Donald regresa a la escena del crimen: razones para votar a Trump
Ahí sigue: candidato por tercera vez consecutiva. Lo cual obliga a bucear por debajo de la capa de estupefacción que sienten muchos norteamericanos y extranjeros, y revisar el fenómeno
El candidato presidencial Donald Trump regresa con un mitin al lugar donde lo intentaron matar. (Reuters/Brian Snyder)
A un mes de las elecciones presidenciales, Donald Trump ha vuelto a dar un mitin en el condado de Butler, en la Pensilvania rural. El mismo lugar donde estuvo a punto de ser asesinado el 14 de julio. El mismo escenario donde se reincorporó con la oreja y la mejilla ensangrentadas, rodeado por agentes del Servicio Secreto, para elevar el puño y gritar: "Fight, fight, fight!". Un momento cuyo simbolismo ha tratado de recuperar este sábado frente a miles de seguidores.
"Como iba diciendo…", dijo Trump nada más subir al escenario, en referencia a la interrupción del mitin de julio causada por los disparos del tirador, provocando las risas del público. Luego honró a los heridos y al fallecido en el atentado, dijo que "la mano de la providencia y la gracia de Dios" lo habían salvado y sugirió que a lo mejor habían sido sus adversarios quienes estaban detrás del intento de magnicidio.
A Donald Trump lo intentaron matar y lo han dado por políticamente muerto, también, en muchas ocasiones, pero ahí sigue: candidato por tercera vez consecutiva. Lo cual obliga a bucear por debajo de la capa de estupefacción que sienten muchos norteamericanos y extranjeros, y revisar, de nuevo, el fenómeno.
El camino más obvio para entender el atractivo político de Donald Trump es ponerse en la piel de su votante medio; o, mejor, de su votante reacio: aquel que, como se suele decir, se pone"una pinza en la nariz" a la hora de depositar la papeleta. ¿Qué es lo que les gusta, o no les molesta, de un líder tan particular y tan divisivo?
Más allá de los factores estructurales que explican el éxito del populismo trumpista, como la desindustrialización, el cambio demográfico o la inyección de esteroides de las redes sociales, lo cierto es que el trumpismo ya está más que instalado en las retinas, en las conciencias. En 2016 tenía mucho de movimiento revanchista contra un sistema que había perdido la credibilidad en grandes extensiones del país. En 2024, en cambio, la simpatía por Trump tiene un sabor más pragmático. El magnate ya ha sido presidente y sus transgresiones son lo esperable, están amortizadas.
Centrarse en su carácter hiperbólico, reflejado en sus bulos, sus juicios o sus relaciones extramatrimoniales, nos deja una imagen incompleta: para millones de votantes, el carácter de Trump ha quedado en segundo plano.
Cuando se pregunta a los estadounidenses por la gestión de la economía, la inmigración y la política exterior, por ejemplo, Donald Trump tiende a salir mejor parado que sus rivales demócratas. Algo que se puede argumentar haciendo una rápida comparación.
Trump, durante su segundo mitin en Butler. (EFE/Will Oliver)
Los años de Biden han sido más difíciles que los años de Trump. Ahora mismo no pasa un día sin que los norteamericanos sientan un pinchazo al mirar el recibo de la compra, por ejemplo. Los productos básicos se han encarecido hasta el punto de llenar las conversaciones entre personas estupefactas a la salida del supermercado.
Muchos economistas han explicado que, en realidad, las causas del encarecimiento de la vida en los últimos años no se deben únicamente a los demócratas. Que la pandemia de covid y su impacto en las cadenas de producción tiene mucho que ver, y que tanto Biden como Trump inyectaron miles de millones de dólares en la economía, subiendo los precios como si fueran barcos en la marea.
También han recordado que, en realidad, el precio de un cartón de leche, una libra de carne, una docena de huevos o el resto de la "cesta de la compra" solo representa una parte pequeña del paisaje inflacionario, y que habría que mirar a la energía y a no sé qué más para tener un retrato completo. Y otra cosa más: el resto de indicadores, bajo Joe Biden, van fenomenal. El empleo, el consumo, el PIB. Y además la inflación lleva ya tiempo cerca de los niveles estables.
