Vuelven las protestas anti-Trump: la izquierda busca el pulso en las calles de EEUU
La narrativa dominante en la manifestación es que Trump y Musk están llevando a cabo un golpe de Estado, en el que, por un Trump gobierna ignorando al Congreso y a los jueces, y Musk desmantela con su motosierra el Gobierno
La manfiestación ha congregado a miles de personas a lo largo de la Quinta Avenida. (EFE/Justin Lane)
Vista desde lo alto de los rascacielos circundantes, la primera gran manifestación contra el trumpismo 2.0 en Nueva York parecía una serpiente estirada a lo largo de veinte bloques de la Quinta Avenida. Miles de personas se juntaron como en 2017, con carteles sarcásticos, silbatos y muchas cosas que decirle al presidente de Estados Unidos. Sin embargo, había dos novedades. Una: Elon Musk. Y dos: Trump es hoy una versión más pura y más eficaz de sí mismo, y cada día que pasa su agenda se impone en el país y en el mundo con la tenacidad de una apisonadora.
“Muchos estamos estupefactos de que sucediera de nuevo”, dice Kristen McGowan, antigua empleada de la industria editorial neoyorquina, sobre la segunda elección de Trump. “Pero aquí estamos. Lo que está sucediendo es terrible, por eso estas protestas son útiles. Cuanta más gente venga, mejor, porque así demostramos que no todo el mundo va a tirar la toalla y a morirse y punto”.
Las organizaciones activistas Indivisible y MoveOn, coordinadas con unas 150 iniciativas progresistas de todo calado, desde las dedicadas a defender los derechos de los inmigrantes a las sindicales y las valedoras del aborto, aseguran que cerca de 600.000 personas se registraron para participar en todo el país. Y que estaban planeadas 1.200 marchas entre los 50 estados y en algunos países extranjeros.
La narrativa dominante en la manifestación es que Trump y Musk están llevando a cabo un golpe de Estado, en el que, por un lado Trump gobierna por decreto, ignorando al Congreso y a los jueces, y, por otro, Musk desmantela con su motosierra el Gobierno federal. Y todo sin tener ni siquiera un cargo, porque eso le requeriría comparecer ante el Congreso y rendir cuentas en algún momento.
Esta protesta “tiene muchas facetas”, explica Kim Monroe, estudiante de universidad. “Diría que la cuestión de la inmigración es muy importante: el hecho de que han suspendido las garantías legales para, básicamente, secuestrar a la gente”, añade en referencia a la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, invocada por Donald Trump para deportar a los inmigrantes indocumentados sin pasar por los tribunales, pero bloqueada por un juez. Una orden judicial que no sirvió para nada.
Una de las cosas más destacables de la manifestación es que bastante gente llevaba mascarilla: una manera de tapar sus identidades, sobre todo después de que los órganos de la policía federal detuvieran en los últimos días a estudiantes universitarios que participaron en las marchas propalestinas de hace un año. Algunos de ellos fueron identificados con software de reconocimiento facial. Aunque lo cierto es que, aún tapándose la nariz y la boca, fueron identificados igualmente.
“Los universitarios son los que se alzan y pelean, y ahora están convirtiendo en un crimen el hecho de tener una opinión”, cuenta Marianne Monroe, la madre de Kim. El vídeo de la detención en plena calle por agentes enmascarados de Rümeysa Öztürk, una doctoranda de la Universidad de Tufts, fue viral en EEUU. Lo único que se sabe de Öztürk es que, en 2024, fue una de los cuatro firmantes de una petición, publicada en The Tufts Daily, en la que se pedía a la universidad el “reconocimiento del genocidio palestino” y que se comprometiera a retirar sus inversiones en Israel.
Las protestas a lo largo de Estados Unidos trataban de buscar el pulso en mitad de un bombardeo diario de decretos, escándalos, fricciones y golpes de efecto que parecen tener a la opinión pública entumecida. Siguiendo la clásica fórmula de “inundar la zona”, expresión popularizada por el exconsejero estratético de Trump, Steve Bannon, la Casa Blanca dispara tantas bengalas a la vez que nadie sabe adónde mirar, y las energías políticas de la oposición se diluyen en mil direcciones distintas.
