Este experto en encuestas te explica por qué no te puedes fiar de ellas en EEUU
Como recuerda Campbell, hay sondeos que predicen unas elecciones ajustadas y acaban en goleada, como cuando Ronald Reagan se llevó 44 de los 50 estados frente el presidente Jimmy Carter en el año 1980
Nuevamente y pese a los errores en las encuestas presidenciales de los últimos años, Estados Unidos y buena parte del mundo se abalanzan cada mañana sobre los números que salen de Morning Consult, Ipsos, Marista, Siena College y otras agencias sociológicas. Sobre todo porque parece que Donald Trump y Kamala Harris están empatados. Más aún, porque ambos afirman que la victoria del rival podría significar el final de la democracia americana tal y como la conocemos. Así que formulamos la eterna pregunta: ¿hasta qué punto es sabio fiarse de las encuestas?
"Los sondeos que salen mal no lo hacen por las mismas razones. Cada vez que hay un fracaso predictivo, sucede por un diferente conjunto de circunstancias", dice a El Confidencial W. Joseph Campbell, profesor emérito de comunicación en American University y autor de Lost in Gallup: Polling Failure in U.S. Presidential Elections. "En 2016, por ejemplo, las encuestas nacionales estuvieron razonablemente cerca del resultado, pero las encuestas de Michigan, Wisconsin y Pensilvania erraron, y eso descolocó un montón de predicciones y expectativas".
Como recuerda Campbell, hay sondeos que predicen unas elecciones ajustadas y acaban en goleada, como cuando Ronald Reagan se llevó 44 de los 50 estados frente al entonces presidente Jimmy Carter en 1980. Hubo "gurús" que, el mismo día de las elecciones de 2004, cantaron la victoria de John Kerry gracias a una serie de estados; luego resultó que esos estados habían votado por George W. Bush. Hay fracasos sonados en las primarias, como en New Hampshire en 2008, y fracasos muy visibles, como los sorprendentes resultados de 2016. Aunque, como dice Campbell, los sondeos de ese año fueron razonables. Mejores, de hecho, que los de 2020.
"El de 2020 fue el peor desempeño colectivo en unas encuestas presidenciales desde hace más de 40 años, cuando Ronald Reagan venció por sorpresa a Jimmy Carter", dice Campbell en referencia a la ventaja apabullante de Joe Biden, que, al final, no se materializó: la ventaja del demócrata fue de 4,4 puntos, no del esperado 8,8. Y estuvo a punto de perder las elecciones por márgenes finísimos en los estados clave. Georgia, Arizona y Nevada se los embolsó por unos misérrimos 15.000 votos en total.
"Esto supuso un ojo morado para los encuestadores de EEUU, que desde entonces han estado intentando ajustar sus técnicas y sus metodologías para acertar esta vez", continúa Campbell. Dado que los errores de 2016 y 2020 consisten, aunque de distinta forma, en la subestimación de Donald Trump, es ahí donde se han centrado los encuestadores: en evitar que se vuelva a dar ese menosprecio estadístico.
En declaraciones a The Hill, Chris Jackson, vicepresidente de asuntos públicos de la agencia Ipsos, dice que el sector está intentando corregir esas imprecisiones afinando la forma en que se define la muestra estadística. Seguirán usando información del censo, pero la matizarán con las tendencias demográficas y con datos del registro de partido y el historial de voto. Jackson reconoce que los errores seguirán dándose en otras métricas y que el dato de participación continuará siendo difícil de estimar.
Otro factor que no ayuda a encontrar claridad, en opinión de Campbell, es el sesgo político de los medios. Si uno limita su dieta informativa a los grandes periódicos o canales televisivos, tendrá la impresión de que la campaña de Donald Trump está continuamente implosionando. Un factor que contribuyó a la estupefacción generalizada, en las grandes ciudades, la noche del 8 de noviembre de 2016.
Puestos a hacer comparaciones históricas, Campbell dice que la campaña de Kamala Harris le recuerda a la del candidato presidencial republicano Thomas Dewey, que desafió al presidente Harry Truman en 1948. Como las encuestas decían que ganaría Dewey, este optó por una campaña “deslizante”. En lugar de inflarse a dar mítines y entrevistas y bajar al barro a pegarse con Truman, Dewey adoptó una postura altiva, pues la corriente de fondo seguiría su curso hasta llevarle al Despacho Oval. Consecuencia: perdió las elecciones. Y nos dejó la famosa foto de un ufano Truman sosteniendo un periódico que se adelantó y que decía “Dewey vence a Truman”.
