¿Va 'la nueva Siria' a aplicar la sharía radical? Veamos 'el laboratorio' de los rebeldes HTS
Bajo el título de Gobierno de la Salvación, el HTS, ha esbozado un régimen islamista con la sharía como "única fuente de legislación para mantener la identidad siria e islámica del pueblo"
Escolares caminan por una calle de Idlib, ciudad del noroeste de Siria donde Hayat Tahrir al-Sham (HTS) había mantenido una administración en el momento en que los frentes de la guerra civil siria estaban congelados. (Reuters/Umit Bektas)
La Siria islamista que promete la Organización por la Liberación de Damasco (HTS) no es ninguna utopía. En 2019, antes de que nadie pudiera imaginar que unos milicianos de barba larga tomarían el palacio presidencial de Bashar Al Asad, en Idlib germinaba ya un prototipo de la sociedad de la sharía que los antiguos rebeldes buscan exportar al gobierno central. Esta ciudad del norte del país, capital de la insurrección contra el régimen, se ha mantenido 'liberada' durante los últimos años. Pese al asedio constante de los aviones rusos y los misiles del ejército regular, Idlib es ahora el mejor modelo para las ambiciones de la HTS en toda Siria.
“Aquí todos somos muyahidines”, dice Abu Júdar, vendedor ambulante de Idlib. “Esta ciudad es la capital de la Siria verde —rebelde— porque aquí nadie tiene miedo a morir”, se enorgullece. Mientras empuja su carro de mazorcas de maíz por una calle enfangada, uno busca a los hombres armados que en Damasco patrullan cada esquina. “Están todos allí, tienen que controlar aquello”, sostiene Abu Júdar. Con sus maridos fuera, Idlib la vigilan ahora las mujeres, que a diferencia del hiyab blanco popular en la capital se suelen decantar por el niqab, un velo negro que solo deja ver los ojos.
La ausencia de hombres en la ciudad la confirman sus cafeterías, todas divididas en una mitad para ellos y otra para las familias. Mariam, madre de tres niños, me invita a su parte del establecimiento. “Somos desplazados del campo. Nuestra vida se había convertido en una lucha contra las injusticias de Al Asad y en una espera por volver a nuestra casa”, cuenta. En la región de Idlib viven ahora más de 4,5 millones de personas. Muchos residen en la ciudad y pueblos vecinos. Otros tantos, en campamentos improvisados a los que huyeron de la sierra norte de Hamá y de la carretera M5 de Damasco a Alepo, zonas que durante la guerra se convirtieron en frente de batalla, objetivo primero de los ataques rusos y laboratorio de armas químicas del régimen.
Además de sirios, en esta polis islamista conviven cientos de combatientes que acudieron a librar aquí la guerra santa en nombre del islam. Abu Fida, de la región uigur de China —o, según él, del 'Turquestán ocupado'— hornea panecillos de Xinjiang en el tandur que ha construido en un callejón de Idlib. “Vinimos a luchar, pero la yihad es permanente”, asegura. Lamenta que ahora que han conseguido derrocar a Al Asad, la HTS les quiera quitar las armas a los milicianos extranjeros. “Cuando termine [nuestra misión en Siria], tendremos otros frentes abiertos”, se consuela. Y bromea: “Entre ellos, Al Ándalus”. Además de uigures, afganos y otras nacionalidades centroasiáticas, en Idlib viven al menos una treintena de muyahidines albaneses. También tienen su pequeño contingente las repúblicas rusas de Chechenia y Daguestán.
Una ciudad-Estado
El HTS, heredera del Frente Al Nusra que se escindió de Al Qaeda en 2016, ha construido un modelo político y económico nuevo sobre las ruinas que dejaron Al Asad y Rusia en Idlib. Bajo el título de Gobierno de la Salvación se ha esbozado un régimen islamista con la sharía como “única fuente de legislación para mantener la identidad siria e islámica del pueblo”, según el manifiesto fundacional de 2017. Sin embargo, a falta de una constitución o una asamblea legislativa elegida, los rebeldes gobiernan Idlib por decreto, sobre una estructura híbrida de tribunales civiles e islámicos que incluyen abogados defensores, un fiscal y un proceso de apelación.
