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Viaje a Luisiana, el estado cautivo de EEUU
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58 presos en el corredor de la muerte

Viaje a Luisiana, el estado cautivo de EEUU

El Gobierno de Luisiana ha eliminado la libertad condicional, reducido el sistema de créditos por buen comportamiento y ha limitado las opciones para recurrir una sentencia

Foto: Prisión de Luisiana, Estados Unidos. (Getty Images/Mario Tama)
Prisión de Luisiana, Estados Unidos. (Getty Images/Mario Tama)
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Cuando llega la hora, los verdugos afeitan la cabeza del reo para facilitar la circulación de la corriente eléctrica, amarran sus brazos, piernas, ingles y pecho a la silla de madera y le colocan una corona de metal con una esponja humedecida con agua salina. Luego activan la descarga y la mantienen 30 segundos, causando un proceso que así describía, en 1985, el juez del Tribunal Supremo William Brennan: "Los globos oculares del prisionero a veces saltan y se quedan colgados en sus mejillas. A menudo el prisionero defeca, orina y vomita sangre y babas. El cuerpo se vuelve rojo brillante a medida que sube la temperatura, la carne del prisionero se hincha y la piel se estira hasta el punto de rotura. A veces el prisionero prende fuego (...). Los testigos escuchan un sonido largo y ruidoso, como de bacon friéndose, y un repugnante olor dulzón a carne quemada permea la cámara".

Esta macabra descripción no es gratuita. El estado de Luisiana ha rehabilitado la silla eléctrica y la asfixia con nitrógeno como métodos de ejecución. El gobernador republicano, Jeff Landry, que juró el cargo el pasado enero, quiere reanudar la aplicación de la pena capital después de 14 años de pausa. El sistema de prisiones de Luisiana tiene 58 personas esperando en el Corredor de la Muerte. Una mujer y 57 hombres. Uno de ellos octogenario.

Ratificada por Landry, esta ley obedece fundamentalmente a dos circunstancias. La primera, que la inyección letal es cada vez más difícil de aplicar dada la negativa de las farmacéuticas americanas y europeas a venderle los químicos necesarios al Gobierno de Luisiana. La segunda circunstancia es el endurecimiento del sistema punitivo en varios estados conservadores. Sobre todo en este.

Además de ampliar los métodos de la pena de muerte, el Gobierno de Landry ha eliminado la libertad condicional, reducido el sistema de créditos por buen comportamiento, limitado las opciones para recurrir una sentencia y elevado las penas por delitos relacionados con armas y con robos de coches. En otras palabras: ha deshecho la reforma penal de 2017 implementada por su antecesor demócrata.

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(Guillermo Cervera)

"Este tipo [Landry] llegó con malas intenciones porque, en realidad, nada de esto tiene que ver con nada en absoluto", dice Norris Henderson, fundador y director de VOTE, acrónimo de Voz de los Experimentados, una ONG de Luisiana que defiende los derechos de los presos y de los expresos. "Es una locura, porque algunos de los mismos señores del Congreso estatal que votaron por las reformas en 2017, que redujeron en 12.000 reclusos la población de las prisiones y ahorraron millones de dólares en costes, de repente han aprobado esta reforma. El miedo vende, así que tratan de asustarnos, a pesar de que el crimen ha bajado en el estado y en las grandes ciudades".

El principal problema del endurecimiento del sistema penal, según Henderson, es que arrebata los incentivos para el buen comportamiento: arrebata la esperanza. "El sistema se gestiona con esas dos herramientas: la elegibilidad para la libertad condicional y la recompensa por buen comportamiento", explica. "Ahora nadie tiene el incentivo para hacer nada, y esto va a ser un lastre adicional para el Estado. Ya se ha visto un incremento de los suicidios y de la violencia en las prisiones".

Los funcionarios también notarán estas reformas. "La gente que trabaja en estos ambientes está empezando a ponerse nerviosa, dado que se ha quedado sin la zanahoria para hacer que los reclusos se comporten", dice Henderson. Las reformas "han puesto a esta gente en una situación muy precaria, porque, si se abren las fauces del infierno, quienes están en primera línea son ellos y lo van a sentir".