Todas estas son razones válidas, pero la realidad es la siguiente: para la inmensa mayoría de los estadounidenses, que ni tienen acciones bursátiles ni se leen las páginas color salmón, con Donald Trump llenar dos bolsitas de tela en el supermercado del barrio no costaba 200 dólares. Y no hay mucho más.
Sucede lo mismo con la inmigración. En el aspecto del carácter, Trump se merecería un suspenso. Desde el primer día de su primera campaña presidencial, el magnate demonizó a los inmigrantes indocumentados, hablando de violadores, asesinos y traficantes de drogas, y lo sigue haciendo. Maneja datos falsos o descontextualizados y disemina bulos extraños y fáciles de desmentir.
Luego está la visión pragmática. En 2017, con Donald Trump en la presidencia, los encuentros y detenciones en la frontera con México sumaron 310.531; en 2018, 404.142; en 2019 se duplicaron; en 2020 volvieron a bajar a 405.000. En el primer año de mandato de Joe Biden, se registraron 1.662.167 encuentros y detenciones. Un año después hubo 2.214.652; en 2023, último año con datos, 2.063.692.
Dicho de otra manera: durante la presidencia de Joe Biden han llegado a entrar anualmente hasta seis veces más inmigrantes sin papeles que durante la presidencia de Donald Trump. Una cantidad tal que, gracias también a los buses fletados a las ciudades del norte por los gobernadores del sur, cientos de miles de estas personas se han establecido en lugares que no tenían la costumbre de presenciar el fenómeno migratorio. Pero ahora sí que lo ven. Y eso influye en sus preferencias políticas.
Aquí también hay una buena cantidad de razones, matices y contextualizaciones que los expertos de las políticas migratorias pueden plantear. Pueden decir que con Barack Obama los números estaban igual o más bajos que con Trump, o que a Joe Biden le tocaron determinadas circunstancias pandémicas y geopolíticas. La realidad inmediata, sin embargo, es que, con Donald Trump, la frontera estaba más en orden.
Respecto a la política exterior, Donald Trump reitera que con él en la Casa Blanca no estallaron nuevas guerras, que Oriente Medio estaba en relativa calma y que, si él hubiera seguido al mando, Vladímir Putin no se habría atrevido a poner un pie más allá del 7% de Ucrania que se había agenciado en 2014.
Nuevamente, podríamos encargar a media docena de expertos en relaciones internacionales que escribiesen un volumen sobre cada una de estas afirmaciones de Trump. Podrían alegar que los atentados terroristas del 7 de octubre del 2023 en Israel respondieron, en parte, al ninguneo de los intereses palestinos en los Acuerdos de Abraham auspiciados por la Administración Trump; o recordar que los apetitos imperialistas de Rusia en Ucrania anteceden a Vladímir Putin.
Pero lo tangible, lo comprobable, lo que todo el mundo ve en las noticias de muertos y bombardeos, es que Gaza y Ucrania estallaron cuando Joe Biden era presidente. La imagen del caos y la imagen de un señor mayor y titubeante en el Despacho Oval maridan bien en la mente de muchos votantes norteamericanos.
De hecho, se puede llevar este argumento un poco más lejos y decir, sin faltar a la verdad, que Joe Biden continuó muchas de las iniciativas originales de Trump. ¿Los Acuerdos de Abraham? Le sirvieron y los mantuvo. ¿Giro agresivo con China, aranceles, política de contención? Biden criticó todo esto en 2018. Luego lo adoptó y hasta lo profundizó. ¿Retórica America First, aunque sin usar estas palabras, apostando por reindustrializar EEUU y devolver al suelo patrio las industrias estratégicas? Otra terrible iniciativa aislacionista de Trump… Adoptada por Biden. ¿Inmigración? Los demócratas han acabado endureciendo, también, sus políticas.
Antes esta tesitura, muchos votantes se preguntan si no será mejor recuperar el presidente original en lugar de continuar con el sucedáneo. Se dice que el paso del tiempo es el mejor juez, y por ahora muchas iniciativas de Trump aguantan el tipo.
¿Qué pasa, entonces, con lo del carácter? Para los críticos de Trump, que son mayoría en Estados Unidos, las mentiras del magnate, su historial de abusador sexual condenado, sus casos de fraude y todo lo demás son razones suficientes para no querer verlo ni de concejal en una aldea montañosa de Wyoming.
