Hezbolá no es Hamás: parecidos razonables, realidades diferentes, enemigos comunes
Israel podría abrir una guerra en dos frentes: Hamás y Hezbolá. Organizaciones con parecidos razonables, aunque con fondo y circunstancias —sociales, económicas y militares— bien diferentes
El jefe militar de Israel, Herzi Halevi, expresó el miércoles lo que los analistas sospechan y la comunidad internacional teme desde hace semanas. Los ataques aéreos sobre Líbano son el preludio de una potencial incursión terrestre. "Podéis oír a los aviones ahí arriba, atacamos todo el día. Así preparamos el terreno para vuestra posible entrada y, al mismo tiempo, seguimos haciendo daño a Hezbolá", afirmó. Esto pondría al Estado hebreo en una guerra abierta con dos frentes: en uno Hamás y en el otro, Hezbolá. Organizaciones que tienen muchos parecidos razonables, aunque el fondo y las circunstancias —sociales, económicas y militares— de cada una de ellas son bien diferentes.
El 7 de octubre de 2023, muchas cosas cambiaron. Hamás lanzó la Inundación de Al-Aqsa, una operación sin precedentes por su gran precisión, planificación y crueldad. Todo comenzó con el lanzamiento de más de 3.000 cohetes contra territorio israelí, a los que siguieron grupos bien organizados y armados de milicianos que entraron en territorio judío, donde asesinaron sin contemplaciones a los civiles y militares que fueron encontrando a su paso.
Aquel día, con más de 760 civiles asesinados, fue el más negro de la historia de Israel por el número de bajas sufridas. Muchos de ellos jóvenes que participan en un festival musical, mayoritariamente de tendencias moderadas e incluso críticos con el Gobierno de Benjamín Netanyahu. También hubo más de 350 militares muertos y se tomaron 240 rehenes, algunos devueltos después por los propios terroristas, otros liberados por las tropas Jerusalén, varios muertos o asesinados. Casi un centenar todavía están en poder de los terroristas y su suerte se desconoce.
El conflicto se profundizó con el recrudecimiento de hostilidades entre las milicias de Hezbolá, que operan al sur de Líbano, y las fuerzas israelíes, un conflicto paralelo pero conectado con el de Gaza. Las históricas operaciones del Mossad, el servicio de inteligencia, haciendo explotar simultáneamente los buscas y walkie-talkies de militantes y colaboradores de Hezbolá en Líbano, llevaron a la previsible respuesta en forma de andanadas de misiles. Y a esta le siguieron los bombardeos israelíes en territorio libanés, que ya llegan a la capital, Beirut, con cientos de muertos y miles de heridos. La marcha de los acontecimientos puede derivar en un enfrentamiento a una escala no vista desde los años 70.
Muchos analistas avisan de que detrás de este conflicto están (o se intuyen) los intereses de Irán. El golpe del 7 de octubre no fue solo simbólico —justo un día después del aniversario de la guerra del Yom Kipur— sino también geopolítico. Teherán teme el creciente acercamiento entre países árabes, liderados por Arabia Saudí, y el Estado de Israel, bajo el paraguas diplomático estadounidense de los denominados Acuerdos de Abraham (que ya habían firmado Emiratos, Sudán, Baréin y Marruecos para normalizar relaciones con el país hebreo).
El régimen de los ayatolás es considerado, además, benefactor tanto de Hamás como de Hezbolá (pese a que lo niegan). Una contorsión religiosa y diplomática que solo se explica porque combaten un enemigo común.
Parecidos razonables, creencias dispares
Hamás es el acrónimo de Harakat al-Muqáwama al-Islamiya, que significa Movimiento de Resistencia Islámica. Son islamistas radicales adscritos a la rama suní, cuyo referente es Arabia Saudí; y están enfrentados a la facción chií, representada por Irán. Ambas discrepan en quién es el legítimo sucesor del profeta Mahoma. Sus orígenes se establecen en 1987, como una escisión de los Hermanos Musulmanes, tras iniciar estos su lucha en Egipto y Siria. Y por ser suníes, tienen fuertes vínculos con el Estado Islámico, Al Qaeda y los grupos suníes de Líbano.