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(Guillermo Cervera)

La dinámica de las prisiones es la especialidad de Norris Henderson, que dedica su vida a reunirse con reclusos y exreclusos, abogados, alcaides, activistas, políticos y funcionarios de prisiones. Él mismo estuvo preso en la Penitenciaría Estatal de Luisiana, conocida como "Angola": la prisión de máxima seguridad más grande de EEUU y una de las más inclementes.

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El Departamento de Correccionales y Seguridad Pública de Luisiana denegó a este diario el permiso para visitar Angola, aduciendo que el sistema de prisiones "está pasando por un momento de ajustes". Pero lo que sí se puede visitar es su museo, situado a tiro de piedra de los módulos carcelarios de color rosa deslucido.

Quizás sean la estrechez y la voluntad de superviviencia, pero la prisión es uno de esos lugares donde sorprende el nivel al que puede llegar el ingenio humano: la capacidad para fabricar una escopeta con un pedazo de cañería, por ejemplo, o una aguja tatuadora que funciona con el transmisor extirpado de un radiocasette. Las estrategias políticas y legales para sobrevivir, los juegos, los métodos de fuga.

El museo de Angola presenta la versión más benigna del complejo, pero algunas de sus secciones son bastante explícitas. El visitante puede ver vitrinas con las armas fabricadas y fotografías de reclusos asesinados con un cuchillo de carnicero mientras dormían, sus caras ensangrentadas partidas por la mitad con los ojos semiabiertos.

Hay menciones al módulo de castigo Red Hat, "sombrero rojo", operativo hasta 1972 y llamado así por el color de los sombreros de paja que llevaban sus ocupantes cuando salían a trabajar en la plantación. Los presos vivían en celdas de 91 centímetros de ancho por 181 de largo, hacían sus necesidades en un cubo de metal, muchas veces estaban desnudos y vivían rodeados de ratas. La ración, que se servía celda por celda en una carretilla, consistía en los restos del comedor de la prisión.

Luisiana es el estado con el mayor índice de encarcelamiento de Estados Unidos

Pero la joya de la corona del museo es "Gruesome Gertie", sobrenombre de la silla eléctrica donde fueron ejecutadas 87 personas entre 1941 y 1991. Está completa, con sus correas y sus anécdotas enmarcadas, como el hecho de que, durante unos años, fue una silla eléctrica itinerante. Transportada en el remolque de un camión, Gruesome Gertie circulaba por los condados de Luisiana para efectuar las ejecuciones in situ. A un lado, en una vitrina, está la máscara con la que se cubría la cara del reo, antes de que el alguacil accionara la descarga de 2.000 voltios.

Otro mote: "Estado cautivo". Este se refiere a Luisiana. Angola, donde viven cerca de 6.300 presos en un territorio superior al de la isla de Manhattan, es la cúspide de un sistema carcelario grande y obsoleto. Según Prison Policy Initiative, Luisiana es el estado con el mayor índice de encarcelamiento de Estados Unidos, que, a su vez, es el país con mayor índice de encarcelamiento del mundo industrializado. En EEUU, una de cada 188 personas está entre rejas. En Luisiana, una de cada 93. El doble que la tasa nacional. Casi 10 veces más que la tasa de encarcelamiento de España.

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(Guillermo Cervera)

El grupo Promise of Justice Initiative, situado en la verde y lluviosa avenida de los Campos Elíseos de Nueva Orleans, busca defender los derechos de los presos, reducir el índice de encarcelamiento y ofrecer más oportunidades de reinserción. Su directora estratégica asociada, la abogada Eric Navalance, explica por qué hay tanta gente en prisión, durante tanto tiempo. "Muchas personas de fuera del sector me preguntan: ¿es tu cliente inocente o culpable? Pero esa no es una dicotomía, sino un espectro", dice Navalance. "Aquí puedo ser condenada por un crimen que, en Massachusetts, ni siquiera se considera una falta. Pero aquí me caen 10 años".

