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Cuatro veces España, menos gente que en Segovia: el 'capricho estratégico' que obsesiona al Pentágono
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la batalla por el ártico ha comenzado

Cuatro veces España, menos gente que en Segovia: el 'capricho estratégico' que obsesiona al Pentágono

Detrás de la crisis diplomática que ha provocado la Casa Blanca, el interés por esta tierra helada y prácticamente deshabitada esconde el desafío geopolítico del Ártico, nudo gordiano del futuro comercio global

Foto: Imagen satélite del estrecho de Dinamarca, en la costa este de Groenlandia. (NASA)
Imagen satélite del estrecho de Dinamarca, en la costa este de Groenlandia. (NASA)

Groenlandia se ha convertido en el oscuro objeto de deseo del presidente Donald Trump, que ambiciona su "propiedad y control". Este accidente geográfico se ha convertido en una "necesidad absoluta" para Estados Unidos. Detrás de la crisis diplomática que ha provocado la Casa Blanca, el intenso interés por esta tierra helada y prácticamente deshabitada esconde el desafío geopolítico del Ártico que está por llegar. Bienvenidos al nudo gordiano del futuro comercio global.

La isla de Groenlandia tiene una extensión de 2,1 millones de km2 y una población de poco más de 50.000 personas. Es decir, cuatro veces España con los habitantes de la ciudad de Segovia. Es un territorio autónomo, con su propio parlamento regional, que forma parte del reino de Dinamarca junto con la Dinamarca continental y las islas Feroe. Las declaraciones del presidente estadounidense han generado rechazo tanto entre el Gobierno danés como en la administración regional groenlandesa. Pero con matices.

Desde Groenlandia se afirma que los pobladores de la isla no tienen interés alguno en convertirse en ciudadanos estadounidenses. Sin embargo, en caso de alcanzar una eventual independencia, el nuevo país no tendría problema alguno en negociar una relación especial con Washington. Esto abriría la puerta a ampliar la presencia militar ya existente y dar trato preferencial a empresas norteamericanas a la hora de explotar la riqueza en minerales estratégicos e hidrocarburos que (se supone) tiene la isla, pero cuya extracción supone todo un desafío tecnológico por las (todavía) durísimas condiciones atmosféricas.

La gran muralla del Atlántico Norte

Una de las razones que convierte a Groenlandia en un territorio de máximo interés para el Pentágono es su condición de puerta de entrada al Ártico. Durante la vieja Guerra Fría se hablaba en el seno de la OTAN de la brecha GIUK para referirse a los espacios de mar que separan Groenlandia de Islandia, e Islandia de las islas británicas. Por esas dos brechas marítimas hubieran tratado de colarse los submarinos de la flota norte de la armada soviética, que tenían su base en la Península de Kola.

Si hubiera estallado en ese momento la Tercera Guerra Mundial, los submarinos soviéticos habrían roto la brecha GIUK para atacar los convoyes aliados de transporte de material militar y provisiones entre Norteamérica y Europa, emulando las manadas de lobos de los submarinos de la armada alemana durante la Segunda Guerra Mundial.

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El concepto de la brecha GIUK, como tantos otros, fue olvidado con la implosión del bloque socialista para reaparecer tras la invasión rusa de Ucrania en 2014. Desde la Alianza Atlántica se advirtió entonces que la actividad de los submarinos rusos en el Atlántico Norte estaba alcanzando un nivel no visto desde la década de los 80. En 2018, el entonces ministro de defensa británico, Gavin Williamson, afirmó una conferencia sobre guerra naval impartida en Londres que la actividad de los submarinos rusos se había multiplicado por diez.

Ese mismo año, la armada de Estados Unidos reactivó la II Flota con un área de responsabilidad que se extiende del mar Caribe a Groenlandia. Este activo militar había sido disuelto en 2011, precisamente por considerarse que la amenaza rusa en el océano Atlántico no justificaba la existencia de un mando naval propio.

Después del deshielo

Más allá del valor estratégico de Groenlandia para Estados Unidos y la OTAN como plataforma para controlar la salida al océano Atlántico de la flota del norte rusa, la isla también está en el meollo de los cálculos geopolíticos sobre el futuro del Ártico en un mundo donde el aumento de las temperaturas promete abrir nuevas rutas marítimas.

El deshielo en el océano Ártico podría llegar a conectar de forma directa Europa y Asia, evitando la navegación por la ruta del Índico que implica atravesar puntos de estrangulamiento como el canal de Suez o el estrecho de Malaca. Evidentemente, estas nuevas rutas cambiarían la importancia de unos y otros puntos de tensión en el comercio marítimo mundial, ofreciendo, a cambio, una situación privilegiada de control de las vías árticas a países como Rusia.