En 2022, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre Siria publicó un informe en el que señalaba que la HTS había detenido a personas “a raíz de conversaciones privadas sobre el coste de la vida o cuestiones religiosas. Los comentarios fueron calificados de calumnia y blasfemia, y esta última conlleva una pena de un año de prisión”, decía el documento. Pese a ello, en los últimos años las calles de Idlib se han llenado en más de una ocasión de protestas pidiendo la destitución de su líder, Abu Mohamed Al Jolani, la liberación de los detenidos y la mejora de las condiciones de vida.
En un momento en el que se sabe bajo escrutinio internacional, Al Jolani —o Ahmed Al Sharaa, como se conoce a partir de la toma de Damasco, cuando cambió su nombre de guerra por el real— está dando pasos ambiguos para no defraudar a posibles aliados en el extranjero, pero tampoco a la insurgencia islamista que lo ha llevado al poder. Aunque su gobierno en Idlib ha detenido a mujeres por ir vestidas “inapropiadamente” en el pasado, ha prometido que el hiyab, imperante entre las musulmanas de su ciudad, no será imperativo para las cristianas, drusas, kurdas y alauíes que son minoría en Siria. Eso sí: las mujeres no podrán aspirar a puestos de poder administrativo, militar o judicial. “No está en su naturaleza”, declaró el miércoles un portavoz de la HTS por la ciudad de Homs a la televisión libanesa Al Jadeed.
“Los esfuerzos de la HTS por pulir su imagen internacional y salir de las listas mundiales de terrorismo han llevado al grupo a adoptar un enfoque más moderado en su aplicación de la ley de la sharía”, explica Orwa Ajjoub, del Middle East Institute, un think-tank con sede en Washington. Al Sharaa ha retirado ciertos símbolos islámicos de sus despachos tras el revuelo causado hace unos días por una fotografía institucional en la que la nueva bandera de Siria aparecía al lado de la shahada — la profesión del islam —. Además, el Gobierno de la Salvación de Idlib ha congelado un “decreto de moralidad” que obligaba a los niños a seguir un código de vestimenta islámico y limita la música en los centros educativos.
“Sin embargo, a pesar de la menor influencia de la ideología yihadista-salafista, que en su día fue fundamental para la estructura interna y la dinámica intragrupal del HTS, este cambio no ha conducido a una institucionalización formal dentro del propio grupo”, cuenta Ajjoub. Mahmud, un padre de familia de Idlib, explica satisfecho el cambio que vio en Idlib después del relevo a Al Asad: “El favoritismo desapareció, los sobornos también, ya nadie pagaba dinero por los servicios”.
Pero, si bien la HTS logró establecer un gobierno semi-tecnocrático en el que los funcionarios eran nombrados en gran medida en función de sus méritos con el respaldo de la dirección, el grupo no ha replicado este modelo en su propia estructura jerárquica, donde la cúpula política es escogida a dedo. “La HTS se ha convertido en un régimen clientelista en el que diferentes facciones internas compiten por obtener beneficios económicos e influencia”, explica el investigador.
Mientras queda por determinar qué forma toma el nuevo gobierno en Damasco, las rotondas de Idlib hablan de lo que un día proclamaba el Gobierno de la Salvación. Una de ellas, dedicada al organismo de protección civil de la HTS, evoca el versículo 32 de la quinta azora del Corán: “Y quien salva una vida es como si salvara a toda la humanidad”. Los cascos blancos, como se conoce a estos voluntarios, han salvado a más de 128.000 personas desde su fundación.
Rami Dandel, jefe de la sede local de Idlib, explica cómo el organismo ha ido desplegándose por las ciudades 'abiertas' —liberadas— por los rebeldes según se las arrebataban al régimen. “Tras la victoria, hemos abierto sucursales en Hamá, Homs y Lataquia, y ya nos estamos desplegando en Damasco, Deir Ezzor, Tartús, Sueida y Daraa. Ojalá pronto lleguemos también a Hasaka y Al Raqa”, confiesa, refiriéndose a dos ciudades bajo control de las Fuerzas Democráticas Sirias, lideradas por la minoría kurda.