Hay expertos que sostienen —e indicios existen— que Hamás fue una creación del Mossad, interesado en fomentar y financiar un grupo contrario a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) para debilitar la entonces posición hegemónica del partido de Yassir Arafat. Esto, que tanto Israel como la propia Hamás niegan, establecería un cierto paralelismo con Al Qaeda, en su origen impulsada por Estados Unidos para debilitar la posición soviética en Afganistán.
Por su parte, Hezbolá (ḥizbu-'llāh) significa Partido de Dios y es una organización establecida en Líbano que, al igual que sus aliados en Gaza, cuenta con una rama política y otra militar. La organización se establece en 1992, aunque sus raíces se hunden en la guerra civil de 1975 y la invasión israelí de Líbano de 1982. Es de la rama chií y, por tanto, recibe todo su apoyo de Irán. La inteligencia occidental calcula que Teherán envía a la organización unos 1.000 millones de dólares anuales. Su brazo paramilitar es considerado (o era) de los más potentes y organizados del mundo.
Mientras que Hezbolá es considerada como organización terrorista por Estados Unidos y otros países occidentales, la Unión Europea tan solo considera terrorista su rama militar. No ocurre así con Hamás, considerada organización terrorista por la mayor parte de países occidentales (UE, EEUU, Japón, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Argentina, entre otros).
Una de las facetas comunes a ambos grupos es que, aparte de sus vertientes políticas y militares, constituyen importantes organizaciones sociales sobre los territorios en los que operan. Ambos utilizan el mismo concepto de asistencia a la población en varias facetas, canalizada hacia los partidarios y sus familias, creando un entramado de lealtades y apoyos, cimentados sobre la radicalización religiosa e idológica. Obviamente, la escala a la que opera Hezbolá duplica a la de Hamás (la población de Líbano es de 5,5 millones vs unos 2 millones en la Franja de Gaza).
Estas organizaciones utilizan parte de su financiación para levantar escuelas, facilitar la vivienda, la educación y sanidad a sus miembros y redes. Atención especial reciben los mártires o shahid, milicianos muertos en acciones contra Israel o en otros frentes (incluso cuando combate entre ellos en otros conflictos, como en Siria) y cuidan de que a sus allegados no les falte casa, alimento o trabajo. Esto ha hecho que cuenten con apoyos sólidos en sus zonas de influencia y muchos jóvenes vean la entrada en sus filas como una forma de salir de la pobreza y lograr reconocimiento social.
Frentes radicalmente distintos
Hasta aquí todos los parecidos razonables entre dos organizaciones en lucha contra el Estado judío. Pero, en términos militares, estamos hablando de dos frentes muy distintos. Son dos organizaciones que cuentan con capacidades muy dispares y operan en entornos totalmente distintos. Primero, en términos geográficos. Hamás está completamente condicionada por su operación en territorios en disputa u ocupados, y un área muy limitada sobre la que Israel puede establecer un control relativamente fácil. Tanto la Franja de Gaza (360 km2) como Cisjordania (5.860 km2) están bastante monitorizadas por las fuerzas hebreas.
Esto no impide que el grupo, sobre todo en Gaza, haya mantenido unos elevados niveles de actividad paramilitar y terrorista. Pero siempre en un contexto de vigilancia y presión. Pero también limita la capacidad de los islamistas de pasar a la retaguardia o de salir al extranjero, inmersos en un perenne combate urbano, donde la superioridad tecnológica y militar de Israel se hace aún más patente. La frontera de Gaza y Cisjordania suma 358 kilómetros (disputados), mientras que con Líbano solo comparte 79 km.
El principal problema para Hamás en Gaza —y aún más en Cisjordania— es que sus conexiones con el exterior están muy controladas por Jerusalén y esto complica en gran medida su logística y abastecimiento. La financiación puede llegar por múltiples canales, pero no así los envíos de armas. Esto hace que reciban equipos menos sofisticados, de menor volumen y en menores cantidades que Hezbolá. Antes del estallido de hostilidades se podía estimar que en sus filas había unos 20.000 milicianos con muy diferentes grados de implicación y adiestramiento (aunque hay fuentes que reducen esa cifra a la mitad y otras que la duplican).