La marina de guerra rusa ha sufrido una lenta y dolorosa agonía desde el fin de la Guerra Fría, con episodios vergonzantes como el hundimiento del crucero Moscú, buque insignia de la flota del Mar Negro, durante la guerra de Ucrania; o la sucesión de catastróficas desdichas sufridas por el portaaviones Almirante Kuznetsov que lo han condenado a no volver a navegar.

Sin embargo, la flota de rompehielos nucleares rusos queda como un nicho del poder naval donde el Kremlin tiene ventaja sobre Estados Unidos, un país con un acceso limitado al Ártico. Cuando en Washington miran el mapa, ven que su única entrada a esta tierra prometida es a través de Alaska. Las fantasías del magnate neoyorquino de absorber Canadá y posicionarse decididamente en Groenlandia reflejan este deseo de estar en primera fila en gran tablero geopolítico que abrirá este cóctel de comercio, recursos e intereses militares.

Una pica en Groenlandia

Este interés Estados Unidos por Groenlandia no es nada nuevo. La isla ya cuenta con presencia militar estadounidense desde los tiempos de la vieja Guerra Fría. Allí se estableció una base aérea en un pueblo del remoto norte que recibió el nombre mitológico de Thule. Dinamarca fue miembro fundador de la OTAN y la construcción de una base aérea fue una de las primeras medidas surgidas de su alianza con Washington ya en los años 50.

Aquella base sirvió de pista alternativa para los bombarderos estratégicos estadounidenses que, en caso de que estallara un conflicto a gran escala con el Pacto de Varsovia, intentarían atacar la Unión Soviética a través de rutas inesperadas. Pero estos trayectos a través del Polo Norte hubieran funcionado en ambos sentidos. Así que, a principio de los años 60, se desplegó en Groenlandia un radar de alerta temprana, que se integró en la red encargada de detectar cualquier posible ataque contra Norteamérica, ya fuera con misiles balísticos desde la URSS o mediante un submarino en aguas árticas.

Aquella base, construida mediante un esfuerzo titánico para enfrentarse a los elementos con la tecnología de hace más de medio siglo, sigue existiendo hoy en día. Pero en 2020, fue transferida al Mando Espacial de Estados Unidos y se convirtió en el enclave militar aéreo más septentrional del Pentágono. Con el cambio de manos también hubo un cambio de nombre, en consonancia con las nuevas sensibilidades de esta época. Así, la base aérea de Thule, un topónimo de la mitología europea, pasó a denominarse base espacial de Pituffik, en consonancia con el nombre indígena del lugar.

Una mayor presencia estadounidense en Groenlandia podría comenzar como una suerte de desembarco de empresas mineras y energéticas para explotar los ahora difícilmente accesibles recursos naturales con tecnología avanzada. Por ejemplo, la explotación de los hidrocarburos requiere de fractura hidráulica (fracking) perfeccionada en Estados Unidos en la última década. A de la inaccesibilidad de los recursos en el subsuelo se suma las atroces condiciones meteorológicas. El récord histórico de viento más rápido, 333 km/h a nivel del mar, fue registrado precisamente en la base de Thule en el año 1972.

¿Una entente ártica?

Así, cualquier gran obra en la isla requiere una proeza de ingeniería. Y no menos desafiantes serían las operaciones militares en el Ártico, que requerirían replantear todas las lecciones de los conflictos recientes a unas condiciones extremas y específicas. Por ejemplo, los drones ligeros, tan comunes en Ucrania, serían barridos por el viento y la nieve de Groenlandia. La proyección de fuerzas en el Ártico requerirá de nuevos medios y tecnología.

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Cuando le preguntaron a Donald Trump si estaba dispuesto a descartar el uso de medio militares para perseguir sus ambiciones en Groenlandia y el canal de Panamá, rápidamente respondió con un tajante "no". Está por ver hasta dónde está dispuesto a llevar este capricho geopolítico que agregaría una a capa de fricción nunca vista con sus hasta ahora aliado europeos.

Es preocupante para los intereses europeos que la nueva "entente cordial" que parece surgir entre Trump-Putin tras la cumbre de Riad podría incluir el reparto de intereses en el Ártico. Y todo a expensas de que China mueva sus piezas mientras la Casa Blanca promete centrarse en el Indopacífico, propósito anunciado gobierno tras gobierno desde el presidente Obama y que nunca se termina de concretar.

Groenlandia se ha convertido en el oscuro objeto de deseo del presidente Donald Trump, que ambiciona su "propiedad y control". Este accidente geográfico se ha convertido en una "necesidad absoluta" para Estados Unidos. Detrás de la crisis diplomática que ha provocado la Casa Blanca, el intenso interés por esta tierra helada y prácticamente deshabitada esconde el desafío geopolítico del Ártico que está por llegar. Bienvenidos al nudo gordiano del futuro comercio global.

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