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Terminator en Bruselas: tiroteos sin remedio y 5.000 multas de tráfico
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Terminator en Bruselas: tiroteos sin remedio y 5.000 multas de tráfico

La capital belga tiene una cierta incapacidad de lidiar con problemas de seguridad graves, pero muestra su capacidad de ser una apisonadora en el cumplimiento de las normas más elementales

Foto: Un agente de policía en Bruselas, Bélgica. (Reuters/Johanna Geron)
Un agente de policía en Bruselas, Bélgica. (Reuters/Johanna Geron)

Cualquier que haya pasado suficiente tiempo en Bruselas aprende una lección doble. Cuando se trata de lidiar con las autoridades, hay que esperar que sean absolutamente implacables en cualquier detalle burocrático o falta menor (cuando te pillen) y, al mismo tiempo, que tengan una absoluta incapacidad de lidiar con los problemas de gran tamaño (incluso aunque te pillen).

La gente vive con pánico a sacar la basura orgánica el día equivocado —en la ciudad hay un calendario extremadamente estricto para las basuras que varía según calles— pero un terrorista que acaba de asesinar a dos personas se pasea en moto por la capital belga y es abatido solamente al día siguiente… en una cafetería, como ocurrió en octubre de 2023. La frontera entre lo que es una falta menor y lo que empieza a ser grave es borrosa y solamente la conoce el Estado belga. Y es ahí donde se hace fuerte, donde caen las multas, donde de verdad aprieta.

El caso del terrorista huido no es, ni mucho menos, el único ejemplo de la ineficacia belga con los grandes retos de seguridad. Lo sabe todo el mundo después de que, tras los atentados de París, Salah Abdeslam volviera a su barrio, a Molenbeek, a esconderse. También después de que se conociera que el terrorista que se paseó toda la noche el año pasado debía haber sido deportado a Túnez en 2022, cuando lo solicitaron las autoridades tunecinas, pero sencillamente no se hizo. ¿Por qué? Un error. Le costó el puesto al ministro de Justicia, siguiente pregunta.

Ese mismo 2022, un policía murió apuñalado por un hombre que, anteriormente, había acudido a una comisaría y había pedido que le llevaran a un hospital. ¿Por qué? Porque quería apuñalar a policías. Allí lo soltaron, porque claro, ¿quién podía esperar que acabara apuñalando a un policía?

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Bruselas vive un problema real de violencia entre bandas. Anderlecht, un barrio de la capital, ha vivido cinco tiroteos en las últimas dos semanas. Pero se habla más de los fallos de Bélgica que su efectividad absoluta como apisonadora a la hora de hacer cumplir las normas más básicas. El héroe de esa otra Bélgica es Patrick M, un policía en el oeste de la capital. “Me llaman Terminator”, comenta orgulloso a los medios públicos belgas. ¿La razón? Ha puesto 5.000 multas de tráfico en el último año. “Tengo tolerancia casi cero”, añade.

Lo que pocos medios belgas han resaltado es la razón por la que Patrick M pone entre 30 y 50 multas al día. Entre las 6:30 y las 9 de la mañana el policía se dedica a ayudar a regular el tráfico en la plaza Doctor Schweitzer, que es un clásico del tráfico belga. Por ella pasan una infinidad de vehículos que entran a la capital en estado de caos absoluto, rodeados de tranvías, bicicletas y peatones, todos mezclados, todos queriendo pasar al mismo tiempo. Y todo ello, por supuesto, con muy pocas señales de tráfico. Ese caos es el hábitat perfecto para la infracción. Y ahí está Patrick M, implacable, por su seguridad.

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Los belgas están acostumbrados a las rotondas caóticas. El noveno círculo del Infierno de Dante tiene seis carriles, varios semáforos en medio, tres vías distintas de tranvías y un carril de bicicletas y autobuses, todo cortado por una de las arterias principales de la ciudad, y se llama rotonda de Meiser. Está también aquí, en Bruselas. Allí están Lucifer, Judas y Charles Michel atrapado, dando vueltas, buscando un puesto para volver a la política nacional belga. ¿Podría hacerse una obra para hacer que las rotondas tuvieran más sentido? Esa pregunta solamente se la haría alguien que no lleve suficiente tiempo aquí.

La culpa no es del bueno de Patrick. Pero tampoco lo es de los infractores. La gente se abre paso como buenamente puede. Porque en Bruselas nunca sabes cuándo algo está regulado al milímetro y cuándo se aplica la ley de la selva. El mismo conductor que recibe una multa de "Terminator" se ha encontrado, quizás un día antes, en el cruce de Flagey con la calle Lesbroussart. Allí quedó totalmente bloqueado, en una escena que solamente le diferencia de la hora punta en Nueva Delhi el hecho de que no haya vacas sagradas moviéndose a sus anchas.

Cualquier que haya pasado suficiente tiempo en Bruselas aprende una lección doble. Cuando se trata de lidiar con las autoridades, hay que esperar que sean absolutamente implacables en cualquier detalle burocrático o falta menor (cuando te pillen) y, al mismo tiempo, que tengan una absoluta incapacidad de lidiar con los problemas de gran tamaño (incluso aunque te pillen).

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