"El objetivo es el mismo, la causa compartida"
A dos cuadras, la plaza de Gaza recuerda al que pasa de una herida aún abierta para los seguidores de Al Sharaa. Un mosaico muestra a un soldado a las puertas de la mezquita de Al Aqsa de Jerusalén, con una bandera palestina a un lado y una siria al otro. Sobre ellas, se lee: “Nuestro objetivo es el mismo, nuestra causa es compartida”. La cuestión de Israel supone un verdadero quebradero de cabeza para los nuevos dirigentes de Siria. Desde que se derrocó a Al Asad, los tanques israelíes han entrado en el país por primera vez desde 1967 y han ocupado regiones adyacentes a los altos del Golán, ocupados ya por el país vecino desde hace medio siglo.
Pese a que Benjamín Netanyahu ya ha declarado su voluntad de hacerse con el monte Hermón, el más alto de Siria, Al Sharaa ha expresado que “no usará su territorio para atacar a Israel ni a ninguna otra nación”. Además, ha propuesto reanudar el acuerdo de alto el fuego de 1974 que Hafez al Asad, padre del presidente derrocado, firmó con Isaac Rabin tras la guerra de Yom Kippur. “No me gusta cómo huele esto. Hafez [Al Asad] vendió el Golán y pudimos protestar contra él. No hemos luchado contra el régimen para que esté pasando lo mismo que hace 50 años”, dice Jalil, que huyó de Deraa a Idlib durante la guerra.
El ‘boom’ del capitalismo islámico
Aislada del resto de Siria y bajo el ataque incesante de dos ejércitos, uno esperaría que los habitantes de Idlib hayan vivido más penurias que los de Damasco. Sin embargo, aquí las colas para el pan que aún rodean las manzanas de la capital son historia antigua y, a diferencia de Alepo o Homs, los neones en la ciudad avisan de que las cafeterías y los comercios están abiertos hasta altas horas de la madrugada. Además, abundan las oficinas de hawala —transferencias de dinero internacionales—, que solo ahora que ha caído Al Asad empiezan a abrir en otros puntos del país.
Desde su independencia, esta región ha vivido un extraño auge económico. Idlib, que mientras fue controlada por Damasco siempre llevó 'la olvidada' como apellido, priorizó en cuanto cayó en manos de la HTS sacar adelante un paquete de reformas económicas liberales para impulsar el comercio minorista y el desarrollo inmobiliario. Para ello, las autoridades islamistas encontraron su mejor aliada en Turquía, fronteriza además con el norte de la región.
El paso de Bab Al Hawa ha sido la entrada casi exclusiva —además de alguna importación de Qatar y otros países del Golfo— de mercancía turca y china. En los supermercados se encuentra una variedad de imitaciones impensable en la Siria de Al Asad, gominas de la marca Ottoman y todo lo que uno pueda esperar de un ultramarinos en Estambul. Además, después de que el régimen cortara las telecomunicaciones sirias en toda la gobernación de Idlib, Ankara extendió sus líneas telefónicas y de internet a la región, y las operadoras privadas turcas abrieron sucursales. En 2020, tras la caída en picado del valor de la moneda siria, la lira turca se adoptó como moneda de curso legal.
La Siria islamista que promete la Organización por la Liberación de Damasco (HTS) no es ninguna utopía. En 2019, antes de que nadie pudiera imaginar que unos milicianos de barba larga tomarían el palacio presidencial de Bashar Al Asad, en Idlib germinaba ya un prototipo de la sociedad de la sharía que los antiguos rebeldes buscan exportar al gobierno central. Esta ciudad del norte del país, capital de la insurrección contra el régimen, se ha mantenido 'liberada' durante los últimos años. Pese al asedio constante de los aviones rusos y los misiles del ejército regular, Idlib es ahora el mejor modelo para las ambiciones de la HTS en toda Siria.