Como armamento, utilizan cohetes no guiados por un limitaciones económicas y carencias tecnológicas. El cohete no guiado prescinde de cualquier tipo de elemento avanzado, es fácil de conseguir y los envíos no son tan fáciles de rastrear como los de armamento de precisión. Son sencillos de fabricar y manejar, y tienen la ventaja táctica de que, una vez lanzados, su ubicación deja de tener interés al ser abandonada al ser de un solo uso.
Emplean modelos de fabricación autóctona (con asesoramiento iraní), como los Qassam, que utilizan un sistema de propulsión de combustible sólido a base de mezclar azúcar con nitrato potásico, lo que da una buena idea del nivel tecnológico en el que se mueve el grupo yihadista. Las cabezas de guerra suelen estar compuestas por explosivo convencional más una carga de fragmentación a base de bolas de rodamiento e incluso tornillería y chatarra. También se están usando diversos tipos de cohetes no guiados de origen militar y algunos de tamaño considerable, como el Fajr-5, fabricado por Irán y de casi una tonelada de peso.
Otra liga
Hezbolá lo tiene (o tenía) relativamente más sencillo al operar en un país como Líbano, con todos los requisitos propios de un estado y donde su rama política concurre con éxito a las elecciones, participando del gobierno y de las instituciones en la proporción asignada. Al disponer de fronteras exteriores y un territorio más alejado del control israelí (luego se ha visto que no tan alejado), su potencia militar es muy superior a la de Hamás.
Mientras que al hablar de Hamás no podemos dejar de referirnos a una guerrilla, Hezbolá dispone de un verdadero ejército. Los efectivos disponibles varían mucho según las fuentes, pero que podrían superar los 60.000 combatientes. Disponen de un verdadero arsenal y cuentan no solo con gran cantidad de armamento ligero, sino armas pesadas como blindados y artillería. Forman una verdadera fuerza militar paralela a las fuerzas armadas gubernamentales y, en algunas áreas, como todo el sur de Líbano, ostentan de facto el control militar y operativo. Nada se mueve allí sin que Hezbolá lo consienta o, al menos, lo conozca.
Cuentan con una gran variedad de misiles y armas contracarro, algunas bastante sofisticadas, como los misiles Kornet de origen ruso; sistemas antiaéreos, como el ZSU-23 (montaje cuádruple de cañones de 23 mm), y varios tipos de misiles antiaéreos del tipo MANPAD, como los SA-7 y SA-18. Incluso es posible que hayan obtenido algunos misiles antibuque, como el C-802 de origen chino. También se estima que están dotados de un enorme arsenal de cohetes y misiles de todo tipo, incluidos modelos de largo alcance (unos 150.000, según fuentes israelíes).
Israel sabe que Hezbolá no es Hamás, pero ha demostrado que tiene a la organización infiltrada y monitorizada por sus servicios de inteligencia. No está claro cómo la operación de los buscas y posteriores ataques aéreos israelíes han afectado a la cadena de mando, logística y arsenal del grupo, pero el golpe ha sido muy significativo. Para algunos, el preludio de algo mayor.
El jefe militar de Israel, Herzi Halevi, expresó el miércoles lo que los analistas sospechan y la comunidad internacional teme desde hace semanas. Los ataques aéreos sobre Líbano son el preludio de una potencial incursión terrestre. "Podéis oír a los aviones ahí arriba, atacamos todo el día. Así preparamos el terreno para vuestra posible entrada y, al mismo tiempo, seguimos haciendo daño a Hezbolá", afirmó. Esto pondría al Estado hebreo en una guerra abierta con dos frentes: en uno Hamás y en el otro, Hezbolá. Organizaciones que tienen muchos parecidos razonables, aunque el fondo y las circunstancias —sociales, económicas y militares— de cada una de ellas son bien diferentes.