Colombia recula y Trump convierte a Petro en el ejemplo de lo que pasa si 'levantas' la cabeza
El choque entre la Casa Blanca y el Gobierno colombiano duró menos de un día, pero la onda expansiva reverberará durante los próximos cuatro años de mandato de Trump
Nadie tenía a Colombia en sus quinielas, pero Gustavo Petro se llevó el premio gordo.
El presidente colombiano ordenó en la mañana del domingo retornar dos aviones militares estadounidenses cargados de inmigrantes deportados por considerar que estos estaban sufriendo un “trato inhumano”. Inmediatamente, Donald Trump anunció aranceles del 25% (que se publicarían hasta el 50% en el futuro) contra el país, sanciones bancarias y financieras, una prohibición de viajes a los funcionarios del gobierno de Petro y la revocación de visas para miembros del personal diplomático. Horas después, el gobierno de Colombia cedía y aceptaba la llegada de más aviones. A cambio, la Casa Blanca ponía en pausa su castigo.
El choque duró menos de un día, pero la onda expansiva reverberará durante los próximos cuatro años de mandato de Trump. Esta fue la primera orden oficial de imponer aranceles, el instrumento favorito del magnate para ejercer su política exterior, desde que este asumió la presidencia el pasado 20 de enero. Y fue dirigida contra el que históricamente ha sido el mayor aliado de Estados Unidos en la región latinoamericana. Pero la rapidez y furia del anuncio iba dirigida más allá de Colombia. Era, ante todo, un mensaje para recordar a la comunidad internacional que las reglas han cambiado y para dejar claro qué es lo que pasa cuando alguien se atreve a contrariar públicamente al hombre a los mandos de la mayor potencia económica y militar del mundo.
Es probable que la decisión original de Petro de retornar los aviones se produjera a raíz de la denuncia del Ministerio de Asuntos Exteriores de Brasil respecto al trato que estaban recibiendo los inmigrantes retornados desde EEUU. El pasado viernes, 88 brasileños deportados llegaron al país tras haber permanecido esposados durante todo el vuelo y, según han denunciado algunos de ellos, no haber recibido agua ni haber recibido permiso para ir al baño. El ministerio del Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, fuerte aliado del líder colombiano, publicó en X que “pediría explicaciones” al respecto a sus pares estadounidenses.
Sin embargo, una cosa es expresar descontento en redes sociales y otra muy distinta es convertir a tu país en el primero en bloquear la promesa más emblemática que llevó a Trump a la Casa Blanca. Petro, el primer presidente de izquierdas en la historia de Colombia y exintegrante de la guerrilla urbana M-19, ha mantenido durante décadas una postura crítica hacia Estados Unidos, profundamente arraigada en la tradición antiimperialista latinoamericana. Acostumbrado a bregar en redes con otros presidentes en sus antípodas ideológicas, como el argentino Javier Milei o el salvadoreño Nayib Bukele, inició una batalla contra Trump que estaba destinado a perder.
“No me exijan recibir los deportados de EEUU, esposados y en avión militar. Nosotros no somos colonia de nadie”, indicó Petro en X durante el frenesí del domingo. Más adelante, en una publicación kilométrica, afirmaba que el bloqueo de Trump no le asustaba, lo acusaba de intentar “dar un golpe de estado como hicieron con (Salvador) Allende”, proclamaba que ya había resistido la tortura en el pasado y se comparaba con el coronel Aureliano Buendía de la novela Cien Años de Soledad. Entre referencias a las mariposas amarillas de Macondo y su gastritis, declaró que Colombia era “el corazón del mundo” y que resistiría. “Me matarás, pero sobreviviré en mi pueblo”, sentenciaba.
Quien conoce a Petro sabe que este trino es una de las satisfacciones más grandes de su vida. Casi se podría decir que está contento. Sin saberlo y sin que le importe, Trump se lo ha regalado. Las aguas mansas no son lo suyo. Él quiere ser Gaitán y quiere ser Allende. Y… https://t.co/kRyhRg0bPh
— Laura Ardila Arrieta (@Laura_Ardila_A) January 26, 2025
Pero ninguna ideología o proclama poética puede contra la realidad de que, aunque técnicamente Estados Unidos mantiene un superávit comercial con Colombia, en una guerra comercial, el primero apenas siente la picadura de un mosquito, mientras que el segundo termina con el cuello roto. Menos del 1% de las exportaciones estadounidenses acaban en suelo colombiano, mientras que más del 26% de las colombianas se dirigen hacia EEUU. Mientras Petro publicaba, su equipo de Asuntos Exteriores se aprestaba a resolver la crisis por canales diplomáticos.
Pese a haber evitado el dolor de las sanciones, el resultado es una derrota humillante para el Gobierno colombiano. La administración de Petro ha intentado maquillar lo mejor posible la amarga realidad de haber sido arrollada por la apisonadora Trump. “El Gobierno de Colombia informa que hemos superado el impase con el Gobierno de Estados Unidos”, reza el comunicado en el que anunciaba que también ponía a disposición el avión presidencial para facilitar el retorno de los deportados que volaban a bordo de los dos aviones militares que comenzaron la tormenta. “Seguiremos recibiendo a los colombianos y colombianas que retornen en condición de deportados, garantizándoles condiciones dignas, como ciudadanos sujetos de derechos”, agrega.
The Government of Colombia has agreed to all of President Trump’s terms. This is what real American leadership looks like. Gone are the days of U.S. weakness. pic.twitter.com/YRQ19uaKyJ
— Mario Díaz-Balart (@MarioDB) January 27, 2025
Por el contrario, el comunicado de la Casa Blanca tras resolver el entuerto se asegura de recordar quién es el vencedor y quién el vencido. "El Gobierno de Colombia ha aceptado todos los términos del presidente Trump", arranca el texto, dejando poco margen para matices. El comunicado subraya que, aunque los aranceles nunca llegaron a aplicarse, las sanciones contra el personal diplomático y las inspecciones adicionales en la frontera sí se implementaron y seguirán vigentes “hasta que el primer cargamento de deportados colombianos sea retornado con éxito”. “Estados Unidos vuelve a ser respetado”, pregona.
Colombia ha sido el principal aliado de Estados Unidos en América Latina durante las últimas décadas, especialmente en el marco de la lucha contra el narcotráfico. Desde los años 90, programas como el Plan Colombia consolidaron la cooperación bilateral, con Washington invirtiendo miles de millones de dólares en asistencia militar y económica. Al llegar al poder, Petro prometió redefinir la relación con Washington y buscar una mayor autonomía, pero su Gobierno siempre mantuvo una relación cordial con la administración de Joe Biden. La era Trump, como se ha visto, promete ser un reto mucho mayor.
La semana pasada, Ángel Villarino publicaba en este periódico un análisis en el que avisaba de que se estaba rifando un golpe de Trump en el panorama internacional. “Su manera de entender el poder es cruda y sencilla y no está dispuesto a que se repitan las faltas de respeto que sufrió durante el anterior mandato. Se esfuerza por hacer ver que habrá castigos ejemplarizantes, que está deseando matar a la gallina para asustar a los monos, como dice el proverbio chino”, afirmaba. La columna vaticinaba que Pedro Sánchez tenía todas las papeletas, pero al final le ha tocado a otro líder de izquierdas. No será el último.
Nadie tenía a Colombia en sus quinielas, pero Gustavo Petro se llevó el premio gordo.