En el infierno de la masacre de alauíes en Siria: "Al Asad se escapó y pagamos el precio"
Después de días de violencia contra la minoría alauí en Siria, los que han sobrevivido denuncian que están pagando por los crímenes del régimen que cayó el pasado diciembre
Residencia atacada de un alauí en Siria. (Reuters/Karam al-Masri)
Para llegar a Osh el Warwar —en árabe, Nido de Abejarucos— hacen falta alas. Una escalinata interminable y estrecha conduce a lo alto de este barrio de mayoría alauita a las afueras de Damasco. La cima de la cuesta permite ver la ciudad desde más arriba que el palacio del que Bashar Al Asad huyó el pasado 8 de diciembre. Pero, a diferencia de la residencia del presidente, en esta otra cumbre de la capital siria está la ciudadela de los pobres.
“¿A que no esperabais que viviéramos así?”, desafía una voz desde el otro lado de una puerta de chapa. Si uno mira hacia abajo, ve cómo los niños cargan a repecho con cada garrafa de agua que llega a las casas del barrio. De las ventanas se asoma el olor a pan y a jabón, y en las mujeres mayores se reponen de la subida en unos descansillos mínimos. “Entrad en casa, vais a comprobar si somos tan privilegiados como dicen los yihadistas”, dice con sorna mientras intenta abrir la cancela sin que las gallinas se escapen y caigan en una cuesta abismal.
Se llama Jodr, y es originario de Tartús, en la costa mediterránea de Siria, donde el fin de semana pasado una ola de atentados a manos de partidarios de Bashar Al Asad derivó en una cacería de alauíes por parte de combatientes islamistas afines al nuevo gobierno en Damasco. La masacre dejó un total de 803 muertos, según la Red Siria de Derechos Humanos.
“Él se escapó y ahora tenemos que pagar nosotros el precio”, dice enfundada en su bata de pijama su mujer, Asmá. Con ‘él’ se refiere al dictador, y con ‘nosotros’ a la mayoría de quienes viven en esa ladera del monte Casiún, en otros barrios de Damasco y Homs y, sobre todo, a lo largo de la región costera: los alauíes.
De esta rama sincrética del islam chií, que profesa menos de un 10% de la población siria, emana la dinastía Al Asad. Ahora que el régimen de 54 años ha caído y una coalición de facciones islamistas ha llegado al poder, estos tres millones de ‘malos’ musulmanes tienen dos motivos por los que temer por sus vidas. Uno es que las nuevas autoridades consideran herético su islam poco ortodoxo. El otro —y el que ya se ha cobrado cientos de vidas este fin de semana— es que, a ojos de muchos, los alauíes son los que deben pagar por los crímenes que cometió el régimen.
Este pueblo-credo, para el que el protectorado francés proyectó un Estado independiente a imagen del Líbano, permaneció en Siria por una fatua de 1932 en la que el muftí de Jerusalén los reconocía como musulmanes. Pero su relevancia política en la Siria independiente no llegó hasta el triunfo del golpe de Estado baazista en 1963 y, sobre todo, hasta que Hafez, alauita y padre de Bashar, tomó el poder en 1973. Desde entonces, algunos correligionarios del presidente se convirtieron en élite política y económica. Pero la suerte de muchos más fue otra: la de servir como mano de obra leal del funcionariado y carne de cañón del ejército.
Muchos hombres alauíes han sido ejecutores, en gran medida, de las grandes masacres del régimen, desde los 30.000 muertos de Hama en 1982 hasta los crímenes de guerra cometidos en la última década. Ahora, un tercio de los varones alauíes de entre 20 y 50 años está muerto. Por cada soldado caído, el Estado disponía de empleos públicos para sus viudas y sus huérfanos, de modo que hasta el pasado diciembre más del 80% de esta población trabajaba para el Estado.
“Estamos manchados de por vida”, reconoce Asma entre lágrimas. Su marido fue uno de los tantos hombres de Osh el Warwar que trabajaron para las fuerzas armadas de Al Asad. El día antes de que los rebeldes entraran en Damasco, Jodr izó por última vez la bandera de la Siria baazista en la base militar de Dimas, a las afueras de la capital, donde se dedicaba a entrenar a soldados.
La purga contra los alauíes
Esa noche, cuando las fuerzas de Deraa y Sueida cercaban ya Damasco por el sur y la Organización Tahrir el Sham (HTS) se acercaba por el norte, Asma escuchó gritos a la entrada del barrio. “¡Allahu akbar! ¡Dejad las armas y estaréis a salvo!”, recuerda haber escuchado. Desconfió. Llamó a su marido y le ordenó: “Están aquí ya. Da igual lo que te diga el general de la brigada, dejas el uniforme en la base y vienes lo antes posible. Nos vamos de Damasco”.
Y así hicieron. La madrugada del 8 de diciembre, mientras Bashar Al Asad huía a Rusia de la base aérea de Hmeimim, Jodr, Asma y sus tres hijos se pusieron rumbo a la costa. De las tres horas que se suele tardar, el atasco en la carretera les tomó 13 para llegar a Tartús. Los arcenes estaban colmados de vehículos abatidos del ejército de Al Asad. “Me quedaba mirando a los cuerpos, preguntándome si los conocía, si los había entrenado yo”, confiesa Jodr.
