intentando imitar el acento paraguayo, país en el que vivió durante casi 20 años y cuya nacionalidad adquirió y comparte con la española.