Para sus simpatizantes o incluso para muchos dubitativos, los desmanes de Trump pueden ser una de estas tres cosas: primera opción, una mentira de los fake media que van a por él y por eso tergiversan sus acciones. Segunda opción, un defecto a lamentar, sí, pero asumible, ya que el candidato, al final, ofrece frutos. Y tercero: Donald Trump es un luchador, un guerrero, y los guerreros vienen así de fábrica.
El defecto más grave de todos, la negativa a reconocer su derrota en 2020 y el intento de mantenerse ilegalmente en el poder, se puede ver desde uno de los filtros mencionados. O bien todos mienten, sí que hubo fraude y Trump es el presidente legítimo; o bien, bueno, no sé, pasaron muchas cosas raras en 2020, pero Trump es buen presidente; o bien el temperamento combativo es así.
Millones de norteamericanos no ven a Trump como un político al uso, sino como un gladiador. Y, si uno elige a un gladiador para presidir Estados Unidos, no espera que ese gladiador sea un tipo agradable y cosmopolita que disfrute conversando en varios idiomas después de una cumbre diplomática en Bruselas. Ni siquiera esperan que ese gladiador se comporte como una persona normal. Los gladiadores pelean. Y las peleas, por definición, son sucias, caóticas, imprevisibles y a menudo sangrientas.
Una bandera en el mitin de Trump. (Reuters/Brian Snyder)
Como recalcan sus seguidores, Estados Unidos no necesitaba en 2016 ni tampoco necesita ahora un político del sistema que haga lo mismo que han hecho los anteriores. Una nulidad de rostro intercambiable. Lo que haría falta es un tipo que tenga las agallas de transformar ese sistema, porque el sistema, a la luz del aumento de la desigualdad, de la crisis de los opioides, y de la izquierda lunática woke, que no sabe ni definir lo que es una mujer, ha de ser transformado. Y la tarea es tan enorme y tan desagradable que solo un gladiador puede hacerlo. Por eso despidió a tantos colaboradores y por eso se ha creado tantos rivales; prueba de su sacrificio.
Los simpatizantes de Trump, además, perciben dos cosas que lo confirmarían como una buena persona. Una es su familia, que es numerosa y que siempre está con él, hombro con hombro (exceptuando a su mujer, Melania Trump). Hay muchos ricos que no se hablan con los hijos y que lamentan tener que pagarles una pensión. Trump no solo los tiene al lado en los mítines: trabajan, casi viven con él.
El segundo elemento que es que Donald Trump abandonó una vida dorada para entrar en política. Como él siempre recuerda, y lo ha hecho una vez más en Butler, Pensilvania, podría haberse dedicado a jugar al golf el resto de sus días, a ver crecer a los nietos, a comer langosta en un yate frente a una playa de arena blanca. En lugar de eso, se enfrentó al sistema y habría pagado un precio por ello: las campañas mediáticas, los procesos judiciales e incluso dos intentos de asesinato.
Estos son los mimbres que se notaron, una vez más, en el mitin de anoche en Butler, que tuvo un alto perfil. Trump contó con el millonario Elon Musk, dueño de la red social X, que subió al escenario durante unos minutos, y con su número dos, JD Vance, elevado por su reciente actuación en el debate vicepresidencial. Su discurso fue una mezcla de comentarios jocosos, adulación a su "movimiento", ataques a los rivales y exageraciones jalonadas de falsedades.
A solo 31 días del 5 de noviembre, Trump, como su rival, la demócrata Kamala Harris, está peinando los estados clave para rascar los pocos miles de votos que marcarán la diferencia en estas elecciones: las más ajustadas en lo que va de siglo.
A un mes de las elecciones presidenciales, Donald Trump ha vuelto a dar un mitin en el condado de Butler, en la Pensilvania rural. El mismo lugar donde estuvo a punto de ser asesinado el 14 de julio. El mismo escenario donde se reincorporó con la oreja y la mejilla ensangrentadas, rodeado por agentes del Servicio Secreto, para elevar el puño y gritar: "Fight, fight, fight!". Un momento cuyo simbolismo ha tratado de recuperar este sábado frente a miles de seguidores.