Desde aquel día, las nuevas autoridades sirias han purgado el ejército y las instituciones públicas de cualquier resto del régimen. Inevitablemente, esto significa que la abrumadora mayoría de alauíes están ahora en el paro. Abu Saleh, vecino de Jodr y Asma, era agente de la División Política del cuerpo de inteligencia del régimen en Damasco. “El nombre asusta, lo reconozco”, dice el hombre, esquelético y con los ojos cubiertos por unas gafas Carrera, antes de romper en una carcajada.
Alauíes en Damasco. (M.F.)
“A cualquier persona que pudiéramos sospechar que iba contra el régimen, la arrestábamos”, cuenta Aby Saleh, extrañamente orgulloso, mientras saca su uña larga de su oreja izquierda y desecha la cera en el suelo. “Pero, ¿sabes qué? Que en cualquier sitio hay injusticias. Y ahora la mayor injusticia que existe la sufrimos nosotros, que nos están matando por ser agentes secretos. ¿Esos niños y esas mujeres que han matado son agentes de Al Asad también? ¡Al carajo con los islamistas!”, grita, antes de enseñar en su teléfono el vídeo de un hombre de Idlib que llamaba a los combatientes afines al gobierno a “acabar con los cerdos alauíes lo antes posible”.
Ahora Abu Saleh, que hasta hace tres meses era policía político, se gana la vida llevando a pasajeros en su motillo. “Dicen que éramos los privilegiados, pero después de 18 años yo en el ejército y él aún más en la policía, mira dónde estamos”, salta Jodr, que asegura que el culpable de su pobreza es el mismo régimen que lo ha “utilizado” a él y a su comunidad durante décadas. “¿Ahora quién me va a contratar? Soy alauita. Soy sinónimo de Bashar Al Asad en este país”, reprocha.
Desaparecidos
En el centro de Damasco, lejos de cualquier barrio alauita, una veintena de personas se manifiesta cada viernes en frente del hotel Four Seasons. Desde que cayó el régimen, sus maridos e hijos, oficiales del ejército de Bashar Al Asad, han sido capturados por las fuerzas rebeldes y el gobierno de Ahmed al Sharaa no da respuestas sobre su paradero.
“Entregaron las armas pacíficamente”, cuenta Nariman, la joven esposa de un oficial del régimen que servía en Raqqa. “No hay justificación para detenerlos, no saben quién tenía las manos manchadas de sangre y quién no. En la cárcel de Adra hay alrededor de 2.000 exmilitares. Tenemos algunos nombres de Hama, y estimamos que hay más de 9.000 retenidos en Idlib y otras ciudades”. Lo poco que saben es gracias a los cerca de mil hombres que sí han sido liberados en estos tres meses. “El gobierno no nos dice nada, ninguna fuente oficial informa”, explica Nariman.
Ensaf, que tiene a dos hermanos desaparecidos, repite la misma frase que muchos familiares de los presos del régimen pronunciaban el 9 de diciembre en la prisión de Sednaya: “No tengo a nadie a quien preguntar”. Igual que las víctimas de las cárceles de Al Asad fueron totalmente incomunicadas de sus familias, cada vez que esta mujer acude a una comisaría, las nuevas autoridades le dicen: “No preguntes más por ellos”.
Alauíes en Damasco. (M.F.)
En esta lucha no hay solo alauíes. El hijo de Mustafa, musulmán, era primer teniente del ejército de Al Asad en la base de Al Bukamal, cerca de Irak. “Huyó por la frontera cuando cayó el régimen, pero Bagdad y Al Jolani —nombre de guerra de Al Sharaa antes de convertirse en presidente interino— llegaron a un acuerdo para devolverlos. No sabemos nada de ellos aún”, dice Mustafa.
A su lado, Suhair Younes ondea la bandera de la nueva Siria con una mano. Con la otra mano sujeta una pancarta que reza: “Castigad a los criminales de guerra, no a civiles inocentes”. “Esto no va de sectas, va de justicia. Queremos que juzguen a los miembros del antiguo ejército según el derecho penal. Queremos enfrentarnos a la justicia”, sostiene. Y añade: “¿Para qué tanta revolución si no podemos liberar al pueblo de Siria? Estos hombres también eran víctimas del régimen. Ahora toca liberarlos y que decidan los tribunales”.
Nariman trata de apostillar: “Aquí estamos las familias con toda la documenta…”, pero en ese momento irrumpe en la protesta un hombre joven. “¡A la mierda vosotras y vuestra documentación!”, grita. “¿Queréis documentar? Id a Sednaya. Id a Adra. Id a Guta, a Duma. Buscad a los niños que mató el ejército y las casas que destruyó con la ayuda de Rusia. Eso es lo que tenéis que documentar”, condena, ya en el centro del plano, rodeado de mujeres y hombres que cargan ahora con el peso de una dictadura y que se saben los perdedores absolutos de la nueva Siria. Al menos hasta que llegue la justicia transicional.
Para llegar a Osh el Warwar —en árabe, Nido de Abejarucos— hacen falta alas. Una escalinata interminable y estrecha conduce a lo alto de este barrio de mayoría alauita a las afueras de Damasco. La cima de la cuesta permite ver la ciudad desde más arriba que el palacio del que Bashar Al Asad huyó el pasado 8 de diciembre. Pero, a diferencia de la residencia del presidente, en esta otra cumbre de la capital siria está la ciudadela de los pobres.