Según Navalance, las leyes de Luisiana criminalizan un amplio rango de conductas. "Cuando uno escucha las palabras 'robo a mano armada', se imagina a alguien atracando un banco con un pasamontañas. Un cliente mío fue condenado a cadena perpetua por agarrar una llave inglesa y decirle a su novia: devuélveme mis 200 dólares. Ése es un robo a mano armada, y la pena es cadena perpetua. En Nueva York eso sería, como mucho, un asalto. Las sentencias son desproporcionadas, no tiene sentido. Están claramente diseñadas para castigar, no para rehabilitar".

El pasado esclavista

Además de las cerca de 50.000 personas que viven presas en Luisiana, más otras 44.000 en libertad condicional o libertad vigilada, está la realidad de los trabajos forzados: una figura legal protegida por la Décimotercera Enmienda de la Constitución estadounidense, y que se usa con generosidad en Luisiana.

"Los prisioneros de Angola cultivan algodón, maíz, soja y caña de azúcar por dos centavos la hora", dice un informe de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU). "Los braceros trabajan con acceso limitado a agua, mínimo descanso y sin baños, bajo la supervisión de funcionarios correccionales a caballo" (...). "Este trabajo tiene raíces directas en la esclavitud negra del sur".

"Si te condenan por un delito, harás trabajos forzados. Da igual quién seas. Todo el mundo hace trabajos forzados", dice Sara Gozalo, narradora de PJI y directora del documental Plantations and Prisons: A History of Forced Labor in Louisiana, que explora las raíces del sistema penitenciario en las plantaciones esclavistas del siglo XIX. "El incentivo es que las prisiones no deben de costar nada. No sólo estamos haciendo desaparecer a personas, rompiendo familias y rompiendo comunidades; también les estamos diciendo que no tiene que costarnos nada".

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(Guillermo Cervera)

Sara Gozalo y Erica Navalance cuentan que son los presos quienes, salvo la seguridad, llevan las prisiones de Luisiana. "Gestionan la cocina, limpian, pintan, se encargan del mantenimiento, de la construcción. Incluso de los cuidados médicos", dice Gozalo. "Las prisiones suelen tener uno o dos médicos, que hasta pueden haber perdido su licencia, pero la mayoría del trabajo rutinario lo hacen personas encarceladas. Hasta fabrican los ataúdes en los que serán enterrados quienes mueren en prisión. Los funerales son oficiados por personas que están encarceladas".

"La gente que sirve el almuerzo son personas encarceladas que traen en autobuses"

"El sistema está diseñado para maximizar los beneficios del Estado", dice Navalance. "No sólo son las prisiones las que usan la mano de obra. La gente que sirve el almuerzo en el Congreso estatal son personas encarceladas que traen en autobuses. Las que limpian los suelos, las que cavan las zanjas, reparan los daños por los desastres naturales, los huracanes, las inundaciones; las que se encargan de la limpieza y el mantenimiento de las autopistas, son personas encarceladas”.

Quienes vienen de fuera a visitar los edificios oficiales de Luisiana o de los otros seis estados sureños donde esto ocurre suelen mostrarse extrañados al principio, cuando ven a un señor afroamericano, vestido con mono azul oscuro y con un número de identificación, efectuando algún trabajo bajo la mirada de un policía. Los presos que se emplean en sedes oficiales no suelen ser criminales peligrosos, y han pasado por un proceso de comprobación de buen comportamiento. Según una investigación de 2017, entre 35 y 48 presos trabajan diariamente en el Capitolio de Luisiana. Henderson pasó allí 27 años, 10 meses y 18 días.

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(Guillermo Cervera)

Los carteles que anuncian alguna "Plantación" histórica se ven por todo el estado sureño, que parece salido de un sueño colonial o de una novela de Alejo Carpentier. Los sauces llorones ocultan las mansiones de columnas blancas y los nombres católicos y franceses de las ciudades desprenden un romanticismo que no se ve en el resto de Estados Unidos. A veces, por la carretera que une Baton Rouge y Nueva Orleans se ven cocodrilos de metro y medio descabezados por las ruedas de los coches. El sistema penitenciario también pertenece a otra época.

