Retrato íntimo del Israel más traumatizado: "Mi hijo se siente culpable por ser israelí"
Pasado un año, la mitad de la población israelí opina que la guerra debe detenerse. Sobre todo los familiares de los secuestrados, que según cifras oficiales, son 101
Aniversario del atentado del 7 de octubre, en el kibutz Mefalsim. (Reuters/Amir Cohen)
“Si estás herido por un misil, esto es lo que debes hacer”, dice una mujer rubia con el pelo pulcramente recogido en el anuncio de la tele que es ineludible y que sale a todas horas en todos los canales. También los misiles caen a todas horas en la región norte de Israel y a menudo en la región sur, y de vez en cuando en la región central. Desde hace un año.
“Hace un año que no vivo en mi casa”, dice Ilana Goffer, habitante del kibutz HaGoshrim, en el norte de Israel. La casa de su vecina sufrió un impacto directo de misil y muestra la foto del destrozo en su móvil. La suya aún está en pie. Su marido Yehuda llora al recordar cómo empezó todo esto: “Los de Hamás entraron a miles, mataron, violaron, lastimaron, es incomprensible…”.
“Si fuera por los misiles de Hamás, Hezbolá y sobre todo Irán, y si Israel no tuviera un sistema de defensa como la Cúpula de hierro, el país no se vería muy diferente a Gaza y Beirut, los muertos serían también miles”, dice Ayelet pacifista y miembro de la organización Standing Together (Omdim Beiajad, en hebreo) donde palestinos y judíos, todos israelíes, piden una sociedad más inclusiva y el fin inmediato a la guerra desde hace un año.
La guerra comenzada por Hamás con aquel ataque que no hay palabras para calificar y que ha llevado a Israel a actuar del modo que Hamás esperaba, ha sumido a la Franja de Gaza en la peor crisis humanitaria de su historia. De modo similar, Israel se encuentra en el peor momento de sus 75 años de existencia, moral, social y económicamente. Al igual que El Líbano, por motivos que aún hay que dilucidar cabalmente (porque Hezbolá y los palestinos no han tenido una historia de unión y hermandad, precisamente).
En Israel hay gente que se manifiesta por el fin de la guerra desde el principio, cuando estaba mal visto manifestarse por la paz y los que protestaban se atenían a la ira de los que consideraban que el eslogan “unidos venceremos” era una verdad posible. Pasado un año, más de la mitad de la población opina que la guerra debe detenerse, el 53 por ciento, según una encuesta reciente del Instituto de la Democracia de Israel. Sobre todo, los familiares de los secuestrados, que, según cifras oficiales, son 101.
“No se ha llegado a un acuerdo porque Benjamin Netanyahu y Yahya Sinwar son de la misma calaña, la única posibilidad de llegar a un acuerdo era regresando a los rehenes y, años después tal vez se podría lograr la paz, si acaso...”, dice el historiador de la Universidad Hebrea de Jerusalén Arieh Kacowicz. “El haber abandonado a los secuestrados es una decisión fruto de la crueldad y malevolencia tanto de Sinwar como de Netanyahu. A Sinwar no le importa que se mueran otros 40.000 palestinos, él mismo lo ha dicho, y a Netanyahu le importa un carajo que vuelvan todos los israelíes en cajones. Hubo varios puntos donde podrían haber llegado a acordar, el último en julio, por ejemplo”.
Homenaje a las víctimas del 7 de octubre
El Ejército es enviado a hacer lo que hay que hacer. Israel declaró la guerra a Hamás el 8 de octubre y fueron movilizados 300.000 reservistas. El pequeño ejército israelí se apoya principalmente en los reservistas, que son alrededor de 460.000, frente a los soldados regulares que, según estimaciones, están un poco por encima de los 169.000.
Algunos están convencidos de que la fuerza en Gaza es el único modo de traer a los secuestrados a casa. Tsahi Halevi, actor de la aclamada serie Fauda, tras el 7 de octubre volvió a su unidad en el Ejército y combatió en Gaza, aun habiendo superado la edad de reserva activa, que es 45. “Estaba convencido cada vez que entraba que saldríamos de allí, habiendo rescatado a los rehenes, a alguno. Era mi misión”. Pasó un año y cada vez queda más claro que si bien muchos soldados creen como Halevi, no es esa la misión del actual gobierno.