“Tenemos que vivir en esta situación, cada día, sin estar tan alarmados que no podamos funcionar”, dice Kristen McGowan. “Cuando pienso en lo que sucede, estoy aterrorizada. Pero no estamos en la peor situación. Todavía no. Aunque, bueno, mucha gente sí, como ese señor que se ha quedado atrapado en El Salvador sin haber hecho nada. Simplemente lo raptaron y, sin ningún tipo de proceso judicial, lo tiraron a una prisión conocida por las torturas y el hambre que sufren sus presos”.
Trabajadores de Nueva York sacan una bandera durante la manifestación. (EFE/Justin Lane)
Las protestas, precedidas por una exitosa campaña de boicot a la marca Tesla, el buque insignia del imperio de Elon Musk, que ha incluido concentraciones pacíficas pero también vandalismo, suceden a la vez que el Partido Demócrata intenta cruzar un desierto. Según varias encuestas, la popularidad de la formación está en mínimos desde que se empezó a medir: un 27%. Y no está claro qué rumbo va a emprender: si uno moderado, materialista, pegado a la tierra y que recupere el cariño del centro político, o uno combativo y soñador que presente un futuro radicalmente nuevo.
A nivel de política de partido, sin embargo, los demócratas pudieron esta semana beber dos sorbitos de agua fresca en su dura travesía por el secarral de la política. El primero, cuando el senador de Nueva Jersey, el demócrata Corey Booker, dio un discurso anti-Trump que duró 25 horas y cinco minutos: 1.164 folios de material que incluían 200 historias de estadounidenses particulares, además de reflexiones sobre todos los temas de actualidad del país y continuas críticas a los republicanos.
El discurso de Booker fue una hazaña física, dado que el senador, de 55 años, pasó por un proceso deshidratación voluntario para poner hablar durante más de un día entero sin tener que ir al baño; aunque, sobre todo, fue una hazaña simbólica. Booker, que es afroamericano, batió el anterior récord histórico de discurso más largo: el que había marcado el racista demócrata Strom Thurmond en 1957. Thurmond tronó durante 24 horas y 18 minutos contra la Ley de los Derechos Civiles.
El otro sorbo de agua fresca de los sufridos demócratas fue la victoria de una jueza progresista en las elecciones a un puesto del Tribunal Supremo de Wisconsin. Una acontecimiento que puede parecer menor, pero que no lo es: los resultados de la jueza Susan Crawford mantendrán la mayoría progresista en el tribunal de un estado bisagra donde hay iniciativas para reformar la ley electoral, y donde los demócratas ahora podrán hacer la triquiñuela del gerrymandering: redibujar los contornos de los distritos para otorgarse ventajas en las elecciones de los próximos años.
El triunfo de Crawford, además, tuvo un sabor a venganza contra Elon Musk. El hombre más rico del mundo ofreció dinero durante la campaña a los votantes de Wisconsin que respaldaran sus manifiestos, y una noche antes de las elecciones se presentó en el estado para repartir cheques en un acto republicano. Los comicios, en otras palabras, tuvieron el aspecto de un plebiscito a Musk. Al final, su candidato, el juez conservador Brad Schimel, perdió por una diferencia de 10 puntos.
Algunos de los entrevistados en Nueva York eran veteranos de las marchas de hace ocho años. Otros habían salido a la calle por primera vez, animados a expresar la mezcla de sentimientos que radian a diario las pantallas de los teléfonos móviles. “No tenía derecho a aprobar estos araceles. Eso lo hace el Congreso, no el presidente, pero él redactó una orden ejecutiva y la coló, y al poder judicial le cuesta mantener este ritmo”, dice Marianne Monroe. “Nuestro poder judicial está aguantando, pero funciona de manera mucho más lenta que el presidente. Si el poder judicial cede, América deja de ser una democracia”.
Vista desde lo alto de los rascacielos circundantes, la primera gran manifestación contra el trumpismo 2.0 en Nueva York parecía una serpiente estirada a lo largo de veinte bloques de la Quinta Avenida. Miles de personas se juntaron como en 2017, con carteles sarcásticos, silbatos y muchas cosas que decirle al presidente de Estados Unidos. Sin embargo, había dos novedades. Una: Elon Musk. Y dos: Trump es hoy una versión más pura y más eficaz de sí mismo, y cada día que pasa su agenda se impone en el país y en el mundo con la tenacidad de una apisonadora.