Como explica la profesora Andrea Armstrong, de la Universidad de Loyola Nueva Orleans, en el documental de Sara Gozalo, muchas de las prácticas actuales provienen de la primera mitad del siglo XIX. Durante la esclavitud, las plantaciones y las prisiones establecieron una alianza: los centros penitenciarios alquilaban esclavos a los latifundistas para realizar labores de mantenimiento, y los latifundistas contrataban a los carceleros para que castigasen a los esclavos de las plantaciones.

Tras la Emancipación y la Guerra Civil, muchas de las plantaciones de Luisiana fueron transformadas en prisiones. Los llamados "Códigos Negros", las leyes que castigaban a los afroamericanos por casi cualquier cosa, como no tener empleo o mostrar una actitud desafiante, llenaron esas plantaciones con prisioneros negros y los sometieron a trabajos forzados. Volviendo, de facto, a la práctica de la esclavitud.

El epicentro de este sistema carcelario se estableció en una de las cuatro plantaciones del latifundista y comerciante de esclavos Isaac Franklin. El terrateniente, que también traía mujeres del continente africano para venderlas como esclavas sexuales, llamó a esta plantación "Angola", porque decía este era el país africano del que procedían los mejores cautivos. La Plantación de Angola es hoy la Penitenciaría Estatal de Luisiana, que, pese a todo, no ha perdido el sobrenombre.

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(Guillermo Cervera)

Algunas de las personas encarceladas en Angola, donde se han apagado lentamente miles de vidas a lo largo de las décadas, se hicieron famosas. Están los "Tres de Angola", por ejemplo, que pasaron décadas en celdas de aislamiento. Dos de ellos, Albert Woodfox y Herman Wallace, condenados por atraco a un banco y atraco a mano armada respectivamente, tuvieron un despertar político entre rejas: se hicieron miembros de los Panteras Negras y organizaron peticiones y huelgas para denunciar los abusos y las violaciones que se daban en Angola. Ambos fueron sentenciados por el asesinato de un guarda en 1973 y pasaron más de 40 años en celdas de aislamiento: el periodo más prolongado de la historia de EEUU.

Un estigma para siempre

Wilbert Rideau, condenado por asesinato durante el atraco a un banco en 1961, cuando tenía 19 años, llegó a pasar 44 en Angola, 12 de ellos en el Corredor de la Muerte. Rideau se educó en prisión y fundó un periódico, The Angolite, que editó durante 20 años. Pese a que el Tribunal Supremo y otras cortes revocaron su sentencia tres veces, debido a irregularidades y al hecho de que los jurados que lo condenaron estaban formados únicamente por hombres blancos, este fue condenado otras tantas veces, también por jurados de hombres blancos. A Rideau jamás le concedieron la libertad condicional. En 1993 la revista Life lo apodó "el preso más rehabilitado de América". Rideau salió de prisión en 2005, con 63 años.

La vena activista de Norris Henderson despertó en la biblioteca de Angola, donde trabajaba como librero. Henderson empezó a leer los libros de derecho y a prestar más atención. Lo que más le impresionaba era que muchos de sus compañeros de prisión, que estaban ahí desde hacía una eternidad y que se aferraban a la esperanza de volver a ser libres, cuando por fin salían, luego terminaban volviendo. Henderson se dio cuenta de que fuera, en la vida civil, no tenían ningún tipo de apoyo.

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(Guillermo Cervera)

Entre las prioridades de la organización que dirige, VOTE, está conseguir, de acuerdo a las leyes estadounidenses, que las condenas requieran unanimidad del jurado; restablecer el derecho de voto a quienes ya hayan cumplido su condena, de manera que no tengan que acarrear este estigma para el resto de sus vidas; y otorgar a los expresidiarios el estatus de "clase protegida": una forma de evitar que sean discriminados por el hecho de que hayan pasado tiempo en la cárcel.