Otros muchos soldados están traumatizados después del servicio. Otros durante. “Yo no entiendo cómo, con el ejemplo que di en casa, con el pacifismo, las manifestaciones, las conversaciones, mi hijo mayor está en el Ejército y no se ha resistido a estar en unidad de combate, y el siguiente lo estará en un año, por mucho que su padre y yo tratamos de ayudarlo a salir”, cuenta Ora B.. Su hijo mayor, quien va a cumplir 19, sirve en la unidad de documentación. Al chico le interesa el cine y la fotografía. Hace años, un soldado de la unidad de documentación murió durante un combate porque su equipo consistía en casco, chaleco antibalas y cámaras, pero no arma, y tampoco tenía entrenamiento en ella.
Desde entonces, los soldados documentalistas son también combatientes. En lo que va de guerra, Gaby, el hijo de Ora, ha entrado en Gaza en más de 12 ocasiones. Ha fotografiado y filmado a soldados al atardecer, entrando en casas de Ciudad de Gaza, sentados tomando café, observando objetivos, en mansiones de Gaza (porque sí hay mansiones en Gaza), con los perros del Ejército… También ha visto morir frente a sus ojos a un señor de unos 60 años cuyo hijo había sido tiroteado por sus compañeros. El padre murió de un paro cardíaco y Gaby tomó la foto del hombre con camiseta blanca y calzoncillos, arrodillado en el suelo con la sangre de su hijo en la ropa interior, minutos antes de caer muerto él también. Vio otras muchas cosas que no quiere recordar. Pero cuando le tocó fotografiar a palestinos arrestados, en fila, con los ojos tapados, las manos atadas a la espalda, algunos desnudos, esperó el momento de pedir el traslado.
Sus comandantes le preguntaron por qué quería salir de Gaza, de Rafah, en su última ronda, contestó que porque no sabía que le iban a ordenar tratar con población palestina y que no estaba dispuesto. Entonces lo mandaron al frente norte. Allí sigue ahora, con la obligación de entrar en el Líbano en algún momento y procurar no morir mientras documenta.
“Yo siento que me miran con miedo y eso que soy mujer”, dice Samar, una árabe israelí que vive en el barrio de Yafo, al sur de Tel Aviv, donde la semana pasada, media hora antes del ataque iraní con 180 misiles balísticos, hubo un atentado terrorista en el que dos hombres jóvenes procedentes de Hebrón abrieron fuego contra personas que estaban en una parada de tranvía. Estudiantes, madres con niños, jóvenes del barrio... Mataron a ocho antes de que las tropas del Ejército fronterizo acabaran con la vida de uno de los atacantes y un ciudadano, un joven que trabaja en high tech, matara al otro con su pistola.
“Ser palestino en Israel nunca es fácil, pero ahora es una temeridad”, dice Samar, como si pudiera elegir. “Tomos somos sospechosos de terroristas potenciales y la verdad que lo entiendo. Me da tanta pena y rabia ser la que da miedo y levanta sospechas”.
Mwafaq Odeh vive en Nazaret. Sus tres hijos se niegan a hablar en hebreo desde el comienzo de la guerra. “Estoy preocupado, lo que ellos ven en las redes sociales, que son un veneno, es propaganda fanática islamista. Les pongo castigos y límites, pero da igual. Con que estén diez minutos, eso aparece. Y no es que sea superdescabellado el fondo de la cuestión de esos vídeos, porque los palestinos somos ciudadanos de segunda o tercera en Israel, pero es una pena haber llegado a esta explosión, eso se debería tratar de otros modos, no como lo hizo Hamás”.
“Lo que mi hijo más me dice desde hace un año es ‘tengo miedo, mamá’,” cuenta Maya, sobre su hijo de 13 años. “Tiene miedo de salir a la calle, donde hay tantos civiles armados, tiene miedo de las sirenas, de los portazos, de los coches que suenan como un impacto de misil. Tiene mucho miedo del odio y los insultos que recibe online cuando dice que es israelí. Bueno, decía, porque hace tiempo que no lo hace. Y luego se siente culpable por ser israelí al pensar cómo estarán los niños de Gaza, porque él sí sabe qué pasa con ellos por las redes sociales, más o menos, no por los medios de comunicación israelíes, que no los mencionan”.
“Si estás herido por un misil, esto es lo que debes hacer”, dice una mujer rubia con el pelo pulcramente recogido en el anuncio de la tele que es ineludible y que sale a todas horas en todos los canales. También los misiles caen a todas horas en la región norte de Israel y a menudo en la región sur, y de vez en cuando en la región central. Desde hace un año.