“En 1948 todo el mundo, los encuestadores, la prensa, los comentaristas, pensaban que Dewey ganaría con facilidad. Pero, sorprendentemente, perdió”, dice Campbell. “Creo que es peligroso llevar una campaña sin salir a hablar con la gente o con reporteros que harán preguntas difíciles. Después de todo, es una manera en que los candidatos pueden poner a prueba sus ideas y sus posiciones”.
Especulando en retrospectiva, se dice que Truman era un luchador, un político al que siempre habían subestimado, pero que siempre había dejado hasta la última gota de sudor en el campo de batalla. En las semanas anteriores a los comicios, Truman había recorrido buena parte de EEUU subido en el tren presiencial. Dio 200 mítines. Muchos más que su rival. El 3 de noviembre se despertó con la noticia de su victoria.
Es posible que los demócratas estén entrando en un estado de pánico y hayan convencido a Kamala Harris para que abandone la excesiva cautela y salga a bregarse, a dar la cara. "Trump está en todas partes. Los ansiosos demócratas se preguntan por qué Harris no", titulaba el portal Politico la semana pasada. Desde entonces, la candidata ha aparecido en unas pocas entrevistas, entre ellas una con el legendario programa 60 Minutos, de la CBS.
Entre el 21 de julio y el 19 de septiembre, los republicanos Donald Trump y JD Vance comparecieron juntos o por separado (sobre todo Vance) 70 veces en entrevistas y ruedas de prensa. En ese mismo periodo de tiempo, Kamala Harris y su compañero de ticket, Tim Walz, comparecieron siete veces en total. Es decir, diez veces menos.
El modelo Lichtman del "verdadero" o "falso"
El académico mundo de la predicción también tiene sus grandes egos. El profesor de American University, Allan Lichtman, es famoso por haber desarrollado un sistema de 13 preguntas de verdadero o falso; lo que él llama las "llaves". Cada ciclo electoral, él se hace las preguntas. El candidato que tenga cinco o menos preguntas cuya respuesta sea "falso" ganará las elecciones. De los diez ciclos electorales que ha habido desde 1980, Lichtman acertó nueve. El único que se le resistió fue el más ajustado de todos: la competición de Bush contra Gore en 2000.
Lo interesante del modelo de Lichtman, además de su aparente precisión, es que no tiene en cuenta las encuestas. Lo cual le ha granjeado las críticas de gurús de los sondeos como Nate Silver, que tiene su propio modelo predictivo. Cuando Lichtman predijo, a finales de septiembre, que sus llaves le decían que Harris ganaría las elecciones, Silver le acusó de no saber entender ni su propio modelo.
"Por lo menos siete de las llaves, quizás ocho, claramente favorecen a Trump", dijo Silver en X. "Lo siento, hermano, pero eso es lo que dicen las llaves. ¿A no ser que reconozcas que son totalmente arbitrarias". Lichtman respondió que Silver no tenía "ni la más mínima idea" de cómo leer su sistema, y que este no era ni un historiador, ni un científico social, ni tenía credenciales académicas.
La historia de las predicciones está llena de choques de vanidades, pero también de arrepentimientos y hasta de humillaciones. Joseph W. Campbell resalta el caso del profesor de la Universidad de Princeton, Sam Wang, cuyo modelo daba a Hillary Clinton un 99% de posibilidades de ganar las elecciones en 2016. Wang estaba tan seguro de su predicción, anunciada en el Princeton Election Consortium, que prometió "comerse un bicho" en directo en la televisión si, al final, ganaba Trump.
"Por lo menos siete de las llaves, quizás ocho, claramente favorecen a Trump"
Y eso hizo. Unos días después se comió un grillo en directo en la CNN. Unos meses antes, Dana Milbank, columnista de The Washington Post que estaba completamente convencido de que Donald Trump jamás ganaría las elecciones primarias, dijo que se comería el papel en el que estaba impresa la columna si Trump se convertía en el nominado presidencial. Y cumplió su promesa. Un cocinero le preparó un ceviche de celulosa. Literalmente, Milbank se comió sus palabras.
A menos de un mes de las elecciones, los sondeos no lo dejan nada claro. Kamala Harris ganaría a nivel nacional, pero en los estados clave hay un poco de cada cosa. Donald Trump, técnicamente, está en una posición menos desventajosa que en 2020 y en 2016.
Nuevamente y pese a los errores en las encuestas presidenciales de los últimos años, Estados Unidos y buena parte del mundo se abalanzan cada mañana sobre los números que salen de Morning Consult, Ipsos, Marista, Siena College y otras agencias sociológicas. Sobre todo porque parece que Donald Trump y Kamala Harris están empatados. Más aún, porque ambos afirman que la victoria del rival podría significar el final de la democracia americana tal y como la conocemos. Así que formulamos la eterna pregunta: ¿hasta qué punto es sabio fiarse de las encuestas?