Las medidas que propone Henderson han de ser entendidas en el contexto de Luisiana, el "estado cautivo" donde los expresidiarios básicamente carecen de derechos. Además de las largas penas, las condiciones de las prisiones y los trabajos forzados, Luisiana tiene la particularidad de ser es el único estado de Estados Unidos donde las condenas son ilegalmente prolongadas, tal y como determinó un informe del Departamento de Justicia publicado el año pasado. El Gobierno estatal sabe que esto quebranta la ley, pero continúa sucediendo. Cerca de la cuarta parte de las condenas son prolongadas ilegalmente.

"La locura de todo esto es que no sirve para nada", dice Norris Henderson en referencia a los trabajos forzados en la plantación de Angola. "Hoy tenemos máquinas para plantar y máquinas para cosechar. Lo que quieren hacer es romper el espíritu de las personas e inculcarles una mentalidad de esclavo".

Más allá de este trabajo muchas veces demoledor, que provoca desmayos entre los presos deshidratados, expuestos a temperaturas asfixiantes, mordeduras de serpiente y la amenaza de ser metidos en una celda de aislamiento si se niegan a trabajar, lo cierto es que hay empresas que sí sacan provecho.

Una investigación publicada por la agencia Associated Press a principios de año indica que grandes compañías del sector alimentario compran y procesan esta producción agrícola. "Los bienes de estos prisioneros aparecen en las cadenas de suministro de un impresionante abanico de productos populares en la mayoría de las cocinas americanas", dice el artículo, "desde los cereales Frosted Flakes a los perritos calientes de Ball Park, la harina de Gold Medal, la Coca Cola o el arroz de Riceland. Están en las baldas de prácticamente todos los supermercados del país".

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(Guillermo Cervera)

Aunque muchas de estas empresas están violando sus propios códigos, que estipulan el rechazo a comprar el fruto de la mano de obra forzada, que no disfruta ni de salarios, ni de garantías legales, técnicamente nadie está violando la ley. La Décimotercera Enmienda recoge el derecho a imponer trabajos forzados a los presos. La esclavitud en EEUU está prohibida, salvo que se imponga a un convicto.

La primera sección del museo de Angola, donde el vigilante de seguridad es un señor negro de unos 60 años que se sienta fatigado en un silla de metal y se pasa la mano por el cráneo lampiño, está dedicada a su famoso "Rodeo". Cada mes de octubre, prisioneros de Angola se presentan voluntarios para ganar dinero entreteniendo a los espectadores intentando montar, con sus uniformes de rayas, toros encabritados.

"Se arriesgan a hacerse daño. Las comunidades urbanas van a verlos y los presos ponen en riesgo su vida y sus extremidades por 100 dólares", dice Henderson. "He de ser honesto: cuando estaba en prisión, deseaba que alguien se hiciera daño para que pararan todo eso. Es como los gladiadores en el Coliseo, en la antigua Roma. El público no te aplaude a ti, el público aplaude a los animales para que te hagan daño".

Cuando llega la hora, los verdugos afeitan la cabeza del reo para facilitar la circulación de la corriente eléctrica, amarran sus brazos, piernas, ingles y pecho a la silla de madera y le colocan una corona de metal con una esponja humedecida con agua salina. Luego activan la descarga y la mantienen 30 segundos, causando un proceso que así describía, en 1985, el juez del Tribunal Supremo William Brennan: "Los globos oculares del prisionero a veces saltan y se quedan colgados en sus mejillas. A menudo el prisionero defeca, orina y vomita sangre y babas. El cuerpo se vuelve rojo brillante a medida que sube la temperatura, la carne del prisionero se hincha y la piel se estira hasta el punto de rotura. A veces el prisionero prende fuego (...). Los testigos escuchan un sonido largo y ruidoso, como de bacon friéndose, y un repugnante olor dulzón a carne quemada permea la cámara".

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